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El sermón de los lactobacilos

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Todo comienza con una pregunta. Sobre la placa violeta de fondo aparece la figura de un globo. Dentro del globo, la pregunta: “¿Crees que sentirte hinchada es normal?”. La placa es sustituida por una escena trivial, de tan cotidiana: una mujer en la caja de un supermercado. Este episodio común tiene, no obstante, algo de excepcional, pues la mujer que está a punto de pagar por sus artículos es una famosa, se trata de Georgina Barbarrosa actriz y conductora argentina de modesto destaque. El hecho de tratarse de alguien de cierta notoriedad (aunque el término “popularidad” sea más exacto), parece habilitar la charla de la cajera, que entabla rápidamente un diálogo “de tú a tú” con Georgina.

-Georgina, tomás Activia –dice la cajera, que acaba de pasar un pack de cuatro yogures por el lector de códigos.

-Sí, porque me ayuda –dice Georgina, llevándose una mano al abdomen para indicar en qué parte recibe la ayuda.

-Ah, porque yo me paso horas acá sentada. Es normal que me sienta hinchada.

-Es normal, es normal… ¡No! Lo normal es sentirse bien. No tenemos que conformarnos. Probá Activia –Georgina reafirma sus palabras tomando el pack para ponerlo ante el rostro de la cajera.

Hasta ahí, la escena, que es sucedida por una animación en la que aparece un aparato digestivo simplificado: el estómago es representado por una esfera brillante, un pequeño sol (en el que se adivina el logo del yogur) conectado a las regiones inferiores (fuera de cuadro) por un tubo ondulado que representa el tracto intestinal, por donde descienden, en prolija hilera, pequeñas pelotas luminosas y elementales: la caca. La silueta femenina gira hasta ubicarse de perfil y las pelotas luminosas forman una flecha descendente que desaparece tras un instante. Entonces, la silueta se desinflama hasta quedar delgada, estilizada, modélica, perfecta. Mientras esto ocurre, la voz de una locutora dice: “Activia ayuda a mejorar el bienestar digestivo reduciendo la sensación de hinchazón”.

Luego de la pseudo-didáctica placa, la acción vuelve a Georgina, ya no en el supermercado, sino en la luminosa sala de estar de una casa blanca y violeta. “Activia te ayuda a liberarte”, dice a modo de corolario, sonríe y suelta un globo (violeta, claro está) que sube hasta el techo, fuera del cuadro. Georgina lo ve subir y mira la cámara.

Todo eso ocurre en veinte segundos de vértigo que no dan tiempo a nada más que la contemplación. Así es “la tanda”, un muestrario eficaz y eficiente de partículas comunicativas mínimas, partículas que luchan unas con otras para conseguir una porción de la volátil atención del consumidor/televidente. Sin embargo, esa aparente lucha es en verdad una alianza, una coalición, pues la acumulación de spots de los más diversos productos (incluso de productos que compiten entre sí) configura una gramática adecuada a su finalidad mercantil, una gramática que se desarrolla por acumulación y redundancia. De este modo, productos tan disímiles como un yogur, una crema hidratante y un par de championes para correr pueden hermanarse en el sentido directo de sus arengas: “Lo natural es estar bien”, “No te conformes”, “Porque tú lo vales”, “Sólo hazlo” y “Nada es imposible” son leves variantes de una sola ideología que finge no serlo, porque se ha declarado con pompa y sin exequias, el fin de toda ideología. Si se acepta esta supuesta verdad, la de que vivimos el tiempo sin tiempo de la muerte ideológica, emprender el análisis de algo tan pedestre como un comercial de yogures que te ayudan a “ir de vientre” puede parecer un ejercicio digno de seres poseídos por manías persecutorias y conspirativas.

Aquí conviene aclarar un punto: decir que un spot publicitario de veinte segundos es portador de una ideología no equivale a decir que sus hacedores tuvieran intención ideológica alguna (más allá del prosaico fin de la rentabilidad); quiero decir que no nos  habilita a pensar en los empresarios, licenciados en marketing y publicistas como en confabuladores que utilizan veinte segundos de una tanda para deslizar de forma subliminal, sus mensajes de control y dominación, pues, de hecho, lo monstruoso de los artefactos en apariencia extra-ideológicos es que no necesariamente responden a un ideólogo consciente (y, por otra parte, no lo necesitan). Son atentados anónimos que juegan con la idea de su pretendida levedad.

Quizá funcione, a modo de ejemplo, una idea proveniente del campo de la lingüística. Noam Chomsky desarrolla, en su teoría del generativismo, lo que él llama Dispositivo de Adquisición de Lenguaje (DAL) para hablar de la capacidad humana para adquirir estructuras gramaticales, una capacidad innata que excede la teoría del aprendizaje por uso y repetición. El DAL sirve para explicar por qué un niño puede utilizar formas regulares que no existen en la lengua y que, por lo tanto, no puede haber escuchado de los adultos: “El avión vola” por “El avión vuela” o “Yo no cabo” por “Yo no quepo”. El DAL funciona de modo inconsciente: el niño sabe más de lo que sabe que sabe. Pienso ahora en un dispositivo hipotético de índole análoga al DAL, que bien podríamos llamar Dispositivo de Adquisición de Ideología. ¿Qué tipo de ideología podrá ser adquirida por medio de este dispositivo inconsciente? Quizá, la que pretende no ser ideología alguna y que en calidad de mercancía inocua es reproducida y propagada por sujetos que ignoran el significado final de los mensajes que emiten, un significado que, por otro lado, viene a acoplarse a la perfección a una superestructura horizontal formada por infinidad de mensajes trasmitidos en infinidad de canales. Nunca la expresión “propagación viral” fue más adecuada.

La mención al virus nos devuelve a la cuestión biológica planteada por el spot de Activia. Cuando la cajera dice que, dado el tiempo que pasa sentada tras la registradora, es normal que se sienta hinchada, Georgina la amonesta. Es una amonestación burlona pero firme. “Es normal, es normal…”, dice, “¡No!”. Georgina sabe algo que la cajera no sabe y ese conocimiento la sitúa en una posición desde la que se puede ejercer la docencia. Es desde su situación de bienestar que exhorta a la cajera a emanciparse del malestar, pues “Lo normal es sentirse bien”. A partir de esta premisa, la mecánica del spot se articula fácilmente. Si lo normal es sentirse bien, no hay que aceptar el dolor como algo natural, no hay que conformarse, hay que ser proactivo y buscar una solución que permita el pasaje de la actual situación de malestar a la placidez. En este caso, la llave de ese reino es un yogur. Se niega aquí la normalidad del malestar. Una vez que el dolor ha sido desnaturalizado (es un síntoma sin causa, basta con comprobar que existe), adquiere el carácter de una anomalía que debe ser rápidamente combatida. El hedonismo no requiere reflexión, requiere praxis, medidas expeditivas de efectos inmediatos, aquí, ahora, ya. No importan los procesos mediantes los cuales Activia hace que la caca baje, importa que baje.

La omnipresente y elemental concepción mercantil del consumidor como un cuerpo siempre requerido por necesidades impostergables deviene en mensajes que buscan producir un estado de perpetua e infantil insatisfacción, inquietud y angustia. Para evadir este estado, hay que mantenerse en movimiento, “hacer el gasto”. Ir del displacer al placer, de lo incómodo a lo confortable, de lo repudiable a lo deseable, de pesar 70 kilos a pesar 54, de tener un Fiat a ser dueño de un BMW. “No tenemos que conformarnos”, dice Georgina. Vos, yo, nadie. El inconformismo, así planteado, no es más que una respuesta refleja a un estímulo básico y no implica ninguna clase de análisis, pues se sustenta en la idea falaz que pretende volver evidente que el dolor es anormal y, por lo tanto, abominable, cuando en realidad el dolor físico no es otra cosa que una llamada de alerta sobre el estado de nuestras funciones biológicas y difícilmente haya algo más natural y cotidiano que él. Si pensamos en el sufrimiento psíquico en estos términos, comprenderemos que la misma mecánica es la que lleva a atacar la ansiedad con rivotril, el “síndrome de déficit atencional” con retalina y la depresión con prozac. Las soluciones propuestas siempre son externas y, en su carácter de panaceas, suelen bloquear la posibilidad de realizar verdaderos procesos de desarticulación de los motivos del sufrimiento pues éste se ha desvanecido, igual que un globo lleno de helio que sube, ya para siempre lejos de nuestra vista y de nuestra conciencia.

Caminando alrededor

Vamo’ todo’ o no va naides
El Mundial es una excelente caja de resonancia. Cualquier tema que se asocie a él obtiene, por mera inercia, una difusión extraordinaria. Es como esos trolebuses que uno ve en las películas, a los que los niños se suben de garrón. Uno se sube y el Mundial lo lleva. Lo que no se sabe es el destino del viaje. No lo supo el ministro Lescano, cuando hace unos días salió alegremente a proponer que una delegación multipartidaria viajase a Sudáfrica para asistir al match contra Ghana. En ese preciso instante, Lescano abrió la posibilidad de ser apaleado cual una piñata llena de tesoros infantiles. Bordaberry pidió turno y comenzó el apaleamiento (Mieres defendió al Ministro y Larrañaga, ni fu ni fa, o sea, lo típico). Hay detalles importantes (pero que de lejos sólo son detalles): el lunes, Mujica desestimó la idea y dijo que el único que debía viajar era el mismo Lescano, que no puede ir por problemas de salud. Un lío doméstico al santo botón, digamos, o un fatal error del golero, regala el palo en el tiro libre y cuando quiere acordar la hinchada rival ya es una sola algarabía.

Perdimos por tener tanto negro
Lo que está pasando en Francia, sin embargo, es bastante más serio. En Europa se mantienen desde hace tiempo, más o menos latentes, movimientos políticos de extrema derecha, sustentados en un discurso profundamente xenófobo. Pues bien, Marine LePen, vicepresidenta del Frente Nacional, el partido de la extrema derecha en Francia, vio el hueco en la defensa rival y se tiró de cabeza. Las condiciones eran ideales: el triste papel de la selección gala en Sudáfrica era cuestión de estado desde antes del Mundial, cuando el mismo presidente Sarkozy se declaró admirador de Domenech, que es desde hace mucho tiempo uno de los personajes públicos más impopulares del país. LePen no dejó pasar la oportunidad de chicanearlos a ambos, lo que usualmente se conoce como patear al que está en el suelo: “¿Son diferentes de quienes nos gobiernan? Tuve la ocasión de decir hace unos meses que Sarkozy tenía la actitud de Domenech. Ahora le diré que Domenech tiene la actitud de Sarkozy”. Pero la cosa no iba a quedar así y uno lo podía prever, porque resulta que la buena de Marine es hija de Jean-Marie Le Pen, que en 1998 llegó a decir que “casi se muere cuando vio a diez negros cantando la Marsellesa”. Claro que la Copa Mundial obtenida ese año funcionó de dique para este tipo de disparates intolerantes y demostró, más allá de lo deportivo, el valor de la integración intercultural. Hoy, la realidad es distinta, y entorno a la osamenta se ciernen los buitres que pretenden sacar un ejemplo didáctico y ultranacionalista. LePen afirma no reconocerse en la selección bleu porque algunos jugadores “tienen otra nacionalidad en el corazón”. Y es extraño que lo diga alguien que, de poder, deportaría a todos y cada uno de los inmigrantes marroquíes, argelinos, etíopes, congoleños (y no creamos que cuando terminase con ellos iba a parar ahí, los sudacas son los que están inmediatamente detrás en la fila). LePen habla del corazón. Es casi gracioso. Casi. Pero no.

Inercia de la buena
No todo lo que se mueve alrededor del Mundial es tan tenebroso como el apartado anterior. Por ejemplo, tenemos a Reaching Uruguay, una organización sin fines de lucro situada en Estados Unidos, que trabaja por los niños, adolescentes y madres necesitados del Uruguay. El slogan de su campaña es muy bueno: “la única promo en la que NO te ganás un LCD”. La campaña es sencilla y emocionante, se trata de que los uruguayos se comprometan a empatar cada triunfo de la selección con una donación. Uno entra a la página de la organización (http://www.jugatelaporloschicos.com) y se registra. Allí define cuánto quiere donar por cada gol o cada resultado de la celeste. Hasta el momento se llevan recaudados 211 mil pesos que serán destinados a proyectos del Centro Aires Puros, Gurisaes, Liceo Jubilar, Colegio Banneux y Madres de la Cruz. Pintarse la cara y colgar una bandera del balcón está buenísimo. Esto es excelente.

Puñaladas

basquet

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Patee un hormiguero. Busque uno de esos que tienen la forma de un pequeño volcán. Es fácil encontrarlos por ahí, casi siempre recostados contra un poste de luz. Vea cuán sólido parece, piense en las horas interminables de los interminables días que ha insumido a la colonia la construcción de ese palacio de tierra y barro seco. Debajo hay una vida en movimiento constante, una sola vida fragmentada en una infinidad de conciencias elementales. Dé un paso hacia atrás, tome impulso, vea el golpe antes de darlo. Convierta la idea en acto: rompa el hormiguero. Ahora vea el caos. La ebullición. Van y vienen. No entienden nada. Retroceda. En la desesperación, algunas se alejan, enloquecidas, no se sabe bien qué buscan, refugio, explicaciones, o más barro apresurado para reparar el desastre inmerecido, el cataclismo.

Váyase de ahí. Esta pequeña maldad no le va a manchar el día. Avance unos metros y olvídese de lo que hizo, no es para tanto, una cosa infantil, tonta. Siga con sus asuntos, pero vuelva un día cualquiera, casi por azar, pase de nuevo junto al hormiguero y verá que lo han reconstruido. No hay ni un indicio del desastre. Las hormigas van y vienen con pedazos de hojas y palitos como diciendo “aquí no ha pasado nada”.

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Así, exactamente así, pasa con ciertos temas en nuestra sociedad. Ocurre algo que es la patada al hormiguero y todos –al influjo de los medios, tan efervescentes ellos como una tableta de Redoxón- salimos como locos, como auténticos locos, a hablar de eso. “¿Te enteraste de lo que pasó en?”, “Ay, sí, che; qué cosa más horrible”, “Pero está clavado, si es que esto está cada vez peor”, “Vos fijate que una ya no es libre ni de”, “Los inadaptados…”, “Energúmenos son…”, “¿Adónde vamos a ir a parar?”, “La sociedad está podrida”, “La droga, es”, “Te matan por cualquier cosa”, “Mano dura, te digo”, “La edad de imputabilidad”, “Antes esto no pasaba”.

Y al ratito las burbujas se aquietan y el ruidito del fffshhhh se apaga en el vaso, porque viene otro ruido, otra explosión, otra alarma, otro titular. Ningún tema se soluciona, nada se debate a fondo, es muy raro que aparezca alguna voz que genere pensamiento y reflexión entre la gente, los lectores, los radioescuchas, los televidentes. Muere un joven en una gresca. Mueren dos. El espanto dura tres días, cuatro… una semana, como mucho.

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La pedrada de esta semana. Un partido de básquetbol. Jugaban Nacional y 25 de Agosto en la cancha de Aguada. Se jugó en esa cancha para evitar incidentes, porque al parecer, entre la parcialidad de 25 de Agosto hay integrantes de la barra brava de Peñarol. Así informa de lo ocurrido el portal 180.com.uy: “En el peor hecho de violencia de la historia en el deporte uruguayo, los enfrentamientos entre hinchas de Aguada y 25 de Agosto terminaron con dos muertos. Las versiones sobre el comienzo de los incidentes son contradictorias. Una de ella señala que cerca de 100 hinchas de Aguada se juntaron para tomarse revancha de una vieja pelea con parciales de 25. La otra indica que los incidentes comenzaron cuando los hinchas de 25 de Agosto apuñalaron a un chico de Aguada antes del partido. Cerca de las 21 horas un adolescente de 15 años que jugaba en la categoría Cadetes de Aguada terminó de entrenar. Cuando salió del gimnasio se cruzó con hinchas de 25 de Agosto y se produjo la primera muerte. El joven discutió con los hinchas que lo apuñalaron. A pesar de que esto se supo dentro del estadio antes del comienzo del partido, el juego igual se disputó. El segundo muerto también era parcial de Aguada y recibió dos balazos en el pecho. También hay dos versiones sobre el incidente. Una es que los enfrentamientos entre hinchas de Aguada y 25 de Agosto se produjeron durante el partido y la otra es que fueron al finalizar el encuentro”.

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Lentes para ver de cerca. Lentes para ver de lejos. Ver de cerca, en este caso, es hacer lo que están haciendo, ni más ni menos, concentrarse en el hecho puntual y tratar de esclarecerlo. Eso le compete a la policía, a la Justicia, a las autoridades de la Liga de Básquetbol, responsables de la organización del partido en esa cancha. Es algo que tiene que hacerse, pero que no es suficiente. La otra parte, ver de lejos, es la que nos compete a todos, por más que cada vez que alguien dice esto, “nos compete a todos”, es como decir “no le compete a nadie”, porque en la masa cualquiera se escabulle y que el fardo lo cargue otro. Y ver de lejos es, en este caso, tratar de entender por qué un espectáculo deportivo acaba con dos muertos, uno baleado y el otro apuñalado. Qué clase de sociedad proyecta en el deporte tal carga de violencia y agresividad. El problema de fondo es, en este caso, ese: ¿qué miserias estamos purgando por esta válvula?

Vamos a hablar del archirrecontra en boga tema de la “inseguridad”. Ver de cerca, en ese tema, es hablar estúpidamente diciendo que hay que construir cárceles para poder meter a todos los “menores infractores”. De rehabilitación ya no se habla tanto. Un candidato en particular habla -encantado de la vida-, de bajar la edad de imputabilidad, porque “el mundo ha cambiado, y si a los 18 años tenés conciencia para comprar un arma para asaltar un comercio, tenés edad para ir en cana”. Lo que no dice ese mismo candidato es que un Estado, una sociedad, un país que no es capaz de garantizarle a sus jóvenes una inclusión real al mundo del estudio, la cultura y el trabajo, lo que tampoco dice es cuánto pesan sobre los hombros de esos menores el ambiente socio-cultural en el que han crecido, las oportunidades que han tenido, el ambiente que han conocido, los horizontes que les hemos permitido. Lo que no dice el señor candidato es cuán culpable de esto es un modelo que él y otros como él se han esforzado en implantar. Acá las cosas no pasan porque sí, no hay habichuelas mágicas ni besos de príncipes que despierten a la damisela del sueño de la muerte. Acá, si te morís, te morís.

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El mensaje y el mensajero. ¿Soy yo el único que está harto de los periodistas deportivos? Está bien, no generalicemos, no todos están dementes, aunque algo raro hay que tener en la cabeza para querer dedicar tu vida a contar lo que hacen los deportistas, que si el partido tal cosa, que si la tabla de posiciones tal otra, que si el promedio del descenso, si se desgarró el goleador, etc., etc. Y así, viviendo en esa burbuja –lo que yo llamaría “una nube de flatulencia” para no decir lisa y llanamente “una nube de pedos”-, es que esta raza de informadores de lo obvio se dedican a ensalzar nuestro peor lado, el del fanatismo irracional, mientras se la tiran de imparciales y objetivos. ¡Déjense de joder, monos con corbata! –y me disculpo con algunas razas de monos que me caen de lo más simpáticas-.

Yo no sé si lo hacen adrede o si les sale natural, pero suelen utilizar un lenguaje tan desajustado, tan exacerbado, ¡y supuestamente estudiaron esto! Un ejemplo puntual, el domingo jugaron Peñarol y Liverpool en el Estadio Centenario. Gran drama, gran, porque si Peñarol no ganaba se despedía de sus chances de pelear el campeonato otra vez. ¡Esas son tragedias, qué me vienen con la gripe porcina! En fin. El partido al final lo ganó Liverpool por 2 a 1, y vean el título que Francisco Connio, periodista de La República, eligió para su crónica del partido: “Liverpool le metió dos puñaladas mortales”. Aplausos. Yo no puedo explicar qué lleva a un periodista a titular así una nota al otro día de los asesinatos –reales, no metafóricos- de los dos jóvenes fuera de la cancha de Aguada. ¿No se le pasa por la cabeza que gracias a ese espíritu que él está alimentando es que todos nosotros estamos acostumbrados a entender el deporte como una guerra, como un duelo a muerte, como una batalla en la que se decide nuestro destino? Si bien es cierto que a estos niveles el deporte ya no es un juego, sino un negocio que mueve suculento dinero, creo que estamos a tiempo de entender dos o tres cosas esenciales: la derrota no es la muerte, mi rival no es mi enemigo, ganar no es lo más importante del mundo.

Ese olor a nuevo

cambios

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¿No les asombra cuando alguien pronostica algo y le pega? A mí sí. Mucho. Desde el tipo que dice que en la quinta carrera va a ganar Shadow Glass, que anda como un rayo, hasta el que anuncia, mirando el horizonte con ojos escudriñadores: “mañana llueve”, y llueve nomás. No me vengan con que la mafia de la hípica o los avatares de la meteorología pueden explicar esos aciertos, para mí es magia y punto, cosa de mandinga. La gente que hace anuncios tiene poderes, ve cosas que el resto de los mortales no podemos vislumbrar, es así. Un burrero afiatado te mira un yobaca y ya mismo sabe si lo están pichicateando; un meteorólogo idóneo (Vázquez Melo no, de ninguna manera Vázquez Melo), te mira un cúmulo nimbus y ya mismo te avisa si tenés que ir corriendo a entrar la ropa o la podés dejar oreándose un rato más.

Bueno, eso. Pero más me asombran los pronósticos que se cumplen a los muchos, muchos años de que fueron pronunciados (y no jodamos con Nostradamus, que no exisitió, lo inventó el canal Infinito para llenar horas de programación). Para hacer pronósticos que abarquen años o décadas hay que tener una capacidad de observación, reflexiva e imaginativa colosal, hay que ser capaz de ver el mundo que nos rodea e imaginar hacia adonde se dirige. No todos podemos ver qué se trae entre manos el futuro, así que lo que tenemos que hacer es prestarles atención a los que sí pueden, para que no nos pase como a los troyanos. Ah, ¿no saben de lo que hablo? Bueno, veamos… la historia del caballo de madera relleno de griegos (aqueos, en rigor), sí se la saben, ¿verdad? Entonces vamos a hablar de Casandra, que era hija de los reyes troyanos. La muchacha tenía el don de hacer predicciones, lo había obtenido de un modo muy extraño, cuando era apenas una bebita se le metió en la cuna una serpiente y le empezó a lamer los ojos y los oídos, purificando estos órganos perceptivos de tal manera que quedaron listos para ver y escuchar los hechos aún no ocurridos. Mirá vos. Más de grande, el dios Apolo se quiso casar con ella (“casar” es un decir, le quiso dar matraca). Casandra primero aceptó, pero después (en un claro antecedente de “Novia fugitiva”, con Julia Roberts y Richard Gere), la muchacha se arrepintió y salió rajando. Entonces Apolo, que era el dios, entre otras cosas, de las artes adivinatorias, a modo de venganza despechada, escupió en la boca de Casandra (sí, como leen, un chancho), arrebatándole el don de la persuasión. O sea, la chica seguiría prediciendo como si tal cosa, pero no iba a poder convencer a nadie de que lo que decía era cierto. Así que cuando los troyanos se empeñaron en meter el caballo en la ciudad, ella dijo que el asunto le olía mal, pero nadie le hizo caso y todo terminó con una masacre, un saqueo y un incendio del que todavía se habla.

¿Quién podría ser nuestra Casandra particular? Tengo un postulante. No es mujer, no es joven (pero lo fue, estoy casi seguro), no es una princesa y definitivamente Agamenón no se lo llevó como botín de guerra, pero su mirada suele ser tan lúcida como la de cualquier buen augur griego. Señores, señoras, no les voy a pedir que se pongan de pie para leer lo que sigue, pero sepan que son palabras de Don Mario Benedetti, y vean ustedes si nos sirven de algo:

“La gente sabe que en las altas esferas hay grandes y productivos negociados. Considera que no está en su mano evitar semejante estafa. Entonces el hombre de la calle, cuya única participación política es el voto, se resigna y se las ingenia para hacer él también su pequeño negociado, su módica estafa. Convencete de que la crisis más grave en este país es la crisis del ejemplo” (…) “Me parece macanudo que cambien la estructura, pero traten de que simultáneamente se transforme el signo moral de este pueblo, porque de lo contrario el cambio se desmoronará, y la evolución o revolución o lo que sea, habrá sido inútil” (…) “sólo existen dos vías para adquirir conciencia política: una es el hambre y el despojo, la otra es la educación. Nosotros no hemos sufrido hambre ni despojo (por lo menos no lo hemos sufrido como otros pueblos de África o de América), y por otro lado no hemos sido convenientemente educados. De ahí que nos importe tan poco la verdadera transformación política y en cambio nos importe tanto el fenómeno político bastardo, adulterado”.
Todo esto, que bien parece sacado de una entrevista que podrían haberle hecho a Don Mario ayer, para la tele, la radio o algún periódico montevideano o español, en realidad lo dijo en 1965, en Gracias por el fuego, o sea, hace 34 años… treinta y tres años. Lo parió. Una vida, y con ese olor a nuevo…