Pensá que no te duele y no te duele

Fútbol. Una pelota acercándose. El arco, adelante y un poco a la izquierda. Dos o tres pasos preparatorios. Un movimiento demasiado rápido y demasiado fuerte tensa el músculo (o los tendones, los ligamentos, algunas de esas cosas que hay allí abajo) más allá de su elasticidad, rajándolo. Es una rotura pequeña, como si una señora que pretendía olvidarse del cambio de su figura en el último año (un cambio expansivo), volviese inocentemente a ponerse aquel vestido azul y, al sentarse, el terrible sonido de la tela abriéndose. Así se abre el músculo, menos de un centímetro, pero alcanza para que duela y pulse eléctricamente a lo largo de toda la pierna. Alcanza para la renguera (que no es de perro aunque la lesión se haya producido jugando al fútbol con habilidades caninas). Son días de entender el daño. Uno juega a la gallinita ciega y el dolor le dice “frío, frío, frío, tibio, ¡caliente!” y hay que ver, entonces, de qué manera apoyar el pie para poder desplazarse, aunque sea a una velocidad tan mínima que quizá ni siquiera habría que llamarla velocidad. Hasta la más tonta de las actividades cotidianas se vuelve un problema que necesita ser resuelto. Es como poner el día cuesta arriba o de cabeza. Haciendo gala de una fascinante y ancestral capacidad de adaptación, pronto uno desarrolla una técnica de renguera digna (oxímoron) y cree que está logrando disimularla con decoro. El fingimiento provoca, a su vez, dolores en rodilla, cadera y zona baja de la espalda, pero es un precio razonable, se dice uno, gallardo, orgulloso, bastante idiota. La adaptación exige el rápido olvido del pasado reciente, es decir, cuando uno se desplazaba con normalidad por el mundo. Así que uno olvida. Cuatro o cinco días y ya cree que siempre fue así, este ser que parece ir por la vida apagando colillas olvidadas por fumadores descuidados. Hasta que se siente mejor. No curado: mejor. Prueba. Apoya todo el pie. Frío. Descarga suavemente el peso. Frío. Flexiona la rodilla. Tibio. Casi puede sentir cómo chirrian las fibras de lo que sea que tenga ahí dentro. ¡Caliente! Improperios de variada gama. Conviene esperar unos días, piensa entonces. Más improperios, soterrados, ahora. Y pasan esos días y pasan otros. La renguera es casi impercetible ahora, pero algo sigue estando fuera de lugar. La pierna se olvida del daño antes que uno, que es un muy buen alumno del dolor. El peso se inclina levemente del lado de la pierna sana todavía mucho después de que ya ambas piernas están sanas. Hasta que uno no se sienta curado, no está curado. Es un problema de la conciencia. Es un problema.

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Autorretratos

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Mi padre y yo fuimos el mismo niño. Ojos, boca, pelo. El mismo niño. Sé que en una caja de zapatos mi madre guarda una foto en la que aparece mi padre a la edad de nueve o diez años. Es una foto en blanco y negro, pequeña, cuadrada, de esas que llevan los bordes troquelados con una delicadeza de otro tiempo. El tono de la foto, más allá del blanco y negro, tiene una especie de tinte amarillo y grisáceo, lo que hace que el pelo de mi padre parezca sucio de ceniza. Tal vez dentro de muchos años me encuentre de nuevo con esa foto y entonces necesite un buen rato para convencerme de que no soy yo ese niño, de que no es la foto que me tomaron una tarde cualquiera en que se me había ocurrido vestirme y peinarme de época. Así es la semejanza. O así era. Ahora ya no nos parecemos tanto. Ambos estamos en edades poco propicias para parecernos, pero volveremos a ser semejantes, no tengo dudas. Busco en mi cara el rastro de mis padres y de todos los que estuvieron antes que mis padres, personas de las que apenas sé el nombre o ni siquiera eso. Mi cara es extraña y no siempre es agradable de ver. Tengo los ojos de colores poco definidos. A veces son marrones. En los días de mucho sol se vuelven ámbar, adquieren una tonalidad amarilla si me entra agua salada y se oscurecen cuando estoy muy cansado. Mis párpados tienen una forma que le da un toque de tristeza a mi mirada. No hay sonrisa que remedie eso. Mi boca tiene algo de femenino en sus líneas y mis cejas son espesas y negras. No tengo mentón prominente ni mentón retraído y mis orejas son más bien pequeñas. Mi nariz es la nariz de un niño, de modo que si es cierto eso que dicen, que la nariz marca el carácter del conjunto, supongo que la mía advierte de un temperamento infantil. No suelo usar barba ni bigote, y si en algún momento eso cambia es porque me ha dado mucha pereza afeitarme. Me gustaba mi cara lisa y blanca de la primera juventud. Cuando llegó la edad de la espuma y la afeitadora yo me dije: “No, por favor. Una cosa más que hay que hacer regularmente”. Porque debo aclarar que no soy bueno para las cosas que hay que hacer regularmente. Una lista de minúsculas tareas rutinarias: tal cosa todos los días, tal otra cada tres días, esto hay que hacerlo una vez por semana, al menos una vez por mes es imprescindible aquello y cada tres meses no deberías dejar de recordar que es importante, cada dos años, tener en cuenta lo recomendable que es al menos una vez en la vida… Así siempre. Todo para que un día cualquiera alguien venga y me diga: “cuando tengas 60 años habrás pasado dos semanas de tu vida cortándote la uña del dedo meñique del pie izquierdo”, o datos similares. Nadie debería andar por ahí escupiendo bolazos de esa dimensión. Dicho lo dicho, prosigo. Me afeito dos veces por semana. Una vez estuve un mes sin hacerlo. Después de que uno se acostumbra al “picor”, no es tan malo, salvo que el aspecto de profeta bíblico ha dejado de estar en boga. Sólo una vez, también, fui al peluquero y le dije que me pasara la rasuradora a dos milímetros. Tenía curiosidad. La cabeza me quedó como un cepillo redondo y tibio. Justo estaba estudiando algo, en ese tiempo, y me pasaba largas horas leyendo en un sillón y rascándome la cabeza puercoespín cuando cierta información se resistía a incorporárseme. La fricción hacía que mi cabeza se fuese cargando de estática hasta que cuando por la noche me desvestía en lo oscuro antes de irme a la cama, se producía un auténtico chisperío. ¡Descargas! ¡Centellitas por doquier! A nadie le gustó cómo me quedaba ese corte, pero era la cosa más cómoda del mundo para nadar (bah, más cómoda debe ser la calvicie, supongo, si uno ya ha superado la estigmatización social). Cuando era chico-chico tuve un accidente y me rompí la boca. El manubrio de un triciclo rojo (que todavía existe en casa) me rompió un diente de leche y me rajó el paladar. Sangré un montón. El diente que venía naciendo se torció y así creció. Nunca me lo arreglé. Es mi defecto físico más visible. No hace tanto que me di cuenta de la forma en que eso ha afectado mi gestualidad, es decir, toda la sinfonía de movimientos faciales que durante mucho tiempo desarrollé de forma no del todo consciente para volver menos evidente la existencia chueca del incisivo. Los gestos son parte de un retrato, por eso cuando uno posa para una foto el resultado casi nunca se acerca a lo que somos (de hecho, nadie se parece a su foto carnet y tampoco se parece a su propio muerto). El arte del buen fotógrafo retratista sería, entonces, percibir rápidamente en cuál de nuestros gestos espontáneos estamos más presentes, y hacerlo durar. Mis gestos más habituales son… No tengo idea. Ahora pienso en lo que dije acerca del triciclo y temo no haberlo visto en casa de mis padres en las últimas visitas que les he hecho. No es que sea demasiado apegado a las cosas, pero supongo que necesito poder anclar los recuerdos a ciertos objetos para que sirvan de garantes a la memoria. Porque si ahora pienso en mis pestañas, por ejemplo, llego directamente a uno de mis recuerdos más antiguos: soy pequeñísimo (ni siquiera podría arriesgar una edad), acerco mi cara a la mejilla de mi madre y comienzo a pestañear lo más rápido que puedo, rozándola con las pestañas hasta que ella se ríe y dice que le hago cosquillas, que mis pestañas son como una escobita que le barre la cara. Y se ríe más. Sé que esto ya tiene poco que ver con la idea del autorretrato, pero es hora de confesar que sólo era una excusa para escribir unas líneas, para dejar ir las palabras. Pienso en los autorretratos de Rembrandt (esas decenas de pinturas y dibujos que hizo de sí mismo a lo largo de su vida, varios de ellos en 1669, el año de su muerte) y me lo imagino observándose en el espejo sólo al principio del trabajo, a modo de mero recordatorio, para guardar las mínimas formas, digamos. Una vez hecho eso, el bueno de van Rijn se permitía mentir un poco en cada pincelada para mostrar lo que había debajo del cabello, la piel, los huesos y la carne. En otras palabras, negándose a pintarse idéntico a como se veía (porque el del espejo no era él), le devolvía al mundo una imagen más verdadera de su ser, ya no sólo de su rostro. Experimentos con la vida, experimentos con la verdad. Unas cuantas pinturas cerrando la historia de una vida. El mismo hombre que aprende a ser el que fue, el que es y el que será, esa larga hilera de hombres unidos por ciertos rasgos constantes en medio de un cambio indetenible que siempre lo deja perplejo. La perplejidad. No mucho más. Eso.

-lector, si tiene 4 minutos 18 segundos más de tiemdpo, cliquee aquí-.

Una derrota de bronca y orgullo

No sabíamos qué esperar del partido. Los uruguayos en general no sabíamos ni qué esperar de él ni qué pedirle, y esa incertidumbre nos tuvo toda la mañana del martes verdaderamente confusos, balanceándonos entre sensaciones bastante distintas: por un lado, cierta satisfacción redonda y perfecta; por otro, el contenido deseo de mirar al otro lado de esa satisfacción, algo así como encontrar en el ropero el regalo de Navidad que nos compraron nuestros padres y sentir ganas de romper el envoltorio aún sabiendo que no es tiempo.

Media hora antes de que empiece la semifinal (decirlo ya es increíble, es como hablar de algo que pasó hace años), se oyen bocinas, gritos y cohetes en la calle. Motores raudos, prisas. Es como si a las 15:30 fuese a llover ácido sulfúrico. Los canales de aire han hecho una larga cobertura que sólo ha servido para aguijonear la ansiedad, llevándola a límites insoportables. Y acá hay que hacer un parate, un intermezzo. Qué pobreza de relatores y comentaristas, la nuestra. Roberto Moar no para. Nunca para. No me cae mal, el tipo, siempre y cuando no relate. Cuando relata me dan ganas de autoflagelarme. Eso de decirle “la pecosa” a una pelota que no hace menos de veinte años que dejó de ser blanca con cascos negros, por ejemplo. Moar tiene una empecinación con la poesía. Es el legado negro de Víctor Hugo. Por no hablar de Romano. Alguien debería pedirle amistosamente a Romano (y cuando digo amistosamente me refiero a hablarle mientras se revolea una cadena a modo de intimidación), que deje de hacer chistes homofóbicos y racistas durante el partido. Que pare de una vez. Si nosotros, en nuestras casas, delante de la pantalla y ya medio beodos, queremos hacer chistes de mal gusto, estamos en nuestro derecho. Pero vos no, Romano, porque tenés un micrófono delante de la boca, muchacho. En fin. Suerte que desarmaron esa especie de dúo dinámico que formaban Romano y Scelza. Cuando pienso que quedamos fuera de carrera para salir campeones, sólo algo me consuela, que no escuché a Scelza dándonos ánimos. Sólo eso podría haber empeorado la derrota. Y luego vienen los relatores y comentaristas hiper-emotivos. Eduardo Rivas es creíble. Uno se convence de que la voz se le quiebra en serio y, no voy a decir que se conmueve con él, pero se genera cierta empatía. En cambio, lo que genera su suplente, Federico Paz, se parece más a la vergüenza ajena. Paz es capaz (verso sin esfuerzo) de frases como esta: “¡Dale, dale ahí! ¡Metele a ese que no sabe! ¡Apretalo! Pero, ¿qué cobrás? ¿Qué cobrás? ¡Qué bien hacés los mandados, uzbeco!”. Que alguien me diga qué parte de eso es relatar. Paz es un hombre superado por la euforia o por la tarea que le han encomendado. De los comentaristas, Bardanca respira mesura, el Toto Da Silveira se empeña en seguir sus batallas privadas al aire y Uberti vive en una especie de realidad paralela.

Comienza el partido. Holanda juega de anaranjado flúo (shorts, medias, todo, supongo que buscan la famosa ventaja por encandilamento). Van Persie, Robben, Snejder y Kuyt van en ataque. Ante tal poderío, todos sabíamos lo que iba a salir a hacer Uruguay. Con dos líneas de cuatro repletas de gente abocada a la recuperación, no había mucho margen: aguantar y aguantar. Dejar ir el primer tiempo en un empate a cero y después ver. Tabárez entiende el juego. Se le podrá pedir, a veces, más riesgo, pero no se puede negar que maximiza los recursos y que gracias a eso se le ha plantado cara hasta al más pintado. Salir alegremente, como una niña despreocupada que recoge flores en el prado primaveral, se paga caro. Alemania 4 – Argentina 0. Eso lo resume. Pues bien, Uruguay cerró los caminos hacia Muslera y esperó.  Más débil en las bandas que por el centro, donde Arévalo Ríos hacía relevos a troche y moche, como un pacman. Uruguay esperó y controló bien. Claro que nadie puede prever que el rival tiene armas de destrucción masiva. A los 17 minutos Van Bronckhorst pensó: “Ma’ sí, yo le pego, total, si se va al carajo después se olvidan, queda mucho todavía”. Y le pegó. La pelota alcanzó una velocidad tal que no me explico cómo no se incendió en el aire. Dio en el tornillo. Un gol supersónico. Si Muslera llegaba a tocarla le arrancaba un par de dedos.

Y Holanda se relajó. Si hay algo que a Holanda le sale natural, es relajarse. Toque y toque, no veíamos la jabulani ni en uno de esos preciosos cromos platinados. Hasta que conseguimos un corner y Cáceres (debutante en el Mundial), con iguales dosis de torpeza y brutalidad, le patea la cara a un holandés.  No sé si la acción habrá sido intimidatoria, pero a partir de ahí Uruguay tuvo más chances. Recapacito, ¿cómo no va a ser una acción intimidatoria? Si a mí me dan esa patada, luego de los tres meses que paso en coma me levanto y me hago albañil, mínimo. Prosigo. En esos minutos hubo un penalcito sobre Cavani que el árbitro uzbeco tuvo a bien desestimar (qué necesidad de inquietar a Blatter, santo mío). Un tiro de Palito Pereira. Un cabezazo de Forlán. Todo tan desprolijo como esperanzador. Y ahí nomás llegó el bombazo de Forlán, uno de esos que nos han rescatado por los pelos en más de un partido. Tabárez, en el banco, revisó su cuponera personal de milagritos. Parece que le quedaban uno o dos. Y terminó el primer tiempo. Gran signo de interrogación, gran.

El segundo tiempo llegó como llega el momento de conocer a los padres de la novia de uno. El técnico holandés sacó a De Zeew, un volante de marca, y puso a Van der Vaart, un talentoso, sumando así su quinto hombre en ofensiva. En el medio, Van Bommel seguía repartiendo leña, rolos y astillas a peso con cincuenta el kilo. Los brasileros del otro día le deben un par de viajes que se llevaron a fiado. Todo venía más o menos normal, con dominio holandés pero sin grandes problemas, hasta que en el minuto 20 se acabó la paz. Primero, Van Persie apareció tan solo que estaba en off-side. Pregunta, ¿vieron que casi no le pasan la pelota a Van Persie? Bueno, como escuché por ahí, es entendible: ninguna persona sensata le pasaría la pelota a este Van Persie. Qué jugador más pusilánime. Inmediatamente después de ese off-side apareció Van der Vaart y yo la vi adentro, pero Muslera llegó a tiempo. Diez segundos después, Robben puso una jabulani en órbita. Y en el minuto siguiente llegó el gol de Snejder. Y luego el gol de Robben Y todo así, todo así. ¿Qué hizo Holanda entonces? Adivinaron. Se relajó. La pelota iba para un lado y otro como una resplandeciente bolita de pinball. Hasta que Tabárez (quizá un poco tarde), hizo los cambios. Forlán se fue de la cancha con una lesión y una calentura de novela erótica. Eso que los periodistas llaman “quemar las naves” es la traducción poética de “si se fue el balde, que se vaya la cadena”, que fue lo que se vivió al final. El gol de Maxi Pereira le dio el toque justo a los últimos minutos. Holanda en su área sin entender bien qué era aquello y unos cuantos uruguayos corriendo para todos lados, sin orden, control ni táctica, pero como una avalancha de voluntad que se les venía encima. Esta vez, la hora al referí se la pidieron ellos.

Volviendo al principio. No sabíamos qué esperar del partido, igual que no sabíamos qué esperar del Mundial. Si empezamos a creer que se podía fue porque esa convicción nos fue contagiada. Linda enfermedad que nos llevó de la incredulidad al asombro, del asombro a la alegría y de la alegría a la euforia. Luego queda el orgullo manso y reposado, hijo de la idea recuperada de saber quiénes somos.

Si me lo cuentan yo digo que es joda

(Por ahora, Uruguay – Ghana; en breve, cuando recobre energías, Uruguay – Holanda)

Me alejo de todo. Ya pasó todo. No hace falta hablar del partido porque a estas alturas ha quedado grabado en el celuloide de nuestra memoria reciente (lo rebobinamos, volvemos a verlo, volvemos a rebobinarlo y así), listo para ir a un archivo más profundo y tranquilo, dentro de nosotros, cuando vaya pasando el tiempo y sencillamente sea un asunto entre el recuerdo y el sentimiento, despojado de los detalles más o menos triviales, las entrevistas, los titulares y las repercusiones mediáticas. En la historia personal de cada uno va a asentarse este mundial con alegre calma. Así que me alejo un poco de todo y miro a nuestro alrededor, para ver cómo nos ven. Leo editoriales de España, Argentina, México, Brasil. Me convenzo de que nadie entiende nada. Leo todo con incredulidad, porque es como si el partido lo hubieran visto una docena de extraterrestres que luego, en lenguaje de señas, quisieran explicarle lo que vieron a una docena de manatíes. Así escriben y hablan aquí y allá. Básicamente, esa es la idea. Me doy cuenta, entonces, de que el error -común y repetido- es pensar que la racionalidad alcanza para entender todo lo que pasó en la cancha. Y no se puede. Es tan sencillo que asusta. No se puede. Punto.

Mentí al comenzar el párrafo anterior. No puedo alejarme del partido. Ghana salió a esperar. Se había corrido la bola de que Uruguay era favorito, lo que le daba al equipo africano cierto margen de especulación en el comienzo. Uruguay buscó, presionó, usó sus variantes de ataque. Fueron cerca de veinte minutos en los que si llegaba el gol celeste nadie iba a alzar las cejas extrañado. Pero no llegó. Entonces el Estadio empezó a empujar a los africanos, que se adelantaron en la cancha. Ahí comenzaron los problemas para nuestra defensa. Claro que a lo largo del Mundial habíamos aprendido a confiar en esa defensa que nunca apeló al juego brusco o desleal y que supo mostrarse tan recia como limpia. El tema es que al problema de no poder contar con Godín (uno de los mejores zagueros de la Copa), se le sumó la lesión de Lugano. Había que emparchar un parche. Uruguay pasó a jugar con una zaga formada por Victorino y Scotti, es decir, la zaga suplente a pleno. Los ghaneses aprovecharon la ocasión y se pusieron como meta generarnos todavía más problemas, todos culpa de Assamoah, Boateng (que parece un boxeador del Bronx), Annan, Gyan y Muntari (que en su otra vida fue un bisonte o un búfalo). Y en el fútbol, cuando empieza a haber olor a gol en el aire es como cuando hay sangre en el mar, tarde o temprano aparece un tiburón. Esta vez, el tiburón fue Muntari (repito: un morocho con una espalda donde podrían cómodamente cenar doce comensales), que pateó desde fuera del área, frontal al arco, y la pelota describió una curva algo extraña antes de picar y meterse más allá de la mano izquierda de Muslera, que había dado un fatal paso a su derecha, un paso que no tuvo tiempo de corregir. Todos miramos el reloj con indisimulada desesperación. 43 minutos. Era un golpe psicológico bastante certero, el de los ghaneses. Un par de minutos después, el árbitro portugués al que la FIFA encomendó la tarea de cocinarnos vuelta y vuelta, dijo que se terminaba el primer tiempo.
En los quince minutos del descanso, mientras Tabárez (una especie de Sísifo oriental) volvía a pensar en cómo dar vuelta un partido que se había puesto cuesta arriba, mil quinientas abuelas de todo el país, distribuidas a lo largo y ancho de la República (y algunas en la diáspora), hacían apretados nudos a sus pañuelos bordados mientras recitaban el mágico versito: “Pilato, la cola te ato, si no empata Uruguay, no te desato”. Uruguay necesitaba toda la ayuda posible.

Hay que decir la verdad. A nadie le pareció una idea demasiado buena la inclusión como titular de Álvaro “El Flaco” Fernández.  No tanto por lo bien o mal que podía cumplir su tarea por la banda derecha, sino porque temíamos por su salud. El apodo de Fernández es mucho más que un apodo, es prácticamente la manifestación visible de la esencia de su ser. Fernández es flaco en serio, no es joda. Y teniendo en cuenta la violencia del estilo de juego de Ghana uno podía prever una fractura expuesta en cualquier momento o, al menos, que el Flaco saliese volando luego de un choque fortuito y cayera de cabeza en una vuvuzela gigante. Se ve que Tabárez, por ese u otros motivos, recapacitó y decidió poner a Lodeiro para darle más fútbol al ataque. Así, con una actitud más decidida, Uruguay emparejó las acciones y comenzó a inclinar la balanza a su favor, como un par de forzudos jugando una pulseada muy larga, con las venas de los brazos abultando bajo la piel y cada fibra en máxima tensión. Así estábamos todos frente a las pantallas, con el cuerpo tenso y vibrante como la cuerda de un violín perfectamente afinado.
De todos modos no se veía llegar el gol. Todo estaba demasiado enredado arriba. Hasta que a Jorge “el resucitado” Fucile trepó por izquierda y recibió una patada criminal de atrás. El pésimo árbitro portugués, Olegario Bartolo no-sé-qué-más, cobró la falta porque si se hacía el sota ya iba a ser demasiado (aunque luego demostró que nada es demasiado para él). Forlán, el responsable de cada pelota detenida, acomodó la jabulani y empezó a ver qué hacer con ella. Centro o tiro al arco. Centro o tiro al arco. La cámara nos mostraba un primerísimo primer plano del instante en el que se tomaba la decisión en el rostro de Forlán. Ojos fijos, labios apretados. Centro o tiro al arco. Tiro al arco. Y le dio de derecha con toda la violencia posible. La pelota hizo un extraño efecto y se clavó de arriba hacia abajo. Golazo. Alivio. Nudos desatándose en cada garganta. Go-la-zo. Mil quinientas señoras desatan mil quinientos pañuelos bordados. Y de nuevo en la lucha, de nuevo remando, gracias a un jugador que nos ha acostumbrado a poder contar con él, desde aquella vez, hace 8 años, cuando debutó en un Mundial en el peor momento del equipo, 0-3 con Senegal, y también sacó un latigazo y también fue golazo y nos sacó la vergüenza del cuerpo. Porque si algo ha diferenciado a Forlán de otras estrellas de papel es que su calidad no parpadea, que incluso en sus partidos malos podemos esperar de él la chispa que encienda la esperanza.

Ya con el 1 a 1 en el marcador, el partido entró en una zona muy difícil de definir. Fue entre el quiero pero no puedo de los ghaneses y nuestras ganas de ganar aunque sin saber bien cómo, que se terminó el tiempo reglamentario y comenzó el alargue. El alargue es algo así como el Purgatorio del fútbol. Te vas al Purgatorio porque no fuiste ni tan bueno durante los noventa minutos como para ganar, ni tan malo como para perder, así que por no sé qué Encíclica de la FIFA te toca ir a ese limbo intermedio donde tenés que purgar tus pecadillos con la esperanza de acceder al paraíso de la siguiente fase.
Lo último que Uruguay necesitaba era jugar media hora más contra un equipo que si algo hace bien es correr, pero no había remedio. Así que si Ghana iba a correr, Uruguay iba a hacer lo suyo, apretar los dientes y hacer crecer el césped del estadio a puro sudor. Llegado cierto punto, una vez que desperdiciamos varias chances de desnivelar el partido, comenzamos a pensar en los penales como en algo inminente. Nos resignamos a ellos. Fue entonces que pasó lo que pasó. El foul inventado, el centro, los rebotes, el cabezazo y la salvadora mano de Suárez en la línea. De campito. De recreo de escuela. Una picardía despojada de maldad. Puro fútbol aprendido en el barrio, donde si hay que elegir entre ceder un penal y un gol, siempre se elige el penal. Y es penal y expulsión. No podemos creer lo que vemos. Minuto 122. El alargue del alargue, más allá de todo límite razonable. Sólo a nosotros nos puede pasar esto. Sólo a nosotros. Afuera del Mundial. No queremos ver pero no podemos dejar de mirar. Tanto nadar para morir en la orilla, pensamos cuando ya la humedad de los ojos es algo más que humedad. Momento. Momento porque hay más noticias para este boletín. Por favor, no rompan sus tickets hasta que no se confirme el ganador. Es un final de fotografía, una sonrisa de la fortuna, una sonrisa con dientes como perlas brillantes. Gyan estrella el tiro en el travesaño. Muslera mira el palo y le da las gracias, le dice que es lo más grande que hay, que lo quiere mucho. Muslera es un chico adorable que unos minutos más tarde se va a quedar con dos pelotas más y va a señalar a sus compañeros, dedicándoles la faena. Su cara de niño héroe parece decir: “Sólo a nosotros…”.

Los sinvergüenzas que caen a picotear

1: Han sido días raros. Las frases como “pellizcame” o “no me despiertes”, aparentemente contradictorias, han sido en realidad complementarias durante estos días, esta larguísima semana breve, con esa característica tan propia de los sueños o, mejor dicho, de la ensoñación. Y si escribo este texto antes del partido que vamos a jugar con Ghana en apenas un rato, es porque quiero mantener ese estado un poco más, capturarlo y darle espacio, para poder volver luego a él y, al verlo por segunda vez, verlo realmente.

La pausa de dos días sin fútbol antes del comienzo de los cuartos de final (fase que abrieron Holanda y Brasil hace un rato, partido del que hablaré un poco más abajo), sirvieron para que toda la euforia se replegara un poco sobre sí misma en las calles del país, asentándose en el fondo de cada uno de nosotros. Las banderas siguen allí, cada vez en mayor número, y flamean llenas de mansedumbre, y aunque las charlas en todos lados versan sobre lo mismo, de algún modo ya se han agotado: no queda nada por decir. Hay una especie de cansancio que no tiene nada que ver con el hartazgo. De algún modo extraño, por más que la parte visible del asunto sea masiva (periódicos, informativos, coberturas radiales, portales de internet, cadenas de mails, de sms, facebook, facebook, facebook, etc.), hay una parte invisible, mucho más sosegada e íntima en cada uruguayo, es una charla que tiene sólo dos interlocutores: uno mismo y el equipo. Y hay que dejar claro que el equipo no está formado por once jugadores, ni se trata del plantel de veintitrés, ni del cuerpo técnico, ni de la delegación entera, porque el equipo no es una cosa plural: es una entidad singular. Cuando juega la celeste la cuestión es entre uno y la celeste. Eso explicaría las cábalas, que son una forma de creer que hay una correspondencia entre lo que hacemos acá y lo que ocurre allá, que una fuerza primaria y simple responde a nuestros actos, los más pequeños y triviales, dando lugar a escenas como esta: Vos sentate en aquella silla. No. En esa no. ¡En esa…! Hay que traer a la abuela. sí, la otra vez estaba la abuela, me acuerdo clarito… No me importa que no quiera, que venga. Y dejá esa bandera y sacate la camiseta. Perdoná que te pregunte pero… ¿te pusiste el soutien rojo? Yo sé que parece una pavada, pero si no te hace bien, mal tampoco. Ah… y me olvidaba… no te vayas a enojar pero vos… sí, vos… a vos te hablo. Me duele en el corazón lo que te voy a decir, pero te tenés que ir. Sí, sí, no discutamos, es mejor así. No es nada personal. Dale, dale, ya están cantando los himnos. No sé, miralo en un bar, en una vidriera… ¡Ya sé que estamos en el siglo XXI! Lo tengo muy presente, para que sepas. ¿Y…?¿No crees en la energía, vos? Algo hay, sobre eso no vamos debatir. No me importa si te parece un arcaismo, escuchame bien, no me importa un carajo, asumí tu condición de yetatore y rajá de una vez que está por empezar”.

Me lo tomo para el churrete, pero es así, es tal cual lo cuento. Y aunque venga un racionalista a decir que eso no sirve para nada, que es imposible reproducir exactamente las condiciones que… ¡Plaf! Hay que meterle una mano. Yo lo lamento, pero hay que darle una piña. ¿No ven que es algo entre el hincha y su equipo? Es personal y nadie debería meterse. Si un pariente cercano suyo, lector, quiere ver el partido de esta tarde desnudo y colgando de cabeza del ventilador de techo, déjelo, él es feliz así.

2: Holanda salió un poco amilanada a enfrentar a Brasil. Para decirlo con delicadeza, debajo de sus simpáticos shorts negros se adivinaban sendos pañales Huggies extra sec, máxima protección. Arriba tenía a dos jugadores hábiles Robben (más zurdo que Zabalza), y Van Persie (una manteca Conaprole), y un central bastante aguerrido: Kuyt. Pero la pelota les llegaba poco y mal, porque Snejder entraba poco en juego y no habilitaba a nadie. Brasil notó el amilanamiento holandés muy rápido y entonces se acabó creyendo su propia superioridad. Es como si se hubiera dicho: “Ah, pero si me tienen tanto miedo, por algo será”. Así que se dispuso a atacar. Se dispuso a atacar tanto como puede hacerlo este equipo de Dunga, en base a impulsos individuales. Así llegó el gol anulado, el gol válido, el dominio tranquilo del scratch. Holanda hacía agua que era rápidamente absorbida por el gel de los Huggies y uno se podía imaginar la cara de Johann Cruyff (la leyenda, el Pelé blanco), que antes del partido había dicho que nunca pagaría una entrada para ver jugar a este Brasil, pues era una vergüenza que jugara así. No debía estar muy contento. En ese primer tiempo parecía que había una especie de campo de fuerza en el área de Brasil, un aura magnética que repelía todo intento holandés por meterse en ella. Y así terminó el primer tiempo, 1 a 0 para Dunga y sus garotos.

Si uno tuviera que mencionar diez características históricas de las selecciones de Holanda, creo que el carácter quedaría afuera. Por ese motivo, muy pocos pudieron vaticinar la reacción naranja. Sin embargo, ocurrió. Brasil salió a la cancha levemente distinto (igual de golpeador que siempre, llevando la reciedumbre hasta el límite mismo del patoterismo, porque este Brasil te da para que tengas, guardes y distribuyas entre tus amigos). Se respiraba confianza. Y la confianza se hizo añicos igual que un fino jarrón de la abuela, cuando tras una buena jugada de Robben por derecha y un centro igual de bueno de Snejder, el golero-emperador romano que casi nunca falla, Julio César, falló al intentar despejar la Jabulani que Felipe Melo no logró cabecear. Gol en contra. 1 a 1 impensado. Pero todavía faltaba un rato y no sabíamos bien cómo iba a aprovechar eso Holanda, que comenzó a jugar de manual, moviendo la pelota con exactitud mientras los brasileros estaban desconcertados, nerviosos y de mal humor. Había que ver las caras de los brasileros. Suelen sonreír, por eso, cuando la boca se les arquea hacia abajo y fruncen el ceño uno deja de reconocerlos. Y el segundo gol de Holanda (la infalible ley de los dos cabezazos en el área) no ayudó a mejorarles el ánimo. Fastidiosos, ofuscados y tensos, se despidieron del Mundial en el preciso momento en que a Felipe Melo le pareció que era una gran idea pisar a Robben, caído gracias a dos patadas suyas. El japonés Nishimura, un árbitro de animé, le sacó la roja directa y nadie protestó mucho, más bien parecía que alguno de sus compañeros quería explicarle a Melo una o dos cosas ahí mismo. Más allá de unos embates que parecieron los estertores finales de un pez al que hace rato que sacaron del agua, Brasil no supo generar chances de empatar el partido, y Holanda no lo sentenció de contragolpe porque la alegría que tenían se les enredaba en los pies y les impedía patear la pelota con precisión. Lo triste de Brasil es que haya jugado el Mundial sin que le diera vergüenza salir a picotear los partidos, él, que tiene todo para jugar bonito, para no ser un traidor a su historia. Es triste perder, siempre, pero perder así…

3: Falta media hora para que comience nuestro partido. Bocinas, gritos y cohetes se escuchan en la calle. Motores raudos, prisas. Es como si a las 15:30 fuese a llover ácido sulfúrico. Hay pantallas gigantes en 18 de julio y las mesas de todos los bares están llenas. Yo tengo una vieja camiseta celeste en un cajón de la cómoda. Es toda mi cábala y espero que funcione. Espero que todas las cábalas funcionen.

Africa man, Africa man

Creo que a la mayoría de nosotros (y en este caso nosotros representa al conjunto de uruguayos que estamos siguiendo más o menos de cerca lo que pasa en Sudáfrica), nos hacía un cosquilleo extraño en el costado pensar en que tal vez no hubiese ningún equipo africano en la etapa decisiva del primer mundial organizado en el continente negro. Era una molestia, una inquietud. Desde que vimos los cruces de octavos de final y nos atrevimos a soñar con una victoria ante Corea, prestamos mucha atención a la llave que nos entregaría al rival de cuartos: EEUU o Ghana. Y entonces, más allá de regir nuestras preferencias de acuerdo a lo que nos convendría (estos son más tácticos, aquellos son más fuertes, estos son menos tal cosa, aquellos son más tal otra), todos empezamos a pensar, en un rinconcito de nosotros mismos, que África se merecía tener un equipo que sacara la cara por ella. Y quizá fue eso lo que cambió a Ghana, que no había sido un equipo brillante ni mucho menos en la fase de grupos, al punto de que clasificó por los pelos. Lo que quiero decir es que el hecho de que los demás representantes africanos quedasen por el camino tan pronto elevó a Ghana a un nivel nuevo, como un río que de pronto ve cómo su caudal se duplica por obra y gracia del deshielo de los picos en primavera. Ese nuevo torrente fue demasiado para EEUU.

Luego del tempranero gol de Boateng para los africanos, los norteamericanos tuvieron unos largos minutos de aturdimiento y languidez, pero luego el alma les volvió al cuerpo y ya no dejaron de luchar, al punto de empatar el partido y llevarlo a un tiempo extra con un penal que Donovan ejecutó cuando el temblor de sus piernecitas se lo permitió. Para ese entonces todos habíamos visto bastante de aquello y estábamos convencidos de que si había que elegir el rival más accesible para Uruguay, ese era EEUU, porque Ghana había mostrado (más allá de cierto desorden táctico), un despliegue físico y un empuje impresionantes. Pero no dependía de lo que nosotros quisiéramos o no quisiéramos. De modo que cuando apenas corría el tercer minuto de la prórroga, la velocidad y la fuerza de los africanos se corporizó en Asamoah Gyan, que recibe con el pecho un pase largo y se mete entre dos defensas norteamericanos. Bocanegra, uno de ellos, lo embiste con el hombro, desacomodándolo en la carrera, pero Gyan no cae, da tres pasos más sin perder de vista la pelota y antes de ser obstruido por DeMerit, el otro defensa, saca un remate de zurda que Howard no puede contener. En la repetición puede verse a Bocanegra encogerse de hombros y abrir los brazos como preguntándose qué más había que hacer para parar a aquel hombre.

Cuando terminó el partido y las cámaras entraron a la cancha a buscar la alegría de los vencedores y la desazón de los derrotados, una de ellas se topó con un ghanés que se golpeaba el pecho a la altura del corazón con el puño y decía, con la boca llena de puro goce: Africa man, Africa man, y todos supimos que la señorita África había encontrado un caballero dispuesto a poner su contorno en un escudo y a defender su orgullo hasta que le quede fuerza.

En el camino de Ghana aparecerá Uruguay, para formar la llave de cuartos de final más improbable del Mundial y, quizá, la menos interesante para el resto del mundo, si suponemos que nadie querrá dejar de ver a los grandes candidatos: España, Alemania, Argentina y Brasil. Sin embargo, pensemos un poco en dónde está el partido más trascendente a nivel histórico. Los demás prácticamente son parte de un selecto club que se reúne cada cuatro años en cuartos de final para jugarse otra cita con la gloria. Para Ghana, en cambio, todo es nuevo y maravilloso. Para Uruguay también, pero de un modo distinto, como si de pronto un anciano recuperase la fuerza en las piernas y la tersura en la piel, dispuesto a enamorarse de nuevo de un lejano amor de juventud.

Caminando alrededor

Vamo’ todo’ o no va naides
El Mundial es una excelente caja de resonancia. Cualquier tema que se asocie a él obtiene, por mera inercia, una difusión extraordinaria. Es como esos trolebuses que uno ve en las películas, a los que los niños se suben de garrón. Uno se sube y el Mundial lo lleva. Lo que no se sabe es el destino del viaje. No lo supo el ministro Lescano, cuando hace unos días salió alegremente a proponer que una delegación multipartidaria viajase a Sudáfrica para asistir al match contra Ghana. En ese preciso instante, Lescano abrió la posibilidad de ser apaleado cual una piñata llena de tesoros infantiles. Bordaberry pidió turno y comenzó el apaleamiento (Mieres defendió al Ministro y Larrañaga, ni fu ni fa, o sea, lo típico). Hay detalles importantes (pero que de lejos sólo son detalles): el lunes, Mujica desestimó la idea y dijo que el único que debía viajar era el mismo Lescano, que no puede ir por problemas de salud. Un lío doméstico al santo botón, digamos, o un fatal error del golero, regala el palo en el tiro libre y cuando quiere acordar la hinchada rival ya es una sola algarabía.

Perdimos por tener tanto negro
Lo que está pasando en Francia, sin embargo, es bastante más serio. En Europa se mantienen desde hace tiempo, más o menos latentes, movimientos políticos de extrema derecha, sustentados en un discurso profundamente xenófobo. Pues bien, Marine LePen, vicepresidenta del Frente Nacional, el partido de la extrema derecha en Francia, vio el hueco en la defensa rival y se tiró de cabeza. Las condiciones eran ideales: el triste papel de la selección gala en Sudáfrica era cuestión de estado desde antes del Mundial, cuando el mismo presidente Sarkozy se declaró admirador de Domenech, que es desde hace mucho tiempo uno de los personajes públicos más impopulares del país. LePen no dejó pasar la oportunidad de chicanearlos a ambos, lo que usualmente se conoce como patear al que está en el suelo: “¿Son diferentes de quienes nos gobiernan? Tuve la ocasión de decir hace unos meses que Sarkozy tenía la actitud de Domenech. Ahora le diré que Domenech tiene la actitud de Sarkozy”. Pero la cosa no iba a quedar así y uno lo podía prever, porque resulta que la buena de Marine es hija de Jean-Marie Le Pen, que en 1998 llegó a decir que “casi se muere cuando vio a diez negros cantando la Marsellesa”. Claro que la Copa Mundial obtenida ese año funcionó de dique para este tipo de disparates intolerantes y demostró, más allá de lo deportivo, el valor de la integración intercultural. Hoy, la realidad es distinta, y entorno a la osamenta se ciernen los buitres que pretenden sacar un ejemplo didáctico y ultranacionalista. LePen afirma no reconocerse en la selección bleu porque algunos jugadores “tienen otra nacionalidad en el corazón”. Y es extraño que lo diga alguien que, de poder, deportaría a todos y cada uno de los inmigrantes marroquíes, argelinos, etíopes, congoleños (y no creamos que cuando terminase con ellos iba a parar ahí, los sudacas son los que están inmediatamente detrás en la fila). LePen habla del corazón. Es casi gracioso. Casi. Pero no.

Inercia de la buena
No todo lo que se mueve alrededor del Mundial es tan tenebroso como el apartado anterior. Por ejemplo, tenemos a Reaching Uruguay, una organización sin fines de lucro situada en Estados Unidos, que trabaja por los niños, adolescentes y madres necesitados del Uruguay. El slogan de su campaña es muy bueno: “la única promo en la que NO te ganás un LCD”. La campaña es sencilla y emocionante, se trata de que los uruguayos se comprometan a empatar cada triunfo de la selección con una donación. Uno entra a la página de la organización (http://www.jugatelaporloschicos.com) y se registra. Allí define cuánto quiere donar por cada gol o cada resultado de la celeste. Hasta el momento se llevan recaudados 211 mil pesos que serán destinados a proyectos del Centro Aires Puros, Gurisaes, Liceo Jubilar, Colegio Banneux y Madres de la Cruz. Pintarse la cara y colgar una bandera del balcón está buenísimo. Esto es excelente.