Archive for the ‘ humor ’ Category

Qué casos y que cosas tiene el deporte, mis amigos

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La verdadera identidad

Alicia ya es adolescente y vuelve al País de las Maravillas, pero ha olvidado su visita anterior, o al menos confunde aquellos recuerdos con un sueño muy extravagante. Pues bien, esta nueva y desmemoriada Alicia es observada con incredulidad por muchos personajes del mundo maravilloso, que se debaten en la duda de si se trata o no de la verdadera Alicia. Para aclarar el asunto la conducen hasta la oruga azul, Absolem, algo así como el oráculo de aquel mundo. La oruga mira a Alicia y dice que no se trata de la verdadera, aunque a lo largo de la película Absolem, respondiendo a los cambios de la joven, dice luego que “casi es”, y más tarde que “ya es” Alicia. Algo parecido pasa con el Sombrerero, que, mucho menos solemne, mira a Alicia bastante confundido y le dice que ha perdido “su muchosidad”.

Esta idea tiene mucho que ver con la forma en la que los uruguayos pensamos acerca de nuestro fútbol y, por tanto, de nuestra selección como expresión última de aquel. Creemos que nos hemos alejado de nuestra esencia. El indicador de esa esencia sería una especie de contador geiger que rastrea la gloria y la grandeza como si se tratase de radiación dorada. Brillantina espolvoreada en las páginas de un libro de historia. En los años recientes casi no hay partículas brillantes. A medida que retrocedemos encontramos indicios alentadores. Eliminados en México 86 ante la Argentina de Maradona, en octavos de final, por un escueto 1 a 0. No está mal, si tomamos en cuenta que al último Mundial no fuimos y que en el anterior a ese no superamos la fase de grupos. Más atrás está México de nuevo, 1970, la última gran actuación de la celeste: 4º puesto, porque no sabemos jugar por el tercer puesto (frase tantas veces repetida que lisa y llanamente habría que prohibirla). Se ve que Alemania sí sabe. En 1954, otra vez 4º puesto, esta vez relegados por Austria (por entonces conocida como el wonder-team). Hungría nos había eliminado en semifinales y fue, sin duda, el mejor equipo de ese campeonato, aunque Alemania, con una servilleta al cuello y eructo postrero, se lo devoró en la final. Alemania es el gran experto en devorarse buenos equipos en las finales (recuérdese lo de Holanda en 1974). Coincidencias: Hungría comienza ganando la final rápidamente, a los 8 minutos ya estaba 2 a 0. ¡2 a 0 en una final del Mundo! Yo creo que si hoy a los 8 minutos alguien va 2 a 0 (y no hace falta que sea una final), directamente dinamita el arco o le pone una cortina metálica. El caso es que esa ventaja se disolvió como Nescafé en una taza de leche caliente, porque a los 10 minutos Max Morlock descontó para Alemania. Morlock, sí, como aquellos seres imaginados por H.G. Wells en La máquina del tiempo. Y aquí viene la coincidencia: en 1974, el árbitro pita el inicio de la final y Holanda hace 15 toques consecutivos de balón que terminan cuando al flaco Cruyff lo derriban en el área. ¡Penal, carajo! ¡Cobrá! ¿No ves que es penal! Ah, ah, ya cobró, bien, bien, mal yo… Patea Neeskens y Holanda se pone 1 a 0. Alemania, otra vez a remar. Más tarde llega la chance de empatar, también de penal. Cosa que al final ocurre cuando Paul Breitner convierte la pena en gol. Bueno, el tema es que yo creo que Breitner es exactamente igual a como Wells se imaginó que debían ser los Morlocks. Continuemos.

Lo que hay más atrás es gloria pura. El detector de nuestra identidad enloquece, literalmente, cuando pasamos sobre la fecha de 1950. La aguja golpetea, desquiciada, con ganas de ponerse a dar vueltas y vueltas. Ay, qué grandes fuimos. Se nos saltan las lágrimas de los ojos igual que el agua de la flor de un payaso. Es insoportable. Hay que pasar rápido por ahí antes de que te atrape el monstruo de la nostalgia, que no tiene garras y dientes filosos, sino la cara de un abuelo quejoso, rezongón, con los ojos aguados y el labio inferior palpitante. Así llegamos a la edad de oro, el alba de los tiempos, 1924, 1928, 1930. Entonces, es allí donde yace la verdadera identidad: en Colombes, Amsterdam y la Montevideo del primer tercio de siglo. A esa esencia debemos retornar para recuperar nuestra “muchosidad” maravillosa… y para eso, no veo otra que hacernos con la también maravillosa máquina soñada por Wells. Vamos y convencemos con mentiras (porque si les decimos la verdad no vienen ni en pedo), a Nasazzi, Piendibene, Cea, Anselmo, Castro, Dorado y algún otro. No les vamos a pedir que jueguen, está claro, hombres grandes, de boina y todo, pegándole a esa porquería perfectamente redonda que es la Jabulani, no lo veo ni en figurita (no había álbum en el 30, según acabo de confirmar). Les vamos a pedir que nos expliquen la esencia, que nos enseñen a ser nosotros mismos. Y si no quieren los amenazamos con hacerlos ver todos los partidos de este Mundial (que recién arrancó y ya pinta horroroso), todos, uno tras otro en un LCD de 42 pulgadas, high definition, claro está.

El Mundial de los atletas que corren pelotas

Pienso, cada cuatro años, en dónde está el límite de la perfección (o de eso que se entiende como perfección en el mundo del fútbol). Basta observar los cuerpos de los jugadores (para entender el explosivo interés femenino en el deporte): espaldas anchas, brazos poderosos, abdominales como trazados a pincel, piernas ágiles y torneadas. Cuerpos preparados para dos cosas: fuerza y velocidad. Muchos de esos jugadores que hoy parecen salidos del casting de Soldado Universal, fueron rescatados de favelas brasileras, villas miseria porteñas, cantegriles montevideanos y otros andurriales. Luego se los puso a punto, se los recuperó para la forma actual de jugar el juego: fuerza y velocidad. El talento entra en un tercer lugar, a dos cuerpos de distancia, si acaso, y por más que nos joda que esto sea cierto, lo es. Basta mirar un partido cualquiera. Hagamos este ejercicio: pegue el fixture en una pared y retroceda cinco o seis pasos. Tome un dardo y láncelo al fixture. Acérquese y vea a qué partido le pegó. Vaya y mire ese partido. Dígame, al terminar, si el talento se impuso a la potencia y la celeridad del juego. No voy a decir que es imposible (cada tanto nacen niños de dos cabezas y Schwarzenegger es gobernador de California, quiero decir, los milagros ocurren), pero pasa una de cada cien veces, una vez de cada mil. Por eso supongo que muchos de nosotros no están mirando el Mundial, están padeciéndolo, a la espera de que ocurra ese milagro, que un chispazo fulgurante de talento puro los deje ciegos de asombro. A medida que esto ocurre, que la espera se prolonga y choca una y otra vez con la decepción, uno se vuelve menos exigente. Ya no quiere ver nada maravilloso, ya no pide que aparezca Zidane para iluminar un torneo tenebroso, ya le alcanza que Messi la lleve atada y pase entre tres robots biológicos o que el turco nacionalizado alemán Ozil haga dos enganches (¡dos enganches!), antes de habilitar a un compañero con un pase sutil. Miramos el Mundial a la espera de la excepción. Si quisiéramos ver romper récords de velocidad miraríamos a Usain Lightning Bolt, salvo que a algunos todavía nos gusta el fútbol y no tanto los atletas que corren pelotas centelleantes.

Elogio de la lentitud televisada

Todavía estamos en la fase de grupos y el espíritu reinante es bastante más burocrático que épico. Los equipos grandes juegan pensando en cumplir, llenando el formulario que es el fixture con los datos justos que les permitan acceder a la siguiente ventanilla (a muchos les basta presentar la cédula), donde en efecto comienza a cortarse el bacalao. Mientras, los equipos chicos pelean con mucha vergüenza por dejar una imagen digna y los equipos medianos otean el horizonte con la firme esperanza (muchas veces casi una fe mística) de poder acceder al otro lado de la barricada. Octavos de final, un duelo en la polvorienta calle de un spaghetti western, donde puede pasar cualquier cosa, aunque casi siempre pasa lo que todos sabíamos que iba a pasar. El solo hecho de estar ante un partido decisivo empuja a los cobardes y los vuelve mejores, les inyecta una dosis extra de coraje, porque la especulación no tiene ya demasiado sentido. Pero aún no llegamos a octavos, apenas estamos en la apertura de cada grupo, así que todos tienen la sensación de que aún hay tiempo y, junto con el castigo del perpetuo canto de las vuvuzuelas, nos infringen partidos soporíferos. Todavía estoy pensando en cómo habrá hecho un espectador neutral (no francés, no uruguayo), para permanecer despierto durante los noventa minutos de juego entre Francia y Uruguay. Es aquella frase: “hay que ser muy hincha, eh”. Claro que acá es donde entra la novedad tecnológica. La cámara lenta le pone el tono épico a cualquier cosa. Un foul, un outball, un tiro que salió muy lejos del arco, un escupitajo, un jugador rascándose la entrepierna, cualquier cosa filmada a esa velocidad pachorrienta parece fantástica. Así, el fútbol aprovecha lo que el cine de acción le ha hecho a nuestros cerebros, básicamente un atolondramiento prolongado.

El entusiasmo inexplicable

El exceso de entusiasmo entorno al Mundial sólo puede ser explicado a través de la hiperexposición mediática que hemos tenido que soportar. Tengo cifras y voy a darlas. Por motivos estrictamente laborales, una vez por semana separo una a una cada página dedicada al fútbol –no al deporte, sólo a fútbol- editada en la prensa nacional. En los meses precedentes, el conjunto resultante fue de 250 páginas, en promedio, cada semana. Hoy (y, por favor, tengamos en cuenta que el Mundial comenzó hace cinco días), esa cantidad se duplicó. ¡500 páginas de fútbol en siete días! Denme medio minuto, ya vuelvo. (El autor se levanta y va hasta la sala, mira la biblioteca, toma un libro, lo abre, asiente, lo cierra, lo devuelve a la biblioteca). Hecho, acabo de fijarme cuántas páginas tiene esa edición de Moby Dick. Resultado: 702, índice incluido. No voy a hacer más comentarios, es apenas un hecho puro y duro. Pues bien, si a la cobertura de prensa le sumamos las horas de radio y televisión, creo que puede quedar claro por qué este nivel de sobresaturación. Entre el Waka waka de Shakira y el Waving flag de Bisbal (cortesía de Coca-Cola, que no da puntada sin hilo nunca jamás), estoy en condiciones de afirmar que estamos siendo manijeados a toda hora, como si fuéramos un antiquísimo Ford A con el arranque para siempre estropeado. Los encargados de mantener la manivela girando son los periodistas que viven de esto y que se fueron en patota a Sudáfrica. Ellos son los hinchas número uno de la selección, porque de ella depende que su estadía allí se prolongue, sabido es que el primer motivo que tiene un estudiante para elegir la carrera de periodismo deportivo es la eventual posibilidad de andar en hoteles y garronear viáticos. De modo que por fin encontramos a un grupo de personas con motivos reales para el entusiasmo, el fervor y el fanatismo. Todos los demás actuamos un poco por contagio y otro poco por costumbre, que es el mismo motivo por el que uno se puede poner a hacer pogo o a escupir desde un décimo piso a la gente que pasa, cosas que nadie haría de no ser por la influencia de compañías nefastas.

Futurama

Mi método para leer el futuro es el siguiente: pongo el tapón en el lavamanos del baño y abro la canilla de agua caliente. Me mojo la cara repetidas veces (cuando menos doce). Tomo el spray de espuma y lo agito cual pandereta. Me espumereo la cara (y si el verbo no existe, debería). Me afeito con cuidado de no cortarme, aunque el cuidado nunca evita sendos tajos que más de una vez me han dejado al borde del desangramiento casi total. Tras cada pasada de la prestobarba por la piel (Gillette auspicia esta loca cabalgata deportiva), la remojo en el agua caliente para que vaya soltando los pelitos. Una vez finalizado el rito, retiro el tapón y dejo que el agua caliente fluya. Hete aquí que la mayoría de los pelitos quedan en el lavamanos, adheridos y luchando por su vida. Pues bien, de acuerdo a su disposición en el blanco esmalte yo sé lo que vendrá. A ustedes podrá parecerle un método sumamente extraño, pero vivimos en un mundo donde se lee la borra del café, las entrañas de oso y La República. No deberían sorprenderse. Ayer, casualmente, me afeité.

No vi nada acerca de Uruguay, hasta adónde va a llegar, quién nos va a eliminar o si Luis Suárez al final hace lo que se espera que haga (un gol o abandonar la selección, ambas sirven), no, lo que yo vi es lo que van a decir los periodistas especializados cuando vuelvan. Lo que vi fue a un hombre que pareció dormirse en una cama solar a máxima potencia, con un traje gris y una muy coqueta corbata a rayas, y un peinado símil lambida bovina, decir esto: “El Maestro Tabárez, para el cual tenemos el mayor de los respetos y él lo sabe, nunca ganó nada con Uruguay. Y cuando decimos nada, es nada. Hasta el Pichón Núñez ganó algo, cierto es que estaban las condiciones dadas, pero ganó. Tabárez, nada. Si guardamos silencio hasta ahora fue para no enturbiar el ambiente, para no agitar el avispero, como se dice vulgarmente, pero ahora que ya pasó todo, y que pasó de la forma en que nosotros sabíamos que iba a pasar, ya no hay por qué seguir ocultando que se cometieron errores durante el proceso que hoy culmina. Muchos y muy gruesos. Los errores, digo. Una pésima elección de los hombres para ejecutar el plan del Maestro (si es que hubo alguno y no se trató todo de una larga improvisación, claro). Dejar afuera al Cebolla, no vamos a decir que por eso nos fue como nos fue, pero sí, qué quiere que le diga, por eso nos fue como nos fue. Y sabemos que nosotros fuimos de los que pedimos la cabeza de ese excepcional botija de Juan Lacaze que es Christian Rodríguez, cuando se hizo echar absurdamente, infantilmente, inconscientemente, llevado por la euforia de un partido en el que la celeste se jugaba el todo por el todo. Pero, ¿quiénes son los que se equivocan? Los que tienen la sangre caliente. De esos precisábamos para jugar el Mundial, y no otros, otros a los que no voy a nombrar porque, bueno, porque todos sabemos bien quiénes son, y que no estuvieron a la altura, que no dieron la talla del desafío, tal es el caso de este pibe, el Nico Lodeiro. Y aunque suena a mucho decir que su actuación fue paupérrima, así fue y sólo el enamoramiento que por él siente el Maestro Tabárez (y por favor, que se entienda que estoy hablando en el plano de la metáfora), explica que haya viajado a la máxima cita del fútbol del planeta, ocupando el lugar en el plantel de figuras de la talla de Santiago Silva (creo que es L o XL, ha echado mucho lomo este muchacho). Errores, un cúmulo nimbus de errores que han devenido en esta pesadumbre nacional que hoy todos sentimos. Caprichos tales como no citar al Chino Recoba que en Danubio la está descosiendo, por ejemplo, o a Chevantón, que debe estar en algún equipo de Grecia o Polonia, no sé bien, y que seguro que se hizo algún otro de esos tatuajes que a él le quedan verdaderamente sensacionales. Se ha acabado la mentira, señores, la mentira de este proceso y la mentira de jugadores sobrevalorados, como Forlán, que meterá muchos goles en España, pero que, bueno, debería quedarse en España porque con la celeste nunca ganó nada, tampoco. Es hora de evaluaciones, de análisis, de pasar raya y hacer balance. Con calma (pero si tienen que rodar cabezas, que rueden), sabiendo que esto es fútbol y que siempre hay una revancha a la vuelta de la esquina, como en la vida, ni más ni menos. Buenas tardes y gracias por la atención dispensada”.

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Automático

dixieland

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Panasonic le obsequia a la Humanidad toda (a cambio de una módica suma que seguramente puede abonarse en plazos más que convenientes con Visa, Mastercard y todos esos usureros transnacionales) su más reciente creación: la nueva cámara Lumix, cuya función más asombrosa es esta: el chisme se dispara solo, como por arte del mismísmo Mandinga, cuando la persona a la que se pretende fotografiar hace lo que hasta un mono decentemente entrenado haría ante una cámara, sonreír. Y si a usted, amigo lector, no le convence Panasonic, si le parece una marca medio berretonga, entonces no se preocupe, porque Sony tiene su propia cámara con este sistema de “reconocimiento digital de sonrisas”. Parece que es lo último de lo último, y no me explico cómo es posible que esto a mí me parezca una reverenda porquería.

Hace un siglo y medio, más o menos (no voy a entrar a Wikipedia para ponerme a estudiar la historia de la fotografía, así que tiro datos al tun-tún), si uno se quería hacer retratar por aquellos hombres, mitad magos, mitad sabios, que eran los primeros fotógrafos, había que tener, ante todo, paciencia. He escuchado relatos de personas que se pasaron hasta veinte horas quietas ante un viejo cajón, para poder quedar inmortalizadas en un daguerrotipo que les hiciera justicia para la posteridad. “No se mueva, don Aureliano, no se mueva”, era el híbrido de orden y súplica que profería el fotógrafo. “Pero este buitre me está picoteando el cráneo, creo que piensa que ya me morí”, explicaba entonces el buen hombre, estático y estoico antecesor de esa plaga urbana actual: las estatuas vivientes. “Aguante, Aureliano; aguante como un varón”, alentaba el fotógrafo, mientras el ave carroñera se daba un auténtico festín.

Piénsenlo… ¿por qué en las fotos viejas casi nadie sonríe? ¿Por qué esos hombres, mujeres, niños y ancianos hechos de cartulina sepia nos miran con ojos tremendos, como si nos advirtieran que, igual que ellos, también nosotros moriremos? Bueno, es que, además de estar todo el tiempo acosados por los buitres, había que tener mucha fe en la propia felicidad para arriesgarse a posar sonriendo. ¿Quién puede sostener una sonrisa durante quince o veinte horas? ¿Quién puede estar tan contento o fingir tal alegría? Sólo se me ocurren tres tipos de personas: candidatos presidenciales, postulantes a Miss Universo y Mario Regueiro. Pero en la época de la que estoy hablando, mediados del siglo XIX, no existían todavía los concursos de belleza (y de existir los habría ganado la por entonces jovencísima Mirtha Legrand), los candidatos presidenciales no sonreían por miedo a ser tomados por maricones (en vez de besar bebés amenazaban con prenderles fuego con rancho y todo) y el tatarabuelo de Regueiro soñaba, en un pobre catre de esclavo, con su lejana tierra llena de leones, jirafas y tambores.

Pues bien, mi conclusión es que estamos evolucionando de un modo muy extraño. Yo no tengo ninguna duda respecto a que la gente más inteligente del planeta trabaja en empresas como Sony, Panasonic, Phillips y otras mil. Ellos son la elite, los que marcan el destino del barco. Si ellos dicen que necesitamos una cámara que detecte sonrisas y se dispare sola, yo les creo. Pongo mis dos manos sobre una hornalla de la cocina en defensa de esos ingenieros electrónicos egresados de las más prestigiosas Universidades yanquis y japonesas. Ahora, ¿no es preocupante? Estas verdaderas lumbreras piensan que la gente normal se ha vuelto demasiado estúpida para entender cuándo el otro sonríe y darse cuenta de que es en ese momento, cuando mostró los dientes, que hay que presionar el botón. No es difícil. Al menos parecería una de las cosas más simples del mundo. 1) sonrisa, 2) botón, y listo, foto pronta. Pero no. Parece que estábamos precisando un microchip (o lo que sea que estos artilugios de Satanás lleven dentro), que nos ahorrase el trabajo de mirar lo que queremos fotografiar.

Nos estamos volviendo estúpidos. Pero no es por culpa de la cámara Lumix. No, no, no. Los señores de Panasonic no tienen la culpa de nada, a ellos no los miren. Ellos apenas fueron los primeros en percatarse de que el cerebro humano promedio a comenzado a secarse. Paulatinamente el mundo deberá convertirse en un lugar que funcione por sí solo, porque yo creo, siendo optimista, que nos quedan quizá dos o tres lustros de vida útil, a todos nosotros. Y, señores padres, lo lamento, pero paras ustedes que creen que los niños vienen cada vez más avispados porque resulta que ya a los dos años saben conectar el ADSL para chatear con sus amiguitos de Indonesia, les tengo una noticia: en realidad los niños vienen cada vez más taraditos. Ya salieron campeones del mundo seiscientas veces en el Playstation pero dominando la pelota no hacen más de tres, con suerte.

Gracias al Cielo que los genios de la tecnología digital se dieron cuenta de esta franca decadencia y comenzaron hace rato ya a preparar el mundo para que se vuelva un sitio automático: hornos que se limpian solos, autos que te avisan por dónde es mejor agarrar para llegar antes, postigos que se abren cuando hay sol y se cierran cuando llueve, es sólo el comienzo.

Pienso en lo que se viene: vamos a alquilar una película, llegaremos a casa y la pondremos en el DVD (tecnología Blue Ray, of course), y delante de la televisión situaremos un aparatito similar a una webcam. ¿Cuál será la tarea de tal aparato? Ver la película mientras nosotros nos dedicamos a otra cosa, para explicárnosla luego. Un ejemplo: “Bueno, Leo”, me diría el aparato, “hace un rato vimos Closer, que es básicamente un relajo total, porque todos se acuestan con todos y después de muchas idas y vueltas nadie termina feliz, que es más o menos lo que está pasando con las relaciones humanas en este comienzo de siglo XXI, mucho sexo y poco amor. Y el título juega con la ambigüedad de la cercanía hermética a la que nos condena la incomunicación”. Este mismo sistema servirá para interpretar todo tipo de arte y, ahora que lo pienso, ya está funcionando.

Y antes de terminar, otra cosita, no del todo aislada: ¿Qué futuro le espera a un hombre que no tiene tiempo de pasear a su propio perro? ¡Hemos llegado a tercerizar el paseamiento de perros! Lo de las niñeras, vaya y pase, ¡pero esto! ¡Las mascotas! Es el colmo de la subcontratación, ¿se dan cuenta? Todo el tiempo estamos buscando que una persona o un aparato haga algo que habríamos tenido que hacer nosotros, tareas que no eran tan desagradables, pasear un pichicho, apretar un botón cuando el cumpleañeros sonriera, jugar con un hijo. ¿Qué hacemos con el tiempo que nos queda libre gracias a estos adelantos? No gran cosa, me parece… ¿no?

Louis Prima – When you\’re smiling

Ya nada malo puede pasarnos

asteroide
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Como puede apreciarse en la más reciente entrada de su blog, Pedro Peña es un hombre preocupado por el destino del planeta Tierra. Él teme (Pedro) que un asteroide lo destruya (a nuestro planeta, y por ende también a él -a Pedro, caramba-), porque se enteró, seguramente gracias a la televisión o a internet, porque casi podría afirmar que telescopio no tiene, de que un asteroide de colosales dimensiones (tan grande como la ya citada Tierra, que ya es decir) se asteroidó (no se estrelló porque no era un estrella, manga de sopencos), contra Júpiter. Como Júpiter es un planeta que tiene aguante, la cosa no pasó a mayores. O sea… sí, le dejó un cráter, o algo parecido, pero según yo creo Júpiter es un planeta más bien gaseoso y me supongo que supo llevar la cosa con bastante decoro, y si no fuera porque algún alcahuete difundió la noticia, nunca nos habríamos enterado de nada, porque Júpiter no iba a venir a decirnos: “Uy, no sabés lo que me pasó la semana pasada”. No, él no es así, él se guarda sus cosas, la ropa sucia la lava en casa.

A Pedro una de las cosas que más le preocupa es esto de no saber. “¡Cómo puede ser que un asteroide del tamaño de la Tierra hubiese entrado al sistema solar y que nadie supiera nada!”. Yo le dije que lo más seguro es que sí supieran -siempre alguien sabe estas cosas-, pero que no li dijeran porque al fin y al cabo era medio al pedo. O sea, si se viene el fin del mundo, el fin-fin, no uno de esos fines que anuncian los mormones cada tres años y al final nunca pasa nada (tampoco es que no pase nada de nada, hay tsunamis, maremotos, volcanes en erupción, huracanes, tifones, catástrofes espantosas y horripilantes, pero muy salpicaditas, como que no se concentran, si pasara todo junto sí la cosa reventaría, pero no, venimos de amague en amague, como esas cañitas voladoras que se elevan con un ruido trepidante y cuando vos crees que al final se viene LA explosión no pasa nada, un puf, una vil estafa). Si se viene el verdadero fin del mundo, decía, yo creo que no me quiero enterar antes. ¿Para qué? Pedro dice que sí quiere saber, porque (este es el más sólido de sus argumentos) planea entregarse a sus impulsos más primarios: “Impulsos carnales” (aclara con una sonrisa que lejanamente se asemeja a la de José Luis Gioia, epigonal humorista de gusto más que cuestionable y especialista en chistes que incluían loros en las más descabelladas situaciones, recuerdo uno de un pajarraco que había perdido sus dos patas y se sostenía del palito de la jaula con… bueno, pero me estoy yendo de tema). Ante la pregunta de por qué hay que esperar a que se venga el fin del mundo para entregarse a esos impulsos, Pedro no responde y se limita a guardar un silencio entre solemne, culpable y meditativo. Un alma turbulenta, confusa, vive dentro del cuerpo robusto pero grácil de mi buen amigo Pedro.

Al parecer, hasta hace poco, él fantaseaba con la posibilidad de una monumental orgía de celebración de la extinción, en vísperas del fin. Ante el anuncio de que el mundo acabaría, Pedro anticipaba esa reacción sexual de la Humanidad toda como respuesta del Eros ante la inminencia del Tanatos. Pero esto era antes, porque ahora Pedro ya es padre y se tiene que preocupar por otras cosas aparte de sus gónadas, es decir, por el producto de esas gónadas, que no es ni más ni menos que Santiago, su hijo.

Toda esta charla, bastante larga y desquiciada (y que en un ratito nomás se pondrá peor, mucho peor) se dio en el viaje de vuelta desde Minas a San José. Ya de noche cerrada y ante los embates del cansancio, el sueño y la modorra, sólo un tópico de las características de éste podía mantenernos, si no lúcidos, al menos despiertos. Así que tratando de tranquilizar la preocupación paternal de Pedro le dije que lo que él podía hacer era lo que tan bien hizo Jor-el -brillantemente interpretado por un Marlon Brando en absoluta decadencia-, que salvó a Christopher Reeves, su hijo adoptivo, Kal-el, enviándolo en un pequeñísimo cohete rumbo a la Tierra cuando vio que su propio planeta, Kriptón, estaba por cantar flor y cagar fuego, todo de una. Y ahora una pregunta que siempre me hice: si Jor-el era tan vivo, ¿por qué no hizo un cohete un poco más grande, como para entrar los tres, padre, madre e hijo? No lo hizo porque: 1) No le dio el tiempo, o 2) Sólo tenía materiales para un cohete tamaño baby y todas las ferreterías estaban cerradas, o 3) Ganas de joder. Y otra cosa, ya que vas a mandar a tu hijo a un planeta, y teniendo el Universo entero para elegir, que es bastante grande, hay que decirlo, ¿justo venís a elegir la Tierra? Está bien, tenemos lindos paisajes y todo lo que vos quieras, pero un planeta en el que vive gente que se suicida porque se murió Michael Jackson es un planeta bastante raro, tanto como para que yo, si pudiera elegir, no querría que mi hijo creciera (y no, no tengo hijos, los resultados de las pruebas de ADN de esos dos o tres que me aparecieron hace poco no han llegado de Boston). En fin, cuando le dije a Pedro que si tanto le preocupa que Santiago muera en un hipotético cataclismo de dimensiones bíblicas lo mejor que puede hacer es fabricar un cohete que lo mande a otro lado, él se amparó en su absoluto desconocimiento de los sistemas de propulsión interestelar. Le asiste razón, así que buscamos alternativas. Bah, “buscamos” no es exacto. YO busqué soluciones. ÉL atacó sistemáticamente cada una de mis propuestas. Claro que el señor no aportó gran cosa, su mejor idea fue meter en un transbordador y mandar a nuestros máximos héroes, que para él son Bruce Willis, Steven Seagal, Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenneger y Chuck Norris (yo agregaría a Lorenzo Lamas nada más que para enviarlo a una muerte segura), y dirigirlos al asteroide: “para que se arreglen” (sic). Dejar el futuro de la Tierra en manos de un puñado de actores de pacotilla. La mejor idea de mi amigo Pedro. Y ahora paso a enumerar las mías, de la forma más clara posible, dado que temo que mis procesos mentales se vuelven tan complejos a veces que pueden resultar ininteligibles.

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Mi primer método propuesto consiste en la instalación de unos propulsores ridículamente poderosos en la Luna. Estas especies de turbinas nucleares (que deberían funcionar en base a la fusión fría de Plutonio, me parece, aunque esto se los dejo a los que saben del tema), tendrían por objetivo movilizar a nuestro satélite natural, de modo que se interponga en la trayectoria del asteroide que pretende colisionarnos. Es, ni más ni menos, que usar a la Luna de escudo (y hasta tendría un interesante nombre gringo, ya que a ellos les gusta hacer películas con todo: “Moonshield”). Alzarían su voz en contra de esta idea: todos los malos poetas, los lobos aulladores y Neil Armstrong.

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Dadas las múltiples críticas que despertó mi primera idea (Pedro dijo que talvez fuera peor el remedio que la enfermedad, porque el asteroide podía golpear la Luna, que a su vez golpearía la Tierra, que se desplazaría como una bola de billar descontrolada hasta, quizá, el Sol, que oficiaría en tal caso de ígnea buchaca; ante esto le dije que si no proponía soluciones bien podía cerrar el pico), dadas esas críticas, decía, mi sagaz mente ideó un nuevo plan, al que podría titular: la Tierra partida (“Broken earth”, otro gran título hollywoodense). Esto es simple: hay que cortar la Tierra a la mitad, por su diámetro máximo, o sea, el Ecuador. No sé cómo se podría hacer esto, pero creo que todos los humanos, con el uso de explosivos, más que nada, pero sin despreciar el servicio de palas, picos y cucharas, deberíamos trasladarnos a la línea ecuatorial para empezar a darle duro y parejo hasta el centro, como gusanos comiéndonos una suculenta manzana. Una vez que hayamos rebanado la Tierra, la cuestión será mantenerla pegada, no sea cosa que cada mitad salga flotando libremente rumbo al cosmos profundo y nunca podamos volver a todos esos parientes que se nos fueron a España en el 2002. Para mantener las dos mitades perfectamente adheridas propongo una costura de alta tecnología: electroimanes. Una larguísima hilera de estos artilugios, con polaridad + y -, sería la encargada de mantener la integridad terrestre, hasta que apareciera el tan temido asteroide, entonces, como por arte de magia, cambiaríamos las polaridades de los electroimanes con un switch y ambas mitades se repelerían mutuamente, dejando un espacio libre en el centro por el cual el asteroide amenazador pasaría sin provocar daño alguno. Una vez fuera de peligro, la Tierra volvería a juntarse y ya. Yo estaba realmente muy contento con esta idea (que, a riesgo de parecer inmodesto, consideré genial), pero, una vez más, Pedro la aniquiló con un solo comentario: “No se puede porque el agua se caería”. Lo odio.

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Gastón (amigo, chofer, golero y jugador de actuación más que remarcable en el match “Maldonado vs. San José”, del que no hablaré hoy), viéndome en problemas, arriesgó una solución que, aunque se aleja del criterio rigurosamente científico que yo trataba de manejar, es atendible. Gastón propuso la instalación de un impresionantemente grande brazo mecánico, con una raqueta de tenis de dimensiones siderales adosada. El brazo sería programado con el movimiento de derecha de Roger Federer (el mejor tenista de la historia), para hacerlo capaz de devolver el asteroide a las profundidades de las galaxias. El inconveniente (además de que no imagino de dónde podría salir tanto metal para la construcción del brazo) es que cabría la posibilidad de que en algún lejano planeta de quién sabe qué sistema, una civilización tan poco práctica como nosotros hubiera fabricado un artilugio similar, de modo que nos veríamos implicados en un partido de tenis de duración eterna, en una cancha inabarcable por juez de silla alguno (y no me vengan con Dios, si Dios existiera no estaríamos metidos en este merengue). Como esta idea no era mía, Pedro se limitó a decir: “Me gusta, me gusta”, sonriendo y entrecerrando los ojos, sin sospechar que yo estaba por romperle un termo en la cabeza.

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Llegamos por fin a la que yo considero la idea más realizable de todas, aunque con ella no evitaríamos el impacto por completo, como en las tres anteriores. Vuelvo a mi propuesta original de los propulsores nucleares. Esta vez serían instalados no en la Luna, sino en la línea del Ecuador, apuntando al este, de modo que al ser encendidos acelerarían la rotación de la tierra. ¿Qué ventaja puede darnos esto ante el impacto inminente de una roca interestelar?, se preguntarán ustedes. Ah, mis queridos amigos, la idea es que la rotación alcance tal velocidad que, como si ustedes arrojaran un guijarro (amo esta palabra) a la pelota de basquet que Kobe Bryant hace girar hábilmente en su dedo, el asteroide saldría despedido hacia ninguna parte tras tocar la superficie terrestre, gracias a la fuerza centrífuga generada. Hay inconvenientes, lo sé. A esa velocidad no sólo el asteroide saldría despedido, sino también nosotros. Bueno, la solución es construir una ardua e intrincada red de galerías subterráneas muy cercanas al núcleo del planeta para, volviéndonos una especie de Morlocks reales, sobrevivir al cataclismo. Además, cerca del núcleo la velocidad angular será mucho menor y apenas el 25% de la población mundial (según mis cálculos), habrá de morir víctima de espantosos vómitos producidos por el tremendo mareo. La objeción de Pedro a esta idea fue: “Si la Tierra girara tan rápido todos envejeceríamos mucho más pronto, y aunque no nos matara el asteroide moriríamos de senectud”. No le respondí nada porque la verdad que los suyo me pareció una guasada sin sustento, y yo estaba hablando de cosas serias. Pero para volver todavía más sólida mi idea de la rotación acelerada se me ocurrió que lo mejor era embetunar toda la superficie del planeta con alguna sustancia oleaginosa capaz de hacer que el asteroide se patinara como un señor muy distraído que venía escribiendo mensajitos en el celular mientras caminaba por un piso recién lustrado y encerado. A esto Pedro acotó, de forma por demás impertinente: “¿Y de dónde vamos a sacar tanto aceite? Habría que plantar todo el planeta de girasoles”. Algo de razón tenía, pero no contaba con que yo sería capaz de solventar, una vez más, el escollo… porque de inmediato se me ocurrió una fuente renovable e inagotable de material aceitoso, mucho más aceitoso, incluso, que el propio aceite, y estoy hablando del cerumen de las orejas de todos nosotros, esa sustancia que hasta hoy eliminamos de nuestro organismo con cotonetes y trapitos húmedos, porque nuestras madres nos enseñaron (craso error el suyo, pero las perdonamos) que eran muestra de dejadez, de falta de higiene y motivo de ignominia. Así que lo que yo pienso que hay que hacer, si queremos salvar a la Tierra de una aniquilación segura, es que todos, y cuando digo todos es todos, toditos, juntemos nuestra producción mensual de cerumen en recipientes destinados para tal fin y que luego los entreguemos al gobierno (los locales de Abitab y Red Pagos me parecen idóneos para tal fin), para que el Poder Ejecutivo reúna todo ese precioso material ceroso y llene con él silos y silos que hasta ahora habían sido ocupados con trigo, soja y granos varios. Toda esa cera natural y humana, llegado su momento, habrá de salvarnos, y desde entonces podremos mirar el cielo sin preocupaciones, porque sabremos, en nuestros corazones, que estamos a salvo, que ya nada malo puede pasarnos.