Archive for the ‘ libros y lecturas ’ Category

Dos o tres cosas sobre la lectura

(klunk)

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Se me ocurre que para saber cómo lee una persona, es decir, su comprensión real de un texto, sus énfasis, sus descuidos, nada mejor que escucharla leer en voz alta. Creo que la experiencia física de la lectura tiene mucho que ver con la forma de los pensamientos que se generan a raíz de ella. Si el lector avanza más lentamente sobre determinado pasaje, cuidando más el ritmo de las pausas, por ejemplo, tal vez allí se encuentren unos significados especiales para él, y esos significados toman cuerpo en paralelo mientras la lengua sigue yendo del paladar a los dientes y las cuerdas vocales vibran y vibran. Desconfío de la lectura demasiado veloz. Desconfío del método Ilven (y ahí se esfuma mi chance de conseguir a la Academia Ilven como auspiciante del blog, me esperar un futuro de miseria y hambre). La lectura de barrido puede ser suficiente para decodificar el texto, es decir, para traducir mentalmente los grafemas en fonemas, los fonemas en sintagmas y los sintagmas en conceptos básicos (hay textos que no necesitan nada más), pero para dar un paso más allá, para conseguir la apropiación del texto, la reconstrucción crítica del texto, hace falta una lectura más lenta. Tomarse uno su tiempo, digamos. Claro, la lentitud arde en la pira inquisitoria de nuestra era, la era del jet, la era del si llama ahora se lleva un pack extra enteramente gratis. Tampoco quiero decir que leer lento sea, de por sí, síntoma de gran poder reflexivo, bien puede tratarse de dislexia.

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Contradiciendo en parte el punto anterior, tengo que confesar que no me interesa nada escuchar leer a los escritores. La literatura no es un arte escénico, no tiene nada para ofrecer al público en esas condiciones. El escritor debería asumir que es como el director de teatro que va a todos los ensayos de su obra, pero no al estreno ni a ninguna de las representaciones. El lector tiene que estar a solas con el texto, bastante interferencias ya le pone el mundo por delante a un libro. Un ejemplo: Benedetti. No soy fanático de Benedetti, pero no me molesta su obra y he disfrutado, en distintas épocas, su poesía, sus cuentos y sus novelas, quizá por eso no termino de entender el odio revulsivo que algunos sienten hacia su obra (aunque quizá sea más bien hacia la fama de su obra -discutible como toda obra-, en cuyo caso se podría decir que es un odio especulador y mercantil, también, no sé, chiquitajes “del ambiente”, supongo). El caso es que me parece que Benedetti es un mal lector de su propia poesía. (Se encienden las piras en plaza pública, linchamiento en marcha…). Tal vez estoy exagerando (el autor arruga presuroso) o busco allí algo que no tiene por qué haber, un histrionismo especial, pero no creo que sea eso. La declamación monocorde, el declive hacia el final de cada verso con algo de salmo bíblico, de solemne rezo cotidiano, como esa oración ante el plato de cada día, todo da la sensación de que alguien muy persuasivo convenció a Benedetti para que leyera delante de un micrófono y que, una vez allí, éste lee rutinariamente, deseando que se termine el poema que escribió hace tanto, para poder irse a hacer algo que de verdad le guste. A ver si puedo ser más claro: no creo que cuando Benedetti releía para sí mismo un poema en proceso, esa voz que nosotros escuchamos fuera la que sonase en su cabeza. En fin… parece que, igual que suele pasar con la comparación entre las películas y los libros que las inspiraron, la voz que suena en la cabeza del lector suele estar mucho más viva y ser más poderosa que cualquier representación externa.

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Cuestiones laborales me han llevado a leer mucho, últimamente, pero no literatura, sino la prensa nacional (imaginen mi alborozo). Hay días en los que leo tres o cuatro periódicos, de cabo a rabo, y otros en los que leo diez o quince (sin incluimos en la cuenta suplementos, secciones especiales, separatas y abominaciones de semejante índole). Obviamente yo a eso que hago día a día no le llamaría “leer” en sentido estricto, se parece más a esto:

La lectura de inspección o prelectura es el arte de examinar superficialmente un texto de forma sistemática para saber de qué trata y hacerse una idea general del mismo por razones informativas y por si valiera la pena o fuera necesario en algún momento volver a él o leerlo detenidamente. En definitiva, se trata de extraer la máxima información sobre un texto determinado en un tiempo limitado.

Es un modo útil de leer: útil, esa es la palabra exacta. Cuando uno lee de este modo obtiene información muy concreta: datos, nombres, fechas y relaciones muy básicas entre no más de dos o tres hechos puntuales. Por eso para mí es una buena forma de leer la prensa (que, salvo excepciones, sólo apunta a decir “pasó esto, esto y esto, ahí tienen, así está el mundo, mismamente”), porque mi trabajo consiste en ver rápidamente de qué trata una nota, clasificarla y archivarla. En breve los japoneses desarrollarán un robot para esta tarea y yo tendré que buscarme otro laburo, pero por ahora vivo y lucho. Perdón por el lapsus. volvamos al tema. El problema se da cuando la lectura de inspección es el único modo de lectura al alcance de un lector determinado. Y es que alguien que sólo pueda leer de esa forma se va a quedar afuera de textos que exigen otras habilidades a sus lectores. Uno no puede leer Crimen y castigo del mismo modo que lee el manual de uso de un lavarropas, y al lector al que esto le parezca una obviedad quizá haya que recordarle que la preguna más frecuente de los alumnos de literatura de todos los liceos es: “¿para qué nos sirve esto?”. Ah, sí: la utilidad. El profesor sale del atasco más o menos como puede. “Bueno, queridos alumnos, leer Crimen y castigo nos sirve para entender que no hay que matar a hachazos a las viejas usureras porque, de lo contrario, acabaremos en Siberia congelándonos el alma”. Un alumno levanta la mano: “Diga, Fagúndez”. Fagúndez se pone de pie. Es un chico demasiado solemne y sombrío para sus diecisiete años. “Bueno, profesor, yo creo que en realidad nos sirve para entender que el alma humana es una compleja maraña de ideas, sentimientos y oscuras pasiones muchas veces contradictorias y, en el caso de Raskolnikov, el dique de su intelectualidad cede ante la insoportable presión de la culpa”. Silencio en el aula. “No sea rebuscado, Fagúndez, haga el favor. El libro del ruso este sirve para no terminar preso en Siberia. Es una fábula moral. Tiene un uno, Fagúndez, póngase las pilas para el parcial del martes”. Pero bien, más allá del chiste, el gran tema es que la exposición a medios que obligan a realizar tipos de lectura superficiales parece generar lectores con habilidades limitadas, habilidades que rara vez pueden ir más allá de la inspección o la prelectura. Enfrentados a cualquier texto de cierta complejidad, esas habilidades reaccionan como reaccionaría un melón arrojado contra un muro.

Que el diablo se quede en la botella

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Me pregunto si el arte debe tener límites. Desarmo la pregunta mentalmente. Es una tontería, pienso entonces. No hay nada que no tenga límites. Si algo no tiene límites no se puede decir dónde empieza y dónde termina, no se puede decir que exista realmente, que se diferencie de lo que lo rodea. Bien. El arte tiene límites, entonces. En una situación ideal esos límites serían estructurados por el artista, en pleno uso de su libertad. Claro que también su libertad está limitada por contexto, biografía, educación, cultura (el lector puede agregar lo que quiera acá, a mí me aburre un poco hacer estas listas). Hay época más propicias para forzar los límites convencionales y épocas menos propicias, más acomodaticias, si se quiere. De algún modo parece que el artista en general siempre se siente bastante agobiado por los límites que se le imponen (está en su esencia de artista, imagino), y busca sus propios caminos, que no son otra cosa que caminos a través de una pequeña o gran grieta en la burbuja que todo lo envuelve. Los que toman ese impulso y lo convierten en arte son conocidos luego como “rupturistas”, gente que pisa terreno virgen a cada paso, que va donde siente que no fue nadie antes. Esto puede hacerse al menos de un par de formas: primero, por un impulso, una necesidad natural y honesto; segundo, por imitación. Los rupturistas por imitación suelen formar parte de la retaguardia de las vanguardias y siempre dan la sensación de ser gente que ha llegado tarde a la fiesta y que en vez de hacer lo único que decorosamente pueden hacer (ayudar a limpiar el estropicio), se empeñan en seguir bailando como borrachos aunque no hayan tomado una gota. Mientras los verdaderos vanguardistas muestran nuevos caminos, no para que se los imite, sino simplemente para que se comprenda eso, que existen nuevos caminos, a los retaguardistas lo de los nuevos caminos mucho no les importa, aunque ellos lo nieguen con todas sus fuerzas. El problema es que esta gente se puede poner muy extremista. Pueden despotricar contra el soneto, por ejemplo, tildándolo de estructura arcaica, limitante y obsoleta. Claro que noventa y nueve de cada cien de estos chicos no podrían escribir un soneto ni aunque la vida de su madre dependiera de ello. También suelen odiar la crítica. Y es que ella suele presentarse como una manifestación de los límites, dado que la buena crítica no puede serlo sin establecer valoraciones en algún momento, digámoslo en tono coloquial: sin jugársela. Una crítica que se juegue siempre va a establecer una estructura de conceptos e ideas. Esa estructura se propone no como algo acabado y definitivo, sino como un elemento más en el proceso de comprensión de la obra. Lo mejor de una buena crítica es que, ya sea para acordar con ella o para refutarla, hay que pensar, hay que pensar en la estructura que propone, en los límites, y, si se quiere derribarlos habrá que hacerlo desde los argumentos y no meramente desde los gustos o las opiniones. Uno puede calentarse soberanamente con los tipos que, como Harold Bloom o James Wood, dictaminan el canon moderno. Pero estos y otros caballeros, desde su soberbia erudición (soberbia en todos sus sentidos), arriesgan el trazado de una cartografía personal. Se puede estar de acuerdo o no con esos mapas (a veces señalan lagos donde uno sabe que hay desiertos, y estepas donde claramente lo que hay es una selva), pero, caramba, es mucho mejor tener esos mapas a no tener nada, y es que sin límites, el arte está frito. Por eso decir que todo es arte equivale a decir que nada lo es. Un inodoro amarillo a lunares lilas colgando del techo no es arte, por mucho vino y sándwiches que den en el vernisagge.

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La sobreestimulación es un problema. ¿Cómo escribir (pintar, componer, actuar) para un público que está permanentemente sometido a un bombardeo de estímulos? El problema, quizá, sea precisamente entrar en ese juego de apuestas redobladas, en el que el creador busca producir un efecto sensorial antes que un efecto sensible. A esta intención responden, creo, las vueltas de tuerca, los finales sorpresa, los golpes bajos, las trampas, las transgresiones. El equivalente físico de todas estas manifestaciones artísticas es ensartar una aguja en el glúteo del lector para que éste dé un brinco. Se persigue desesperadamente el brinco. El asunto es que al enésimo pinchazo el lector ya no reacciona. Bosteza, se menea perezosamente en su silla, se siente estafado, pide que le devuelvan la plata de la entrada o deja el libro por la mitad. Si entonces el creador se empeña, en lugar de explorar caminos alternativos (básicamente, buscar otras metas) en subir la apuesta, lo que puede ocurrir es que más tarde o más temprano atraviese el último límite, que, se me ocurre, es de carácter ético y se produce en el instante en que el creador se pregunta si realmente tiene derecho a hacer eso, a crear esa obra. Será mejor ilustrar este punto con un ejemplo. Hace unos años, un artista decidió atar a un perro de la calle, un perro viejo y enfermo, en su exposición, y dejarlo morir de hambre. Literalmente, dejarlo morir allí, a la vista de todos. La aguja. Obviamente, muchos se escandalizaron ante lo que consideraban un acto de la más pura barbarie. El brinco. Y luego vino la justificación, páginas y páginas de periódicos y blogs, cadenas de e-mail y minutos de informativos de televisión llenos de argumentos a favor y en contra. Claro está que el artista salió a hablar, a explicar sus intenciones, que eran (dijo él) las de revelar la hipocresía de una sociedad que diariamente deja morir no sólo perros, sino personas, ancianos, niños, sin que nadie utilice ni una fracción de la energía que estaban utilizando para indignarse por la muerte de un solo perro enfermo. Interesante y provocador, pero en el fondo, apenas un argumento tramposo. La justificación de un modo de arte que renuncia a la sensibilidad para apelar a la patada en el estómago. ¿No había otro modo de decir eso? ¿No había un modo en el que no interviniera la crueldad? ¿No es ese el límite que no debe cruzarse, el de la crueldad? ¿Tiene el arte una especie de free-pass que lo autoriza a todo? ¿Debe tenerlo? Pienso ahora en Irreversible (2002), film del franco-argentino Gaspar Noè en el que se registra una de las violaciones más brutales de la historia del séptimo arte (y un asesinato no menos brutal). La aguja. Gran parte de los espectadores que asistieron a las salas de proyección, quizá poco avisados, acabaron por retirarse a los pocos minutos tras abuchear la cinta. El brinco. Cuando consultaron a Noè acerca de la necesidad de hacer una película así, se limitó a decir: “He hecho una película que me gusta y eso es todo. Si la gente quiere hablar de escándalo, eso depende de ellos”. Gran aporte, ¿verdad? Mientras, Patrick McGavin, un crítico del diario estadounidense Chicago Tribune, dijo algo así como que en la película “hay muchas cosas en son injustificadas. Es profundamente perturbadora. Va demasiado lejos”. Me quedo con la idea de la injustificación y lo de ir demasiado lejos. Cuando uno decide, como Noè, aventurarse en ciertas oscuridades, creo, le conviene guiarse por algo más que la luz de sus propios gustos e inclinaciones. ¿Era necesario? Hay que preguntarlo de nuevo. Una violación que dura diez minutos de cinta y termina con una golpiza bestial. ¿Era necesaria? Probablemente no había otros medios al alcance de Noè para provocar lo que provocó de ese modo, por las sencillas limitaciones de su talento. Pienso en una situación análoga. En la novela Desgracia (1999), del sudafricano John Maxwell Coetzee, la hija del protagonista, que vive en el interior de Sudáfrica, ha sido violada. El lector no accede a la escena en la que eso ocurre. La certera noción de que eso ha ocurrido es algo que simplemente comienza a caer por su peso, a sedimentar en la conciencia del narrador y, a través de él, en nosotros, los lectores, con una fuerza tan lenta e imperturbable que adquiere toda la compleja profundidad de algo que ha sucedido realmente. Sentimos que eso ha pasado en verdad, y entonces sentimos mucho más que repulsión y compasión, tenemos sensaciones y pensamientos demasiado intrincados para poder ser nombrados uno por uno, separadamente. Y eso pasa gracias al arte, ya no a las agujas y los brincos. Coetzee no necesita horrorizarnos, su talento (o su genio) le alcanza con llevarnos con paciencia por el largo camino de una historia bien contada en lugar de tomar el atajo siempre provocador de la crueldad, que a Noè parece resultarle tan grato.

No es casualidad que haya sido el mismo Coetzee el que en su novela-ensayo “Elizabeth Costello” (2003), aborda el tema de los límites éticos de la literatura. La cosa es así, a la venerable anciana Costello la han invitado a hablar sobre el mal. En el momento de recibir la invitación ella se encuentra leyendo un libro de un tal Paul West que se refiere a la forma en la que fueron ejecutados los traidores nazis (liderados por el Conde von Stauffenberg) que quisieron asesinar a Hitler. Ese punto de partida abre el camino para reflexiones más que interesantes, esenciales. Extracto algunas líneas aquí.

Pero cuando llegó la invitación ella estaba bajo la maligna fascinación de una novela que estaba leyendo. Se trataba del peor tipo de depravación y la había succionado en un estado de ánimo de abatimiento sin fin. ¿Por qué me hacen esto? quería gritar mientras leía, sólo Dios sabe a quién. (…) hasta que al final apartó el libro y metió la cabeza entre las manos. ¡Obsceno! quería gritar pero no gritó porque no sabía a quién había que lanzarle la palabra: a sí misma, a West, al comité de ángeles que observa impasible todo lo que acontece. Obsceno porque esas cosas no deberían ocurrir, y obsceno también porque una vez sucedidas no deberían darse a conocer sino ocultarse y enterrarse para siempre en las entrañas de la tierra (…) ya no está convencida de que la lectura siempre haga mejor a la gente. Es más, ya no está segura de que los escritores que se aventuran en los territorios más oscuros del alma vuelvan siempre ilesos. Ha comenzado a preguntarse si siempre es bueno escribir lo que uno quiera y leer lo que uno quiera. (…) Hay muchas cosas como esto de contar cuentos. Una es una botella que tiene dentro un genio. Cuando el narrador abre la botella, el genio sale al mundo, y es endemoniadamente difícil regresarlo. Su perspectiva, su perspectiva de ahora, su perspectiva en el ocaso de su vida: es mejor, en general, que el genio se quede en la botella.

Estos son sólo algunos fragmentos de las disquisiciones de la buena señora Costello. Cada frase se dispara en mil direcciones, tiende puentes, titubea, regresa. Coetzee no nos muestra una idea acabada, nos muestra la construcción de una idea inacabada. Y ahora, lo esencial:

Obsceno. Ésa es la palabra, palabra de debatida etimología, a la que ella tenía que aferrarse como a un talismán. Ella considera que obsceno quiere decir fuera del escenario. Para salvar a nuestra humanidad, algunas de las cosas que querríamos ver (¡que querríamos ver porque somos humanos!) deben quedarse para siempre fuera del escenario. Paul West ha escrito un libro obsceno, ha mostrado lo que no se debería mostrar. (…) Hoy ésta es mi tesis: que algunas cosas no es bueno leerlas ni escribirlas. En otras palabras: sostengo que el artista arriesga mucho al internarse en lugares prohibidos, se arriesga, específicamente, a sí mismo, arriesga, tal vez, todo. Tomo en serio esta afirmación porque tomo en serio la prohibición de los lugares prohibidos.

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Hace algunos meses participé de la antología “La banda de los Corazones Sucios”, que ya se editó en Bolivia y que está próxima a salir en Argentina y España, en la que se reúnen cuentos en los que la villanía es el factor común. Cada autor convocado debía elegir un villano (ficticio o real), y escribir un cuento a partir de él. Yo elegí a un famoso asesino norteamericano de principios de siglo XX: Albert Fish. Leí todo lo que encontré acerca de él y al final me senté a escribir. El resultado fue un cuento de ocho páginas titulado “Correcto Doctor Gault”. La estructura del cuento es muy simple. Un psiquiatra de Sing-Sing recibe, tras la ejecución de Fish, un sobre con una carta dirigida a él de parte del mismo asesino. Fish sentía una poderosa inclinación por escribir cartas y, en realidad, la carta que yo me invento es en sí el relato. Al final de las páginas, mi Fish ficticio dice esto:

Eso es lo que más asusta, supongo, esa cualidad del mal -de lo que usted y los suyos llaman “el mal”-, la capacidad de vibrar y extenderse como por contagio, como una gota de tinta que cae en una hoja de papel y se hincha y crece hasta límites que superan con mucho los límites originales de la gota.

Pues bien, todavía no he recibido la edición de la antología (y por lo tanto no he leído los demás relatos), pero ya vi la portada, en la que se combinan elementos estéticos de “La naranja mecánica”, de Kubrick, con la serie televisiva de Fox sobre un asesino serial, “Dexter”. Y como las coincidencias ocurren, ayer me topé con una noticia terrible. Decía más o menos esto: hace algunos meses, en Ohio, Anthony Conely, de 17 años, estranguló a su hermano de sólo 10 años y confesó que lo hizo por un impulso similar al que se siente “cuando tienes un antojo de hamburguesa”. Conely es un fanático, precisamente, de la referida serie de Fox, donde el asesino es el encantador protagonista. De hecho, Conely declaró que se identificaba con Dexter. No es la primera vez que la serie inspira un asesinato, ya que en 2008 un hombre de 29 años asesinó a una mujer de 38, alegando prácticamente lo mismo y declarándose como un fan de esta serie televisiva. Las declaraciones de ambos podrían estar buscando la declaración de insanía (¿matar por imitar a un asesino de televisión?, esa gente debe estar loca), o quizá esta vez el brinco ha sido mucho más alto de lo que el dueño de la aguja podía haber imaginado.

Adoro bazofias y aborrezco genialidades

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Creo que una de las actitudes más snob que se me ocurren es la de despreciar algo a priori, es decir, antes de conocerlo. Despreciarlo por contagio, porque otros lo desprecian también. Esos otros suelen ser referentes legitimados, formadores de opinión cuyos nombres proyectan sombras a las que los advenedizos vienen a ampararse. (Digresión: el otro día charlaba con un amigo acerca de la tara mental que tiene cierta gente a la hora de admitir que le gustan libros malos. O sea, no pueden decir esto: “este libro me gusta, aunque sé que está mal escrito y de ninguna manera es una cumbre de la literatura. Mi criterio no es infalible, adoro bazofias y aborrezco genialidades, aunque si he de admitirlo desapasionadamente, sé cuáles son unas y cuáles son las otras”. Un snob nunca podrá decir algo así, porque preferirá defender hasta la muerte una mentira –que entendió el Ulysses, por ejemplo- a confesar la ignominia de haber disfrutado hasta de las peores novelas de Stephen King. Fin de la digresión). El tema de despreciar o ensalzar a priori cualquier cosa es que se trata de una actitud que ayuda a mantener un orden previo. Alguien antes que nosotros ha decidido qué era lo bueno, lo valioso, lo perdurable; alguien que también se encargó de señalar lo malo, lo pobre, lo olvidable. Y no está del todo mal eso -¿acaso no todos hacemos nuestros propios cánones?-, lo que sí está mal es grabar ese criterio en la piedra y pretender que los demás lo compartan porque el que escribió allí fue el dedo de Dios mismo. Si digo que no está del todo mal es porque en cierto modo es algo a revisar, es un punto de partida. Bloom nos escupe en la cara el cánon occidental. ¿Qué tenemos para decir a eso? ¿Acatamos mansamente? ¿Reaccionamos como patos sin cabeza? ¿O mejor pensamos, deconstruimos la forma en la que esa lista fue diseñada y la damos vuelta como a una media? Mostremos que está hecho de cartón-piedra, si es que pensamos que así es. Y que se entienda que no quiero simplemente que se revierta el cánon, que se busque su opuesto absoluto, porque, caramba, eso sería otro cánon tan arbitrario como el primero. Lo que me parece mejor es no hacer juicios de antemano. No condenar al olvido géneros enteros, por ejemplo: policiales, ciencia ficción, horror, aventuras; todos arrojados a la fogata de la literatura menor, así como así. En la quema se irán unas cuantas obras maestras, dirá el Inquisidor, pero todo no se puede. (Segunda digresión: durante la dictadura militar –podemos decirle gobierno de facto, si se prefiere-, se destruían los libros “nocivos para el régimen”. No obstante, rara vez los miliquitos encargados de la última etapa del proceso, es decir, la confiscación y destrucción propiamente dichas, habían leído esos libros. Simplemente buscaban los libros que figuraban en una lista de títulos y autores diseñada por los mandos superiores. Y ante la duda seguían instrucciones bastante amplias, por ejemplo, destruir todos los libros de tapa roja –por lo del comunismo, se entiende-. Se guiaban por el color de la portada. Pero no hay espacio para el asombro pues las formas simples de pensar -¿de pensar?- tienden siempre a este tipo de soluciones). Lo que estoy tratando de decir es que cuando alguien marca la cancha, los jugadores de este juego tienen varias opciones: 1) acomodarse a la cancha marcada; 2) irse y armar su propia cancha –y desde allá insultar y hablar de lo mal que le quedó la cancha al primero-, y 3) aprender la lógica que rigió la construcción de la cancha y hacer lo que le toque para remodelarla, es decir, participar de su reconstrucción. La primera opción suele ser la que eligen los snob de los que hablaba en un principio. La segunda es la de los que se marginan para erigirse en defensores de “lo verdadero”, por simple oposición a lo establecido, lo de siempre. La tercera es la que a mí me interesa más.

No sé si a esta altura puede haber algún sobreviviente en este texto, si a alguien puede interesarle, pero la verdad es que esto no va a ir más allá de este punto. El caso es que leí “From hell” –literalmente, “Desde el infierno”-, una novela gráfica de Alan Moore y Eddie Campbell sobre el Destripador de Whitechapel, y me puse a pensar en la forma que tenemos, todos nosotros –me incluyo, y pido el primer lugar en la lista- de menospreciar sin más motivos que el mero prejuicio, lenguajes enteros, como el de la historieta, por ejemplo. La reseña de la novela podrán encontrarla en www.clubdecatadores.wordpress.com (en breve).

Fragmento de “Esnobismo: una pasión inconfesable”,
publicado en ADN de La Nación

“La misión de los esnobs, semejantes a los mártires, es defender las vanguardias contra los retrógados, contra los paganos que no aprecian las nuevas religiones. ¿Qué habría sido de Picasso y de Dalí, del cubismo y del surrealismo, de Duchamp y de Warhol sin ellos? Las bienales de Venecia, con sus instalaciones cada vez más estrafalarias, les deben la razón de su existencia. Los coleccionistas de arte contemporáneo, los que compran desde un Rembrandt y un Monet hasta los tiburones de Daniel Hirst y las imágenes casi pornográficas de Jeff Koons, han invertido y ganado fortunas gracias al esfuerzo desinteresado de esas almas que sólo buscan respirar el aire enrarecido de la innovación (…) Mucho más complicado, pero más digno y heroico para los esnobs, fue luchar por la Escuela de Viena. El dodecafonismo no halagaba los oídos y, por otra parte, las obras de Arnold Schönberg, Antón Webern y Alban Berg sólo inspiraban angustia y sugerían climas tenebrosos como una sesión de torno en el dentista. Ya a mediados del siglo XX, los casos de John Cage, de Stockhausen, de Luciano Berio encontraron al público, no más receptivo, sino más domado, aunque la música de esos nuevos genios no era menos ingrata que la de los vieneses. Cuando los sacrificados esnobs lograban acostumbrarse a una revolución sonora, lo que no quería decir disfrutarla, ya había un compositor con otro hallazgo, Messiaen, Boulez… Philip Glass fue un oasis, de aburrimiento, pero un oasis. Su música, repetitiva hasta la saciedad, prendió de inmediato entre los oyentes avisados simplemente porque, en el fondo, era convencional. Lo único distinto era esa repetición incesante de un motivo que provocaba el efecto de que el tiempo parecía no pasar nunca, de que la orquesta se había rayado como un disco. Los esnobs iban en grupo a las óperas de Glass y se dormían por turnos en las butacas. El que debía hacer guardia en el final aplaudía y gritaba bravo bien fuerte para despertar a sus compañeros”.
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1206477

La ciudad de los perros

Son tan dueños de la ciudad como nosotros. Están en las veredas y en las plazas, duermen bajo el sol de la primavera y tiemblan, empapados, en los peores días del invierno. Allí donde haya una reunión pública estarán ellos sorteando las piernas, siempre curiosos, siempre calmos, siempre insondables. Algunos están flacos y parecen los fantasmas de un perro que de verdad vivió, que fue un volumen en el espacio, y no esta pobre muestra de huesos y pelo que ahora se pasea, puras patas y costillas, con el hocico afilado en busca de un poco de basura que se coma. Otros están gordos y su pelo es espeso y brillante, aunque no tienen dueño ni casa. Estos perros son los reyes entre los perros, porque de algún modo se han ganado el corazón no de una familia, sino de un barrio entero. Pueden tener un nombre, varios o ninguno, pero la verdad es que no lo necesitan, la suya es una libertad de tal magnitud que hasta puede prescindir de certificados de identidad, pues poseen una identidad que no necesita ser certificada. Si uno pasa junto a ellos puede ver la inteligencia en sus ojos, un brillo como de agua reposada. Un perro callejero es un animal sumamente sabio, le da un poco de tristeza ver pasar a sus congéneres siendo llevados en manojos por un desconocido, porque sus dueños no tienen tiempo de pasear con ellos. Nosotros creemos entender la calle, pero la verdad es que sólo formamos parte de ella fugazmente, apenas el tiempo que tardamos en ir de un lado a otro. Los perros que viven en la calle, ya sean los consentidos de toda una manzana o los que no tienen ni tendrán jamás un amo, entienden todo de un modo esencial. Por la forma de caminar de un muchacho ellos evalúan, de lejos, las posibilidades que tienen de recibir una patada cuando aquel se acerque. Entonces miran con temor y recelo al que viene y tiemblan secretamente dientes adentro o preparan un gruñido que disuada al hereje. También son precisos radares del afecto. Reciben las caricias no como una limosna, sino como algo que simplemente merecen, como algo que ellos también obsequian a quien se las provee, como si fuera uno, en realidad, el que está siendo acariciado. Los perros de la calle, además, casi nunca corren gatos. Han aprendido ya lo vano de la tarea y deciden reservar sus energías para empresas más fructíferas. En ocasiones ceden a la tentación de acompañar a alguna señora o a una parejita, por las dudas de que justo estén en busca de una mascota buena y con experiencia en la vida, pero al tercer o cuarto chistido -o, en su defecto, ante la primera pedrada- desisten y se van pensando: “ellos se lo pierden”. Son sumamente fieles con los más débiles. Los hurgadores siempre encuentran en ellos una compañía desinteresada, allí no existe la conveniencia del sustento, pero una vez descartada la relación mercantil ya no hay lógica “amo-mascota”, hay otra cosa, el pacto mutuo y silencioso de no abandonarse nunca. Un anciano que ha llegado a la última edad sin familia, de ojos cansados de tristeza y boca que balbucea palabras para nadie, puede estar seguro de que habrá un perro que lo ayude a cargar los últimos años, porque nadie merece estar así de solo. Cuando nos encontramos con un perro malo haríamos bien en pensar que ese perro es simplemente un recipiente en el que alguien más ha depositado su maldad, y es que mucha gente demuestra verdaderamente lo que es sólo ante el que nada puede hacer. Muchas veces, nuestra conducta hacia los perros no es otra cosa que el anuncio de lo que sería nuestra conducta hacia las personas, si tuviéramos el poder suficiente. La crueldad no tiene diferencias sino apenas distintos grados en sus posibilidades de realización.

Anexo: Chocolate

Sólo yo le decía Chocolate o Choco, y de todos modos él me entendía. En su primera casa -o la primera que yo le conocí-, vivía dentro de una cucha de plástico, azul y gris. Tenía las patas amarillas, igual que sus ojos. El resto era del color del café o de la canela. Un perro todo ímpetu. No sé por qué me tomó tanto cariño. Escuchaba aproximarse mi moto y se paraba encima de la cucha, con toda la ansiedad del mundo fija en la mirada. Tenía tal energía que nunca nadie se atrevió a dejarlo suelto, y es que los precedentes iban en su contra: dicen que una vez se soltó por la noche y mató la oveja de un vecino. Le mordió el cuello. Cuando me contaron eso no pude evitar imaginarme la sangre tiñendo la lana del pobre animal. Chocolate era puro instinto. Sacarlo a pasear significaba una inversión de energía nada desdeñable, y es que cinchaba con la fuerza de un toro, de modo que yo debía ir refrenándolo todo el tiempo. Una vez quiso hacerle frente a un gran danés, un perro del tamaño de un pony -aunque, para ser exactos, he visto ponys menos robustos-. Yo me quedé mirando a Chocolate con cara de: “pero vos estás enfermo, hermano, ¿no ves que si quiere te come la cabeza?”. Pero él era así, una especie de cachorro eterno. Y sin embargo, cuando pasaba la ansiosa furia del primer paseo y nos sentábamos bajo un árbol del parque o en un banco perdido, él se quedaba tranquilo y hasta se olvidaba de que yo estaba ahí. Una vez eso fue literal, confundió mi pierna con un árbol y la meó a conciencia. A pesar del potencial riesgo de ser orinado, sacar a pasear a Chocolate fue durante mucho tiempo mi plan del sábado o domingo de tarde. Y aunque pasara mucho tiempo, semanas o meses, sin ir a buscarlo, cuando llegaba era de nuevo lo mismo, él subido a su cucha y su ladrido sonoro haciendo vibrar el aire.
Como las cosas ocurren de modo misterioso, Chocolate terminó viviendo conmigo en mi anterior casa. Cada tanto, si el clima lo permitía, tomaba una barra de jabón bulldog, una manguera y le daba a Chocolate un buen baño. No es que a él le gustara mucho, pero nunca intentó resistirse de modo hostil. A lo sumo quiso escaparase, pero nada más. Cuando terminaba de enjuagarlo le permitía que me salpicara al sacudirse, como modo de venganza. Una tarde me pasé juntando pedregullo de la calle para rellenar el pozo que él había hecho en la tierra del patio, supongo que en busca de frescor. Lo que duró el pedregullo en su lugar fue menos que un suspiro. Yo vivía solo en aquella casa, pero no fue sino hasta que Chocolate desapareció que supe realmente lo que era vivir solo.
Se estaba terminando el año 2007. Hacía mucho calor. Le di a Chocolate su baño de rigor -que esa vez sí pareció disfrutar-, y quedó tan lindo que le saqué una foto -la foto que encabeza este post, por cierto-. Entonces me acordé de algo que me dijo una persona, cierta vez, que no hay que sacarle fotos a las mascotas porque luego desaparecen. Supercherías. Pasaron los meses y, como suele suceder, se terminó el verano. Llegó la época de las tormentas. La cadena de Chocolate le permitía refugiarse en el porche. Una vez, durante una tormenta, lo entré a casa para que se guareciera. Me arrepentí de esa idea durante mucho tiempo. El caso es que la mañana siguiente a la tormenta Chocolate no estaba. Todavía llovía, no con la misma intensidad que durante la noche, pero el agua no había dejado de caer. Me subí a mi bicicleta y pasé toda la mañana buscándolo. Pregunté a vecinos y a extraños, anduve por las calles que caminábamos juntos, fui hasta el otro lado del parque, donde lo había encontrado una vez anterior. Ni rastros de Chocolate. Dicen que durante la noche de tormenta se soltó y atacó al perro de un vecino. Dicen que quizá lo mató. Dicen que mi tío, que vivía al lado de casa, fue, lo trajo y volvió a atarlo. Dicen que quizá se volvió a soltar. Dicen que tal vez el vecino decidió que mejor lo mataba. Ojalá que simplemente se haya ido, que sus patas amarillas todavía pisen el pasto de quién sabe qué lugar.

Anexo 2: Sally, Elisa, Caco -o Nicotina-, Camila, Pichichi y Emily (por Leo De León).

Cuando yo era muy pequeño, mi padre tenía una perra blanca llamada Sally. Según él, nunca vio “bicho” más inteligente. Lo cierto es que un día Sally quedó preñada y los cachorros se le murieron adentro. Quedó en estado crítico e internada en mi casa. Recuerdo algo curioso de ese momento… Yo estaba realmente triste y me sentí impotente, de modo que se me ocurrió golpear la puerta de los vecinos y decir algo como: “Mi perra está muriendo, así que mi familia y yo queremos manifestarle a usted toda nuestra colaboración por si necesita algo. Estamos a las órdenes”. Es decir que las cosas, como se ve, estaban dadas vueltas en mi cabeza. Yo ni siquiera sabía el significado de aquellas palabras.
Después vino Elisa. Cuando mi padre y yo la encontramos bajo la mesa de una parrillada cercana, Elisa ya era vieja y no tenía dientes. Vivió como diez años con nosotros, así que la imagino como una perra eterna. ¡Cómo le gustaba el amor! Desaparecía por varios días y mi padre puteaba como loco. Varías veces la encontró en medio de la cuestión con el perro del mecánico de la esquina. Elisa venía de lengua afuera, toda manchada de fluidos, tranqui nomás, satisfecha… De alguna aventura de esas nació Caco. ¡Caco era una perra! No sé qué le dio a mi viejo por ponerle ese nombre tan ambiguo. Calculo que tal excentricidad causó un desajuste en las tendencias sexuales de Caco, porque a veces se fornicaba a su propia madre. Cuando Caco creció, mi padre le cambió su nombre por Nicotina, porque era marrón y muy mala. Especialista en garronear. Una perra que yo quería montones y que todo el barrio maldecía. Elisa quedó otra vez preñada cuando Nicotina ya era una perra con miles de insultos pegados al cuerpo y más de una patada en el hocico. El cuerpo no le dio para más y se murió.
Después apareció Camila, la perra que más quise. Era una pastora alemán sin manto negro, al menos esas fueron las palabras de su primer dueño. Yo nunca me creí eso de un pastor alemán completamente marrón, pero bue… Camila era preciosa. Mansa como pocas, y fue muy compañera de Nicotina. La respetaba mucho y nunca se atrevió a comerle un hueso. Sé que Camila sufrió mucho cuando tuvimos que sacrificar a su compañera por aquél tumor en la base de la cola que le había abierto la piel y supuraba.
Un día mi madre sacó el auto para traerme hasta casa, y Camila se despidió balanceando lentamente la cola, echada en la vereda. Fue la última vez que la vi. Cuando mi madre volvió diez minutos después, descubrió que la habían envenenado. Toda asistencia fue vana. Camila agonizó toda la noche, y la lloramos todavía. Mi padre la enterró en un terreno que a media cuadra de su casa, donde guarda los autos que tiene para la venta. La tierra quedó abultada y mi padre colocó una vieja chapa de cinc encima, como si eso pudiera solapar la presencia y la emanación de Camila. Voy muy seguido a visitarla, y aunque parezca absurdo, suelo cortar alguna flor del mismo terreno para dejarla junto a su tumba.
Ahora está Emily –yo elegí el nombre, en honor a Emily Dickinson-, y Pichichi. Emily es una pastora golden, una estrella de cine. Está obesa y trata a Pichichi con cierto aire de superioridad. Claro, Pichichi es una perra de la calle que mi padre rescató de una muerte segura. Tiene una cicatriz enorme en el lomo, como si alguien le hubiera dado un hachazo o la hubiese quemado con agua caliente. Mi padre dice que, al encontrarla, era igualita a Forlán: delgada, rubia y con una nariz enorme.
Mi padre tiene talento para los bautizos. Nadie lo niega.

Un perrito blanco
“Entonces ladró un perro, no era un ladrido fuerte pero rompió el silencio y todos se volvieron hacia el fondo invisible del salón, Nito vio que de la bruma violeta salía Caletti, uno de quinto ciencias, con los brazos en alto venía desde el fondo como resbalando entre los otros, sosteniendo en alto un perrito blanco que volvía a ladrar debatiéndose, las patas atadas con una cinta roja y de la cinta colgando algo como un pedazo de plomo, algo que los sumergió lentamente en el acuario donde Caletti lo había tirado de un solo envión, Nito vio al perro bajando poco a poco entre convulsiones, tratando de liberar las patas y volver a la superficie, lo vio empezar a ahogarse con la boca abierta y echando burbujas, pero antes de que se ahogara los peces ya estaban mordiéndolo, arrancándole jirones de piel, tiñendo de rojo el agua, la nube cada vez más espesa en torno al perro que todavía se agitaba entre la masa hirviente de peces y sangre”.
La escuela de noche, Julio Cortázar

Lion
“Lion era como esos jefes de tribu aztecas o polinesios a quienes no se considera hombres, sino más que hombres y menos que hombres a un tiempo. Porque, una vez en el campamento, tampoco nosotros éramos hombres: éramos cazadores. Y Lion era el mejor cazador de todos nosotros. Y no hablaba nuestra lengua, no porque no pudiese, sino porque era el jefe, el Hijo del Sol; conocía nuestra lengua, pero pertenecía a un nivel superior para dignarse a hablarla; a eso se debía el que viviera en el subsuelo, debajo de la cocina, y no a que fuera un perro, un animal: vivía aparte por la misma razón que vivían aparte los jefes aztecas o polinesios, a quienes su propia divinidad se lo exigía”.
Desciende Moises, de William Faulkner.

Yumbo
“Uno de los perros se le acercó por el césped y le olisqueó el pelo. Era negro y canela, con patas grandes y blancas. Sonrió cuando la lengua enorme y caliente le lamió las orejas. Dobló el brazo y el perro apoyó la cabeza en el codo de Arturo. El animal se quedó dormido en un periquete. Arturo acercó el oído al pecho peludo del animal y le contó los latidos del corazón. El perro abrió un ojo, se puso en pie de un salto y le lamió la cara con cariño desbordante. Aparecieron otros dos perros, muy aprisa, muy ocupados a lo largo de la fila de árboles que flanqueaba la calle. El canela y negro enderezó las orejas, se presentó con un ladrido prudencial y corrió tras ellos. Los otros se detuvieron, le gruñeron, le ordenaron que les dejara en paz. El canela y negro volvió con tristeza al lado de Arturo. Éste se compadeció del animal.
-Quédate conmigo -le dijo-. Serás mi perro. Y te llamarás Yumbo. Mi buen Yumbo”.
Espera a la primavera, Bandini, de John Fante.

Mr. Bones
“Mister Bones había estado con Willy desde que era un cachorro pequeño, y ahora le resultaba casi imposible imaginarse un mundo en el que no estuviera su amo. Cada pensamiento, cada recuerdo, cada partícula de tierra y de aire estaba impregnado de la presencia de Willy. Las viejas costumbres no se pierden fácilmente, y en lo que se refiere a los perros hay sin duda algo de verdad en el dicho de que llega un momento en que se es demasiado viejo para aprender, pero en el miedo que sentía Míster Bones por lo que se avecinaba había algo más que amor o devoción. Era puro terror ontológico. Si el mundo se quedaba sin Willy, lo más probable era que el mundo mismo dejara de existir”.
Tombuctú, de Paul Auster.

Los canes sobrantes
“Los perros que llevan a la clínica padecen las afecciones habituales: moquillo, una pata rota, un mordisco infectado, sarna, falta de cuidados por parte de sus dueños, sean benignos o malignos, vejez, desnutrición, parásitos intestinales… pero casi todos sufren más que nada su propia fertilidad. Lisa y llanamente, son demasiado numerosos. Cuando la gente les lleva un perro, nadie dice: «Le he traído este perro para que me lo mate», pero eso es exactamente lo que se espera de ellos: que dispongan del animal, que lo hagan desaparecer, que lo despachen al olvido. Así, los sábados por la tarde la puerta de la clínica permanece cerrada a cal y canto mientras ayuda a Bev Shaw a matar los perros canes sobrantes de la semana. De uno en uno él los saca él de la jaula que hay al fondo del patio y los conduce o bien los lleva en brazos al quirófano. Durante los que han de ser sus últimos minutos, a cada uno le dedica Bev toda su atención, acariciándolo, hablándole, suavizando su tránsito. No obstante, es él quien sujeta al perro para que se esté quieto, mientras la aguja encuentra la vena y el fármaco alcanza el corazón y las patas ceden y los ojos se cierran. Había pensado que terminaría por acostumbrarse, pero no es eso lo que sucede”.
Desgracia, de John Maxwell Coetzee.

Apuntes sobre la diversión, el placer, el trabajo y las categorías innecesarias

escritor

1
Comencemos: “El talento priva de significado al concepto de ensayo. Cuando descubres que estás dotado para algo, lo haces (sea lo que sea) hasta sangrarte los dedos o tener los ojos a punto de caerse de las órbitas. No hace falta que te escuche nadie (o te lea, o te mire), porque siempre te juegas el todo por el todo; porque tú, creador, te sientes feliz” (…) “Para mí, lo trabajoso es no trabajar. Cuando escribo es todo recreo, y las peores horas que he pasado en el recreo fueron divertidísimas”. Las citas anteriores pertenecen a Mientras escribo, de Stephen King. Siempre que quiero hablar del placer y la diversión en la literatura, me gusta entrar por la puerta que me ofrece King.

2
El blog ha estado abandonado. Me disculpo con los amigos que han entrado durante estas tres semanas para ver si el vago de Leo al fin había subido un nuevo post, y que cada vez debían partir rumbo a otro rincón del cyberespacio, cargando una nueva (aunque ínfima) frustración. Con los extraños no me disculpo nada, si quieren una disculpa vengan y den la cara, ¡qué también! Acá tengo que detenerme y hacer un inciso curioso: el mundo está lleno de gente rara, gente rara que busca cosas raras en google. Perdón, la gente rara no “busca información en google”, la gente rara “googlea” (verbo aceptado por la RAE, ¡madre santa!). Todos los días, cuando chequeo las estadísticas del blog, encuentro un apartado que me indica a través de qué búsqueda ha llegado la gente a este sitio. Así he descubierto que a una porción del mundo le preocupa mucho el ateísmo del doctor Gregory House, mientras que a otra porción, algo menor, le intriga saber por qué renguea; también me he enterado de que numerosos liceales ansían encontrar un análisis del cuento Visita de duelo, de Paco Espínola, para zafar del parcial de literatura; que la gente no sabe qué le puede regalar a sus padres en su aniversario (algunos quieren regalarles cosas hechas con materiales descartables, o sea, basura… tengo dos opciones: se trata de niños, de ecologistas o de adultos miserablemente tacaños; también podrían ser niños ecologistas y tacaños, todo el pack). Más cosas que sé: que hay muchos individuos buscando obritas de guiñol con personajes clásicos; que hay personas que no saben qué hicieron en sus últimas vacaciones así que les interesa saber qué hice yo en las mías; que un caballo de carreras llamado Azabache fue descalificado de una competición en México por haber corrido drogado; y que una persona, atraída por las mágicas e indescifrables fuerzas del azar, tipeó: “cachetes” + “rosados”, en el buscador universal, y llegó a este antro. Ah, y un consejo, si quieren aumentar las visitas de sus propios blogs, escriban, en cualquier lado: “Todorov”. La gente se vuelve loca con las categorías de lo fantástico de Todorov. Yo creo que es por la sonoridad del nombre, todas esas “O” tan redonditas y perfectas. Sigo pensando en los cachetes rosados, vaya, vaya, vaya…

3
Pero bien, si el blog ha estado liberado a la buena de dios (Dios, para los creyentes; el barba, para los herejes), es porque he estado escribiendo. Para los que no tenemos la suerte de Stephen King (y cuando me refiero a su suerte no hablo sólo de sus millones, sino que también me refiero a que fue atropellado por una camioneta y sobrevivió), la vida diaria es una lucha constante por robarle a las obligaciones esas dos o tres horas de paz y calma para leer o escribir. El que suele terminar pagando esas horas es nuestro tiempo de sueño. Trabajar, hay que trabajar. Al llegar a casa siempre hay algo para hacer, lavar ropa, cocinar, barrer, etc. Sé que la gente normal hace este tipo de cosas (la gente normal me cuenta su vida), pero cualquiera que visite mi casa sabrá que eso (el milagro de la limpieza) ocurre allí en cada solsticio, más o menos. El caso es que se me venía encima cierta fecha límite y aunque me sentaba todas las noches a las 10 delante de la computadora y me acostaba a las 2 o las 3 de la madrugada, luego de escribir siempre entre 1.000 y 1.700 palabras, parecía que estaba persiguiendo el horizonte o esa zanahoria imposible que atan delante de la trompa de ciertos asnos. Entré a desesperarme. Lo peor de todo es que no podía decir: “ya está, voy a dejarlo”, porque tenía las ideas de al menos tres cuentos y si le seguía dando largas al asunto se me iban a poner rancias y ya nadie se las iba a poder comer. El primer cuento iba a ser largo, y aunque tenía todo el esquema en la cabeza, cuando finalmente me senté a escribirlo el cuento hizo lo que quiso conmigo. Maldito traidor. Escribía y escribía y nunca se terminaba. Historias adyacentes salían de yo qué sé qué lugar, y era como correr en un lodazal, sin poder afirmarme nunca. Yo le decía: “Sos un cuento, no te la tirés de nouvelle, si quedás a medio camino entre géneros nadie te va a querer”, pero ni bola me daba. Esto mandó al diablo mi planificación, porque si yo había pensado destinarle apenas 15 días a su escritura, al final me demandó más de un mes. Ese cuento (al que podemos darle este título falso: “Maldita la hora”), quedó de 16.572 palabras. Bastante largo. El segundo cuento (llamémoslo “Locos por escribir”) lo empecé hace tiempo, algunos meses atrás. Iba tres páginas y lo abandoné. Le hablé a algunos amigos de la idea. Nota: no hagan esto. No hablen de cuentos o novelas en proceso. Yo sé que es tentador, que uno se entusiasma y quiere hablar, contar, adelantar cosas, pero no lo hagan. De algún modo, la energía que iba a servir para escribir el cuento se va en hablar sobre él, y uno al final se complace en eso y ya no siente la necesidad de escribirlo. Nada peor que un escritor satisfecho, complacido. Primero escríbanlo, si después lo quieren contar, adelante, pero primero al papel -al disco duro, a lo que sea-. El libro de Salbarrey sobre Paco Espínola me dejó pensando en eso, con temor. Ahora, mientras escribo esto, a la izquierda de mi teclado está la edición de Arca de los cuentos completos de Espínola, esa de tapa celeste en la que Paco está cebando mate (el dibujo es de Hontou). Cuentos completos. 17 cuentos. ¿Son grandes cuentos? Claro que lo son. Pero son pocos. Esto puede sonar antipático, lo sé, pero estoy hablando como lector, como un niño que pide juguetes para el día de Reyes. Yo siento que este Rey Mago fue mezquino con sus regalos para mí, y me obliga a pensar en cuántos otros juguetes que nunca voy a conocer se llevó en su bolsa. Así que, si me permiten pedir algo, lo que pido es escritores que escriban hasta sangrarles los dedos o tener los ojos a punto de caerse de las órbitas. Y todo esta cháchara para decirles que mi segundo cuento en cuestión había quedado en su tercera página, a la deriva. Volví a él miércoles pasado, a eso de las 11 de la noche. Fue sentarme y la cosa empezó a fluir. ¡Qué alegría cuando eso pasa! Me sorprendí, porque la verdad es que no tenía demasiados planes, más que nada quería ver qué salía. Paré a las 3. Paré porque mis ojos dijeron: “Si vas a seguir, con nosotros no cuentes”. Me pareció justo. Puse el despertador a las 7:30. Me acosté y la cabeza quedó pensando en el cuento. “Basta, a dormir”. Los gallos de mi vecino estaban de partuza. Me desperté a las 7:04. Afuera todo estaba oscuro y había una especie de cerrazón rosada. Me levanté. Escribí dos páginas más, hasta las 8:30. Me faltaba el finale con tutti, pero había que ir a trabajar. Desayuné, me bañé y fui al trabajo. Trabajé y trabajé hasta las 10:30. A esa hora saqué silenciosamente el diskette del bolsillo y lo introduje en mi máquina. Bajé el archivo con el cuento y abrí el Word. Espero que mi jefe no lea esto o estaré en problemas más o menos serios. Escribí como un desquiciado hasta las 12:30. Terminé el cuento. 4.324 palabras. Fui feliz. Me olvidé de decir, además, que tenía que reescribir el final de otro cuento algo más viejo (llamémoslo: “Un viejo diablo”). Ese nuevo final estaba anotado en dos o tres hojas de una libretita de espiral, pero no iba a ser tan fácil como transcribirlo, había que ver dónde hacer el corte, dónde zurcir lo nuevo, cómo disimular la costura. Dos o tres amigos ya habían leído el original y cada uno me había hecho llegar sus comentarios. El resultado de sus opiniones fue, además de ciertos cambios internos que mejoraron la historia, la modificación radical del desenlace. Nota: si confían en sus “primeros lectores”, aprovechen sus opiniones, no se defiendan de la crítica. La buena crítica siempre es generosa, siempre quiere que seas mejor, que tu escritura sea mejor. Ser refractario está bien para un ladrillo de revestimiento, pero no para alguien que pretende ser escritor. Cuando me cansaba, cuando me ardían los ojos, cuando me dolía la espalda, me desperezaba, me estiraba y decía: “esto es el recreo, esto es lo mejor del día”.

4
Un amigo se compró una laptop hace poco. Esto le ha abierto una cantidad de posibilidades reales. Ahora, cada momento de espera, cada puente entre dos obligaciones, cada viaje en ómnibus, se ha convertido para él en la posibilidad de un recreo. Hay que verle brillar los ojos cuando te cuenta de su último avance, de sus últimas dos páginas. Debemos estar todos un poco locos.

5
Hace poco, en el blog de Fernanda Trías, ella decía esto: “Parece que la polémica literatura vs. diversión, sigue vigente (bah, nunca estuvo tan vigente como en esta “era del entretenimiento”). Es un tema trillado, sí, sí, sí, pero por un momento, me dije, por qué no mirar el asunto desde otra perspectiva. ¿Por qué no considerar por un momento la diversión, en lugar de descartarla furiosamente como a una fruta que ha agarrado hongo? Sí, es triste ser un adicto a la diversión, pero el tema es otro… El tema es qué considera cada uno como diversión (…) Pero después pasan otras cosas, es verdad. Y perdonen señores defensores de la diversión, porque después de tanta risa y de tanto entretenimiento, pasan otras cosas también. Unas cosas emocionantes, que te van llevando de aquí para allá, por los recovecos de la alegría y de la tristeza y de tantas otras emociones que también tiene el alma humana, y ya al final no sé si lo que siento es diversión u… otra cosa. Entonces se me ocurre que tal vez el asunto sea muy simple, mucho más simple de lo que me imaginaba, y que tal vez lo que sucede es que esos señores y yo simplemente no tenemos (como diría Will Self, otro escritor desopilante) la misma “idea de diversión”.

6
Hay algo que me rechina: los compartimentos, las categorías, los rótulos. Me dirán que son tan necesarios como provisorios, y que a pesar de su transitoriedad, ayudan a leer, etc., etc., pero cuando comenzamos a marcar la cancha, a dibujar el cánon de algo que es apenas una realidad incipiente, ay, mamita… Estoy hablando de un artículo de Gabriel Lagos en la diaria, de hace un par de meses, donde agarraba tres cajones y tres etiquetas, y decía: «acá van los escritores pop, acá van los egoístas –levrerianos-, y acá van los serios». A mí me suena que Lagos usó un hacha para partir una nuez. Acá entra el tema de la diversión y del placer. Los pop son los dueños del jolgorio, del humor, de la desfachatez. Los egoístas heredan la introspección de la última época levreriana. Los serios son serios y no se pueden andar riendo y tienen que escribir historias oscuras y grises y que terminen siempre medio bajón y si ponen cara de sufrimiento cuando les toman fotos, mejor. Lo que a mí me preocupa es lo mismo que Pedro Peña dice así en el blog de Ramiro Sanchíz : “A lo que voy es a que el sentirse perteneciente a un grupo o a otro, cosa que bien puede ser inducida por un canon, suele ser un elemento autoencasillante para los autores”. Comparto. Y por eso no sé cuán necesaria es esta categorización en este momento, esta especie de reparto de dones: “ustedes ocúpense del humor y la guasada, y ustedes sufran, sufran terriblemente y muéstrennos el fruto de ese sufrimiento”.

Mi increíble amigo escritor

dgb y lac

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Con los años –y no es que tenga tantos- me he ido dando cuenta de que la ansiedad suele hacernos cometer verdaderas macanas. La prisa, la urgencia por ver que algo que queremos ocurra, al final conspira contra eso y acaba por retrasarlo o volverlo llanamente imposible. Hay cosas que pasan porque tenían que pasar, porque sólo era cuestión de tiempo, de esperar y ver, de dejar que el agua encuentre su cauce. Si al final no pasaran uno podría decir: “Pero qué mundo raro”, y aunque a veces el mundo es, efectivamente, una rareza inexplicable, otras veces es muy predecible. El premio de Damián -ganador del XVI Premio Nacional de Narrativa-, que hoy todos sus amigos, estoy seguro, sentimos como propio, era algo que se veía venir hace rato, una fruta que crece y madura hasta que la ramita no le soporta el peso. Bueno, la escritura de Damián ha ido ganando en estos años –desde que yo lo conocí, en el 2003- tal densidad y plasticidad, que la ramita del reconocimiento público ya no aguantó más y se dobló. Esto es lo mejor: ahora muchos lectores le van a poder dar una buena mordida a esa fruta dulce y nutritiva.

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Si me pongo a pensar en mi amistad con Damián, sólo me queda sentirme agradecido. Agradecido por la generosidad del azar. Allá por 2003, junto a otro gran amigo (Pedro), comenzamos a planear la publicación de lo que sería La letra breve, una revista dedicada casi exclusivamente a publicar narrativa breve. Yo entré a un sitio público de Internet y dejé un anuncio, una invitación a colaboradores y una dirección de correo electrónico. Un anzuelo con un pedazo de pan mojado. Damián mordió el anzuelo, cortó el sedal y se lo llevó para la casa. Comenzamos a charlar por MSN. Por ese entonces él vivía en Minas, donde daba clases de literatura. A medida que nos conocíamos me fui dando cuenta de lo mucho que nos parecíamos en un montón de cosas pequeñitas, y me asombré. Creo que a él le pasó lo mismo. Dice Auster, en alguna de sus novelas –la cita no es textual-: “Cuando un hombre se reconoce en otro, ya no puede ver a ese otro como a un extraño”. Tiene razón. Un día, después de horas de charla, de publicar cuentos y artículos de Damián, de colaborar con el diseño de Iscariote, me tomé un par de ómnibus y viajé 4 horas hasta Maldonado, para encontrarme con este flaco, alto y de pelo ingobernable. Ya nos habíamos conocido, muy fugazmente, un mediodía en La Paloma –él ha contado este encuentro en su tarta-. Desde esa vez nos hemos visto, ¿cuántas veces? ¿Ocho? ¿Diez? No más de eso, estoy seguro. ¿Cuánto tiempo real hemos pasado juntos? ¿Una semana, en total? Es probable, y sin embargo, también es absolutamente falso. Nadie que se sienta querido por Damián se puede sentir lejos de él, porque tiene la capacidad de estar siempre cerca, de estar siempre.

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Como verán, mis comentarios no buscan ser objetivos, renuncian a eso desde el comienzo. Recuerdo cuentos de Damián que no me gustaron. “Las frutillas primigenias”, por ejemplo –este, de todos modos lo publicamos en la revista, para que vean que nunca fui un editor dictador-, y algún otro. Eran parte de una búsqueda. Estoy seguro de que Damián reniega, hoy, de una cantidad de páginas, que sin embargo le pertenecen, que fueron mojones en el camino. En ese camino hoy hay un mojón especial que se llama “El increíble Springer”. Pero como Damián hace mucho tiempo que escribe y escribe –pero además lee, da clases y vive con una intensidad poco vista-, hay muchos otros mojones a la espera. Ahí están “Los trabajos del amor”, el Toto y Morales, el muerto en el baúl, Cara con Semen; ahí está “El fondo”, la hermana enana, las peñas en la carnicería, el padre mentiroso, la ballena. Damián escribe, señores. Hace rato que se dio cuenta de que es una de las cosas que más le gusta hacer en la vida, y la hace. Es simple. También es inusual. En esta época, donde lo frecuente es ver escritores jóvenes que pretenden “talentearla” sin laburar  -y muchas veces, sin demasiado talento-, da gusto ver a un tipo que entiende que la literatura no es “hacerla de taquito”, sino laburar, esforzarse a cada momento por ser mejor, sin nunca dejar de lado el disfrute, la sonrisa, el placer.

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Como muchos de ustedes saben, porque a este blog entran más que nada los amigos, Damián y yo estamos escribiendo una novela juntos. La aventura empezó allá por octubre de 2007, y lentamente nos acercamos al desenlace. Pocas veces en mi vida he disfrutado tanto escribiendo. Ha sido una experiencia formidable, y de mucho aprendizaje, espero que para ambos -por mi parte, no tengo dudas-.

Por todo esto es que ayer –martes 2-, cuando Damián se conectó al MSN y me dio la noticia que yo venía esperando hace semanas, me sentí tan feliz, aunque no fuera simplemente felicidad, sino el orgullo que se puede sentir por un hijo, un padre o un hermano. Y me sentí feliz de poder sentirme feliz. La fruta estaba en su punto, sólo había que estirar la mano y robársela al árbol.

La revolución de lo fantástico

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De no haber sido por necesidades académicas es improbable que este limitado lector hubiese llegado a la obra de Thomas Khun, La estructura de las revoluciones científicas. Si bien no es una lectura sencilla (por momentos se volvió inextricable para alguien poco conocedor de la historia de la ciencia), tiene un valor fundamental, un valor que excede al campo científico, pues algunas ideas de Khun pueden ser aplicadas, con algo de flexibilidad, en las áreas más diversas, también, claro, en la literatura. Ese fue mi estímulo para terminar el libro, ver cuán capaz podía ser de establecer correlaciones, paralelismos y correspondencias entre las ideas científicas de Khun y los conceptos básicos de Caillois, Todorov, Cortázar (y algunos otros teóricos y escritores) acerca de la literatura fantástica.

Paradigmas y anomalías
Según Thomas Khun, los paradigmas son un conjunto de conocimientos y creencias que forman una visión del mundo en torno a una teoría hegemónica en determinado período histórico. Estos paradigmas, estas formas de ver el mundo, cumplen una doble función: por un lado, la positiva, que consiste en determinar las direcciones en las que ha de desarrollarse la ciencia normal; por otro, la función negativa, que es la de establecer los límites de lo que ha de considerarse ciencia durante el tiempo de su hegemonía. Según Khun: “cada paradigma delimita el campo de los problemas que pueden plantearse, con tal fuerza que aquellos que caen fuera del campo de aplicación del paradigma ni siquiera se advierten”. Esto provoca algo denominado “ceguera paradigmática”, es decir, una persona ve la realidad desde una perspectiva tan firme e inamovible, de una manera que ha probado su validez tantas veces, que cuando algo plantea una contradicción con esa perspectiva la persona no lo percibe, pues ha aprendido a no percibir lo que su concepción del mundo no puede explicar. Por eso, Khun dice que “la investigación normal” se preocupa muy poco de encontrar novedades. Pero que las novedades no se busquen no quiere decir que las novedades no aparezcan. Es así que cuando un enigma científico es tan grande que no puede ser resuelto y llega a ser considerado como una anomalía, aparece una transición hacia una crisis, y se da el pasaje de la ciencia normal a la ciencia extraordinaria. Así, la ciencia avanza, gracias a anomalías que no pueden ser explicadas por el paradigma vigente. Cuando los fracasos se multpiplican, las crisis comienzan con un cuestionamiento al paradigma, por un debilitamiento de las reglas de investigación normal, y surge una necesidad de considerar otros tipos de investigación. Para que una revolución científica tenga lugar, el investigador debe renunciar a la visión del mundo que tenía hasta ese momento y adecuarse a una nueva mirada.
El proceso que de forma muy esquemática hemos descrito aquí es el que Khun define como “revolución científica”, con el fin de subrayar la naturaleza no acumulativa del avance de la ciencia. El progreso no sólo comprende la acumulación de hechos y leyes, sino que a veces implica también el abandono de un paradigma y su reemplazo por otro nuevo.

Todorov, la literatura fantástica
Todorov, en su estudio Introducción a la literatura fanástica, diferencia tres categorías dentro de la ficción no-realista: lo maravilloso, lo insólito y lo fantástico. Cada uno de estos géneros se basa en la forma de explicar los elementos sobrenaturales que caracterizan su manera de narración. Si el fenómeno sobrenatural se explica racionalmente al final del relato, estamos en el género de lo insólito. Lo que a primera vista parecía escapar a las leyes físicas del mundo tal y como lo conocemos, no es más que un engaño de los sentidos que se resolverá según estas mismas leyes. Por otro lado, si el fenómeno sobrenatural aparece como natural en el entorno del relato, nos encontramos ante lo maravilloso. Tal sería el caso de los cuentos de hadas, fábulas, leyendas, donde los detalles irracionales forman parte tanto del universo como de su estructura. Para Todorov, el género fantástico se encuentra entre los territorios de lo insólito y lo maravilloso, y sólo mantiene su efecto fantástico mientras el lector duda entre una explicación racional y una explicación irracional. Según él, lo fantástico no ocupa más que «el tiempo de la incertidumbre», hasta que el lector opte por una solución u otra.

Las ideas de Castex
El teórico P. G. Castex, en tanto, define lo fantástico como «una ruptura en la trama de la realidad cotidiana». En un contexto realista se produce un acontecimiento extraordinario que, paulatinamente, atrae la atención del personaje principal hasta invadir completamente su mundo y transformarlo. La normalidad se quiebra. Su percepción del mundo será distinta a partir de esta experiencia turbadora.

Cortázar y el extrañamiento
Dejemos hablar al autor de Bestiario: “El sentimiento de lo fantástico, como me gusta llamarle, me acompaña desde el comienzo de mi vida, desde muy pequeño, antes, mucho antes de comenzar a escribir, me negué a aceptar la realidad tal como pretendían imponérmela y explicármela mis padres y mis maestros. Yo vi siempre el mundo de una manera distinta, sentí siempre que entre dos cosas que parecen perfectamente delimitadas y separadas, hay intersticios por los cuales, para mí al menos, pasaba, se colaba, un elemento, que no podía explicarse con leyes, que no podía explicarse con lógica, que no podía explicarse con la inteligencia razonante. Ese sentimiento, que creo que se refleja en la mayoría de mis cuentos, podríamos calificarlo de extrañamiento; en cualquier momento les puede suceder a ustedes, les habrá sucedido, a mí me sucede todo el tiempo, en cualquier momento que podemos calificar de prosaico, en la cama, en el ómnibus, bajo la ducha, hablando, caminando o leyendo, hay como pequeños paréntesis en esa realidad y es por ahí, donde una sensibilidad preparada a ese tipo de experiencias siente la presencia de algo diferente, siente, en otras palabras, lo que podemos llamar lo fantástico. (…) Un gran poeta francés de comienzos de este siglo (del siglo XX), Alfred Jarry dijo una vez, que lo que a él le interesaba verdaderamente no eran las leyes, sino las excepciones de las leyes; cuando había una excepción, para él había una realidad misteriosa y fantástica que valía la pena explorar”.

Lo fantástico desde las ideas de Khun
Establezcamos una analogía entre las ideas de Khun y lo que Todorov, Castex y el mismo Cortázar han expresado, para ver si podemos analizar a través de su teoría lo que ocurre en el corazón mismo de un cuento fantástico.
Para empezar, toda revolución científica, todo cambio trascendente se produce en el campo de la ciencia cuando existe un paradigma hegemónico que sea ampliamente aceptado y que imponga su mirada del mundo. Lo mismo pasa dentro de un cuento fantástico como los que se han definido aquí, ya que “la presencia de algo diferente”, sólo resaltará si tenemos en cuenta un fondo de realidad, incluso de trivialidad cotidiana que el lector acepte como lo real, como lo normal. De tal modo, el paradigma del lector cuando comienza a leer “Continuidad de los parques”, está claramente definido, el personaje que ha comenzado a leer la novela y llega a su finca y es recibido por su mayordomo, vive en un mundo que es claramente “real”, un mundo movido por los mismos mecanismos que mueven el mundo del lector. Incluso la trama de la novela que ese personaje lee pertenece a esa estructura de lo real que el lector puede sentir como propia, en donde una pareja de amantes planea la muerte del esposo. Esas son las dos líneas narrativas de “Continuidad de los parques”, y ninguna de ellas escapa al paradigma de lo que cualquiera de nosotros puede entender como “lo real”. Así planteado el escenario del cuento, todo está dado para que se produzca la anomalía que Khun señala como el disparador de toda transformación relevante. La anomalía en el cuento de Cortázar se produce cuando las dos líneas narrativas se tocan, y entonces lo que para el lector era hasta entonces un juego de ficción-realidad y ficción-ficción (o metaficción), pasa a ser otra cosa, porque el escenario se sacude y el mundo del lector pierde sus bases. ¿Qué quiere decir eso? Que el paradigma del lector no es capaz de explicar la anomalía que ha surgido y entonces hay un momento de duda, esa duda que Todorov impone como condición imprescindible para la existencia de lo fantástico coincide con lo que Khun llama “la crisis del paradigma”, que es el proceso por el cual se genera un nuevo paradigma que sea capaz de explicar lo que el anterior no podía, el enigma surgido de la anomalía, de la ruptura de la trama de la realidad cotidiana, de Castex. Cuando esa explicación surge, lo fantástico se desvanece, al menos si entendemos lo fantástico como mero lapso de desacomodamiento de ciertas estructuras.

La estructuración de la nueva mirada
La literatura fantástica realiza una tarea pedagógica con su lector. A través de un proceso lento de sedimentación, pues, como dice Cortázar “los cuentos de esta especie se incorporan como cicatrices indelebles a todo lector que los merezca”. ¿Y qué significa esto, después de todo? ¿Qué quiere decir que los incorporemos como cicatrices indelebles? Probablemente quiera decir que modifican nuestra forma de ver el mundo, abren la perspectiva de manera imprevisible y nos hacen enfocarnos en los márgenes de nuestro paradigma, en los límites mismos de lo que consideramos real, verosímil, posible o probable.
No postulo que un veterano lector de cuentos fantásticos vaya por el mundo obsesionado con lo extraño o lo sobrenatural, ni siquiera que esté más predispuesto que otros a creer en ovnis, fantasmas o fenómenos paranormales, no; lo que digo es que el lector de cuentos fantásticos ha comprendido que conviene descreer de las explicaciones demasiado rígidas, de las certezas, de los dogmas, y que es en la duda en la que se hace evidente la inteligencia de una mirada flexible. Por eso está deseoso de percibir la anomalía y dejarse transformar un poco más, una vez más, nuevamente.

Originalmente publicado en La letra breve.