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El éxodo del pueblo occidental

veranito

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Y yo creo que no es mal título, porque estos primeros días del año –la presente nota fue escrita en enero-, una gran parte de la población que vive al oeste (y al norte) del país, enfila al este con indisimulada ansiedad. Se ve en las rutas, y especialmente en los peajes: muchos van, pocos vienen, y la caja registradora no para de registrar: Clinc! Clinc! Clinc! (de a granitos se llena la gallina, dicen). La larga hilera de vehículos se extiende y ondula sobre la cinta de asfalto, bajo la mirada implacable del sol. Cada tanto se oye un zumbido y de inmediato aparece a nuestra izquierda un flamante vehículo con chapa de Argentina. Miro el cuenta-kilómetros. Vamos a cien. El turista (“más que un amigo, un hermano”, dice el spot del Ministerio), debe ir, fácil, a 140 o 160. “Más que un hermano, un peligro”, pienso yo mientras veo el Mercedes (el BMW, el Audi, el Rover, da lo mismo), zigzaguear con trepidante temeridad, adelantando en curvas, repechos y badenes, sin discriminar.
El paisaje comienza a cambiar. Los campos, que hasta hace un rato eran amarillos, ahora tienen una tonalidad rojiza que hace pensar en que basta una chispa, una ínfima chispita, para que todo esto arda como en el día del Juicio Final. Los neumáticos y los motores se calientan y resoplan. Las familias se detienen junto al camino, a la sombra de algún montecito de eucaliptos, a descansar y refrescarse. Las chicharras, que sólo viven un verano, ven cómo este enero les da la posibilidad de que se luzcan, de que vayan hacia su muerte haciendo lo que mejor saben hacer: llenar todo con su estridencia. En casetas de madera, junto a la ruta, señoras mayores ofrecen dulce de zapallo, licor de huevo, ajíes en bollones. Y así, la larga fila de cascarudos de metal llenos de hombres y mujeres y niños, encuentra su destino, un cartel verde con letras en blanco que indica que hay que girar noventa grados a la derecha para tomar una recta ya perpendicular al mar y al alivio. Este último tramo de carretera renueva la ilusión que el cansancio había aquietado. Ahora ya no falta mucho. Ahora, si uno baja el cristal de la ventanilla y pone toda su atención en la nariz, puede llegar a percibir la sal. Ahora, tras el horizonte, tras el baile del aire caliente sobre la calle, se percibe ya la bruma azul del océano.

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Un lugar relevante entre los deportes playeros lo ocupa el fútbol tenis. Se juega así: se traza en la arena (es bueno elegir algún sitio cerca del agua, donde la arena tenga una cierta consistencia que le permita a la pelota rebotar con cierta regularidad), se traza en la arena, decía, un rectángulo (medidas recomendadas, ocho pasos de largo por cuatro de ancho), y se establece una franja central de unos dos pasos de ancho en los que la pelota no podrá picar, esta franja oficia de red. La reglas son sencillas: el sacador lanza la pelota con el pie (en caída, no vale tirar chumbazos en el saque), hacia la cancha de su oponente, quien deberá regresarla antes de que ésta (la pelota, se entiende), pique más de una vez, para lo cual dispone de hasta un máximo de tres toques con cualquier parte de su cuerpo, a excepción, obviamente, de las manos. Se puede jugar uno contra uno y dos contra dos (tres contra tres ya no, porque es un desbole). Se puede jugar a diez puntos (y cambio de cancha al llegar a cinco para que a nadie le perjudique el sol de frente o el viento en contra, ya se sabe, esos argumentos que suele usar el perdedor para justificar su mala performance).
Otro deporte playero por excelencia es el tejo, pero ni piensen que me voy a poner a explicar sus reglas. Me aburro de sólo pensarlo. El que sí está bueno es el freesbee (o como sea), ese disco que lo tirás como bobeando y el coso empieza a volar hasta la mano del otro, o hasta la cabeza de algún pelado que justo pasaba y se metió en el medio. Y bueno, son daños colaterales. Más deportes: la paleta. Este está bueno. Consiste simplemente en pegarle a una pelota azul de goma con una paleta de madera. Dale y dale. Horas así. El sol los achicharra pero ellos le dan de punta y p’arriba, pumba y pimba. Es un deporte muy jugado por parejas: o sea, novio y novia. El novio comienza jugando con displicencia, hasta que se da cuenta de que la chica le pega bien a la pelota, muy bien, entonces él comienza a subir la intensidad de su juego hasta llegar al nivel “bestia peluda”, lo que generará, más tarde o más temprano, un pelotazo en la cara de su novia. Esta pareja no llega al otoño.
Bueno, y llegamos así al deporte por excelencia de la costa uruguaya: el surf. Año a año, miles de jovencitos musculosos, bronceados (y rubios, preferentemente), salen con sus trajes ajustados y sus tablas bajo el brazo, a correr olas. Yo antes me mofaba de ellos. Pensaba que sólo lo hacían para ganarse minas (cosa en la que conseguían el más rotundo éxito), pero ahora no, cambié, ahora los respeto, todo porque en agosto de este año vi a un par de locos (porque hay que estar loco para hacer lo que hicieron) metiéndose en las gélidas aguas de punta del este, chapoteando sobre sus tablas. Brrr. Te juro que de sólo recordarlo se me erizan los brazos. Eso es pasión. No mi erizamiento, sino ese entusiasmo por algo, lo que sea, llevado a ese límite. Así que ahora veo a los surfers y trato de olvidarme de todas las pavadas que hacen cuando están fuera del agua para centrarme en esa pasión que los mueve.

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Enciendo la radio. Noticias del incendio. ¿Dónde? Otra vez en La Esmeralda. Se hablaba de evacuación. Al parecer, el viento había vuelto incontrolable el fuego, que ya estaba cerca de algunas viviendas. Entre la sequía y el calor impresionante de estos días, algo así se veía venir. Un monteador se fue a hacer un asadito… ¿dónde? En el medio del monte. Estaba clavado, mi negro, ¿sos monteador y no te vas a dar cuenta? El fuego se le fue de control, y si bien hoy al parecer el juego está “circunscrito”, todavía no está controlado… El que sí está controlado es el monteador, al que ya procesaron como responsable del “siniestro”.
Ahora, un dato curioso. No es que yo sea supersticioso, pero… Un par de kilómetros más adelante (o sea, más pa acá) de La Esmeralda hay una estancia con una entrada muy bonita, una especie de arco de piedra sobre el cual se lee el nombre de la hacienda, tallado en madera. Se llama “La Quemada”. ¡Es demasiado! ¿El dueño de ese establecimiento no se dio cuenta de que estaba lanzando un desafío al cielo?

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