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Crónica para “Brecha”

“HAY UN VERANO de yates, cruceros, casinos y hoteles. Un verano de autos amontonados en la ruta que dibuja el contorno de la costa. Ese verano es la época de abandonar la casa por dos meses para alquilarla en dólares o en euros, y para muchos también es la temporada de trabajo en un restaurante o en un shopping, bastante lejos de la arena y más cerca del cansancio de las horas extra y de la sonrisa imprescindible. Este es el tiempo del agua con gas a setenta pesos en un parador chic, de los conciertos de gala y de las entradas VIP. Al oeste de ese Edén, en cambio, donde la arena es más gruesa y el agua no sabe a sal; donde la costa no es azul ni de oro; hay otros veranos”.

Así comienza mi crónica titulada “San José y sus balnearios de burbujas perfectas”, que Brecha publicó hoy en su sección de Sociedad. La semana que viene subo el texto completo.

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Apuntes del Encuentro Nacional de Escritores

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Este va a ser un post largo, así que lo lamento por los vagos (en realidad no lo lamento nada, pues este blog no está pensado para los vagos. Casi podría decir que este blog no está pensado, y punto, ahí se puede acabar el enunciado. Pero lo que quiero decir es que el blog quiere ser mejor que su autor, cosa que no es tan difícil de lograr). Bueno, tras esta introducción vayamos al tema: el Encuentro de Escritores que se llevó a cabo en la Biblioteca Nacional durante los días 6, 7 y 8 de octubre de 2009, con la participación de representantes de todo el país. Como sería imposible para mí escribir una crónica abarcativa, dado que no participé de todas las mesas, lo que voy a hacer es ir haciendo algunos aportes reflexivos acerca de los tópicos que surgieron con más frecuencia a lo largo de las jornadas. Pido disculpas ya (abro el paraguas bajo un cielo aún despejado, digamos) si me equivoco en algún nombre o si cito mal alguna ponencia. Cualquier error se deberá sólo a mi torpeza y no a un perverso deseo de torcer las palabras para que digan algo que sus enunciadores no pretendieron decir. Los comentarios estarán abiertos, como siempre, de modo que los lectores puedan ayudarme a ir ajustando esos detalles, de existir.

Libro electrónico

Que el mismísmo director de la Biblioteca Nacional, Tomás De Mattos, abriera el encuentro haciendo una poderosa defensa del libro electrónico (el e-book), fue algo por demás elocuente. Generó reacciones inmediatas en los rostros de los presentes. Los que estaban a favor lo disimularon bastante bien, los que estaban en contra menearon las cabezas, chasquearon la lengua y maldijeron por lo bajo. Más adelante, en una mesa de discusión sobre edición, publicaciones y circulación de libros, Helena Corbellini hizo una defensa del libro en papel y hubo aplausos entusiastas. El encuentro estuvo bastante copado por este tipo de reacciones intempestuosas. Aplausos enfáticos, digamos. Aplausos a favor de o en contra de. El caso es que De Mattos advirtió, en su ponencia inicial, acerca de los peligros de cierta resistencia romántica, pero también meramente sensual. El olor, el color, el tacto de un libro: “caramba, como si fuera un helado”, creo que dijo el autor de Bernabé, Bernabé. Entonces yo pensé en algo que dijo Mario Levrero, hace mucho tiempo, en una de sus Irrupciones: “hay que separar la idea de texto de la idea de libro”. El libro es el soporte actual por excelencia. Es un soporte que hemos aprendido a querer, un soporte que es parte de nuestra vida: pero el libro no es el texto, el libro no es la obra, el libro es apenas el canal que ofrece el soporte de esa obra. Y para ilustrar esto diré que hace poco llegué a casa una noche y no sabía qué leer. Miré por encima mi pequeña biblioteca y no encontré nada que me apeteciera, digamos. Entonces me acordé de un CD que un amigo me pasó, hace mucho tiempo. En el CD hay una inscripción con marcador permanente en rojo: Novelas, dice. Coloqué el disco en la lectora de mi computadora (una Pentium III con 256 Mb de Ram, para más datos), y me puse a mirar las carpetas ordenadas alfabéticamente. Abrí la carpeta F, luego la carpeta Fante y luego el archivo de word titulado Espera a la primavera, Bandini. En los tres días siguientes pasé un par de horas cada noche frente a la pantalla. Al terminar abrí el otro archivo de la carpeta, Pregúntale al polvo. Tres días más de sesiones nocturnas de lectura en pantalla. De modo que si mañana alguien me pregunta: “¿Has leído algún libro de John Fante?”, yo voy a entender que lo que en realidad me pregunta es si leí algún texto escrito por el norteamericano, y le voy a responder que sí, porque para el caso es lo mismo. ¿Qué importancia tiene, para la literatura, la forma de acceso al texto, el soporte del texto? Caramba, una cosa es ser románticos y otra es ser retrógrados. Que cada uno lea como quiera, pero que lo haga. Personalmente no me importa que se termine el libro en papel. Si se termina ese soporte, vendrá otro; lo que no quiero es que se terminen los textos y la lectura de esos textos. Eso me parece importante. Y una cosa más: entre el público de la última mesa (donde estaban los críticos de medios capitalinos tales como Brecha, El País Cultural y La Diaria, entre otros), había una señora mayor muy elegante. En un momento alguno de los  ponentes (¿se dice así?) habló de internet y de los blog (uno de los temas recurrentes del Encuentro), entonces la señora se fastidió. Necesitaba a todas luces exteriorizar su fastidio, así que se inclinó hacia su acompañante y le dijo: “El libro en papel no se va a acabar nunca. Yo voy a seguir leyendo libros en papel hasta que me muera”. Yo creo que el problema está enunciado ahí. La primera parte del discurso de la señora es de orden universal y la segunda es particular. Y aquí viene a mi mente el buen Ferdinand de Saussure cuando habla de la mutabilidad e inmutabilidad del signo lingüístico. Recordemos (a grosso modo): ninguno de nosotros puede, como mero hablante de una lengua, modificarla a su antojo, pero eso no quiere decir que la lengua esté congelada, ajena a toda mutación. Cito a Saussure: “…la lengua no es libre, porque el tiempo permitirá a las fuerzas sociales que actúan en ella desarrollar sus efectos, y se llega al principio de continuidad que anula a la libertad. Pero la continuidad implica necesariamente la alteración, el desplazamiento más o menos considerable de las relaciones”. Y ahora traslademos un poco el sentido surgido de ese razonamiento, hacia el soporte de la lengua que conocemos como libro. Las fuerzas sociales son las que modifican los soportes de la lectura (es más complejo, podemos hablar de la estructura editorial y sus intereses mercantiles y demás, pero seamos cándidos por un momento y pensemos que son las fuerzas sociales las que deciden; después de todo, las editoriales, por muy comerciales que sean, no dejan de integrar esas fuerzas). Dije que las fuerzas sociales son las que modifican los soportes de la lectura, no los individuos. Así que la señora del ejemplo puede hacer lo que ella quiera y yo también. Ella puede resistirse a leer en una pantalla, por una cuestión de principios o por lo que sea, es su justo derecho. La segunda parte de su discurso, la que atañe a su particularidad de lectora, es pertinente; la primera, la que proyecta esa particularidad hacia lo universal, no lo es. Para terminar este ya extenso primer fragmento, repito algo que dije más arriba (es una expresión de deseo, apenas): que cada uno lea como quiera, pero que lo haga.

Los jóvenes y la lectura

En una mesa cuyos integrantes debían (así había sido establecido en el programa) hablar de la narrativa joven, el tema fue, desde el inicio, uno radicalmente distinto. Mercedes Rosende, escritora y docente de escritura creativa en una Universidad privada, comenzó hablando de la brutal carencia de lectura de sus alumnos. Fue así: “Yo les voy a decir lo que leen los jóvenes”, dijo: “Casi nada”. La cita es casi textual. Según Rosende, los chicos y chicas de entre veinte y veinticinco años que concurren a sus clases para aprender a escribir no leen otra cosa que no sea algún libro de autoayuda o Harry Potter. El micrófono pasó de mano en mano hasta llegar a Hugo Burel, que dijo esto: “No me interesa lo que escriben los jóvenes porque estoy más preocupado por lo que leen, si es que leen”.

Es necesario hacer una acotación antes de continuar: la mesa (entiéndase “los integrantes de la mesa”) debía hablar de narrativa joven. No es por ponerme estricto, pero una de las críticas duras que puede hacérsele al Encuentro es la suprema laxitud que gobernó las mesas de discusión. Cada expositor habló de lo que quiso. A mí me interesaba lo que podían tener para decir Rosende y Burel acerca de la narrativa joven actual, pero ellos estaban más preocupados, mucho más preocupados, por hablar de la falta de lectura de los jóvenes. Nunca quedó claro si se trataba de la falta de lectura de los jóvenes escritores o de los jóvenes en general, no hubo ocasión de aclararlo. Con Burel no hubo chance porque, de un modo más que descortés y sin que mediara una disculpa o una explicación, simplemente se levantó y se fue. Más adelante Claudia Amengual, la moderadora de la mesa, nos puso al tanto de que Burel se había tenido que ir a trabajar, a lo que Andrés Ressia, joven autor y expositor de la misma mesa, aclaró que él también tenía que trabajar y sin embargo estaba allí. Son detalles significativos, pienso, detalles elocuentes.

Me quedo pensando en lo expuesto por Rosende. Hago un juego de imaginación. Imagino a un joven que quiere convertirse en escritor y que probablemente ve dos caminos posibles: el primero es tan simple como escribir y leer todo lo que se pueda, mejorar su arte a golpe y porrazo. El segundo es ir a clases en una Universidad privada. No son opuestos, pero por algún motivo (las palabras de Rosende son claras), ambas opciones no se complementan en la realidad. Esta joven promesa académica de creación literaria parece creer que el hecho de asistir a clases (y pagar por ellas) lo exime del esfuerzo autodidáctico. ¿Quiere aprender a escribir o quiere que le enseñen una serie de claves, de trucos, de técnicas básicas que por otro camino tardaría más en adquirir? No lo sé. Repito, estoy haciendo un juego de imaginación. Imagino a un tipo de aspirante a escritor que piensa que la literatura es una disciplina meramente técnica, una serie de recetas. Esas claves, trampas y técnicas están escondidas en los textos (son, si se me permite, lo que menos importa de los textos). Hay que leerlos, descifrarlos y apropiarse de ellos, pero eso, caramba, da mucho trabajo. Parece más fácil pagarle a alguien que ya hizo ese proceso para que nos entregue el resultado. Si me das comida a medio digerir, como una mamá pájaro a su polluelo, yo no voy a tener que perder tiempo masticando (tampoco voy a saber si la comida era sabrosa o no, pero eso parecería no importar). Si me enseñas el resultado yo me ahorro el proceso. Quizá por eso luego pasa lo que pasa, porque hay quienes creen que hay un número limitado de resultados y que los procesos no difieren tanto de persona a persona. De modo que el peligro de los cursos de escritura creativa y de los talleres literarios es el de uniformizar la producción literaria, ponerle una especie de marca en el orillo. Ya no se trata de un estilo personal, de algo propio de un creador particular, sino del estilo de un taller, el estilo de un curso. Pero vuelvo a este tema en un rato.

Así que lo que yo creo, lo que se me ocurrió mientras Rosende hablaba y decía: “Esto es lo que yo veo”, es que justamente el problema es ese, que la mirada está demasiado focalizada. Decir que los jóvenes narradores no leen es una generalización, sino falaz de plano, al menos peligrosa. La misma Rosende aclaró que iba a generalizar y que toda generalización caía en el error, pero no creo que alcance con hacer esas salvedades para después decir ciertas cosas. No me parece suficiente, digamos.

Cuando le tocó el turno a Inés Bortagaray dijo: “La gente sí lee”, y entonces habló del hervor de las librerías de viejo de Tristán Narvaja y tuvo que defender a Mario Levrero, pues Jorge Alfonso había hecho previamente un comentario (muy desafortunado, de mala leche o simplemente acorde a su personaje, que el lector elija) acerca de lo caro que era asistir a los talleres que dictaba Levrero. Cuando Inés, que asistió a tales talleres, dijo que eso no era así y que además Levrero tenía un sistema de becas, Alfonso completó su performance (¿fue otra cosa que una performance?), diciendo: “Yo era tan pobre que no llegaba ni a la beca”. Por un momento, Olmedo se apoderó del autor de Porrovideo.

Luego, Rodolfo Santullo dudó de que la falta de lectura actual fuese un patrimonio de los jóvenes, como si los adultos no hicieran otra cosa con sus vidas que leer; mientras que Andrés Ressia se preguntó y nos preguntó si efectivamente antes se leía tanto como ahora nos parece que se leía o si se trata del tan conocido efecto de magnificación del pasado y de la ausencia de datos surgidos de encuestas inexistentes. Más adelante hubo un intercambio divertido entre Álvaro Ojeda y Jorge Alfonso, ya en medio de una discusión cuasi-bizantina que hizo los deleites del público presente en cuerpo y ausente en raciocinio.

Para cerrar este apartado voy a hablar un poco de cuánto y cómo leo yo, dado que aún soy joven, escribo, y todas esas cosas. Empecemos por la cantidad. No creo que lea mucho. Tengo etapas más fervorosas, pero mi ritmo de lectura rara vez supera los cuatro o cinco libros mensuales, y  muchas veces no pasa de dos o tres. No tengo un plan de lectura, simplemente cada libro va llevándome al otro. Estoy abierto a recomendaciones y dejo que el azar haga lo suyo. Para planificaciones estrictas está el currículo y la bibliografía recomendada de los estudios académicos, para el placer no está mal dejar que la literatura encuentre su cauce más o menos libremente. Respecto a cómo leo, diré que trato de leer bien, esto es, apropiarme del texto, leer de modo profundo e inteligente. Si la inteligencia es interligar, o sea, establecer ligazones, creo que la lectura inteligente es aquella capaz de tender puentes entre la lectura del presente y las múltiples lecturas. Leer un libro nuevo siempre es una oportunidad de reacomodar y reajustar todas las lecturas anteriores, la chance de desarrollar nuevas destrezas de lector.

Lista de libros recientemente adquiridos por obra y gracia de la generosidad de sus autores: Perséfone, de Ramiro Sanchiz; Perro come perro, de Rodolfo Santullo; Procesión, de Martín Bentancor; Josephine La Nuit, de Nidia Di Giorgio Medici (sí, es la hermana de Marosa). Lista de libros recientemente adquiridos por obra y gracia de cientocuarenta pesos que entregué a la encargada de la librería Areté, en Tristán Narvaja: los diarios de Katherine Mansfield, tres libros de cuentos de Mario Arregui (Noche de San Juan, Hombres y caballos, y La sed y el agua), y un policial negro del norteamericano Ross MacDonald titulado El martillo azul. Todos ellos están a disposición de los lectores del blog. Últimos libros leídos que puedo recomendar: El miedo es el mensaje, de Sandino Núñez; Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy; y Dulce jueves, de John Steinbeck.

El disco de Newton

En la escuela, una vez, me hicieron fabricar un disco de Newton. Recortabas la cartulina blanca y trazabas tres diámetros, partiendo la circunferencia en seis secciones iguales. Luego pintabas cada sección con un color distinto. Después tenías que hacer girar el disco; mientras más rápido, mejor. Yo desarmaba aparatos y les extraía los motorcitos eléctricos. Un par de pilas, unos cables y el disco eran todo lo necesario para ver la magia en acción. Los colores, superpuestos a no sé cuántas revoluciones por minuto formaban el blanco. Maravillosa aproximación a la teoría aditiva de la luz.

Veo las mesas. En general, los expositores no parecen manejar la idea de que están elaborando juntos un discurso que debería ser capaz de construir algún sentido. Al menos no hay muchos aportes a una línea discursiva, aportes que lleven la discusión a algún lado. Todo se disocia, se disgrega. Cada uno expone su parte del espectro y todo gira a gran velocidad hasta que lo único que queda es la nada blanca del vacío. El peligro de repetir esto es que uno acaba por descreer de este tipo de instancias, cuando en realidad lo que hay que hacer es corregirlas, ajustarlas, volverlas verdaderamente fecundas y no un mero sembrar en la arena. La ausencia de moderadores activos puede ser una explicación para esa falla, o quizá sólo se trata de que los uruguayos actuales no poseemos una cultura del debate real, que no somos capaces del diálogo verdadero. El único al que oí decir algo al respecto fue, precisamente, a un argentino: Carlos María Domínguez.

Un pueblito arrocero

Son las cinco de la tarde del miércoles y se está hablando de la seguridad social del escritor. El debate está un poco pesado, hay caras enconadas aquí y allá. Alejandro Ferreiro se desliza en su asiento hasta quedar mirando el alto techo. Tiene una mirada terrible. La charla va de un lado a otro: jubilación para los escritores sí o no, de dónde va a salir el dinero si no hay aportes, y más. Hasta que el micrófono llega a las manos de una mujer que no parece tener más de cuarenta años, morocha, visiblemente incómoda, es claro que desearía estar en otra parte, que no halla su sitio en ese asiento que le han dado. Se llama Carmen Rodríguez y ha venido desde Arrozal Treinta y Tres. Titubea. Le cuesta comenzar a hablar. Pasan dos o tres minutos y los presentes podemos comenzar a reconocer una presencia extraña entre nosotros: la presencia de la verdad. En la voz de la mujer no hay ningún doblez, ninguna intención velada, hay simplemente llaneza. Luego de discursos tan engolados, tan académicos, tan sesudos, lo que Carmen Rodríguez cuenta llega a conmover, simplemente porque es cierto y de un momento a otro (perdón por lo que voy a decir) todos entendemos que lo que se estaba hablando hasta ese momento eran más o menos boludeces. La historia de la pequeña biblioteca de un pueblo que está en la periferia de la periferia, el esfuerzo por acercar la cultura a la gente trabajadora de ese lugar al margen de los libros y el arte, el sincero orgullo de estar en Montevideo rodeada de escritores, humilde y sin las quejas y los berrinches de otros representantes del Interior. Parecería que los que se quejan pierden toda su energía en hacerlo y ya no les sobra nada para ir de la palabra a la acción (perros ladrando y gatos durmiendo la siesta lo más panchos). Por eso fue bueno escuchar a Carmen: palabras vestidas de hechos.

Talleres literarios

Hay ámbitos en los que la profesionalización me preocupa. ¿No les parece que cuando algo se hace demasiado profesional tarde o temprano comienza a estandarizarse? No sé, pienso en un ejemplo tan simple como el de las cometas, ya que estamos en primavera. Yo hice algunas cometas, de niño. Creo que las hice con mi abuelo, con cañas, con colas de trapo, con tanza de pescar. Digamos que hice tres cometas. Podría jurar que ninguna se parecía demasiado a las otras. Ahora ya no hago cometas (supongo que estoy esperando a ser abuelo), pero veo cometas en el cielo, cada tanto. Son todas parecidas: algunas con forma de ala delta, otras más clásicas, hexagonales y con escudos de Nacional o Peñarol, pero hasta ahí va la variedad. Esto es resultado de dos o tres cosas: la gente ya no tiene tiempo de fabricar sus propias cometas pero todavía tiene ganas de hacer volar una cometa, así que le compran una a otra gente que, viendo un nicho de mercado, se ha dedicado a fabricarlas más o menos en serie.

Debo confesar que los talleres literarios me hacen ruidito. A esa puerta le falta aceite. No obstante, puedo llegar a entender que cumplen una función de cierta importancia. Un escritor puede ser un buen guía de taller, uno capaz de lograr que sus talleristas desarrollen su talento individual, encuentren su voz. En cambio, un mal guía de taller producirá escritores como quién hace chorizos. Quiero decir que mientras un buen taller puede hacer algún bien, un mal taller puede hacer mucho mal.

Dice John Campbell: “La primera cosa que todo joven escritor debe comprender es esta: está solo”.

Disfrute el día, es una orden

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Víctor M. Amela, periodista español, entrevistó a Moussa Ag Assarid en Montpellier. “No sé mi edad”, dice Moussa, “nací en el desierto del Sahara, sin papeles, en un campamento nómada Tuareg, entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Soy musulmán, sin fanatismo…”. Desde hace un tiempo, al parecer, existe la obligación de aclarar que uno puede ser musulmán sin por eso estar embarcado en una cruzada de fuego y sangre contra el mundo infiel. “Sin fanatismo”, dice Moussa. “No voy a secuestrar ningún avión”, parece querer decir.

Moussa lleva un bello turbante azul. El periodista le pregunta por el color, cómo lo logran. Moussa explica que la tinta se obtiene de la planta del índigo: “A los Tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados…”. Además, “Tuareg significa abandonados, porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso. Nuestra etnia es la amazigh, y nuestro alfabeto, el tifinagh”.

La vida de Moussa es tan distinta a la nuestra que no estoy seguro de que podamos comprenderla realmente. El periodista le pregunta qué fue lo primero que le sorprendió de Europa: “Vi correr a la gente por el aeropuerto…”, dice Moussa. “¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté”. Y el agua, y el silencio, y el tiempo. No creo que, por más que Moussa lo explique, podamos entenderlo. “En el hotel Ibis vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua… y sentí ganas de llorar. ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso…”. ¿Por qué tanto dolor? “A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos… Yo tendría unos doce años, y mi madre murió… ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo”.

El padre de Moussa cede a la insistencia del niño y le permite ir a la escuela, así que Moussa camina quince kilómetros, casi cada día, hasta que el maestro le da una cama para que duerma allí. ¿Por qué le interesa a Moussa ir a la escuela? Unos años antes pasó por el campamento el rally París-Dakar y a un periodista se le cayó un libro. Moussa lo recogió y se lo devolvió. Era El principito. El periodista le obsequió el libro y le habló de él. Eso fue todo. Años después, Moussa obtiene una beca para estudiar en la Universidad de Montpellier, en Francia.

Ahora el periodista busca la enseñanza, la moraleja, el mensaje. El hombre simple, el hombre del desierto, el hombre azul, tiene que dar la lección del día, para eso está frente al grabador, caramba. “¿Qué es lo que le parece peor de aquí?”, pregunta el periodista. Moussa responde, pero sigo sin creer que podamos entender lo que dice. De todas formas, es esto: “Tienen de todo, pero no les basta. Se quejan. ¡Se pasan la vida quejándose! Se encadenan de por vida a un banco. Hay ansia de poseer, frenesí, prisa… En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!”.

El periodista no se da por satisfecho, necesita un poco más de ese maravilloso jugo de la vida simple: “Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto”, dice. Moussa habla, entonces, y todos sospechamos lo que va a decir: “Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde…”. El periodista está gozando: “Fascinante, desde luego…”, acota. “Aquí tienen reloj, allí tenemos tiempo”, completa Moussa. Corten. Se imprime. Una gran nota de color.

Esto parece funcionar como una especie de vacuna. No creo que el periodista se dé cuenta de ello, ni siquiera creo que Moussa sepa que debajo del mensaje explícito de sus palabras puede haber otro mensaje y otro efecto. Porque hay algo de tranquilizador en el artículo, como si al mostrársenos esa otra realidad más simple, lenta, esencial, no se nos estuviese invitando a aprender de ella. Aunque todo lo que se diga allí suene a cierto, también suena a verdad descafeinada. Es, repito, como una vacuna: se trata de leer esto y decir “pero qué razón que tiene este Tuareg”, y luego volver a nuestra vida sin más, porque ya podemos quedarnos tranquilos, alguien en el mundo valora las cosas pequeñas, aunque ese alguien ahora viva en Francia –lejos de su desierto natal- y estudie Gestión, y aunque el periodista que nos trae esa historia seguramente haya corrido más de una vez en un aeropuerto porque perdía un vuelo.

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Fotos. Muchas fotos. Cada momento se congela en la pantallita de la cámara digital. Flashes. Parpadeos de luz en la noche. Clicks. Cientos de miles de clicks a lo largo de los días. El poster de The Truman Show. La cara del buen Truman formada por miles de fotos pequeñas, instantáneas de su vida falsa, sonrisas, siempre las sonrisas. Las fotos que tomamos llenan un CD, un DVD, un pendrive. Archivos JPEG que ocupan Gigas del disco duro. Muchas de esas fotos nunca serán vistas (es tan absurdo como fotocopiar un libro que nunca va a ser leído, cosas que todos los malos estudiantes sabemos bien). Casi podría decirse que no fueron tomadas para ser vistas: fueron tomadas por miedo. ¿Miedo a qué? Al minuto que viene, la hora que viene, el día siguiente, la semana próxima: el futuro.

La obligación de disfrutar el día nos está enloqueciendo. Uno de los síntomas de esa locura es, me parece, la manía de registrarlo todo. Vivir y registrar lo que se vive son términos que cada vez van aproximándose más. Pienso en una boda: mil quinientas fotos y horas y horas de video, justo el día en que los novios se parecen menos a sí mismos. Pienso en un partido de fútbol: Cristiano Ronaldo se va de dos defensas, patea y es gol, entonces pone su “cara de festejar un gol” y sale rumbo a donde sabe que están las cámaras, porque en definitiva lo que importa es eso, todo lo demás es gilada. Pienso en algo que me pasó hace poco en la Feria del Libro de San José: unos amigos y yo estábamos en una actividad conversando con chicos y chicas, hablando de literatura, música y pintura, y casi no se podía. Flashes y micrófonos por doquier. El afán de registrarlo todo estaba jodiendo el hecho que pretendía registrar. Apenas terminamos la charla me llevaron para un costado y me pusieron una cámara enfrente para que contara lo que habíamos hecho. No puedo decir lo estúpido que me sentí hablándole al lente.

Estamos tan asustados porque ya no vamos a ser jóvenes, porque nos vamos a morir, que hacemos este tipo de estupideces. No hay sentido, sólo hay acción. Es lo que dice Sandino Núñez en su libro El miedo es el mensaje (en un futuro post vendrá una reseña), ya no nos preguntamos por qué hacer las cosas, sino por qué no hacerlas. ¿Por qué no tomar la fotografía si tengo lista mi cámara de 8.0 megapíxeles y una tarjeta de memoria de 2 Gb? Que haya o no algo digno de ser fotografiado importa poco. No se trata de eso. No importa que haya motivo para el click, importa que existe la posibilidad del click y es nuestro deber aprovecharla. Digan whisky.

Zamba para no morir

Sólo quiero compartir tanta belleza.

Romperá la tarde mi voz
hasta el eco de ayer
voy quedándome sólo al final
muerto de sed, harto de andar
pero sigo creciendo en el sol, vivo

era el tiempo la flor
la madera frutal
luego el hacha se puso a golpear
verse caer, sólo rodar
pero el árbol reverdecerá, nuevo

Al quemarse en el cielo la luz del día, me voy
con el cuerpo asombrado me iré
ronco al gritar que volveré
repartido en el aire a cantar, siempre

Mi razón no pide piedad
se dispone a partir
no me gusta las muerte ritual
sólo dormir, verme borrar
una historia me recordará, vivo

veo el campo, el fruto, la miel
y estas ganas de amar
no me puede el olvido vencer
hoy como ayer, siempre llegar
en el hijo se puede volver, nuevo

Letra de Hamlet Lima Quintana

Anexo: ayer vi en la televisión un fragmento en el que aparecía el famoso chimentero porteño Jorge Rial diciendo, textualmente: “La voz de la Negra Sosa no tenía ideología”. Ay que ser canalla, vil, rastrero. ¡Que no tenía ideología, dice el muy imbécil! Una mujer que hizo de su arte, de su canto, siempre un medio en el que hablaba ella y hablaba todo un pueblo -recomiendo ver en you tube el recital que la Negra dio en el Estadio de Ferro en 1982-. En fin… estas cosas son esperables, pero no por eso me dejan de revolver las tripas.