Un caimán amarillo y manchado

caiman

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De niño yo vivía en Río Branco, entre Río Negro y Plata. Lindos nombres. Después, aunque seguí viviendo en la misma casa, todos los nombres de esas calles cambiaron. Canaro, Figueroa y Espínola. Esos eran los márgenes del mundo de mi infancia, la calle donde se vivía la tarde. Y más allá de ese reino permitido había otra frontera: Yaguarón; la advertencia perpetua: “Tené ojo para cruzar Yaguarón”. Entonces, la calle era un monstruo, y el nombre de ese monstruo era el que le daba forma. La cabeza de un niño funciona de modos misteriosos. Toma un nombre y lo convierte en otro, asocia imágenes, colores, sonidos, cualquier cosa capaz de ser relacionada, y forma con ella una pelota indisoluble. En mi imaginación primera, Yaguarón era la mezcla de un yacaré y de un jaguar, un lagarto gigante, amarillo y veteado. Probablemente antes de que pudiera cruzarla solo yo ya tenía la idea de que “de Yaguarón para allá” comenzaba otra ciudad, una ciudad distinta a la que yo conocía, en la que pasaban cosas que en mi barrio no pasaban. Sería la intuición de algo que ahora sé, que esta ciudad –y todas las ciudades- se organizan de acuerdo a una estructura jerárquica más rígida de lo que querríamos creer, donde cada cosa ocupa el lugar que le ha sido asignado, un lugar que no le permitirán abandonar con facilidad. Y así como “el barrio Colón” era un barrio de malandras, de Yaguarón al norte, hacia el centro, estaba la gente bien. Esta idea no ha cambiado mucho, me parece, a lo sumo se ha relativizado, pero sigue resonando en las cabezas como si fuera cierta.
Cuando yo era chico había mucha gente que al centro iba en contadas ocasiones. El carnaval era una de ellas. El corso. Previo al desfile alrededor de la plaza habían muchos otros desfiles, como arroyuelos que desembocaban en un lago, arroyuelos hechos de familias que venían “de abajo” e iban “p’arriba”, venciendo la frontera de Yaguarón. Y al pasar, los cuchicheos de la gente bien: “ay, mirá qué malandraje”, “al centro y con esas fachas”, o “cerrá bien la puerta, Elvira, que viene subiendo el lumpen”. Es gracioso, pero no es un chiste. Quién diría que una cinta de asfalto de quince metros de ancho puede separar dos mundos de forma tan certera.

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Cierro los ojos y trato de recordar. Semana Santa, mediodía. Veo mucha gente en las veredas, gente que sólo es espaldas y cabezas, y a veces aplausos, y otras veces gritos. Entonces aparece el pelotón de ciclistas, como un raudo arcoiris. Esa imagen dura una exhalación. Ahora ya es de noche, cualquier noche, y la caravana política, hecha de caballos y ómnibus y bocinas, entra a la ciudad. “Metele, muchacho, metele pedal que ya llegás”, o “Ay, ay, le di un beso a Ramírez, qué bien peinado, qué rico perfume, qué galán de los de antes”. Y así era. Cuando pasaba algo importante había que salir corriendo a Yaguarón y Plata. Mis primos y yo, a la carrera, como si se nos fuera la vida en llegar a ver a un hombre parado en los pedales, último y sin chances, pero puro orgullo, salpicando la calle de agotamiento; y a otro hombre de traje, corbata y perfume, repartiendo besos y promesas entre papel picado y banderitas blancas de nylon.
Otra imagen. Puestos de flores y gente caminando hacia el este. Es 2 de noviembre y hacia allá van las mujeres y algunos niños. Hombres casi no. Hay tareas tan femeninas. La memoria es una señora de piernas gruesas, de medias hasta la rodilla y vestido floreado, una señora acomodando jazmines ante un nicho, en un jarrón de piedra con un nombre y dos fechas. Yaguarón lleno de señoras con flores en una larga procesión, larga y sin apuro. Y en el cementerio, niños ofreciéndose a ir a buscar agua mientras la señora, de rodillas o estirada sobre una escalerita, limpia un poco la lápida y murmura dos o tres palabras.
Los turistas paran en las esquinas y preguntan si van bien. El cristal de la ventanilla baja de un solo tirón y con un zumbido, como si nadie le estuviera dando vueltas a una manivela. Maravilla alemana último modelo. “¿Para Punta del Este…?”, dice el hombre. El niño mira la calle. Para un lado está Montevideo, así que para el otro debe estar Punta del Este. “Para allá”, dice al fin, y el cristal vuelve a subir con el mismo sonido eléctrico y el coche se pone en marcha de nuevo. No entonces, sino mucho después, el niño se preguntará qué ve ese hombre, qué ve esa familia que va en el auto. Para ellos, la ciudad es esta calle, este decorado de altas fachadas y árboles grandes a uno y otro lado, una especie de escenografía de cartón que ellos tardan unos minutos en atravesar de punta a punta. Los lugares de paso de unos son la tierra en que se enredan las raíces de otros.

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Yo creo que la gente imbuye de su espíritu a los lugares en los que vive. Es como si todos nosotros fuéramos recipientes imperfectos, que van regando por ahí su sustancia hasta quedarse vacíos. Cuando la gente que vive en una calle es generosa –dice Machado, “la monedita del alma se pierde si no se da”-, vuelve fértil ese territorio, y rico, lo llena de historias, de anécdotas, de recuerdos, de vida. Y aunque esto no sea tangible, la verdad es que uno puede hallar indicios. Entre las veredas rotas por la rebelde raíz de un plátano puede haber una historia de niños jugando a la bolita. En un porche oscuro puede haber viejos primeros besos. En una esquina quizá quede la cicatriz de un grito, de un estruendo, de un accidente fatal. En un árbol, nombres tallados. En un almacén, el viejo mostrador de madera al que uno se asomaba para gastarse el vuelto en galletitas. En la plaza que vive de espaldas a la avenida hay otras cosas, hay una fuente que tenía una casita con luces de colores que pintaban los chorros de agua de azul y rojo, hay familias mateando de tardecita, hay árboles en los que treparse y de los que caerse, y hay noviecitos esperando a que la sombra de esos mismos árboles se alargue hasta arroparlos. Eso está ahí porque estuvo ahí, a lo largo de toda la calle, veinte cuadras de historias que podrían haber pasado en cualquier otra parte, pero que pasaron allí. Alcanza con mirar, con rascar un poquito la superficie, la cáscara de las cosas que a veces, por nuestro descuido, se vuelven invisibles o triviales.

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Ahora existe algo que se llama Google Maps. Es una herramienta informática en línea que parece el ojo de Dios. Al entrar al sitio web se abre ante uno el mundo. Dos clicks con el mouse, unos cuantos desplazamientos, ampliar el zoom, y ya está, cualquier ciudad del mundo al alcance del ojo. Se trata de imágenes satelitales que nos permiten observar la superficie del planeta –especialmente las áreas pobladas, para las despobladas existe Google Earth, cosa de locos-, desde una distancia mínima de 20 metros –en las zonas de mayor calidad de imagen-. Hablamos de todas las calles del mundo… Hay mucha belleza ahí afuera, pero uno sólo puede pertenecer a un lugar, igual que ese lugar le pertenece a uno, aunque ambos –el lugar y nosotros- cambiemos con el tiempo. Por ejemplo, un recuerdo. Frente a la plaza 4 de octubre, en una enorme casona de las de antes, había un Jardín de Infantes. Cosas que me acuerdo de ese tiempo. Mi madre me daba dinero para que me comprase una botellita de Malta. A veces llevaba plantillas y merengues que comprábamos en la panadería “del Lalo”. Todas estas eran artimañas que utilizaba mi madre para que yo no berreara como un ternero cuando al fin me abandonase en el Jardín. ¿Qué más recuerdo? El saloncito estaba orientado al este, en una de las habitaciones que daban a la calle. A veces los postigos estaban abiertos y se veía la plaza; eso avivaba mis ansias de libertad. Todos los niños estábamos sentados en sillas pequeñitas de madera. Un día estaba hamacando la silla sobre sus patas traseras y me fui hacia atrás. Lloré bastante y encima me retaron, como si ya no hubiese tenido suficiente con el golpe. Otro día fui con la capa de Superman que me había hecho mi abuelo. Era una capa rara para ser de Superman: azul y con una “S” roja, pero lo que importa es la intención. Estaba en el Jardín, en el recreo. El patio era lindo, con una especie de galería. Me agaché a tratar de atarme los cordones –mi motricidad de ese tiempo no era muy fina-. No me di cuenta de que había pisado la capa al agacharme. Cuando fui a pararme sentí un fuerte tirón en el cuello y otra vez, al piso, de espaldas y semi-estrangulado. Lo que se dice “mal karma” (¡a los 5 años!) o una especie de versión infantil de Mr. Bean.
Ahora aquella casa que fue un Jardín de Infantes donde tantos niños recibimos nuestra primera educación y comenzamos a entender que el mundo puede ser injusto, cruel y terrible, es un cybercafé y un lugar donde hacen tortas fritas –muy ricas, por cierto-. No hay que ponerse a llorar por eso. Todo es mudable. Hacen falta computadoras conectadas a Internet, hacen falta masas de harina, agua y sal, freídas en grasa. Y hace falta, también, recordar el ayer con más alegría que nostalgia. El ayer que quedó escrito en una calle.

Pensaba que vivía en una casa poseída

ropa-tendida2 Me fui de casa hace cinco años. Todavía recuerdo la extraña sensación en el estómago que sentí la primera noche en la casa nueva -esa a la que todavía le faltaba mucho tiempo para convertirse en algo familiar para mí-. Tenía un poco de miedo, supongo, y estaba incómodo, como con vértigo en el estómago. Hasta entonces, mis ausencias nunca se habían extendido por más de una semana o diez días, tras los cuales volvía a mi cama en mi habitación de la infancia, de modo que entender que eso era parte del pasado fue algo que digerí lentamente. El caso es que una vez en la casa nueva noté que estaban pasando cosas raras: me levantaba por la mañana, volvía a la noche y la cama seguía destendida. Del mismo modo, la ropa sucia que dejaba colgada en el respaldo de una silla permanecía ahí, igual de sucia -aunque con peor olor- dos o tres días después. Las cosas que quedaban mucho tiempo encima de la mesa, al ser retiradas dejaban su silueta dibujada en el polvo. Todo eso era nuevo para mí, igual que era nuevo el hambre y que al abrir la heladera o el horno de la cocina una y otra vez, la comida no apareciera como un conejo feliz saltando de una galera mágica. Y no sólo eso, también comencé a llegar tarde al trabajo, el papel higiénico se me terminaba en los momentos menos oportunos, la leche se cortaba en la heladera, se me pasaba la fecha de pagar las cuentas y tenía que afrontar los recargos, me olvidaba de cumpleaños de amigos y familiares, nunca más volví a ponerme dos medias del mismo par, una vez me lavé la cabeza con detergente y otra casi me lavo los dientes con espuma de afeitar; salí a la calle muchas veces sin el debido abrigo, o con la ropa llena de pelusas y siempre con la etiqueta para afuera, y más de una vez me quedé -Dios me perdone- sin ropa interior limpia. En resumen, un desastre. Yo no comprendía cuál era la causa de esos cataclismos cotidianos, creía que todo se debía a la mala suerte. Mi primera teoría fue esta: la casa estaba maldita porque había sido construida sobre un cementerio indio. Mis arrendatarios me aseguraban que eso no podía ser, pero qué iban a saber ellos. Mi segunda teoría tenía mucho más lógica: todo se debía a mis amigos, muy afectos a hacer bromas pesadas de largo alcance y duración. Cuando los increpé me juraron que no, que no tenían nada que ver, pero siempre dicen lo mismo, cómo creerles. Pero al descartar la teoría de la casa maldita y la teoría del complot, la verdad brilló ante mí como la centella que entra y te quema la tele que no desenchufaste a pesar de la tremenda tormenta eléctrica, sólo para terminar de ver ese partido que al final terminó cero a cero, un bodrio. Volviendo a lo que decía, la verdad brilló: «Mi madre», pensé. Así que eso era lo que hacía ella mientras yo estaba fuera, trabajando, estudiando o dando vueltas por ahí; así que eso hacía: luchar contra el caos. No voy a mentir aquí, diciendo que tras la revelación yo me volví también un luchador incansable contra el desorden y la suciedad. Sería una falacia de la magnitud de «Irak tenía armas de destrucción masiva», porque la verdad es que el caos y yo no nos llevamos tan mal, firmamos un pacto de no agresión y actualmente vivimos una época cordial. Para lo que me sirvió esto fue para entender más profundamente qué es eso de ser «ama de casa» -un rótulo que yo jamás mereceré llevar sobre mi pecho-, algo que no tiene tanto que ver con barrer pisos, planchar, cocinar, lavar ropa, etc. Eso puede hacerlo cualquiera, seamos sinceros, hasta yo, porque después de todo son tareas que uno puede perfeccionar con la práctica, como cualquier habilidad. El asunto en verdad importante es otro, porque hay algo que no es una habilidad, sino que es un don, el de la amorosa y preocupada generosidad, que suele prodigarse de modo tan sutil que uno, estúpido, no lo descubre hasta que no está lejos de él. Aunque, por suerte, nunca es tarde para agradecerlo o retribuirlo. Y ya que estamos en tema, quisiera hacer una arenga dirigida a las amas de casa del mundo posmoderno, esas que son obligadas a ser madres devotas mientras se hacen su lugar en el duro ambiente laboral y luchan por ocupar su rol en la casa mientras intentan cumplir sus objetivos personales, y a las que se les exige que sigan al pie del cañón como sus madres y sus abuelas -y lo peor es que muchas veces quienes se los exigen son, precisamente, sus madres y sus abuelas-. Señoras, señoritas, como dice un amigo mío, una cosa es ser bueno y otra cosa es ser un gil. Miren a su alrededor. Ese que corretea por el living es su vástago, tan enérgico aunque sean ya las once de la noche. Ese otro, que mira el partido de la eurocopa con el control en la mano y los pies encima de la mesita ratona –aunque usted le ha dicho mil veces que no los apoye ahí porque es un asco-, es el compañero que usted ha elegido para esta aventura. Véalo bien. Tiene dos brazos y dos manos, como usted, y una cabeza dentro de la cual yace un cerebro, y también tiene buenas piernas y una espalda fuerte y un poco de panza -pero no se lo haga notar porque se pone mal-, es un ser idóneo para compartir con usted el peso de las tareas hogareñas. Ah, y cuando el chiquito tenga edad enséñele el concepto de «ropa que destiñe», para que cuando se vaya del nido no le pase como a mí, que no me queda una sola prenda blanca en el ropero.