Brasil es Brasil (más o menos)

1: Marcelo Bielsa vive el fútbol de un modo insalubre. Ese hombre no está bien. En los partidos anteriores, aquellos en los que el modesto pero trabajador y ordenado equipo chileno se hizo su camino a octavos de final, el rostro de Bielsa delataba, cual soplón de poca monta, todo lo que pasaba por la cabeza del argentino. De un estado de cuasi-somnolencia meditativa hasta explosiones de ira apenas refrenada, Bielsa mostró facetas siempre inquietantes (y una anatomía más propia de una señora mayor que de un hombre de deporte, hay que decirlo). ¿Por qué tanta tensión? Porque Bielsa se había cargado sobre los hombros una batalla durísima: la del intelecto contra el talento. Si uno mira bien la frente de Bielsa, verá que allí debajo, pero no muy debajo, hay un gran cerebro en pugna por hacerse lugar. Y todo ese gran cerebro estaba dedicado a una sola tarea obsesiva: llevar lejos a Chile en el Mundial. ¿Cuánto es, exactamente, lejos, para Chile? Si tenemos en cuenta que a los dos últimos Mundiales no asistió, clasificar ya es un gran paso. Hecho. Pasar la fase de grupos es todo un logro. Hecho. ¿Llegar a cuartos es un sueño? Si te toca Brasil, claro que lo es. Pero apenas Chile cae ante España y se sabe que tendrá que jugar con el scratch, Bielsa comienza a hacer lo que mejor sabe: pensar y pensar. El producto de sus disquisiciones es el equipo que puso ante Brasil, sin grandes figuras (no las tiene), apostando todo al orden táctico y con la esperanza de que ese sea justo el partido perfecto de la Roja, el partido que le permita dar el gran golpe. Pero no hay nada de especial en el partido, es un partido normal de ambos, tanto Chile como Brasil hacen lo que cada uno sabe y no hay cerebro, por grande que sea, que cambie el resultado cuando eso pasa. La resignación en la cara de Bielsa cuando llegó el tercer gol se pareció mucho a un gesto de alivio, como si por fin hubiese venido alguien a despejar la incógnita de la ecuación que hacía dos años intentaba resolver.

2: La frase Brasil es Brasil, es muy interesante. Se la pronuncia en los contextos más diversos y, a modo de comodín, calza en casi cualquier lugar, cumpliendo distintas funciones cada vez. Si Brasil juega una serie de partidos grises y poco convincentes, decir Brasil es Brasil significa esto: los tipos juegan a media máquina, no tienen nada que demostrar ahora, cuando sea por las que duelen vas a ver cómo echan el resto. Si, en cambio, Brasil gana con comodidad e incluso algún lujo, entonces la frase se conecta directamente con la leyenda de aquellos jugadores sobrenaturales que desde 1958 a esta parte se han puesto la verde-amarelha, desde Garrincha hasta Ronaldo, y significa esto: Son unos mostros, cómo no te van a ganar, te pasan por arriba, así es imposible, ‘ta robao. Así, repetida casi con el poder subyugante de un mantra, la frasecita ha adquirido una propiedad especial, la de sostener con firmeza una realidad muchas veces enclenque. Y la realidad es que Brasil ha renunciado al jogo bonito, hace ya mucho tiempo. Tal vez, los dos golpes de gracia a aquella forma vistosa y poco práctica de jugar al fútbol fueron los Mundiales de España ’82 e Italia ’90. En el ’82 Brasil cayó ante Italia, el máximo exponente del pragmatismo: defiendo, defiendo, defiendo y si puedo te liquido. Y en el ’90, el que les selló el boleto de regreso fue Argentina, con Maradona como capitán, y la lección fue esta: ustedes no tienen la exclusividad del talento. El Brasil actual, hijo de aquel par de lecciones, ha ganado ya dos Copas Mundiales más, en el ’94 (ante Italia y por penales), y en 2002, venciendo a Alemania en una final sin gracia. En el medio hubo otra lección. El profesor fue Zidane, al frente de un equipo ordenado y exultante. Imaginen lo que ha de haber dolido para los brasileros perder así una final. Los sucesivos técnicos de Brasil, desde 1998 hasta la fecha, han sido cada vez más y más defensivos. Fue una respuesta natural al dolor de las derrotas que les había ido metiendo el miedo en el cuerpo, supongo. El asalto a la actual Copa está comandado por Dunga, un técnico que durante su época de jugador fue un áspero volante central que ha convertido a Brasil, en una máquina de fabricar contragolpes a la que le han extirpado de cuajo la lírica idea de ganar jugando lindo (sí, este es un mundo terrible). De momento, el scratch avanza sin problemas ni brillo. Su próximo partido es ante Holanda, la eterna promesa, a quien ya eliminó en 1998. ¿Brasil puede perder con Holanda? Claro que puede. Aunque vendrá alguien, desde algún rincón cualquiera, y dirá, arqueando las cejas: Pero miren que Brasil es Brasil, y habrá que responderle: Sí, más o menos, para que se quede contento.

El adiós del astro pop

España tiene toque. Toque, toque y toque. Y no tiene empacho en pudrirla, en amansar un partido, acunando la pelota a lo ancho y a lo largo de la cancha. Su defensa solvente (como el aguarrás, más o menos), que cuenta con Puyol y Piqué, suele ser suficiente para disolver los inconvenientes que el rival le presenta. Más adelante, Xavi Alonso, Xavi Hernández e Iniesta son los motorcitos de fútbol, los encargados de cantarle el arrorró al partido y de hacer sonar la alarma cuando encuentran el ojo de la aguja por el que van a hacer pasar la pelota para los delanteros: Torres y Villa. A Torres le dicen “El Niño”, y si uno lo mira bien hasta podría verle los últimos granos de un acné rebelde y duradero; a Villa le dicen “El Guaje”, que si lo tradujéramos al uruguayo querría decir algo así como “El Gurí”. Torres viene de una lesión, así que sería injusto hablar de su magrísimo rendimiento mundialista, más si se tiene en cuenta que fue uno de los responsables de que España se pusiera los pantalones largos el día que le ganó la final de la Eurocopa a Alemania. De todos modos, nadie puede decir que Torres esté aportando gran cosa ahora. Villa, por el contrario, es un jugador bicho: rápido, querendón y vivo. Sin él, España no tendría posibilidades. Ninguna. Esto no quiere decir que pueda ganar partidos él solo, no es ese tipo de crack, quiere decir solamente que los otros arman el circuito y es Villa el que activa el interruptor para que la luz se encienda y un grupo de gente disfrazada grite: “¡Sorpresa!”. Sin Villa, España se queda a oscuras, que probablemente es lo que va a pasar al final.

El partido entre España y Portugal fue aburrido. España es como el Barcelona, pero sin Messi, que es lo mismo que decir que es una lata de cerveza sin alcohol. Claro que Portugal es como un quinceañero que no sabe tomar y al que si no le avisan que lo que está tomando es agua de colores, él se agarra una borrachera psicológica (si existe el embarazo psicológico tiene que existir la borrachera psicológica). Así fue que Portugal terminó deambulando algo mareado detrás de una pelota que nunca fue suya, mientras España sonseaba y fingía despreocupación o mucha confianza en sus métodos, que para el caso es lo mismo. Para peor, el líder de Portugal, la fachada del equipo, es Cristiano Ronaldo, un muchacho talentoso (es una herejía negarlo), pero incapaz de estar a la altura de la imagen que le han creado. Esa incapacidad lo anuló a tal punto que yo dudaría en afirmar que Cristiano Ronaldo haya jugado algún partido en Sudáfrica. Muchos lo querían ver fracasar porque es lindo, joven, millonario y pedante; y finalmente pasó, el fracaso, un ogro malo, se comió al caballero de armadura lustrosa. Hay uno de estos casos por Mundial. En el 2006 le tocó a Ronaldinho, que jugó el primer partido con una vincha que tenía bordado el número 10 con hilos de oro. Ronaldinho fue un fiasco (igual que aquel Brasil), y luego se fue del Barcelona para ir a hacer bulto en el Milan. Pues bien, el espigado y poderoso Cristiano jugó ante España como esperándose a sí mismo, esperando que todo su talento se hiciera presente de una vez y resplandeciese con tanta fuerza que dejara ciegos a todos, igual que un brujo que se ha olvidado el hechizo. Y todo Portugal se quedó esperando, sus diez compañeros jugaron como aletargados por la posibilidad del pase mágico que los haría vencer. Había datos que deberían haber tomado en cuenta: Cristiano no había hecho gran cosa en los partidos del grupo y sólo había anotado un gol (un gol intrascendente y afortunado), el sexto en la goleada ante los coreanos del norte. Pero tal vez confiaron, tal vez se despertaban por las noches para decirse unos a otros: “cuando ya no haya alternativa, aparecerá y nos llevará en andas hasta la final”. Esa ingenua esperanza los liquidó, porque mientras ellos buscaban a Cristiano y mientras Cristiano se buscaba a sí mismo, Eduardo, el excelente golero portugués, volaba de palo a palo deteniendo jabulanis. Heroico e imbatible, hasta que una serie de pases cortos muy rápidos, con un taco incluido, terminó con Villa frente al héroe sin apellido. El Guaje no duda, porque en un goleador, la duda es peor que el fallo. Pateó de zurda. Eduardo dio rebote. Villa insistió, esta vez de derecha y la pelota salió alta, se estrelló en la parte baja del travesaño y entró a meta. Gol y final del partido, porque si bien faltaba bastante, luego de eso no hubo partido. Portugal jugó hasta el final como si tuviese todo el tiempo del mundo, con una mezcla de displicencia y desdén que sería muy difícil de explicar sin decir que confiaban en un milagro (para cuando se despabilaron y empezaron a tirar centros a lo bobo, ya era muy, muy tarde). ¿España? Hizo lo suyo, que la pelota siguiese corriendo. Las cámaras, mientras, buscaban a Cristiano, que miraba hacia arriba, probablemente hacia la pantalla gigante. El reflejo electrónico le devolvía un rostro lleno de incomprensión (y un peinado todavía perfecto). Lo último que hizo fue tirar una rabona, modestísimo lujo, a modo de despedida.

La gente de fútbol es tan rara

Un niño barbudo, un niño crack y un hombre optimista

Argentina modera el motor de su Ferrari. Con seis puntos en el bolso y la clasificación abrochada, enfrenta su partido ante los griegos, que necesitarían que bajasen los dioses del Olimpo para hacerlos pasar a la siguiente fase, porque parece que el estofado se cocina en el otro partido: Nigeria vs Corea del Sur. Maradona hace cambios. A pesar de su nueva barba onda cheguevaresca es fácil imaginarlo como un niño que de pronto tiene ante sí una caja llena de los juguetes que siempre quiso. La atenta mirada de los adultos (para la ocasión representados en el tándem Grondona y Bilardo, sin que yo sepa decir cuál es la mamá y cuál el papá), Maradona juega, inventa, hace mamarrachos, a veces. Es un niño barbudo que también juega a ser papá, y les promete a sus niños talentosos que todos van a tener un pedacito de Mundial, ¡y éste es el momento! Así que hace siete cambios. Imagínense ustedes cómo estará Higuaín, que lleva tres goles y ante Grecia seguro que alguno más iba a tener chance de hacer. Pues no, al banco para que entre Milito, Agüero y demás. ¿Y Messi? ¿Va a sacar a Messi? Era su intención, pero Messi dijo públicamente que él quería jugar, y Maradona será caprichoso, pero no es tarado, sabe que si quiere ganar el Munial, al niño crack lo tiene que tener feliz, cosa que además es muy sencilla, a ese niño dale una pelota y vas a ver que es todo risas. Así que Messi juega los 90 minutos ante Grecia. Los griegos –su DT así lo había prometido-, marcan celosamente al niño crack, lo esperan, lo empujan, lo escalonan. Falta que lo enlacen como a un ternero. Pero Messi juega como con una deuda íntima, la de ser rutilante y despejar la duda obsesiva: ¿quién es mejor, eh? ¿¡Quién es mejor!? Y para eso necesita goles. Así que Messi busca su gol todo el partido, con su andar vertiginoso, de jugador de playstation. Hizo todo por ese gol, pero nada, un cero cerrado. Entonces llegó el corner que DeMichelis, con un patadón a lo bestia, convirtió en gol. Ahí Maradona se dio el gran gusto de mandar a Palermo a la cancha, un jugador inexplicable, lo suyo no puede ser suerte, y sin embargo algo de eso hay (Carlos Bianchi, ex técnico de Boca, lo llama “el optimista del gol”). Minutos después Messi se mandó otra de las suyas, en rauda diagonal desde la derecha, sacó un poderoso tiro que el golero contuvo a medias y allí estaba Palermo, para hacer uno de sus muchísimos goles, pero esta vez en un Mundial. Creer o reventar. Argentina pasa y sigue sin problemas en una serie bastante pobre. Quedamos a la espera de las próximas ocurrencias del niño barbudo y el niño crack. Al optimista no creo que lo volvamos a ver, salvo que esté pasando un cataclismo (lo dicho, Maradona es caprichoso pero no tarado).

El malo hace falta

El malo hace falta. Para los franceses, hoy Domenech es el malo (además del estúpido, el ignorante, y muchas cosas más). Domenech tiene pelo canoso y enrulado, no platinado y sexy, sino más bien parecido al algodón sucio. Sus cejas, en cambio, son negras y bastante pobladas, lo que le da a su rostro un adecuado aire maléfico. Una nariz muy francesa completa el conjunto. En su época de jugador, Domenech usaba un tremendo mostacho negro que le servía para intimidar a sus rivales y así obtener una ventaja psicológica al enfrentarlos. El vello facial tiene esa propiedad. Ya en esas fotos de juventud se ve en la mirada de Raymond un brillo inquietante, que hoy se ha cuajado en un reflejo de locura. Supongo que es lo que pasa cuando todo un país lo toma a uno de punto. Blanco de burlas. El bobo de la clase. Y al final a uno le salta la térmica. A Domenech le pasó en público cuando nosotros pensábamos que iba a terminar de bancarse bastante bien la eliminación. Sudáfrica ya le había ganado 2 a 1 a su equipo y ambos se habían despedido del Mundial. Parreira, el técnico brasilero de la selección africana, fue a cumplir con el protocolo. Extendió su mano hacia Domenech. Y entonces, al francés se le alborotó la pajarera: le negó el saludo a su colega y se dio media vuelta, con un gesto entre risueño y nervioso. Parreira lo siguió, como pidiéndole una explicación (todo esto ante las cámaras), y el francés negaba con la cabeza mientras se tocaba el pecho con el índice y luego señalaba la cancha ya vacía, como aludiendo a algo que había pasado allí… Tenía el saco torcido porque Parreira lo sujetaba por la manga derecha para impedirle la fuga. A todos nos dio la sensación de que no había nada que Domenech pudiera decirle a Parreira, porque la verdad es que lo único que hizo fue seguir el guión de la obra, ser el malo, rehusar incluso la última nobleza posible, la de aceptar la derrota y la eliminación como un caballero. Ni eso. Los franceses necesitan al malo y Domenech lo sabe, así que les entrega su imagen pública para que al menos escarneciéndolo mitiguen la pena. En el fondo, Domenech es un buen tipo.

Sobre la alegría


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1:
Al final pasó. Cambió algo en el aire o el propio aire comenzó a vibrar de un modo ligeramente distinto, casi eléctrico. Estuvimos tantas veces ante instancias parecidas, con envión, con eso que usualmente llamamos “viento en la camiseta”, pero nuestro viento dejaba de soplar, se volvía una brisa tenue, un soplido de niño apagando las velitas. Desperdiciamos muchas chances antes, malogramos circunstancias favorables y perdimos de vista el carácter cuando más falta nos hacía. Pasó tantas veces. En eliminatorias, en Mundiales… tantas veces. De modo que nos fuimos educando en el sufrimiento, esto es sabido, pero también en la incredulidad y el augurio funesto: “jugamos bien, estamos ganando, dominamos el partido… no puede ser, algo va a pasar, algo va a pasar de nuevo, es como estar viéndolo”. Y entonces, como si de verdad existiese una fuerza oscura capaz de torcer las cosas, eso que se temía pasaba. Partidos brillantes (sí, brillantes), que se iban por el caño (parece que el repechaje es para Uruguay una especie de vórtice, como si alguien quitase el tapón de la bañera y nosotros fuéramos un diminuto barquito de papel, a pelear en el mundo subterráneo). Empates injustos, derrotas inverosímiles, y otra vez a remar en río revuelto. Porque nadie que haya visto todos y cada uno de los partidos de Uruguay en las eliminatorias podrá negar que en el campeonato de los méritos, esa tabla de posiciones que se completa con los números dibujados en la arena, salimos terceros, como mínimo.

El tema es que los uruguayos hemos aprendido a vivir el fútbol con un pájaro agorero en el hombro, uno que, si las cosas van bien, nos dice: “No te alegres mucho, esto está sostenido con alfileres y se va al carajo en cualquier momento”, y que si van mal nos pregunta: “¿Y qué esperabas?”. El resultado evidente es la angustia, la mandíbula tensa, la gastritis. Por eso nadie le creyó nada al Maestro Tabárez y a los jugadores cuando repitieron hasta el cansancio que al Mundial había que ir a disfrutar. Seamos sinceros: nadie se compró ese verso. Si nosotros vamos al Mundial es a seguir sufriendo, porque es mejor la angustia que la apatía de la exclusión. Verlo por TV. Qué ignominia es que la hinchada rival grite eso. O el ya célebre: opa, opa, afuera de la Copa. Nadie quiere estar afuera, todos queremos estar dentro, aunque signifique aumentar el diámetro de esa úlcera intestinal que arrastramos hace dos años. La pedagogía de la angustia nos caló hondo. Somos hombres (y mujeres y niños) de poca fe, y por eso necesitamos ver para creer. Ver la tabla de posiciones del Grupo A y creer que es cierto: invictos, primeros en el grupo, sin goles en contra. En efecto, algo cambió en el aire, algo que provoca sonrisas espontáneas en los peatones. Nunca hay que despreciar los motivos para estar alegre. Ampliaremos sobre este punto.

2: El partido en sí fue mucho mejor de lo que podíamos esperar. Más allá de especulaciones de pactos, arreglos, tejemanejes, chanchullos y aledaños, no pareció en ningún momento que Uruguay o México hayan salido en búsqueda del empate que clasificaba a ambos. Habría que ver que hubiese pasado de llegar al segundo tiempo igualados y con Sudáfrica goleando a Francia, pero jamás lo sabremos, amigos televidentes. Lo que sí sabremos es que México tiene buen toque de balón, pero demasiado lateral, tanto como para que nos haga recordar a cierta selección colombiana que popularizó el arte de pasar la pelota sin generar ni la sombra de una sensación de gol. Por eso nos hizo helar la sangre el zapatazo de Guardado, un tiro que vino de otro partido, una bala de cañón directa al travesaño, lejos de toda posible intervención de Fernando “cara de bebé” Muslera. Ahí ligamos, aceptémoslo con una mano en el corazón. Ligamos por todo lo que no ligamos otras veces, cuando esos tiros desde cuarenta metros se incrustaban en el ángulo, en nuestros estómagos y en nuestras esperanzas, todo de una. Pero esta vez, no, y brindemos por eso. Y fue casi lo único de México en el primer tiempo. Uruguay, en cambio, tuvo varias chances claras, la mejor de ellas fue de Suárez, que entró al área en diagonal desde la derecha y, solo ante el golero, envió un tiro cruzado que se perdió lamiendo el palo (la maldición de Suárez, que ya había hecho un gran partido ante Sudáfrica, pero sin convertir). Uhhh. Uhhh y todas sus variantes. Uhhh, no te puedo creer. ¡Uhhh, pero carajo! Y así hasta que Forlán domina el balón y deja pasar a Cavani por afuera. La pelota va hacia él. Cavani, de trabajo imperceptible, pero que corrió y corrió como si no hubiera un mañana digno de ser vivido, llegó al fondo con zancadas largas y metió un centro perfecto. Suárez en el segundo palo le dijo que sí a la pelota, sí, dale, andá a tu casa, y la pelota entró al arco por el espacio justo, entre ese golero improbable que es el Conejo Pérez y el palo. La abolición del uhhh. Golpe psicológico. Mazazo. El segundo tiempo fue un tiempo extraño para nosotros. El tiempo en el que vemos pero aún no creemos, como si incluso necesitásemos más que eso, más que ver, entrar a la cancha nosotros mismos y palpar lo que pasaba. México atacaba sin peso específico y los contragolpes uruguayos encontraban espacio y tenían olor de gol. Para ese entonces, Sudáfrica le ganaba dos a cero a Francia y los mexicanos hacían cuentas. Seguir atacando podía ser contraproducente: a esa altura, los goles uruguayos serían también goles sudafricanos. El deseo de evitar a Argentina en octavos es fuerte, pero más fuerte es el miedo a no pasar la serie… que sea lo que la Virgen de Guadalupe quiera, parecen decir los dirigidos por Aguirre (cuyos gestos a lo largo del encuentro fueron un show aparte). Uruguay huele esa indecisión, así que pone carpeta y le baja la persiana al partido. Faltan quince minutos. Algunos hinchas protestan ante la pantalla. Quieren el segundo gol. Ahora todos sacan pecho y boconean, ahora son todos cocoritos. No piensan que si Uruguay se abre atrás y México, por un prodigio del destino, empata, los minutos finales van a ser un suplicio. No piensan en nuestra cruz: la terrible costumbre de perder fácilmente, tontamente, lo que tanto costó conseguir. Y es que algo tan sencillo como un gol mexicano nos catapultaría al infierno. Esos inconscientes que quieren (que exigen a grito pelado), el segundo gol de Uruguay, no son amantes del buen juego, del ataque lírico; no, son amantes del sufrimiento.

3: En este apartado, señor lector, le habla directamente el autor de la nota. Quiero decirle un par de cosas de tú a tú, casi como en una charla de amigos que aprovechan una ocasión propicia para hablar de cosas que usualmente quedan acalladas por el barullo. ¿Le parece a usted que se puede extraer del fútbol algún aprendizaje que funcione en otros ámbitos? Me refiero a la vida, la vida como envoltura total de la existencia de una persona. Porque yo creo que sí. No es fácil, claro, es como pescar a través de un agujero en el hielo, pero bueno, supongamos que podemos pescar algo. El otro día, luego del partido ante Sudáfrica, cuando todos estábamos infantilmente contentos (o sea, contentos de verdad), me crucé con un cuidacoches que le decía a un colega, ubicado a media cuadra, esto: “¡Pero si eran unos pobrecitos, eran!”. Curioso. Horas antes, los sudafricanos eran anfitriones de un Mundial, rápidos, de físicos exuberantes, dirigidos por Parreira, DT campeón del Mundo en 1994, y la lista de atributos tenía muchos más ítems. Pero eso había sido una ilusión. De un momento a otro se nos había revelado la verdad: los negritos eran rivales menores, inexperientes, una papita, bah. Curiosa forma de pensar, repito. Una trasmutación radicalísima. ¿Cuándo ocurrió? Cuando les ganamos 3 a 0. Al parecer hay algo en nuestra mentalidad (nuestro inconsciente colectivo, diría Jung), que nos hace magnificar los obstáculos futuros y minimizar los que ya hemos superado. No hay una oportunidad más clara que la de un Mundial, donde toda la acción se comprime en poco más de treinta días, para ver en acción esta forma de pensar que, me temo, en este país se extiende mucho más allá de los límites de una cancha de fútbol. Desmerecer lo obtenido es un modo de desmerecer la alegría. Me da la sensación de que nos aterra estar alegres y que todas estas construcciones son modos de evitarlo, escaramuzas un poco patéticas.

4: Petardos. Bombas brasileras. Pólvora envuelta en papel. Estallidos. Pero aunque parezca que es lo mismo de siempre, no lo es. Yo no estoy muy acostumbrado a que un partido de Uruguay genere ese festejo pirotécnico. Cuando Nacional o Peñarol ganan, sí, claro está, pero con Uruguay los festejos son siempre más bien tibios. ¿Por qué? Porque entonces los estallidos tienen otro mensaje. Cuando juega uno de los grandes, los petardos son lanzados para que los escuchen los hinchas del rival, es como si una avioneta escribiera esto en el cielo, con humo blanco: “¡Bolso/Manya llorón, no tenés aguante, eh! Acá está el capo, ganamos hoy, como siempre, y cuando te agarremos te vamos a…”. Creo que la idea más o menos se entiende. El barullo post-partido sirve para enrostrarle el triunfo propio al rival de todas las horas. El goce se vive de manera doble e indirecta: disfruto porque a mi cuadro le fue bien y porque sé que el otro eso le jode. Entonces, tirar cohetes todos los fines de semana es una forma de cargar al otro. Supongo que es una de las tantas formas de vivir el fútbol, pero no estoy seguro de que haya sido así tradicionalmente. Me refiero a un pasado no tan lejano. El tema es que ahora pienso en el sentido de los estruendos tras la clasificación de Uruguay. Si no sirven para gozar a los mexicanos, ni para amedrentar a futuros rivales, ¿para qué sirven? Para algo mucho mejor, para hacernos pertenecer a una alegría directa, que no necesita rebote en la tristeza de nadie.

Qué casos y que cosas tiene el deporte, mis amigos

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La verdadera identidad

Alicia ya es adolescente y vuelve al País de las Maravillas, pero ha olvidado su visita anterior, o al menos confunde aquellos recuerdos con un sueño muy extravagante. Pues bien, esta nueva y desmemoriada Alicia es observada con incredulidad por muchos personajes del mundo maravilloso, que se debaten en la duda de si se trata o no de la verdadera Alicia. Para aclarar el asunto la conducen hasta la oruga azul, Absolem, algo así como el oráculo de aquel mundo. La oruga mira a Alicia y dice que no se trata de la verdadera, aunque a lo largo de la película Absolem, respondiendo a los cambios de la joven, dice luego que “casi es”, y más tarde que “ya es” Alicia. Algo parecido pasa con el Sombrerero, que, mucho menos solemne, mira a Alicia bastante confundido y le dice que ha perdido “su muchosidad”.

Esta idea tiene mucho que ver con la forma en la que los uruguayos pensamos acerca de nuestro fútbol y, por tanto, de nuestra selección como expresión última de aquel. Creemos que nos hemos alejado de nuestra esencia. El indicador de esa esencia sería una especie de contador geiger que rastrea la gloria y la grandeza como si se tratase de radiación dorada. Brillantina espolvoreada en las páginas de un libro de historia. En los años recientes casi no hay partículas brillantes. A medida que retrocedemos encontramos indicios alentadores. Eliminados en México 86 ante la Argentina de Maradona, en octavos de final, por un escueto 1 a 0. No está mal, si tomamos en cuenta que al último Mundial no fuimos y que en el anterior a ese no superamos la fase de grupos. Más atrás está México de nuevo, 1970, la última gran actuación de la celeste: 4º puesto, porque no sabemos jugar por el tercer puesto (frase tantas veces repetida que lisa y llanamente habría que prohibirla). Se ve que Alemania sí sabe. En 1954, otra vez 4º puesto, esta vez relegados por Austria (por entonces conocida como el wonder-team). Hungría nos había eliminado en semifinales y fue, sin duda, el mejor equipo de ese campeonato, aunque Alemania, con una servilleta al cuello y eructo postrero, se lo devoró en la final. Alemania es el gran experto en devorarse buenos equipos en las finales (recuérdese lo de Holanda en 1974). Coincidencias: Hungría comienza ganando la final rápidamente, a los 8 minutos ya estaba 2 a 0. ¡2 a 0 en una final del Mundo! Yo creo que si hoy a los 8 minutos alguien va 2 a 0 (y no hace falta que sea una final), directamente dinamita el arco o le pone una cortina metálica. El caso es que esa ventaja se disolvió como Nescafé en una taza de leche caliente, porque a los 10 minutos Max Morlock descontó para Alemania. Morlock, sí, como aquellos seres imaginados por H.G. Wells en La máquina del tiempo. Y aquí viene la coincidencia: en 1974, el árbitro pita el inicio de la final y Holanda hace 15 toques consecutivos de balón que terminan cuando al flaco Cruyff lo derriban en el área. ¡Penal, carajo! ¡Cobrá! ¿No ves que es penal! Ah, ah, ya cobró, bien, bien, mal yo… Patea Neeskens y Holanda se pone 1 a 0. Alemania, otra vez a remar. Más tarde llega la chance de empatar, también de penal. Cosa que al final ocurre cuando Paul Breitner convierte la pena en gol. Bueno, el tema es que yo creo que Breitner es exactamente igual a como Wells se imaginó que debían ser los Morlocks. Continuemos.

Lo que hay más atrás es gloria pura. El detector de nuestra identidad enloquece, literalmente, cuando pasamos sobre la fecha de 1950. La aguja golpetea, desquiciada, con ganas de ponerse a dar vueltas y vueltas. Ay, qué grandes fuimos. Se nos saltan las lágrimas de los ojos igual que el agua de la flor de un payaso. Es insoportable. Hay que pasar rápido por ahí antes de que te atrape el monstruo de la nostalgia, que no tiene garras y dientes filosos, sino la cara de un abuelo quejoso, rezongón, con los ojos aguados y el labio inferior palpitante. Así llegamos a la edad de oro, el alba de los tiempos, 1924, 1928, 1930. Entonces, es allí donde yace la verdadera identidad: en Colombes, Amsterdam y la Montevideo del primer tercio de siglo. A esa esencia debemos retornar para recuperar nuestra “muchosidad” maravillosa… y para eso, no veo otra que hacernos con la también maravillosa máquina soñada por Wells. Vamos y convencemos con mentiras (porque si les decimos la verdad no vienen ni en pedo), a Nasazzi, Piendibene, Cea, Anselmo, Castro, Dorado y algún otro. No les vamos a pedir que jueguen, está claro, hombres grandes, de boina y todo, pegándole a esa porquería perfectamente redonda que es la Jabulani, no lo veo ni en figurita (no había álbum en el 30, según acabo de confirmar). Les vamos a pedir que nos expliquen la esencia, que nos enseñen a ser nosotros mismos. Y si no quieren los amenazamos con hacerlos ver todos los partidos de este Mundial (que recién arrancó y ya pinta horroroso), todos, uno tras otro en un LCD de 42 pulgadas, high definition, claro está.

El Mundial de los atletas que corren pelotas

Pienso, cada cuatro años, en dónde está el límite de la perfección (o de eso que se entiende como perfección en el mundo del fútbol). Basta observar los cuerpos de los jugadores (para entender el explosivo interés femenino en el deporte): espaldas anchas, brazos poderosos, abdominales como trazados a pincel, piernas ágiles y torneadas. Cuerpos preparados para dos cosas: fuerza y velocidad. Muchos de esos jugadores que hoy parecen salidos del casting de Soldado Universal, fueron rescatados de favelas brasileras, villas miseria porteñas, cantegriles montevideanos y otros andurriales. Luego se los puso a punto, se los recuperó para la forma actual de jugar el juego: fuerza y velocidad. El talento entra en un tercer lugar, a dos cuerpos de distancia, si acaso, y por más que nos joda que esto sea cierto, lo es. Basta mirar un partido cualquiera. Hagamos este ejercicio: pegue el fixture en una pared y retroceda cinco o seis pasos. Tome un dardo y láncelo al fixture. Acérquese y vea a qué partido le pegó. Vaya y mire ese partido. Dígame, al terminar, si el talento se impuso a la potencia y la celeridad del juego. No voy a decir que es imposible (cada tanto nacen niños de dos cabezas y Schwarzenegger es gobernador de California, quiero decir, los milagros ocurren), pero pasa una de cada cien veces, una vez de cada mil. Por eso supongo que muchos de nosotros no están mirando el Mundial, están padeciéndolo, a la espera de que ocurra ese milagro, que un chispazo fulgurante de talento puro los deje ciegos de asombro. A medida que esto ocurre, que la espera se prolonga y choca una y otra vez con la decepción, uno se vuelve menos exigente. Ya no quiere ver nada maravilloso, ya no pide que aparezca Zidane para iluminar un torneo tenebroso, ya le alcanza que Messi la lleve atada y pase entre tres robots biológicos o que el turco nacionalizado alemán Ozil haga dos enganches (¡dos enganches!), antes de habilitar a un compañero con un pase sutil. Miramos el Mundial a la espera de la excepción. Si quisiéramos ver romper récords de velocidad miraríamos a Usain Lightning Bolt, salvo que a algunos todavía nos gusta el fútbol y no tanto los atletas que corren pelotas centelleantes.

Elogio de la lentitud televisada

Todavía estamos en la fase de grupos y el espíritu reinante es bastante más burocrático que épico. Los equipos grandes juegan pensando en cumplir, llenando el formulario que es el fixture con los datos justos que les permitan acceder a la siguiente ventanilla (a muchos les basta presentar la cédula), donde en efecto comienza a cortarse el bacalao. Mientras, los equipos chicos pelean con mucha vergüenza por dejar una imagen digna y los equipos medianos otean el horizonte con la firme esperanza (muchas veces casi una fe mística) de poder acceder al otro lado de la barricada. Octavos de final, un duelo en la polvorienta calle de un spaghetti western, donde puede pasar cualquier cosa, aunque casi siempre pasa lo que todos sabíamos que iba a pasar. El solo hecho de estar ante un partido decisivo empuja a los cobardes y los vuelve mejores, les inyecta una dosis extra de coraje, porque la especulación no tiene ya demasiado sentido. Pero aún no llegamos a octavos, apenas estamos en la apertura de cada grupo, así que todos tienen la sensación de que aún hay tiempo y, junto con el castigo del perpetuo canto de las vuvuzuelas, nos infringen partidos soporíferos. Todavía estoy pensando en cómo habrá hecho un espectador neutral (no francés, no uruguayo), para permanecer despierto durante los noventa minutos de juego entre Francia y Uruguay. Es aquella frase: “hay que ser muy hincha, eh”. Claro que acá es donde entra la novedad tecnológica. La cámara lenta le pone el tono épico a cualquier cosa. Un foul, un outball, un tiro que salió muy lejos del arco, un escupitajo, un jugador rascándose la entrepierna, cualquier cosa filmada a esa velocidad pachorrienta parece fantástica. Así, el fútbol aprovecha lo que el cine de acción le ha hecho a nuestros cerebros, básicamente un atolondramiento prolongado.

El entusiasmo inexplicable

El exceso de entusiasmo entorno al Mundial sólo puede ser explicado a través de la hiperexposición mediática que hemos tenido que soportar. Tengo cifras y voy a darlas. Por motivos estrictamente laborales, una vez por semana separo una a una cada página dedicada al fútbol –no al deporte, sólo a fútbol- editada en la prensa nacional. En los meses precedentes, el conjunto resultante fue de 250 páginas, en promedio, cada semana. Hoy (y, por favor, tengamos en cuenta que el Mundial comenzó hace cinco días), esa cantidad se duplicó. ¡500 páginas de fútbol en siete días! Denme medio minuto, ya vuelvo. (El autor se levanta y va hasta la sala, mira la biblioteca, toma un libro, lo abre, asiente, lo cierra, lo devuelve a la biblioteca). Hecho, acabo de fijarme cuántas páginas tiene esa edición de Moby Dick. Resultado: 702, índice incluido. No voy a hacer más comentarios, es apenas un hecho puro y duro. Pues bien, si a la cobertura de prensa le sumamos las horas de radio y televisión, creo que puede quedar claro por qué este nivel de sobresaturación. Entre el Waka waka de Shakira y el Waving flag de Bisbal (cortesía de Coca-Cola, que no da puntada sin hilo nunca jamás), estoy en condiciones de afirmar que estamos siendo manijeados a toda hora, como si fuéramos un antiquísimo Ford A con el arranque para siempre estropeado. Los encargados de mantener la manivela girando son los periodistas que viven de esto y que se fueron en patota a Sudáfrica. Ellos son los hinchas número uno de la selección, porque de ella depende que su estadía allí se prolongue, sabido es que el primer motivo que tiene un estudiante para elegir la carrera de periodismo deportivo es la eventual posibilidad de andar en hoteles y garronear viáticos. De modo que por fin encontramos a un grupo de personas con motivos reales para el entusiasmo, el fervor y el fanatismo. Todos los demás actuamos un poco por contagio y otro poco por costumbre, que es el mismo motivo por el que uno se puede poner a hacer pogo o a escupir desde un décimo piso a la gente que pasa, cosas que nadie haría de no ser por la influencia de compañías nefastas.

Futurama

Mi método para leer el futuro es el siguiente: pongo el tapón en el lavamanos del baño y abro la canilla de agua caliente. Me mojo la cara repetidas veces (cuando menos doce). Tomo el spray de espuma y lo agito cual pandereta. Me espumereo la cara (y si el verbo no existe, debería). Me afeito con cuidado de no cortarme, aunque el cuidado nunca evita sendos tajos que más de una vez me han dejado al borde del desangramiento casi total. Tras cada pasada de la prestobarba por la piel (Gillette auspicia esta loca cabalgata deportiva), la remojo en el agua caliente para que vaya soltando los pelitos. Una vez finalizado el rito, retiro el tapón y dejo que el agua caliente fluya. Hete aquí que la mayoría de los pelitos quedan en el lavamanos, adheridos y luchando por su vida. Pues bien, de acuerdo a su disposición en el blanco esmalte yo sé lo que vendrá. A ustedes podrá parecerle un método sumamente extraño, pero vivimos en un mundo donde se lee la borra del café, las entrañas de oso y La República. No deberían sorprenderse. Ayer, casualmente, me afeité.

No vi nada acerca de Uruguay, hasta adónde va a llegar, quién nos va a eliminar o si Luis Suárez al final hace lo que se espera que haga (un gol o abandonar la selección, ambas sirven), no, lo que yo vi es lo que van a decir los periodistas especializados cuando vuelvan. Lo que vi fue a un hombre que pareció dormirse en una cama solar a máxima potencia, con un traje gris y una muy coqueta corbata a rayas, y un peinado símil lambida bovina, decir esto: “El Maestro Tabárez, para el cual tenemos el mayor de los respetos y él lo sabe, nunca ganó nada con Uruguay. Y cuando decimos nada, es nada. Hasta el Pichón Núñez ganó algo, cierto es que estaban las condiciones dadas, pero ganó. Tabárez, nada. Si guardamos silencio hasta ahora fue para no enturbiar el ambiente, para no agitar el avispero, como se dice vulgarmente, pero ahora que ya pasó todo, y que pasó de la forma en que nosotros sabíamos que iba a pasar, ya no hay por qué seguir ocultando que se cometieron errores durante el proceso que hoy culmina. Muchos y muy gruesos. Los errores, digo. Una pésima elección de los hombres para ejecutar el plan del Maestro (si es que hubo alguno y no se trató todo de una larga improvisación, claro). Dejar afuera al Cebolla, no vamos a decir que por eso nos fue como nos fue, pero sí, qué quiere que le diga, por eso nos fue como nos fue. Y sabemos que nosotros fuimos de los que pedimos la cabeza de ese excepcional botija de Juan Lacaze que es Christian Rodríguez, cuando se hizo echar absurdamente, infantilmente, inconscientemente, llevado por la euforia de un partido en el que la celeste se jugaba el todo por el todo. Pero, ¿quiénes son los que se equivocan? Los que tienen la sangre caliente. De esos precisábamos para jugar el Mundial, y no otros, otros a los que no voy a nombrar porque, bueno, porque todos sabemos bien quiénes son, y que no estuvieron a la altura, que no dieron la talla del desafío, tal es el caso de este pibe, el Nico Lodeiro. Y aunque suena a mucho decir que su actuación fue paupérrima, así fue y sólo el enamoramiento que por él siente el Maestro Tabárez (y por favor, que se entienda que estoy hablando en el plano de la metáfora), explica que haya viajado a la máxima cita del fútbol del planeta, ocupando el lugar en el plantel de figuras de la talla de Santiago Silva (creo que es L o XL, ha echado mucho lomo este muchacho). Errores, un cúmulo nimbus de errores que han devenido en esta pesadumbre nacional que hoy todos sentimos. Caprichos tales como no citar al Chino Recoba que en Danubio la está descosiendo, por ejemplo, o a Chevantón, que debe estar en algún equipo de Grecia o Polonia, no sé bien, y que seguro que se hizo algún otro de esos tatuajes que a él le quedan verdaderamente sensacionales. Se ha acabado la mentira, señores, la mentira de este proceso y la mentira de jugadores sobrevalorados, como Forlán, que meterá muchos goles en España, pero que, bueno, debería quedarse en España porque con la celeste nunca ganó nada, tampoco. Es hora de evaluaciones, de análisis, de pasar raya y hacer balance. Con calma (pero si tienen que rodar cabezas, que rueden), sabiendo que esto es fútbol y que siempre hay una revancha a la vuelta de la esquina, como en la vida, ni más ni menos. Buenas tardes y gracias por la atención dispensada”.

Crónica para “Brecha”

“HAY UN VERANO de yates, cruceros, casinos y hoteles. Un verano de autos amontonados en la ruta que dibuja el contorno de la costa. Ese verano es la época de abandonar la casa por dos meses para alquilarla en dólares o en euros, y para muchos también es la temporada de trabajo en un restaurante o en un shopping, bastante lejos de la arena y más cerca del cansancio de las horas extra y de la sonrisa imprescindible. Este es el tiempo del agua con gas a setenta pesos en un parador chic, de los conciertos de gala y de las entradas VIP. Al oeste de ese Edén, en cambio, donde la arena es más gruesa y el agua no sabe a sal; donde la costa no es azul ni de oro; hay otros veranos”.

Así comienza mi crónica titulada “San José y sus balnearios de burbujas perfectas”, que Brecha publicó hoy en su sección de Sociedad. La semana que viene subo el texto completo.

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Adoro bazofias y aborrezco genialidades

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Creo que una de las actitudes más snob que se me ocurren es la de despreciar algo a priori, es decir, antes de conocerlo. Despreciarlo por contagio, porque otros lo desprecian también. Esos otros suelen ser referentes legitimados, formadores de opinión cuyos nombres proyectan sombras a las que los advenedizos vienen a ampararse. (Digresión: el otro día charlaba con un amigo acerca de la tara mental que tiene cierta gente a la hora de admitir que le gustan libros malos. O sea, no pueden decir esto: “este libro me gusta, aunque sé que está mal escrito y de ninguna manera es una cumbre de la literatura. Mi criterio no es infalible, adoro bazofias y aborrezco genialidades, aunque si he de admitirlo desapasionadamente, sé cuáles son unas y cuáles son las otras”. Un snob nunca podrá decir algo así, porque preferirá defender hasta la muerte una mentira –que entendió el Ulysses, por ejemplo- a confesar la ignominia de haber disfrutado hasta de las peores novelas de Stephen King. Fin de la digresión). El tema de despreciar o ensalzar a priori cualquier cosa es que se trata de una actitud que ayuda a mantener un orden previo. Alguien antes que nosotros ha decidido qué era lo bueno, lo valioso, lo perdurable; alguien que también se encargó de señalar lo malo, lo pobre, lo olvidable. Y no está del todo mal eso -¿acaso no todos hacemos nuestros propios cánones?-, lo que sí está mal es grabar ese criterio en la piedra y pretender que los demás lo compartan porque el que escribió allí fue el dedo de Dios mismo. Si digo que no está del todo mal es porque en cierto modo es algo a revisar, es un punto de partida. Bloom nos escupe en la cara el cánon occidental. ¿Qué tenemos para decir a eso? ¿Acatamos mansamente? ¿Reaccionamos como patos sin cabeza? ¿O mejor pensamos, deconstruimos la forma en la que esa lista fue diseñada y la damos vuelta como a una media? Mostremos que está hecho de cartón-piedra, si es que pensamos que así es. Y que se entienda que no quiero simplemente que se revierta el cánon, que se busque su opuesto absoluto, porque, caramba, eso sería otro cánon tan arbitrario como el primero. Lo que me parece mejor es no hacer juicios de antemano. No condenar al olvido géneros enteros, por ejemplo: policiales, ciencia ficción, horror, aventuras; todos arrojados a la fogata de la literatura menor, así como así. En la quema se irán unas cuantas obras maestras, dirá el Inquisidor, pero todo no se puede. (Segunda digresión: durante la dictadura militar –podemos decirle gobierno de facto, si se prefiere-, se destruían los libros “nocivos para el régimen”. No obstante, rara vez los miliquitos encargados de la última etapa del proceso, es decir, la confiscación y destrucción propiamente dichas, habían leído esos libros. Simplemente buscaban los libros que figuraban en una lista de títulos y autores diseñada por los mandos superiores. Y ante la duda seguían instrucciones bastante amplias, por ejemplo, destruir todos los libros de tapa roja –por lo del comunismo, se entiende-. Se guiaban por el color de la portada. Pero no hay espacio para el asombro pues las formas simples de pensar -¿de pensar?- tienden siempre a este tipo de soluciones). Lo que estoy tratando de decir es que cuando alguien marca la cancha, los jugadores de este juego tienen varias opciones: 1) acomodarse a la cancha marcada; 2) irse y armar su propia cancha –y desde allá insultar y hablar de lo mal que le quedó la cancha al primero-, y 3) aprender la lógica que rigió la construcción de la cancha y hacer lo que le toque para remodelarla, es decir, participar de su reconstrucción. La primera opción suele ser la que eligen los snob de los que hablaba en un principio. La segunda es la de los que se marginan para erigirse en defensores de “lo verdadero”, por simple oposición a lo establecido, lo de siempre. La tercera es la que a mí me interesa más.

No sé si a esta altura puede haber algún sobreviviente en este texto, si a alguien puede interesarle, pero la verdad es que esto no va a ir más allá de este punto. El caso es que leí “From hell” –literalmente, “Desde el infierno”-, una novela gráfica de Alan Moore y Eddie Campbell sobre el Destripador de Whitechapel, y me puse a pensar en la forma que tenemos, todos nosotros –me incluyo, y pido el primer lugar en la lista- de menospreciar sin más motivos que el mero prejuicio, lenguajes enteros, como el de la historieta, por ejemplo. La reseña de la novela podrán encontrarla en www.clubdecatadores.wordpress.com (en breve).

Fragmento de “Esnobismo: una pasión inconfesable”,
publicado en ADN de La Nación

“La misión de los esnobs, semejantes a los mártires, es defender las vanguardias contra los retrógados, contra los paganos que no aprecian las nuevas religiones. ¿Qué habría sido de Picasso y de Dalí, del cubismo y del surrealismo, de Duchamp y de Warhol sin ellos? Las bienales de Venecia, con sus instalaciones cada vez más estrafalarias, les deben la razón de su existencia. Los coleccionistas de arte contemporáneo, los que compran desde un Rembrandt y un Monet hasta los tiburones de Daniel Hirst y las imágenes casi pornográficas de Jeff Koons, han invertido y ganado fortunas gracias al esfuerzo desinteresado de esas almas que sólo buscan respirar el aire enrarecido de la innovación (…) Mucho más complicado, pero más digno y heroico para los esnobs, fue luchar por la Escuela de Viena. El dodecafonismo no halagaba los oídos y, por otra parte, las obras de Arnold Schönberg, Antón Webern y Alban Berg sólo inspiraban angustia y sugerían climas tenebrosos como una sesión de torno en el dentista. Ya a mediados del siglo XX, los casos de John Cage, de Stockhausen, de Luciano Berio encontraron al público, no más receptivo, sino más domado, aunque la música de esos nuevos genios no era menos ingrata que la de los vieneses. Cuando los sacrificados esnobs lograban acostumbrarse a una revolución sonora, lo que no quería decir disfrutarla, ya había un compositor con otro hallazgo, Messiaen, Boulez… Philip Glass fue un oasis, de aburrimiento, pero un oasis. Su música, repetitiva hasta la saciedad, prendió de inmediato entre los oyentes avisados simplemente porque, en el fondo, era convencional. Lo único distinto era esa repetición incesante de un motivo que provocaba el efecto de que el tiempo parecía no pasar nunca, de que la orquesta se había rayado como un disco. Los esnobs iban en grupo a las óperas de Glass y se dormían por turnos en las butacas. El que debía hacer guardia en el final aplaudía y gritaba bravo bien fuerte para despertar a sus compañeros”.
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1206477