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Qué hice en mis vacaciones

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Esta es una marca traumática dejada en mí por nuestra tan querida Escuela Pública y sus maestras: hacer una redacción acerca de lo que hice en las vacaciones. Bueno, de niño yo nunca hacía nada especial en vacaciones, así que esa primera redacción mía siempre era la cosa más insulsa, y es que todavía no se me ocurría que podía mentir, inventar fantásticas actividades de verano que yo no había realizado. No, yo contaba estrictamente la verdad, una verdad muy, muy aburrida. Quizá por eso nunca me sacaba buena nota en esta dichosa redacción destinada a inaugurar el año lectivo. Y ahora (oh, injusto destino), que finalmente mis vacaciones suelen tener cosas interesantes para narrar, ya no estoy en edad de que una maestra venga y me pida la bitácora de mi verano y después me ponga “sobresaliente”, con lapicera Bic roja, en el ángulo superior derecho de mi hoja Tabaré. Esa satisfacción me ha sido negada para siempre. Pero como ya dije al comienzo, esto es un trauma, por tanto es más fuerte que yo, no puedo resistirme a él, y aquí voy de nuevo, aunque no haya ninguna señora de túnica blanca, anillo con abejita, té y galletitas a la hora del recreo y perfume demasiado penetrante, que me califique, aunque yo ya no tenga la edad ni la inocencia adecuadas para la tarea, haré, por última vez, el intento de redactar qué hice en mis vacaciones.

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Se terminó el año sin que a mí se me moviese un pelo. Cero nostalgia por la más reciente vuelta de la tierra alrededor del sol. Explotaban en el cielo las cañitas voladoras y yo ya no estaba allí. Recibía los besos, abrazos y buenos deseos de todos mis parientes, casi todos alcoholizados, pero yo ya me había ido. Aunque realmente faltaban todavía ocho horas para que el coche de Cotmi me llevase a Montevideo, el que estaba allí, con la intomable copita de espumante en la mano (a mí me gusta la sidra), era un fantasma que se me parecía en algo, como se nos parece nuestro reflejo en el empañado espejo del baño.
Todavía me duelen las costillas. Mi ocasional compañero de asiento, un muchacho alto y grande, buen prospecto para cualquier equipo de rugby, se encargó de darme una buena docena de codazos mientras dormía. Nunca me sentí tan feliz de llegar a Tres Cruces, que a las 9:45 de la mañana del 1 de enero parecía un lugar espectral. ¿Cuál no fue mi desazón cuando me enteré de que el coche de Rutas del Sol que debía partir rumbo a La Paloma a las 10:10 no lo haría, y que el siguiente partiría recién al mediodía? Pero mi buen humor era ya inquebrantable. Estaba de vacaciones, señores, y eso es lo mismo que haber bebido una especie de pócima que nos hace invulnerables para con los vaivenes de la mala suerte. No voy a hablar de lo mal que me trató el encargado de guardar mis bolsos, ni de la escandalosa suma que tuve que pagar en una Estación de Servicio para tomar un jugo Ades de naranja (que terminó reventando inexplicablemente, como por decisión propia, inaugurando en mi cabeza la idea del “reventamiento espontáneo”), ni de la eternidad que tardó el caracolino ómnibus en depositarme en La Paloma. Ni una palabra de todas esas mínimas desgracias. Ni siquiera voy a hablar de la forma que tiene la nueva administración del Complejo La Aguada para transformar la inscripción de los nuevos acampantes en una verdadera lucha por la supervivencia, dos o tres horas durantes las cuales el turista se ve enfrentado a un monstruo que ingenuamente creía haber dejado atrás: la burocracia. Yo todavía estoy asombrado de que no se haya armado ningún lío lamentable  durante las largas horas bajo el inclemente sol de enero que la gente debía soportar mientras, dentro de la oficina, los funcionarios se tomaban su tiempo para hacer todo de acuerdo al protocolo. Y después dicen que Kafka no es una lectura de verano.

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Lograr entrar finalmente al camping le mezclaba a uno las sensaciones, por un lado estaba la satisfacción del deber cumplido, por otro, la furia contenida por esas preciosas horas de libertad que le habían afanado a mano armada con lapiceras y sellos de goma. Pero bueno, al rato ya se nota que ese sonido lejano es el rumor de las olas y no hay malhumor que aguante mucho tiempo. Es cierto que el olorcito a porro que venía del lado de los vecinos amantes del reagge también ayudaba a relajar los nervios. Eso y el continuo desfile de ninfas en bikini, dispuestas a hacer que el promedio de temperatura corporal masculina se elevase en 5ºC, mínimo.
Si una cosa es evidente, es que La Paloma es un lugar al que el verano le cambia la cara radicalmente. La llegada masiva de turistas hace que todo se mueva a un ritmo que por momentos resulta excesivo, un ritmo un poco desesperado que empuja a la gente a apelotonarse en la playa, en la heladería o en los boliches (que están, a su vez, apelotonados, tres locales en menos de doscientos metros). Y es que, al menos este año, “la movida” que tradicionalmente está en La Pedrera, se trasladó a La Paloma.

Un día me desperté bastante temprano, a eso de las 8:30, más o menos. En el baño, me encontré con dos muchachos que no deberían tener más de 16 años, vestidos con lo que podríamos llamar “el uniforme teen-fashion”: camisas a cuadritos Quicksilver (una marca de ropa originalmente pensada para surfistas que el marketing ha extendido como la peste). Los chicos recién llegaban de alguna fiesta. Cuando me vieron entrar, con la toalla al hombro y el jabón, la pasta y el cepillo de dientes en la mano, uno de ellos dijo: “Qué loco, che, la gente se está levantando y nosotros recién nos vamos a acostar”. Son distintas formas de vivir el verano. La de los chicos tiene un aspecto muy saludable: de noche, el índice de radiación ultravioleta es bajísimo.

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Un problema típico de las vacaciones es la comida. Comprar lo necesario para hacer un almuerzo digno de llamarse así no sólo puede llegar a ser bastante costoso, sino que hay que armarse de paciencia. Cualquier almacén cercano al camping suele estar lleno de otros compradores, de empleados con humor de perros, y de perros propiamente dichos. Cierto día vagaba por entre las góndolas un gran danés del tamaño de un pony pequeño, sin que nadie se atreviese a intentar sacarlo, ni siquiera a preguntar “¿de quién es este perro?”. No. El bicho imponía un respeto sobrenatural. “Ya se irá cuando él quiera”, parecía ser el pensamiento colectivo de los presentes. Y es que el verano tiene mucho de anarquía, o, al menos, de sustitución de las normas convencionales por otras nuevas, más flexibles. Eso es, después de todo, lo divertido, vivir un tiempo en el que la regla deja su lugar a la excepción.

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En ese escenario, el clima es un personaje principal. Cierto vez salí caminando rumbo al faro (han de ser dos o tres kilómetros por la costa), bajo la amenaza de una tormenta violeta que se arremolinaba desde el sur. Haciendo gala de una valentía que rozaba la temeridad, opté por no volver al camping. La lluvia se desató cuando iba llegando al puerto. Una cortina de agua que me arrinconó al único refugio que encontré a mano, un recodo formado por los contrafuertes de un depósito. Dos horas más tarde, el sol ya había evaporado el último charco, el día se había salvado y mis sueños de tortas fritas no eran más que espuma diluyéndose.
Mientras andaba por ahí con mi MP3 a cuestas; mientras leía a Auster, a Coetzee, a Dostoievski; mientras caminaba entre las piedras y el musgo; mientras subía los 146 escalones del faro; mientras miraba el esqueleto de una ballena; mientras jugaba al tenis criollo y pensaba, al sentir el dolor en las lumbares, que “ya no estoy para estos trotes”; mientras veía a un niño de 10 años hacer cosas en una tabla de surf que yo no voy a poder hacer jamás; mientras escuchaba a una muchacha absolutamente anestesiada pedír una hamburguesa con queso en un carrito, contando las monedas; mientras pasaba todo eso, y otras mil cosas que no enumeraré, en ningún momento dejé de sentir la misma sensación de siempre, de cada vez que estoy cerca del mar y veo el agua como un ser vivo, un ser latiendo en cada ola: que ese ser estuvo antes que yo y antes que todos nosotros, y que a todos nos sobrevivirá, y que aún a pesar de eso lo que me importa, lo que me subyuga del verano, de la playa, del océano interminable, son las historias que florecen en la orilla, las historias mínimas que acompañarán a las fotos de los veraneantes, los felices recuerdos de aquellos días vividos bajo cielos que no vuelven.
Y esas, señorita maestra, son más o menos algunas de las cosas que hice en mis vacaciones.

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El éxodo del pueblo occidental

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Y yo creo que no es mal título, porque estos primeros días del año –la presente nota fue escrita en enero-, una gran parte de la población que vive al oeste (y al norte) del país, enfila al este con indisimulada ansiedad. Se ve en las rutas, y especialmente en los peajes: muchos van, pocos vienen, y la caja registradora no para de registrar: Clinc! Clinc! Clinc! (de a granitos se llena la gallina, dicen). La larga hilera de vehículos se extiende y ondula sobre la cinta de asfalto, bajo la mirada implacable del sol. Cada tanto se oye un zumbido y de inmediato aparece a nuestra izquierda un flamante vehículo con chapa de Argentina. Miro el cuenta-kilómetros. Vamos a cien. El turista (“más que un amigo, un hermano”, dice el spot del Ministerio), debe ir, fácil, a 140 o 160. “Más que un hermano, un peligro”, pienso yo mientras veo el Mercedes (el BMW, el Audi, el Rover, da lo mismo), zigzaguear con trepidante temeridad, adelantando en curvas, repechos y badenes, sin discriminar.
El paisaje comienza a cambiar. Los campos, que hasta hace un rato eran amarillos, ahora tienen una tonalidad rojiza que hace pensar en que basta una chispa, una ínfima chispita, para que todo esto arda como en el día del Juicio Final. Los neumáticos y los motores se calientan y resoplan. Las familias se detienen junto al camino, a la sombra de algún montecito de eucaliptos, a descansar y refrescarse. Las chicharras, que sólo viven un verano, ven cómo este enero les da la posibilidad de que se luzcan, de que vayan hacia su muerte haciendo lo que mejor saben hacer: llenar todo con su estridencia. En casetas de madera, junto a la ruta, señoras mayores ofrecen dulce de zapallo, licor de huevo, ajíes en bollones. Y así, la larga fila de cascarudos de metal llenos de hombres y mujeres y niños, encuentra su destino, un cartel verde con letras en blanco que indica que hay que girar noventa grados a la derecha para tomar una recta ya perpendicular al mar y al alivio. Este último tramo de carretera renueva la ilusión que el cansancio había aquietado. Ahora ya no falta mucho. Ahora, si uno baja el cristal de la ventanilla y pone toda su atención en la nariz, puede llegar a percibir la sal. Ahora, tras el horizonte, tras el baile del aire caliente sobre la calle, se percibe ya la bruma azul del océano.

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Un lugar relevante entre los deportes playeros lo ocupa el fútbol tenis. Se juega así: se traza en la arena (es bueno elegir algún sitio cerca del agua, donde la arena tenga una cierta consistencia que le permita a la pelota rebotar con cierta regularidad), se traza en la arena, decía, un rectángulo (medidas recomendadas, ocho pasos de largo por cuatro de ancho), y se establece una franja central de unos dos pasos de ancho en los que la pelota no podrá picar, esta franja oficia de red. La reglas son sencillas: el sacador lanza la pelota con el pie (en caída, no vale tirar chumbazos en el saque), hacia la cancha de su oponente, quien deberá regresarla antes de que ésta (la pelota, se entiende), pique más de una vez, para lo cual dispone de hasta un máximo de tres toques con cualquier parte de su cuerpo, a excepción, obviamente, de las manos. Se puede jugar uno contra uno y dos contra dos (tres contra tres ya no, porque es un desbole). Se puede jugar a diez puntos (y cambio de cancha al llegar a cinco para que a nadie le perjudique el sol de frente o el viento en contra, ya se sabe, esos argumentos que suele usar el perdedor para justificar su mala performance).
Otro deporte playero por excelencia es el tejo, pero ni piensen que me voy a poner a explicar sus reglas. Me aburro de sólo pensarlo. El que sí está bueno es el freesbee (o como sea), ese disco que lo tirás como bobeando y el coso empieza a volar hasta la mano del otro, o hasta la cabeza de algún pelado que justo pasaba y se metió en el medio. Y bueno, son daños colaterales. Más deportes: la paleta. Este está bueno. Consiste simplemente en pegarle a una pelota azul de goma con una paleta de madera. Dale y dale. Horas así. El sol los achicharra pero ellos le dan de punta y p’arriba, pumba y pimba. Es un deporte muy jugado por parejas: o sea, novio y novia. El novio comienza jugando con displicencia, hasta que se da cuenta de que la chica le pega bien a la pelota, muy bien, entonces él comienza a subir la intensidad de su juego hasta llegar al nivel “bestia peluda”, lo que generará, más tarde o más temprano, un pelotazo en la cara de su novia. Esta pareja no llega al otoño.
Bueno, y llegamos así al deporte por excelencia de la costa uruguaya: el surf. Año a año, miles de jovencitos musculosos, bronceados (y rubios, preferentemente), salen con sus trajes ajustados y sus tablas bajo el brazo, a correr olas. Yo antes me mofaba de ellos. Pensaba que sólo lo hacían para ganarse minas (cosa en la que conseguían el más rotundo éxito), pero ahora no, cambié, ahora los respeto, todo porque en agosto de este año vi a un par de locos (porque hay que estar loco para hacer lo que hicieron) metiéndose en las gélidas aguas de punta del este, chapoteando sobre sus tablas. Brrr. Te juro que de sólo recordarlo se me erizan los brazos. Eso es pasión. No mi erizamiento, sino ese entusiasmo por algo, lo que sea, llevado a ese límite. Así que ahora veo a los surfers y trato de olvidarme de todas las pavadas que hacen cuando están fuera del agua para centrarme en esa pasión que los mueve.

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Enciendo la radio. Noticias del incendio. ¿Dónde? Otra vez en La Esmeralda. Se hablaba de evacuación. Al parecer, el viento había vuelto incontrolable el fuego, que ya estaba cerca de algunas viviendas. Entre la sequía y el calor impresionante de estos días, algo así se veía venir. Un monteador se fue a hacer un asadito… ¿dónde? En el medio del monte. Estaba clavado, mi negro, ¿sos monteador y no te vas a dar cuenta? El fuego se le fue de control, y si bien hoy al parecer el juego está “circunscrito”, todavía no está controlado… El que sí está controlado es el monteador, al que ya procesaron como responsable del “siniestro”.
Ahora, un dato curioso. No es que yo sea supersticioso, pero… Un par de kilómetros más adelante (o sea, más pa acá) de La Esmeralda hay una estancia con una entrada muy bonita, una especie de arco de piedra sobre el cual se lee el nombre de la hacienda, tallado en madera. Se llama “La Quemada”. ¡Es demasiado! ¿El dueño de ese establecimiento no se dio cuenta de que estaba lanzando un desafío al cielo?