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El sermón de los lactobacilos

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Todo comienza con una pregunta. Sobre la placa violeta de fondo aparece la figura de un globo. Dentro del globo, la pregunta: “¿Crees que sentirte hinchada es normal?”. La placa es sustituida por una escena trivial, de tan cotidiana: una mujer en la caja de un supermercado. Este episodio común tiene, no obstante, algo de excepcional, pues la mujer que está a punto de pagar por sus artículos es una famosa, se trata de Georgina Barbarrosa actriz y conductora argentina de modesto destaque. El hecho de tratarse de alguien de cierta notoriedad (aunque el término “popularidad” sea más exacto), parece habilitar la charla de la cajera, que entabla rápidamente un diálogo “de tú a tú” con Georgina.

-Georgina, tomás Activia –dice la cajera, que acaba de pasar un pack de cuatro yogures por el lector de códigos.

-Sí, porque me ayuda –dice Georgina, llevándose una mano al abdomen para indicar en qué parte recibe la ayuda.

-Ah, porque yo me paso horas acá sentada. Es normal que me sienta hinchada.

-Es normal, es normal… ¡No! Lo normal es sentirse bien. No tenemos que conformarnos. Probá Activia –Georgina reafirma sus palabras tomando el pack para ponerlo ante el rostro de la cajera.

Hasta ahí, la escena, que es sucedida por una animación en la que aparece un aparato digestivo simplificado: el estómago es representado por una esfera brillante, un pequeño sol (en el que se adivina el logo del yogur) conectado a las regiones inferiores (fuera de cuadro) por un tubo ondulado que representa el tracto intestinal, por donde descienden, en prolija hilera, pequeñas pelotas luminosas y elementales: la caca. La silueta femenina gira hasta ubicarse de perfil y las pelotas luminosas forman una flecha descendente que desaparece tras un instante. Entonces, la silueta se desinflama hasta quedar delgada, estilizada, modélica, perfecta. Mientras esto ocurre, la voz de una locutora dice: “Activia ayuda a mejorar el bienestar digestivo reduciendo la sensación de hinchazón”.

Luego de la pseudo-didáctica placa, la acción vuelve a Georgina, ya no en el supermercado, sino en la luminosa sala de estar de una casa blanca y violeta. “Activia te ayuda a liberarte”, dice a modo de corolario, sonríe y suelta un globo (violeta, claro está) que sube hasta el techo, fuera del cuadro. Georgina lo ve subir y mira la cámara.

Todo eso ocurre en veinte segundos de vértigo que no dan tiempo a nada más que la contemplación. Así es “la tanda”, un muestrario eficaz y eficiente de partículas comunicativas mínimas, partículas que luchan unas con otras para conseguir una porción de la volátil atención del consumidor/televidente. Sin embargo, esa aparente lucha es en verdad una alianza, una coalición, pues la acumulación de spots de los más diversos productos (incluso de productos que compiten entre sí) configura una gramática adecuada a su finalidad mercantil, una gramática que se desarrolla por acumulación y redundancia. De este modo, productos tan disímiles como un yogur, una crema hidratante y un par de championes para correr pueden hermanarse en el sentido directo de sus arengas: “Lo natural es estar bien”, “No te conformes”, “Porque tú lo vales”, “Sólo hazlo” y “Nada es imposible” son leves variantes de una sola ideología que finge no serlo, porque se ha declarado con pompa y sin exequias, el fin de toda ideología. Si se acepta esta supuesta verdad, la de que vivimos el tiempo sin tiempo de la muerte ideológica, emprender el análisis de algo tan pedestre como un comercial de yogures que te ayudan a “ir de vientre” puede parecer un ejercicio digno de seres poseídos por manías persecutorias y conspirativas.

Aquí conviene aclarar un punto: decir que un spot publicitario de veinte segundos es portador de una ideología no equivale a decir que sus hacedores tuvieran intención ideológica alguna (más allá del prosaico fin de la rentabilidad); quiero decir que no nos  habilita a pensar en los empresarios, licenciados en marketing y publicistas como en confabuladores que utilizan veinte segundos de una tanda para deslizar de forma subliminal, sus mensajes de control y dominación, pues, de hecho, lo monstruoso de los artefactos en apariencia extra-ideológicos es que no necesariamente responden a un ideólogo consciente (y, por otra parte, no lo necesitan). Son atentados anónimos que juegan con la idea de su pretendida levedad.

Quizá funcione, a modo de ejemplo, una idea proveniente del campo de la lingüística. Noam Chomsky desarrolla, en su teoría del generativismo, lo que él llama Dispositivo de Adquisición de Lenguaje (DAL) para hablar de la capacidad humana para adquirir estructuras gramaticales, una capacidad innata que excede la teoría del aprendizaje por uso y repetición. El DAL sirve para explicar por qué un niño puede utilizar formas regulares que no existen en la lengua y que, por lo tanto, no puede haber escuchado de los adultos: “El avión vola” por “El avión vuela” o “Yo no cabo” por “Yo no quepo”. El DAL funciona de modo inconsciente: el niño sabe más de lo que sabe que sabe. Pienso ahora en un dispositivo hipotético de índole análoga al DAL, que bien podríamos llamar Dispositivo de Adquisición de Ideología. ¿Qué tipo de ideología podrá ser adquirida por medio de este dispositivo inconsciente? Quizá, la que pretende no ser ideología alguna y que en calidad de mercancía inocua es reproducida y propagada por sujetos que ignoran el significado final de los mensajes que emiten, un significado que, por otro lado, viene a acoplarse a la perfección a una superestructura horizontal formada por infinidad de mensajes trasmitidos en infinidad de canales. Nunca la expresión “propagación viral” fue más adecuada.

La mención al virus nos devuelve a la cuestión biológica planteada por el spot de Activia. Cuando la cajera dice que, dado el tiempo que pasa sentada tras la registradora, es normal que se sienta hinchada, Georgina la amonesta. Es una amonestación burlona pero firme. “Es normal, es normal…”, dice, “¡No!”. Georgina sabe algo que la cajera no sabe y ese conocimiento la sitúa en una posición desde la que se puede ejercer la docencia. Es desde su situación de bienestar que exhorta a la cajera a emanciparse del malestar, pues “Lo normal es sentirse bien”. A partir de esta premisa, la mecánica del spot se articula fácilmente. Si lo normal es sentirse bien, no hay que aceptar el dolor como algo natural, no hay que conformarse, hay que ser proactivo y buscar una solución que permita el pasaje de la actual situación de malestar a la placidez. En este caso, la llave de ese reino es un yogur. Se niega aquí la normalidad del malestar. Una vez que el dolor ha sido desnaturalizado (es un síntoma sin causa, basta con comprobar que existe), adquiere el carácter de una anomalía que debe ser rápidamente combatida. El hedonismo no requiere reflexión, requiere praxis, medidas expeditivas de efectos inmediatos, aquí, ahora, ya. No importan los procesos mediantes los cuales Activia hace que la caca baje, importa que baje.

La omnipresente y elemental concepción mercantil del consumidor como un cuerpo siempre requerido por necesidades impostergables deviene en mensajes que buscan producir un estado de perpetua e infantil insatisfacción, inquietud y angustia. Para evadir este estado, hay que mantenerse en movimiento, “hacer el gasto”. Ir del displacer al placer, de lo incómodo a lo confortable, de lo repudiable a lo deseable, de pesar 70 kilos a pesar 54, de tener un Fiat a ser dueño de un BMW. “No tenemos que conformarnos”, dice Georgina. Vos, yo, nadie. El inconformismo, así planteado, no es más que una respuesta refleja a un estímulo básico y no implica ninguna clase de análisis, pues se sustenta en la idea falaz que pretende volver evidente que el dolor es anormal y, por lo tanto, abominable, cuando en realidad el dolor físico no es otra cosa que una llamada de alerta sobre el estado de nuestras funciones biológicas y difícilmente haya algo más natural y cotidiano que él. Si pensamos en el sufrimiento psíquico en estos términos, comprenderemos que la misma mecánica es la que lleva a atacar la ansiedad con rivotril, el “síndrome de déficit atencional” con retalina y la depresión con prozac. Las soluciones propuestas siempre son externas y, en su carácter de panaceas, suelen bloquear la posibilidad de realizar verdaderos procesos de desarticulación de los motivos del sufrimiento pues éste se ha desvanecido, igual que un globo lleno de helio que sube, ya para siempre lejos de nuestra vista y de nuestra conciencia.

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Que el diablo se quede en la botella

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1

Me pregunto si el arte debe tener límites. Desarmo la pregunta mentalmente. Es una tontería, pienso entonces. No hay nada que no tenga límites. Si algo no tiene límites no se puede decir dónde empieza y dónde termina, no se puede decir que exista realmente, que se diferencie de lo que lo rodea. Bien. El arte tiene límites, entonces. En una situación ideal esos límites serían estructurados por el artista, en pleno uso de su libertad. Claro que también su libertad está limitada por contexto, biografía, educación, cultura (el lector puede agregar lo que quiera acá, a mí me aburre un poco hacer estas listas). Hay época más propicias para forzar los límites convencionales y épocas menos propicias, más acomodaticias, si se quiere. De algún modo parece que el artista en general siempre se siente bastante agobiado por los límites que se le imponen (está en su esencia de artista, imagino), y busca sus propios caminos, que no son otra cosa que caminos a través de una pequeña o gran grieta en la burbuja que todo lo envuelve. Los que toman ese impulso y lo convierten en arte son conocidos luego como “rupturistas”, gente que pisa terreno virgen a cada paso, que va donde siente que no fue nadie antes. Esto puede hacerse al menos de un par de formas: primero, por un impulso, una necesidad natural y honesto; segundo, por imitación. Los rupturistas por imitación suelen formar parte de la retaguardia de las vanguardias y siempre dan la sensación de ser gente que ha llegado tarde a la fiesta y que en vez de hacer lo único que decorosamente pueden hacer (ayudar a limpiar el estropicio), se empeñan en seguir bailando como borrachos aunque no hayan tomado una gota. Mientras los verdaderos vanguardistas muestran nuevos caminos, no para que se los imite, sino simplemente para que se comprenda eso, que existen nuevos caminos, a los retaguardistas lo de los nuevos caminos mucho no les importa, aunque ellos lo nieguen con todas sus fuerzas. El problema es que esta gente se puede poner muy extremista. Pueden despotricar contra el soneto, por ejemplo, tildándolo de estructura arcaica, limitante y obsoleta. Claro que noventa y nueve de cada cien de estos chicos no podrían escribir un soneto ni aunque la vida de su madre dependiera de ello. También suelen odiar la crítica. Y es que ella suele presentarse como una manifestación de los límites, dado que la buena crítica no puede serlo sin establecer valoraciones en algún momento, digámoslo en tono coloquial: sin jugársela. Una crítica que se juegue siempre va a establecer una estructura de conceptos e ideas. Esa estructura se propone no como algo acabado y definitivo, sino como un elemento más en el proceso de comprensión de la obra. Lo mejor de una buena crítica es que, ya sea para acordar con ella o para refutarla, hay que pensar, hay que pensar en la estructura que propone, en los límites, y, si se quiere derribarlos habrá que hacerlo desde los argumentos y no meramente desde los gustos o las opiniones. Uno puede calentarse soberanamente con los tipos que, como Harold Bloom o James Wood, dictaminan el canon moderno. Pero estos y otros caballeros, desde su soberbia erudición (soberbia en todos sus sentidos), arriesgan el trazado de una cartografía personal. Se puede estar de acuerdo o no con esos mapas (a veces señalan lagos donde uno sabe que hay desiertos, y estepas donde claramente lo que hay es una selva), pero, caramba, es mucho mejor tener esos mapas a no tener nada, y es que sin límites, el arte está frito. Por eso decir que todo es arte equivale a decir que nada lo es. Un inodoro amarillo a lunares lilas colgando del techo no es arte, por mucho vino y sándwiches que den en el vernisagge.

2

La sobreestimulación es un problema. ¿Cómo escribir (pintar, componer, actuar) para un público que está permanentemente sometido a un bombardeo de estímulos? El problema, quizá, sea precisamente entrar en ese juego de apuestas redobladas, en el que el creador busca producir un efecto sensorial antes que un efecto sensible. A esta intención responden, creo, las vueltas de tuerca, los finales sorpresa, los golpes bajos, las trampas, las transgresiones. El equivalente físico de todas estas manifestaciones artísticas es ensartar una aguja en el glúteo del lector para que éste dé un brinco. Se persigue desesperadamente el brinco. El asunto es que al enésimo pinchazo el lector ya no reacciona. Bosteza, se menea perezosamente en su silla, se siente estafado, pide que le devuelvan la plata de la entrada o deja el libro por la mitad. Si entonces el creador se empeña, en lugar de explorar caminos alternativos (básicamente, buscar otras metas) en subir la apuesta, lo que puede ocurrir es que más tarde o más temprano atraviese el último límite, que, se me ocurre, es de carácter ético y se produce en el instante en que el creador se pregunta si realmente tiene derecho a hacer eso, a crear esa obra. Será mejor ilustrar este punto con un ejemplo. Hace unos años, un artista decidió atar a un perro de la calle, un perro viejo y enfermo, en su exposición, y dejarlo morir de hambre. Literalmente, dejarlo morir allí, a la vista de todos. La aguja. Obviamente, muchos se escandalizaron ante lo que consideraban un acto de la más pura barbarie. El brinco. Y luego vino la justificación, páginas y páginas de periódicos y blogs, cadenas de e-mail y minutos de informativos de televisión llenos de argumentos a favor y en contra. Claro está que el artista salió a hablar, a explicar sus intenciones, que eran (dijo él) las de revelar la hipocresía de una sociedad que diariamente deja morir no sólo perros, sino personas, ancianos, niños, sin que nadie utilice ni una fracción de la energía que estaban utilizando para indignarse por la muerte de un solo perro enfermo. Interesante y provocador, pero en el fondo, apenas un argumento tramposo. La justificación de un modo de arte que renuncia a la sensibilidad para apelar a la patada en el estómago. ¿No había otro modo de decir eso? ¿No había un modo en el que no interviniera la crueldad? ¿No es ese el límite que no debe cruzarse, el de la crueldad? ¿Tiene el arte una especie de free-pass que lo autoriza a todo? ¿Debe tenerlo? Pienso ahora en Irreversible (2002), film del franco-argentino Gaspar Noè en el que se registra una de las violaciones más brutales de la historia del séptimo arte (y un asesinato no menos brutal). La aguja. Gran parte de los espectadores que asistieron a las salas de proyección, quizá poco avisados, acabaron por retirarse a los pocos minutos tras abuchear la cinta. El brinco. Cuando consultaron a Noè acerca de la necesidad de hacer una película así, se limitó a decir: “He hecho una película que me gusta y eso es todo. Si la gente quiere hablar de escándalo, eso depende de ellos”. Gran aporte, ¿verdad? Mientras, Patrick McGavin, un crítico del diario estadounidense Chicago Tribune, dijo algo así como que en la película “hay muchas cosas en son injustificadas. Es profundamente perturbadora. Va demasiado lejos”. Me quedo con la idea de la injustificación y lo de ir demasiado lejos. Cuando uno decide, como Noè, aventurarse en ciertas oscuridades, creo, le conviene guiarse por algo más que la luz de sus propios gustos e inclinaciones. ¿Era necesario? Hay que preguntarlo de nuevo. Una violación que dura diez minutos de cinta y termina con una golpiza bestial. ¿Era necesaria? Probablemente no había otros medios al alcance de Noè para provocar lo que provocó de ese modo, por las sencillas limitaciones de su talento. Pienso en una situación análoga. En la novela Desgracia (1999), del sudafricano John Maxwell Coetzee, la hija del protagonista, que vive en el interior de Sudáfrica, ha sido violada. El lector no accede a la escena en la que eso ocurre. La certera noción de que eso ha ocurrido es algo que simplemente comienza a caer por su peso, a sedimentar en la conciencia del narrador y, a través de él, en nosotros, los lectores, con una fuerza tan lenta e imperturbable que adquiere toda la compleja profundidad de algo que ha sucedido realmente. Sentimos que eso ha pasado en verdad, y entonces sentimos mucho más que repulsión y compasión, tenemos sensaciones y pensamientos demasiado intrincados para poder ser nombrados uno por uno, separadamente. Y eso pasa gracias al arte, ya no a las agujas y los brincos. Coetzee no necesita horrorizarnos, su talento (o su genio) le alcanza con llevarnos con paciencia por el largo camino de una historia bien contada en lugar de tomar el atajo siempre provocador de la crueldad, que a Noè parece resultarle tan grato.

No es casualidad que haya sido el mismo Coetzee el que en su novela-ensayo “Elizabeth Costello” (2003), aborda el tema de los límites éticos de la literatura. La cosa es así, a la venerable anciana Costello la han invitado a hablar sobre el mal. En el momento de recibir la invitación ella se encuentra leyendo un libro de un tal Paul West que se refiere a la forma en la que fueron ejecutados los traidores nazis (liderados por el Conde von Stauffenberg) que quisieron asesinar a Hitler. Ese punto de partida abre el camino para reflexiones más que interesantes, esenciales. Extracto algunas líneas aquí.

Pero cuando llegó la invitación ella estaba bajo la maligna fascinación de una novela que estaba leyendo. Se trataba del peor tipo de depravación y la había succionado en un estado de ánimo de abatimiento sin fin. ¿Por qué me hacen esto? quería gritar mientras leía, sólo Dios sabe a quién. (…) hasta que al final apartó el libro y metió la cabeza entre las manos. ¡Obsceno! quería gritar pero no gritó porque no sabía a quién había que lanzarle la palabra: a sí misma, a West, al comité de ángeles que observa impasible todo lo que acontece. Obsceno porque esas cosas no deberían ocurrir, y obsceno también porque una vez sucedidas no deberían darse a conocer sino ocultarse y enterrarse para siempre en las entrañas de la tierra (…) ya no está convencida de que la lectura siempre haga mejor a la gente. Es más, ya no está segura de que los escritores que se aventuran en los territorios más oscuros del alma vuelvan siempre ilesos. Ha comenzado a preguntarse si siempre es bueno escribir lo que uno quiera y leer lo que uno quiera. (…) Hay muchas cosas como esto de contar cuentos. Una es una botella que tiene dentro un genio. Cuando el narrador abre la botella, el genio sale al mundo, y es endemoniadamente difícil regresarlo. Su perspectiva, su perspectiva de ahora, su perspectiva en el ocaso de su vida: es mejor, en general, que el genio se quede en la botella.

Estos son sólo algunos fragmentos de las disquisiciones de la buena señora Costello. Cada frase se dispara en mil direcciones, tiende puentes, titubea, regresa. Coetzee no nos muestra una idea acabada, nos muestra la construcción de una idea inacabada. Y ahora, lo esencial:

Obsceno. Ésa es la palabra, palabra de debatida etimología, a la que ella tenía que aferrarse como a un talismán. Ella considera que obsceno quiere decir fuera del escenario. Para salvar a nuestra humanidad, algunas de las cosas que querríamos ver (¡que querríamos ver porque somos humanos!) deben quedarse para siempre fuera del escenario. Paul West ha escrito un libro obsceno, ha mostrado lo que no se debería mostrar. (…) Hoy ésta es mi tesis: que algunas cosas no es bueno leerlas ni escribirlas. En otras palabras: sostengo que el artista arriesga mucho al internarse en lugares prohibidos, se arriesga, específicamente, a sí mismo, arriesga, tal vez, todo. Tomo en serio esta afirmación porque tomo en serio la prohibición de los lugares prohibidos.

3

Hace algunos meses participé de la antología “La banda de los Corazones Sucios”, que ya se editó en Bolivia y que está próxima a salir en Argentina y España, en la que se reúnen cuentos en los que la villanía es el factor común. Cada autor convocado debía elegir un villano (ficticio o real), y escribir un cuento a partir de él. Yo elegí a un famoso asesino norteamericano de principios de siglo XX: Albert Fish. Leí todo lo que encontré acerca de él y al final me senté a escribir. El resultado fue un cuento de ocho páginas titulado “Correcto Doctor Gault”. La estructura del cuento es muy simple. Un psiquiatra de Sing-Sing recibe, tras la ejecución de Fish, un sobre con una carta dirigida a él de parte del mismo asesino. Fish sentía una poderosa inclinación por escribir cartas y, en realidad, la carta que yo me invento es en sí el relato. Al final de las páginas, mi Fish ficticio dice esto:

Eso es lo que más asusta, supongo, esa cualidad del mal -de lo que usted y los suyos llaman “el mal”-, la capacidad de vibrar y extenderse como por contagio, como una gota de tinta que cae en una hoja de papel y se hincha y crece hasta límites que superan con mucho los límites originales de la gota.

Pues bien, todavía no he recibido la edición de la antología (y por lo tanto no he leído los demás relatos), pero ya vi la portada, en la que se combinan elementos estéticos de “La naranja mecánica”, de Kubrick, con la serie televisiva de Fox sobre un asesino serial, “Dexter”. Y como las coincidencias ocurren, ayer me topé con una noticia terrible. Decía más o menos esto: hace algunos meses, en Ohio, Anthony Conely, de 17 años, estranguló a su hermano de sólo 10 años y confesó que lo hizo por un impulso similar al que se siente “cuando tienes un antojo de hamburguesa”. Conely es un fanático, precisamente, de la referida serie de Fox, donde el asesino es el encantador protagonista. De hecho, Conely declaró que se identificaba con Dexter. No es la primera vez que la serie inspira un asesinato, ya que en 2008 un hombre de 29 años asesinó a una mujer de 38, alegando prácticamente lo mismo y declarándose como un fan de esta serie televisiva. Las declaraciones de ambos podrían estar buscando la declaración de insanía (¿matar por imitar a un asesino de televisión?, esa gente debe estar loca), o quizá esta vez el brinco ha sido mucho más alto de lo que el dueño de la aguja podía haber imaginado.

Africa man, Africa man

Creo que a la mayoría de nosotros (y en este caso nosotros representa al conjunto de uruguayos que estamos siguiendo más o menos de cerca lo que pasa en Sudáfrica), nos hacía un cosquilleo extraño en el costado pensar en que tal vez no hubiese ningún equipo africano en la etapa decisiva del primer mundial organizado en el continente negro. Era una molestia, una inquietud. Desde que vimos los cruces de octavos de final y nos atrevimos a soñar con una victoria ante Corea, prestamos mucha atención a la llave que nos entregaría al rival de cuartos: EEUU o Ghana. Y entonces, más allá de regir nuestras preferencias de acuerdo a lo que nos convendría (estos son más tácticos, aquellos son más fuertes, estos son menos tal cosa, aquellos son más tal otra), todos empezamos a pensar, en un rinconcito de nosotros mismos, que África se merecía tener un equipo que sacara la cara por ella. Y quizá fue eso lo que cambió a Ghana, que no había sido un equipo brillante ni mucho menos en la fase de grupos, al punto de que clasificó por los pelos. Lo que quiero decir es que el hecho de que los demás representantes africanos quedasen por el camino tan pronto elevó a Ghana a un nivel nuevo, como un río que de pronto ve cómo su caudal se duplica por obra y gracia del deshielo de los picos en primavera. Ese nuevo torrente fue demasiado para EEUU.

Luego del tempranero gol de Boateng para los africanos, los norteamericanos tuvieron unos largos minutos de aturdimiento y languidez, pero luego el alma les volvió al cuerpo y ya no dejaron de luchar, al punto de empatar el partido y llevarlo a un tiempo extra con un penal que Donovan ejecutó cuando el temblor de sus piernecitas se lo permitió. Para ese entonces todos habíamos visto bastante de aquello y estábamos convencidos de que si había que elegir el rival más accesible para Uruguay, ese era EEUU, porque Ghana había mostrado (más allá de cierto desorden táctico), un despliegue físico y un empuje impresionantes. Pero no dependía de lo que nosotros quisiéramos o no quisiéramos. De modo que cuando apenas corría el tercer minuto de la prórroga, la velocidad y la fuerza de los africanos se corporizó en Asamoah Gyan, que recibe con el pecho un pase largo y se mete entre dos defensas norteamericanos. Bocanegra, uno de ellos, lo embiste con el hombro, desacomodándolo en la carrera, pero Gyan no cae, da tres pasos más sin perder de vista la pelota y antes de ser obstruido por DeMerit, el otro defensa, saca un remate de zurda que Howard no puede contener. En la repetición puede verse a Bocanegra encogerse de hombros y abrir los brazos como preguntándose qué más había que hacer para parar a aquel hombre.

Cuando terminó el partido y las cámaras entraron a la cancha a buscar la alegría de los vencedores y la desazón de los derrotados, una de ellas se topó con un ghanés que se golpeaba el pecho a la altura del corazón con el puño y decía, con la boca llena de puro goce: Africa man, Africa man, y todos supimos que la señorita África había encontrado un caballero dispuesto a poner su contorno en un escudo y a defender su orgullo hasta que le quede fuerza.

En el camino de Ghana aparecerá Uruguay, para formar la llave de cuartos de final más improbable del Mundial y, quizá, la menos interesante para el resto del mundo, si suponemos que nadie querrá dejar de ver a los grandes candidatos: España, Alemania, Argentina y Brasil. Sin embargo, pensemos un poco en dónde está el partido más trascendente a nivel histórico. Los demás prácticamente son parte de un selecto club que se reúne cada cuatro años en cuartos de final para jugarse otra cita con la gloria. Para Ghana, en cambio, todo es nuevo y maravilloso. Para Uruguay también, pero de un modo distinto, como si de pronto un anciano recuperase la fuerza en las piernas y la tersura en la piel, dispuesto a enamorarse de nuevo de un lejano amor de juventud.

Brasil es Brasil (más o menos)

1: Marcelo Bielsa vive el fútbol de un modo insalubre. Ese hombre no está bien. En los partidos anteriores, aquellos en los que el modesto pero trabajador y ordenado equipo chileno se hizo su camino a octavos de final, el rostro de Bielsa delataba, cual soplón de poca monta, todo lo que pasaba por la cabeza del argentino. De un estado de cuasi-somnolencia meditativa hasta explosiones de ira apenas refrenada, Bielsa mostró facetas siempre inquietantes (y una anatomía más propia de una señora mayor que de un hombre de deporte, hay que decirlo). ¿Por qué tanta tensión? Porque Bielsa se había cargado sobre los hombros una batalla durísima: la del intelecto contra el talento. Si uno mira bien la frente de Bielsa, verá que allí debajo, pero no muy debajo, hay un gran cerebro en pugna por hacerse lugar. Y todo ese gran cerebro estaba dedicado a una sola tarea obsesiva: llevar lejos a Chile en el Mundial. ¿Cuánto es, exactamente, lejos, para Chile? Si tenemos en cuenta que a los dos últimos Mundiales no asistió, clasificar ya es un gran paso. Hecho. Pasar la fase de grupos es todo un logro. Hecho. ¿Llegar a cuartos es un sueño? Si te toca Brasil, claro que lo es. Pero apenas Chile cae ante España y se sabe que tendrá que jugar con el scratch, Bielsa comienza a hacer lo que mejor sabe: pensar y pensar. El producto de sus disquisiciones es el equipo que puso ante Brasil, sin grandes figuras (no las tiene), apostando todo al orden táctico y con la esperanza de que ese sea justo el partido perfecto de la Roja, el partido que le permita dar el gran golpe. Pero no hay nada de especial en el partido, es un partido normal de ambos, tanto Chile como Brasil hacen lo que cada uno sabe y no hay cerebro, por grande que sea, que cambie el resultado cuando eso pasa. La resignación en la cara de Bielsa cuando llegó el tercer gol se pareció mucho a un gesto de alivio, como si por fin hubiese venido alguien a despejar la incógnita de la ecuación que hacía dos años intentaba resolver.

2: La frase Brasil es Brasil, es muy interesante. Se la pronuncia en los contextos más diversos y, a modo de comodín, calza en casi cualquier lugar, cumpliendo distintas funciones cada vez. Si Brasil juega una serie de partidos grises y poco convincentes, decir Brasil es Brasil significa esto: los tipos juegan a media máquina, no tienen nada que demostrar ahora, cuando sea por las que duelen vas a ver cómo echan el resto. Si, en cambio, Brasil gana con comodidad e incluso algún lujo, entonces la frase se conecta directamente con la leyenda de aquellos jugadores sobrenaturales que desde 1958 a esta parte se han puesto la verde-amarelha, desde Garrincha hasta Ronaldo, y significa esto: Son unos mostros, cómo no te van a ganar, te pasan por arriba, así es imposible, ‘ta robao. Así, repetida casi con el poder subyugante de un mantra, la frasecita ha adquirido una propiedad especial, la de sostener con firmeza una realidad muchas veces enclenque. Y la realidad es que Brasil ha renunciado al jogo bonito, hace ya mucho tiempo. Tal vez, los dos golpes de gracia a aquella forma vistosa y poco práctica de jugar al fútbol fueron los Mundiales de España ’82 e Italia ’90. En el ’82 Brasil cayó ante Italia, el máximo exponente del pragmatismo: defiendo, defiendo, defiendo y si puedo te liquido. Y en el ’90, el que les selló el boleto de regreso fue Argentina, con Maradona como capitán, y la lección fue esta: ustedes no tienen la exclusividad del talento. El Brasil actual, hijo de aquel par de lecciones, ha ganado ya dos Copas Mundiales más, en el ’94 (ante Italia y por penales), y en 2002, venciendo a Alemania en una final sin gracia. En el medio hubo otra lección. El profesor fue Zidane, al frente de un equipo ordenado y exultante. Imaginen lo que ha de haber dolido para los brasileros perder así una final. Los sucesivos técnicos de Brasil, desde 1998 hasta la fecha, han sido cada vez más y más defensivos. Fue una respuesta natural al dolor de las derrotas que les había ido metiendo el miedo en el cuerpo, supongo. El asalto a la actual Copa está comandado por Dunga, un técnico que durante su época de jugador fue un áspero volante central que ha convertido a Brasil, en una máquina de fabricar contragolpes a la que le han extirpado de cuajo la lírica idea de ganar jugando lindo (sí, este es un mundo terrible). De momento, el scratch avanza sin problemas ni brillo. Su próximo partido es ante Holanda, la eterna promesa, a quien ya eliminó en 1998. ¿Brasil puede perder con Holanda? Claro que puede. Aunque vendrá alguien, desde algún rincón cualquiera, y dirá, arqueando las cejas: Pero miren que Brasil es Brasil, y habrá que responderle: Sí, más o menos, para que se quede contento.

El adiós del astro pop

España tiene toque. Toque, toque y toque. Y no tiene empacho en pudrirla, en amansar un partido, acunando la pelota a lo ancho y a lo largo de la cancha. Su defensa solvente (como el aguarrás, más o menos), que cuenta con Puyol y Piqué, suele ser suficiente para disolver los inconvenientes que el rival le presenta. Más adelante, Xavi Alonso, Xavi Hernández e Iniesta son los motorcitos de fútbol, los encargados de cantarle el arrorró al partido y de hacer sonar la alarma cuando encuentran el ojo de la aguja por el que van a hacer pasar la pelota para los delanteros: Torres y Villa. A Torres le dicen “El Niño”, y si uno lo mira bien hasta podría verle los últimos granos de un acné rebelde y duradero; a Villa le dicen “El Guaje”, que si lo tradujéramos al uruguayo querría decir algo así como “El Gurí”. Torres viene de una lesión, así que sería injusto hablar de su magrísimo rendimiento mundialista, más si se tiene en cuenta que fue uno de los responsables de que España se pusiera los pantalones largos el día que le ganó la final de la Eurocopa a Alemania. De todos modos, nadie puede decir que Torres esté aportando gran cosa ahora. Villa, por el contrario, es un jugador bicho: rápido, querendón y vivo. Sin él, España no tendría posibilidades. Ninguna. Esto no quiere decir que pueda ganar partidos él solo, no es ese tipo de crack, quiere decir solamente que los otros arman el circuito y es Villa el que activa el interruptor para que la luz se encienda y un grupo de gente disfrazada grite: “¡Sorpresa!”. Sin Villa, España se queda a oscuras, que probablemente es lo que va a pasar al final.

El partido entre España y Portugal fue aburrido. España es como el Barcelona, pero sin Messi, que es lo mismo que decir que es una lata de cerveza sin alcohol. Claro que Portugal es como un quinceañero que no sabe tomar y al que si no le avisan que lo que está tomando es agua de colores, él se agarra una borrachera psicológica (si existe el embarazo psicológico tiene que existir la borrachera psicológica). Así fue que Portugal terminó deambulando algo mareado detrás de una pelota que nunca fue suya, mientras España sonseaba y fingía despreocupación o mucha confianza en sus métodos, que para el caso es lo mismo. Para peor, el líder de Portugal, la fachada del equipo, es Cristiano Ronaldo, un muchacho talentoso (es una herejía negarlo), pero incapaz de estar a la altura de la imagen que le han creado. Esa incapacidad lo anuló a tal punto que yo dudaría en afirmar que Cristiano Ronaldo haya jugado algún partido en Sudáfrica. Muchos lo querían ver fracasar porque es lindo, joven, millonario y pedante; y finalmente pasó, el fracaso, un ogro malo, se comió al caballero de armadura lustrosa. Hay uno de estos casos por Mundial. En el 2006 le tocó a Ronaldinho, que jugó el primer partido con una vincha que tenía bordado el número 10 con hilos de oro. Ronaldinho fue un fiasco (igual que aquel Brasil), y luego se fue del Barcelona para ir a hacer bulto en el Milan. Pues bien, el espigado y poderoso Cristiano jugó ante España como esperándose a sí mismo, esperando que todo su talento se hiciera presente de una vez y resplandeciese con tanta fuerza que dejara ciegos a todos, igual que un brujo que se ha olvidado el hechizo. Y todo Portugal se quedó esperando, sus diez compañeros jugaron como aletargados por la posibilidad del pase mágico que los haría vencer. Había datos que deberían haber tomado en cuenta: Cristiano no había hecho gran cosa en los partidos del grupo y sólo había anotado un gol (un gol intrascendente y afortunado), el sexto en la goleada ante los coreanos del norte. Pero tal vez confiaron, tal vez se despertaban por las noches para decirse unos a otros: “cuando ya no haya alternativa, aparecerá y nos llevará en andas hasta la final”. Esa ingenua esperanza los liquidó, porque mientras ellos buscaban a Cristiano y mientras Cristiano se buscaba a sí mismo, Eduardo, el excelente golero portugués, volaba de palo a palo deteniendo jabulanis. Heroico e imbatible, hasta que una serie de pases cortos muy rápidos, con un taco incluido, terminó con Villa frente al héroe sin apellido. El Guaje no duda, porque en un goleador, la duda es peor que el fallo. Pateó de zurda. Eduardo dio rebote. Villa insistió, esta vez de derecha y la pelota salió alta, se estrelló en la parte baja del travesaño y entró a meta. Gol y final del partido, porque si bien faltaba bastante, luego de eso no hubo partido. Portugal jugó hasta el final como si tuviese todo el tiempo del mundo, con una mezcla de displicencia y desdén que sería muy difícil de explicar sin decir que confiaban en un milagro (para cuando se despabilaron y empezaron a tirar centros a lo bobo, ya era muy, muy tarde). ¿España? Hizo lo suyo, que la pelota siguiese corriendo. Las cámaras, mientras, buscaban a Cristiano, que miraba hacia arriba, probablemente hacia la pantalla gigante. El reflejo electrónico le devolvía un rostro lleno de incomprensión (y un peinado todavía perfecto). Lo último que hizo fue tirar una rabona, modestísimo lujo, a modo de despedida.

La gente de fútbol es tan rara

Un niño barbudo, un niño crack y un hombre optimista

Argentina modera el motor de su Ferrari. Con seis puntos en el bolso y la clasificación abrochada, enfrenta su partido ante los griegos, que necesitarían que bajasen los dioses del Olimpo para hacerlos pasar a la siguiente fase, porque parece que el estofado se cocina en el otro partido: Nigeria vs Corea del Sur. Maradona hace cambios. A pesar de su nueva barba onda cheguevaresca es fácil imaginarlo como un niño que de pronto tiene ante sí una caja llena de los juguetes que siempre quiso. La atenta mirada de los adultos (para la ocasión representados en el tándem Grondona y Bilardo, sin que yo sepa decir cuál es la mamá y cuál el papá), Maradona juega, inventa, hace mamarrachos, a veces. Es un niño barbudo que también juega a ser papá, y les promete a sus niños talentosos que todos van a tener un pedacito de Mundial, ¡y éste es el momento! Así que hace siete cambios. Imagínense ustedes cómo estará Higuaín, que lleva tres goles y ante Grecia seguro que alguno más iba a tener chance de hacer. Pues no, al banco para que entre Milito, Agüero y demás. ¿Y Messi? ¿Va a sacar a Messi? Era su intención, pero Messi dijo públicamente que él quería jugar, y Maradona será caprichoso, pero no es tarado, sabe que si quiere ganar el Munial, al niño crack lo tiene que tener feliz, cosa que además es muy sencilla, a ese niño dale una pelota y vas a ver que es todo risas. Así que Messi juega los 90 minutos ante Grecia. Los griegos –su DT así lo había prometido-, marcan celosamente al niño crack, lo esperan, lo empujan, lo escalonan. Falta que lo enlacen como a un ternero. Pero Messi juega como con una deuda íntima, la de ser rutilante y despejar la duda obsesiva: ¿quién es mejor, eh? ¿¡Quién es mejor!? Y para eso necesita goles. Así que Messi busca su gol todo el partido, con su andar vertiginoso, de jugador de playstation. Hizo todo por ese gol, pero nada, un cero cerrado. Entonces llegó el corner que DeMichelis, con un patadón a lo bestia, convirtió en gol. Ahí Maradona se dio el gran gusto de mandar a Palermo a la cancha, un jugador inexplicable, lo suyo no puede ser suerte, y sin embargo algo de eso hay (Carlos Bianchi, ex técnico de Boca, lo llama “el optimista del gol”). Minutos después Messi se mandó otra de las suyas, en rauda diagonal desde la derecha, sacó un poderoso tiro que el golero contuvo a medias y allí estaba Palermo, para hacer uno de sus muchísimos goles, pero esta vez en un Mundial. Creer o reventar. Argentina pasa y sigue sin problemas en una serie bastante pobre. Quedamos a la espera de las próximas ocurrencias del niño barbudo y el niño crack. Al optimista no creo que lo volvamos a ver, salvo que esté pasando un cataclismo (lo dicho, Maradona es caprichoso pero no tarado).

El malo hace falta

El malo hace falta. Para los franceses, hoy Domenech es el malo (además del estúpido, el ignorante, y muchas cosas más). Domenech tiene pelo canoso y enrulado, no platinado y sexy, sino más bien parecido al algodón sucio. Sus cejas, en cambio, son negras y bastante pobladas, lo que le da a su rostro un adecuado aire maléfico. Una nariz muy francesa completa el conjunto. En su época de jugador, Domenech usaba un tremendo mostacho negro que le servía para intimidar a sus rivales y así obtener una ventaja psicológica al enfrentarlos. El vello facial tiene esa propiedad. Ya en esas fotos de juventud se ve en la mirada de Raymond un brillo inquietante, que hoy se ha cuajado en un reflejo de locura. Supongo que es lo que pasa cuando todo un país lo toma a uno de punto. Blanco de burlas. El bobo de la clase. Y al final a uno le salta la térmica. A Domenech le pasó en público cuando nosotros pensábamos que iba a terminar de bancarse bastante bien la eliminación. Sudáfrica ya le había ganado 2 a 1 a su equipo y ambos se habían despedido del Mundial. Parreira, el técnico brasilero de la selección africana, fue a cumplir con el protocolo. Extendió su mano hacia Domenech. Y entonces, al francés se le alborotó la pajarera: le negó el saludo a su colega y se dio media vuelta, con un gesto entre risueño y nervioso. Parreira lo siguió, como pidiéndole una explicación (todo esto ante las cámaras), y el francés negaba con la cabeza mientras se tocaba el pecho con el índice y luego señalaba la cancha ya vacía, como aludiendo a algo que había pasado allí… Tenía el saco torcido porque Parreira lo sujetaba por la manga derecha para impedirle la fuga. A todos nos dio la sensación de que no había nada que Domenech pudiera decirle a Parreira, porque la verdad es que lo único que hizo fue seguir el guión de la obra, ser el malo, rehusar incluso la última nobleza posible, la de aceptar la derrota y la eliminación como un caballero. Ni eso. Los franceses necesitan al malo y Domenech lo sabe, así que les entrega su imagen pública para que al menos escarneciéndolo mitiguen la pena. En el fondo, Domenech es un buen tipo.

Sobre la alegría


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1:
Al final pasó. Cambió algo en el aire o el propio aire comenzó a vibrar de un modo ligeramente distinto, casi eléctrico. Estuvimos tantas veces ante instancias parecidas, con envión, con eso que usualmente llamamos “viento en la camiseta”, pero nuestro viento dejaba de soplar, se volvía una brisa tenue, un soplido de niño apagando las velitas. Desperdiciamos muchas chances antes, malogramos circunstancias favorables y perdimos de vista el carácter cuando más falta nos hacía. Pasó tantas veces. En eliminatorias, en Mundiales… tantas veces. De modo que nos fuimos educando en el sufrimiento, esto es sabido, pero también en la incredulidad y el augurio funesto: “jugamos bien, estamos ganando, dominamos el partido… no puede ser, algo va a pasar, algo va a pasar de nuevo, es como estar viéndolo”. Y entonces, como si de verdad existiese una fuerza oscura capaz de torcer las cosas, eso que se temía pasaba. Partidos brillantes (sí, brillantes), que se iban por el caño (parece que el repechaje es para Uruguay una especie de vórtice, como si alguien quitase el tapón de la bañera y nosotros fuéramos un diminuto barquito de papel, a pelear en el mundo subterráneo). Empates injustos, derrotas inverosímiles, y otra vez a remar en río revuelto. Porque nadie que haya visto todos y cada uno de los partidos de Uruguay en las eliminatorias podrá negar que en el campeonato de los méritos, esa tabla de posiciones que se completa con los números dibujados en la arena, salimos terceros, como mínimo.

El tema es que los uruguayos hemos aprendido a vivir el fútbol con un pájaro agorero en el hombro, uno que, si las cosas van bien, nos dice: “No te alegres mucho, esto está sostenido con alfileres y se va al carajo en cualquier momento”, y que si van mal nos pregunta: “¿Y qué esperabas?”. El resultado evidente es la angustia, la mandíbula tensa, la gastritis. Por eso nadie le creyó nada al Maestro Tabárez y a los jugadores cuando repitieron hasta el cansancio que al Mundial había que ir a disfrutar. Seamos sinceros: nadie se compró ese verso. Si nosotros vamos al Mundial es a seguir sufriendo, porque es mejor la angustia que la apatía de la exclusión. Verlo por TV. Qué ignominia es que la hinchada rival grite eso. O el ya célebre: opa, opa, afuera de la Copa. Nadie quiere estar afuera, todos queremos estar dentro, aunque signifique aumentar el diámetro de esa úlcera intestinal que arrastramos hace dos años. La pedagogía de la angustia nos caló hondo. Somos hombres (y mujeres y niños) de poca fe, y por eso necesitamos ver para creer. Ver la tabla de posiciones del Grupo A y creer que es cierto: invictos, primeros en el grupo, sin goles en contra. En efecto, algo cambió en el aire, algo que provoca sonrisas espontáneas en los peatones. Nunca hay que despreciar los motivos para estar alegre. Ampliaremos sobre este punto.

2: El partido en sí fue mucho mejor de lo que podíamos esperar. Más allá de especulaciones de pactos, arreglos, tejemanejes, chanchullos y aledaños, no pareció en ningún momento que Uruguay o México hayan salido en búsqueda del empate que clasificaba a ambos. Habría que ver que hubiese pasado de llegar al segundo tiempo igualados y con Sudáfrica goleando a Francia, pero jamás lo sabremos, amigos televidentes. Lo que sí sabremos es que México tiene buen toque de balón, pero demasiado lateral, tanto como para que nos haga recordar a cierta selección colombiana que popularizó el arte de pasar la pelota sin generar ni la sombra de una sensación de gol. Por eso nos hizo helar la sangre el zapatazo de Guardado, un tiro que vino de otro partido, una bala de cañón directa al travesaño, lejos de toda posible intervención de Fernando “cara de bebé” Muslera. Ahí ligamos, aceptémoslo con una mano en el corazón. Ligamos por todo lo que no ligamos otras veces, cuando esos tiros desde cuarenta metros se incrustaban en el ángulo, en nuestros estómagos y en nuestras esperanzas, todo de una. Pero esta vez, no, y brindemos por eso. Y fue casi lo único de México en el primer tiempo. Uruguay, en cambio, tuvo varias chances claras, la mejor de ellas fue de Suárez, que entró al área en diagonal desde la derecha y, solo ante el golero, envió un tiro cruzado que se perdió lamiendo el palo (la maldición de Suárez, que ya había hecho un gran partido ante Sudáfrica, pero sin convertir). Uhhh. Uhhh y todas sus variantes. Uhhh, no te puedo creer. ¡Uhhh, pero carajo! Y así hasta que Forlán domina el balón y deja pasar a Cavani por afuera. La pelota va hacia él. Cavani, de trabajo imperceptible, pero que corrió y corrió como si no hubiera un mañana digno de ser vivido, llegó al fondo con zancadas largas y metió un centro perfecto. Suárez en el segundo palo le dijo que sí a la pelota, sí, dale, andá a tu casa, y la pelota entró al arco por el espacio justo, entre ese golero improbable que es el Conejo Pérez y el palo. La abolición del uhhh. Golpe psicológico. Mazazo. El segundo tiempo fue un tiempo extraño para nosotros. El tiempo en el que vemos pero aún no creemos, como si incluso necesitásemos más que eso, más que ver, entrar a la cancha nosotros mismos y palpar lo que pasaba. México atacaba sin peso específico y los contragolpes uruguayos encontraban espacio y tenían olor de gol. Para ese entonces, Sudáfrica le ganaba dos a cero a Francia y los mexicanos hacían cuentas. Seguir atacando podía ser contraproducente: a esa altura, los goles uruguayos serían también goles sudafricanos. El deseo de evitar a Argentina en octavos es fuerte, pero más fuerte es el miedo a no pasar la serie… que sea lo que la Virgen de Guadalupe quiera, parecen decir los dirigidos por Aguirre (cuyos gestos a lo largo del encuentro fueron un show aparte). Uruguay huele esa indecisión, así que pone carpeta y le baja la persiana al partido. Faltan quince minutos. Algunos hinchas protestan ante la pantalla. Quieren el segundo gol. Ahora todos sacan pecho y boconean, ahora son todos cocoritos. No piensan que si Uruguay se abre atrás y México, por un prodigio del destino, empata, los minutos finales van a ser un suplicio. No piensan en nuestra cruz: la terrible costumbre de perder fácilmente, tontamente, lo que tanto costó conseguir. Y es que algo tan sencillo como un gol mexicano nos catapultaría al infierno. Esos inconscientes que quieren (que exigen a grito pelado), el segundo gol de Uruguay, no son amantes del buen juego, del ataque lírico; no, son amantes del sufrimiento.

3: En este apartado, señor lector, le habla directamente el autor de la nota. Quiero decirle un par de cosas de tú a tú, casi como en una charla de amigos que aprovechan una ocasión propicia para hablar de cosas que usualmente quedan acalladas por el barullo. ¿Le parece a usted que se puede extraer del fútbol algún aprendizaje que funcione en otros ámbitos? Me refiero a la vida, la vida como envoltura total de la existencia de una persona. Porque yo creo que sí. No es fácil, claro, es como pescar a través de un agujero en el hielo, pero bueno, supongamos que podemos pescar algo. El otro día, luego del partido ante Sudáfrica, cuando todos estábamos infantilmente contentos (o sea, contentos de verdad), me crucé con un cuidacoches que le decía a un colega, ubicado a media cuadra, esto: “¡Pero si eran unos pobrecitos, eran!”. Curioso. Horas antes, los sudafricanos eran anfitriones de un Mundial, rápidos, de físicos exuberantes, dirigidos por Parreira, DT campeón del Mundo en 1994, y la lista de atributos tenía muchos más ítems. Pero eso había sido una ilusión. De un momento a otro se nos había revelado la verdad: los negritos eran rivales menores, inexperientes, una papita, bah. Curiosa forma de pensar, repito. Una trasmutación radicalísima. ¿Cuándo ocurrió? Cuando les ganamos 3 a 0. Al parecer hay algo en nuestra mentalidad (nuestro inconsciente colectivo, diría Jung), que nos hace magnificar los obstáculos futuros y minimizar los que ya hemos superado. No hay una oportunidad más clara que la de un Mundial, donde toda la acción se comprime en poco más de treinta días, para ver en acción esta forma de pensar que, me temo, en este país se extiende mucho más allá de los límites de una cancha de fútbol. Desmerecer lo obtenido es un modo de desmerecer la alegría. Me da la sensación de que nos aterra estar alegres y que todas estas construcciones son modos de evitarlo, escaramuzas un poco patéticas.

4: Petardos. Bombas brasileras. Pólvora envuelta en papel. Estallidos. Pero aunque parezca que es lo mismo de siempre, no lo es. Yo no estoy muy acostumbrado a que un partido de Uruguay genere ese festejo pirotécnico. Cuando Nacional o Peñarol ganan, sí, claro está, pero con Uruguay los festejos son siempre más bien tibios. ¿Por qué? Porque entonces los estallidos tienen otro mensaje. Cuando juega uno de los grandes, los petardos son lanzados para que los escuchen los hinchas del rival, es como si una avioneta escribiera esto en el cielo, con humo blanco: “¡Bolso/Manya llorón, no tenés aguante, eh! Acá está el capo, ganamos hoy, como siempre, y cuando te agarremos te vamos a…”. Creo que la idea más o menos se entiende. El barullo post-partido sirve para enrostrarle el triunfo propio al rival de todas las horas. El goce se vive de manera doble e indirecta: disfruto porque a mi cuadro le fue bien y porque sé que el otro eso le jode. Entonces, tirar cohetes todos los fines de semana es una forma de cargar al otro. Supongo que es una de las tantas formas de vivir el fútbol, pero no estoy seguro de que haya sido así tradicionalmente. Me refiero a un pasado no tan lejano. El tema es que ahora pienso en el sentido de los estruendos tras la clasificación de Uruguay. Si no sirven para gozar a los mexicanos, ni para amedrentar a futuros rivales, ¿para qué sirven? Para algo mucho mejor, para hacernos pertenecer a una alegría directa, que no necesita rebote en la tristeza de nadie.