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Aniversario II

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Voy a contar algo que ya conté, pero seguro que lo cuento de una forma diferente. La vieja casa tenía una sala larga, fría y húmeda, una sala que se llovía como afuera. Los días secos uno podía mirar en las paredes las marcas que había dejado el agua al correr, durante cientos de días de tormenta, como el dibujo de un río en un mapa arrugado. Goteras y filtraciones, igual que en el resto de la casa. Uno se aprendía de memoria la exacta ubicación de esas goteras. Despertarse con el ruido de la lluvia sobre el alto zinc significaba mover la cama de lugar (un metro y medio, más o menos), liberar mesas, poner ollas y baldes en sitios ya conocidos, tener a mano las velas y los fósforos, y esperar la mañana. Esas semanas de lluvia en que el agua iba encontrando día a día nuevas formas de caer (con decisión, caprichosamente, con desgana, con sutileza, con saña, con astucia malsana), la casa se iba llenando de un olor a tiempo y en el suelo, contra las paredes, se formaban lagos al final de cada riachuelo y de cada arroyo. Mamá era un vivo rezongo esos días, un “pero cuándo carajo va a parar”, un “pero qué tiempo de mierda”, y allá iba ella vaciando baldes, descubriendo nuevas goteras, drenando los lagos con un escobillón y un trapo, calculando cuánto tiempo podíamos pasar así antes de quedarnos sin ropa seca y limpia. El recurso extremo para ella era lavar, de todos modos, y secar la ropa colgándola frente a la salamandra bufosa (me encantaba meterle astillas a esa caldera hasta que el fuego rugiese como un tren, una vez, con consecuencias nefastas). En esos casos la ropa quedaba siempre con una poderosa fragancia a leña y humo. Mamá rodeaba la salamandra de sillas en cuyos respaldos colgaba la ropa. Cada unos minutos daba vuelta cada prenda, que así se iba cocinando. Recuerdo el vapor saliendo de cada media, buzo y pantalón, la humedad expulsada del tejido por la fuerza del calor. Del mismo modo, con una tenacidad digna de elogio, mamá seguía recorriendo la casa en su personal batalla contra la lluvia. Hay que decirlo: mi madre odia las inclemencias climáticas. Viento, rayos, lluvia. La alteran. Sé de lo que hablo. Deberían verla cuando se percata de que se avecina una tormenta. Sus preparativos no empalidecerían ante los preparativos que, me imagino, han de haber hecho los troyanos para soportar los once años de asedio de los aqueos. Por un momento parece que mi madre fuese más de una persona. Quizá tiene el don de la ubicuidad, un don que sólo se le permite usar en caso de que esté por llover, puesto que es en esos momentos en que parece poder estar a la vez fuera y dentro de la casa, cerrar un postigo mientras desenchufa el televisor, mover muebles mientras descuelga ropa de la cuerda. Pero bien, eso era antes, cuando la vieja casa no se había convertido en la casa remozada que hoy es, una casa que si bien sigue teniendo sus achaques, puede estar bastante orgullosa de sí misma.

2

Si yo hablaba de la sala, hace un rato, era para hablar de una foto que nos tomaron allí a mi madre y a mí. Como no tengo esa foto en mi poder ahora, la describiré tal como la veo en la memoria. Detrás de nosotros está un viejo aparador de madera oscura y cristal, lleno de vasos y copas (tiene, creo, una mesada de mármol gris con vetas más oscuras). En el espacio que queda entre el aparador y la pared, a modo de puerta, mis padres han puesto un palo del que cuelga una cortina a cuadros de colores (verdes, rojos, amarillos y anaranjados). El aparador y la cortina dividen así la sala en dos: el living y el comedor. En el living se está celebrando mi cumpleaños. Soy muy grande, tengo los cachetes rellenos y rosados, las manos regordetas, la cabeza enorme. Me han puesto un enterito de lana y un gorro de papel sobre la cabeza. Sólo sé que ese soy yo porque me han dicho que lo soy, de otro modo no me reconocería. Mamá me sostiene inclinándose hacia su izquierda. Me rodea con sus brazos y apoya todo mi peso sobre su cadera, esta parece la única forma en que es capaz de cargarme. Es pequeñita, lleva un buzo de lana amarilla y el largo pelo negro le cae hacia la izquierda. Su cara es muy blanca y se nota en ella la absoluta tersura de la juventud, la boca bien delineada que yo he heredado, los grandes ojos oscuros resaltan con un brillo que refleja cierta desconfianza, cierto temor o duda. No es más que una niña. Intenta sonreír, creo, pero no se la ve muy a gusto, quizá por el esfuerzo de sostenerme, quizá por otra cosa. Y sin embargo, esa es una de mis fotos preferidas. Me gusta volver a ella y ver a mi madre, en el comienzo de su vida como madre y esposa, y entender la fragilidad de aquellos años, su propia fragilidad unida a la precariedad de una casa no preparada para una familia y de una familia, a su vez, poco preparada para la vida. Todo estaba por hacerse en aquella sala. Todo estaba a punto de ocurrir. Creo que por eso me gusta tanto esa foto, porque es el retrato de un momento en que todas las vidas involucradas allí comenzaban a ser una cosa distinta a lo que habían sido, y el temblor en los ojos de aquella madre-niña mía no es otra cosa que la idea de no saber lo que vendría, cuál era el siguiente paso.

3

Entre mi ropa hay dos camisas que mi padre usó en su juventud. Me quedan bien por poco. Si engordo algunos kilos o ensancho la espalda tendré que dejar de usarlas. Así de delgado era mi padre cuando las usaba, una larga espiga de cuello fino. El tiempo tiende a ensanchar las cosas. Hoy mi padre es un hombre que parece más alto de lo que es, con la espalda generosa y una panza que eventualmente oculta si quiere dar una ficticia impresión de elegancia. Durante mucho tiempo pensé que no había nadie más fuerte que mi padre. Trabajaba de madrugada, repartiendo carne en carnicerías de Canelones, Montevideo y San José. A veces, a media mañana, luego de horas de ruta su camión llegaba a la carnicería de la esquina de casa y yo podía verlo trabajar. Estaba cubierto con una capa de hule blanco que terminaba en una capucha. Adelantaba el pie izquierdo y se ponía de perfil, esperaba que su compañero, desde arriba del camión, le pusiese la media res sobre la espalda, calzada entre el hombro y la cabeza, más de 120 kilos de carne, grasa y huesos. Su bolso de trabajo con los cuchillos, la chaira, la ropa y todo lo demás, siempre olía a grasa. El olor del trabajo era ese, para mí, el olor de la grasa en la suela de las botas de goma de mi padre. Recuerdo que un rato antes de que llegase a casa, mi madre calentaba agua en una caldera y llenaba con ella una palangana de plástico donde mi padre iba a poner los pies en remojo. Se sentaba en una silla, metía los pies en el agua caliente, se los enjabonaba y se quedaba un rato allí, adormecido, hasta que el agua blanca se enfriaba. Y esa es la imagen que yo tengo del alivio, de lo que se conoce como merecido descanso.

De niño yo pensaba que había un momento en la vida de una persona en la que se daba un cambio mágico y repentino. En mi mente ese cambio era como el golpe de la varita mágica de un hada de Disney, una varita rematada en una estrella dorada que te tocaba en la cabeza y entonces todo se volvía chispeante y luminoso y algo pasaba: un muñeco de madera se volvía niño de verdad, un ratón se convertía en caballo blanco, ese tipo de metamorfosis. Bueno, así de simple creí yo que era el asunto de crecer. Uno era niño hasta que un día ya no era niño. Se volvía un joven. Más adelante, el joven daba paso al hombre. Mi padre ya había pasado por todas esas etapas, ya le habían tocado la frente con la varita un par de veces para sacarlo de la infancia, primero, y de la juventud, luego. Yo lo había conocido en su etapa de hombre. Pues bien, con esa convicción viví buena parte de mi niñez y adolescencia. Luego me olvidé de todas esas ideas.

Un día le dije a mi padre que lo odiaba y otra vez le dije que me gustaría que se muriera. Me acuerdo bien de esas cosas, de la rabia incomprensible con la que grité esas mentiras, con la perfecta intención de hacer doler. A veces, la crueldad es un toro desbocado cuando se siente justificada. Yo me sentía una persona diferente y fuera de lugar en mi familia, un paria, un marginal, un incomprendido y, ahora lo sé, no era más que un cliché. Discusiones a la mesa, gritos, portazos, enfurruñamientos, la necesidad de ir contra algo, la necesidad de ser comprendido e incomprendido a la vez. Qué turbulencia. Mientras más hablaba de mi necesidad de comprensión más incomprensible me volvía y menos podía acceder a saber quiénes eran mis padres realmente y cuál había sido su vida. Creía saberlo todo, ¿cómo no iba a saberlo todo? ¿qué más había para pensar? ¿por qué iban mis padres a ser un misterio para mí? Yo era un misterio para ellos, pero no había nada de ellos que yo no supiera. Uno puede equivocarse por mucho margen, a veces.

Pasó más tiempo. Como en las películas, cuando aparece el cartelito de “five years later”. Esperé que llegase el toque del hada. Creí que había llegado, pero no me sentía muy distinto, yo esperaba que algo se quebrase y algo surgiera de pronto. Tardé bastante tiempo más en darme cuenta de que no me estaba convirtiendo en un hombre, que en cambio sólo estaba volviéndome mayor. Pensé, entonces, que estaba haciendo algo mal, que era mi responsabilidad no encontrar la puerta de acceso a la adultez, a la madurez, que no estaba siendo capaz de invocar al hada. Supuse entonces que el golpe de la varita que había sacado a mi padre de su juventud para lanzarlo a su hombría de bien, a su condición de pater familia, había sido ni más ni menos que su temprana boda y mi temprano nacimiento. Como yo todavía no era padre ni hombre casado, aunque hubiese superado largamente la edad a la que él se había convertido en ambas cosas, permanecían en mí los resabios pueriles, las niñerías.

Lo que cambió todo fue entender que mi padre también seguía siendo un niño detrás de su bigote canoso, de sus brazos hechos de trabajo, de su inconfundible forma de caminar. Verlo así, erróneo, desacertado (incluso estúpido, y perdón, papá, si estás leyendo), me hizo entender que ese supuesto estado al que se accede tarde o temprano no existe, el estado de la adultez, de la madurez, es un mito, una clasificación externa a la que tratamos de ajustarnos por nuestra ansia de pertenecer a la categoría de la normalidad. Existe la idea del hombre adulto y nos ajustamos a esa idea. Existe la idea de la familia y nos ajustamos también a ella. Existe la idea del padre, la idea del hijo. Las aceptamos e intentamos cumplir con ellas. Pocas veces nos preguntamos hasta qué punto esas ideas son nuestras ideas. Una familia no es un ente abstracto y pre existente, un ideal platónico al que uno debe intentar parecerse lo más que pueda. Tampoco hay una verdad externa y universal acerca de lo que debe ser un hombre. Lo que cada uno ha de ser, cada uno lo descubre en las vueltas de su propio viaje, y tratar de hacer que el itinerario de ese viaje se ajuste a una ruta marcada de antemano es garantía de una sola cosa: frustración.

Nunca me he llevado mejor con mis padres que en este momento. Supongo que hemos llegado a una edad, ellos y yo, en la que eso es más fácil. Aunque no absolutamente, nos comprendemos. Pero más importante que eso, al menos de mi parte, he entendido que al amor no le hace falta la comprensión absoluta, que uno puede amar profundamente aún a aquellos que no comprende del todo, porque la verdad es que nadie hay que no sea un misterio, ni siquiera nuestros padres, ni siquiera nosotros mismos.

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Treinta y tres años de casados. Llamé a casa al mediodía y me atendió mi madre. Está engripada, tiene la voz tomada. Hace unos días me dijo que iba a empezar a hacer comida para vender y yo me lo tomé a chiste, pero luego hablé con mi padre y me contó que efectivamente ella estaba vendiendo unas viandas que eran todo un éxito. Eso me hizo acordar a cuando horneaba alfajorcitos de maicena y salía a venderlos en una caja de cartón para mantenerlos tibios. Estiraba la masa amarilla sobre la vieja mesa de madera y la iba cortando con la tapa roja de un bollón. Luego juntaba todos los recortes, volvía a amasarlos y a estirar la masa y cortaba de nuevo, hasta que no quedaba más que un resto inutilizable. Creo que a veces yo la ayudaba a pegar con dulce de leche las tapas ya cocidas y luego las hacía rodar por el coco rallado. Esos alfajores eran una delicia demasiado irresistible. Treinta y tres años de casados. Bromeando, le dije a mi madre que en realidad no festejaran mucho, que habían llegado de casualidad. Y entonces ella se rió y me dijo: “Todos los que llegan, llegan de casualidad”, y yo me quedé pensando en que mis padres bien podrían estar felices con la vida que han ido haciéndose para ellos mismos, una vida de la que seguramente poco podían imaginar cuando a mi padre todavía le quedaban esas camisas que yo uso ahora y cuando el negro pelo de mi madre le llegaba casi hasta la cintura.

Autorretratos

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Mi padre y yo fuimos el mismo niño. Ojos, boca, pelo. El mismo niño. Sé que en una caja de zapatos mi madre guarda una foto en la que aparece mi padre a la edad de nueve o diez años. Es una foto en blanco y negro, pequeña, cuadrada, de esas que llevan los bordes troquelados con una delicadeza de otro tiempo. El tono de la foto, más allá del blanco y negro, tiene una especie de tinte amarillo y grisáceo, lo que hace que el pelo de mi padre parezca sucio de ceniza. Tal vez dentro de muchos años me encuentre de nuevo con esa foto y entonces necesite un buen rato para convencerme de que no soy yo ese niño, de que no es la foto que me tomaron una tarde cualquiera en que se me había ocurrido vestirme y peinarme de época. Así es la semejanza. O así era. Ahora ya no nos parecemos tanto. Ambos estamos en edades poco propicias para parecernos, pero volveremos a ser semejantes, no tengo dudas. Busco en mi cara el rastro de mis padres y de todos los que estuvieron antes que mis padres, personas de las que apenas sé el nombre o ni siquiera eso. Mi cara es extraña y no siempre es agradable de ver. Tengo los ojos de colores poco definidos. A veces son marrones. En los días de mucho sol se vuelven ámbar, adquieren una tonalidad amarilla si me entra agua salada y se oscurecen cuando estoy muy cansado. Mis párpados tienen una forma que le da un toque de tristeza a mi mirada. No hay sonrisa que remedie eso. Mi boca tiene algo de femenino en sus líneas y mis cejas son espesas y negras. No tengo mentón prominente ni mentón retraído y mis orejas son más bien pequeñas. Mi nariz es la nariz de un niño, de modo que si es cierto eso que dicen, que la nariz marca el carácter del conjunto, supongo que la mía advierte de un temperamento infantil. No suelo usar barba ni bigote, y si en algún momento eso cambia es porque me ha dado mucha pereza afeitarme. Me gustaba mi cara lisa y blanca de la primera juventud. Cuando llegó la edad de la espuma y la afeitadora yo me dije: “No, por favor. Una cosa más que hay que hacer regularmente”. Porque debo aclarar que no soy bueno para las cosas que hay que hacer regularmente. Una lista de minúsculas tareas rutinarias: tal cosa todos los días, tal otra cada tres días, esto hay que hacerlo una vez por semana, al menos una vez por mes es imprescindible aquello y cada tres meses no deberías dejar de recordar que es importante, cada dos años, tener en cuenta lo recomendable que es al menos una vez en la vida… Así siempre. Todo para que un día cualquiera alguien venga y me diga: “cuando tengas 60 años habrás pasado dos semanas de tu vida cortándote la uña del dedo meñique del pie izquierdo”, o datos similares. Nadie debería andar por ahí escupiendo bolazos de esa dimensión. Dicho lo dicho, prosigo. Me afeito dos veces por semana. Una vez estuve un mes sin hacerlo. Después de que uno se acostumbra al “picor”, no es tan malo, salvo que el aspecto de profeta bíblico ha dejado de estar en boga. Sólo una vez, también, fui al peluquero y le dije que me pasara la rasuradora a dos milímetros. Tenía curiosidad. La cabeza me quedó como un cepillo redondo y tibio. Justo estaba estudiando algo, en ese tiempo, y me pasaba largas horas leyendo en un sillón y rascándome la cabeza puercoespín cuando cierta información se resistía a incorporárseme. La fricción hacía que mi cabeza se fuese cargando de estática hasta que cuando por la noche me desvestía en lo oscuro antes de irme a la cama, se producía un auténtico chisperío. ¡Descargas! ¡Centellitas por doquier! A nadie le gustó cómo me quedaba ese corte, pero era la cosa más cómoda del mundo para nadar (bah, más cómoda debe ser la calvicie, supongo, si uno ya ha superado la estigmatización social). Cuando era chico-chico tuve un accidente y me rompí la boca. El manubrio de un triciclo rojo (que todavía existe en casa) me rompió un diente de leche y me rajó el paladar. Sangré un montón. El diente que venía naciendo se torció y así creció. Nunca me lo arreglé. Es mi defecto físico más visible. No hace tanto que me di cuenta de la forma en que eso ha afectado mi gestualidad, es decir, toda la sinfonía de movimientos faciales que durante mucho tiempo desarrollé de forma no del todo consciente para volver menos evidente la existencia chueca del incisivo. Los gestos son parte de un retrato, por eso cuando uno posa para una foto el resultado casi nunca se acerca a lo que somos (de hecho, nadie se parece a su foto carnet y tampoco se parece a su propio muerto). El arte del buen fotógrafo retratista sería, entonces, percibir rápidamente en cuál de nuestros gestos espontáneos estamos más presentes, y hacerlo durar. Mis gestos más habituales son… No tengo idea. Ahora pienso en lo que dije acerca del triciclo y temo no haberlo visto en casa de mis padres en las últimas visitas que les he hecho. No es que sea demasiado apegado a las cosas, pero supongo que necesito poder anclar los recuerdos a ciertos objetos para que sirvan de garantes a la memoria. Porque si ahora pienso en mis pestañas, por ejemplo, llego directamente a uno de mis recuerdos más antiguos: soy pequeñísimo (ni siquiera podría arriesgar una edad), acerco mi cara a la mejilla de mi madre y comienzo a pestañear lo más rápido que puedo, rozándola con las pestañas hasta que ella se ríe y dice que le hago cosquillas, que mis pestañas son como una escobita que le barre la cara. Y se ríe más. Sé que esto ya tiene poco que ver con la idea del autorretrato, pero es hora de confesar que sólo era una excusa para escribir unas líneas, para dejar ir las palabras. Pienso en los autorretratos de Rembrandt (esas decenas de pinturas y dibujos que hizo de sí mismo a lo largo de su vida, varios de ellos en 1669, el año de su muerte) y me lo imagino observándose en el espejo sólo al principio del trabajo, a modo de mero recordatorio, para guardar las mínimas formas, digamos. Una vez hecho eso, el bueno de van Rijn se permitía mentir un poco en cada pincelada para mostrar lo que había debajo del cabello, la piel, los huesos y la carne. En otras palabras, negándose a pintarse idéntico a como se veía (porque el del espejo no era él), le devolvía al mundo una imagen más verdadera de su ser, ya no sólo de su rostro. Experimentos con la vida, experimentos con la verdad. Unas cuantas pinturas cerrando la historia de una vida. El mismo hombre que aprende a ser el que fue, el que es y el que será, esa larga hilera de hombres unidos por ciertos rasgos constantes en medio de un cambio indetenible que siempre lo deja perplejo. La perplejidad. No mucho más. Eso.

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La lata del perdido

la lata vieja

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El tiempo hace que los recuerdos se parezcan cada vez más a los sueños, por eso hoy en mi cabeza no quedan más de dos o tres imágenes somnolientas de mi primera vez en Cardona. Ese es el nombre de un pueblo que siempre va a estar adherido a la historia de mi familia. No recuerdo nada acerca de cómo llegué a Cardona aquella vez. Estaba con mi abuelo, eso es seguro, es lo único seguro. Llegamos a una casa enorme y oscura y fría, llena de cosas viejas y de personas viejas. Ahora sé que las personas no eran tan viejas, porque vivieron todavía mucho tiempo después de mi visita, pero puedo asegurar que en aquel momento me parecía increíble que estuvieran vivas, como si en realidad fuesen fantasmas muy bien disfrazados, pero no más que eso.

Yo era un niño que apenas se levantaba un metro y poco del piso, con un probable corte tacita en la cabeza, ojos grandes bastante abiertos y una curiosidad un poco temerosa. Creo que mi abuelo me preguntó si quería ir a Cardona y yo miré a mi madre, como preguntándole si yo quería. Resulta que yo quería, así que fui a conocer a todos esos parientes lejanos, esas tiabuelas, esos primos segundos, esa cantidad de gente que a veces era nombrada en mi casa sin que de ninguna manera yo pudiera ponerle una cara a cada nombre, a menos que se la inventara. Y vaya si se la inventaba. En mi cabeza Isabelino tenía cara de señor que acaba de chupar el limón más ácido del mundo y justo en ese momento le dio un aire en la espalda y se tuvo que quedar congelado en el mohín arrugado del asco. Elvira, por el contrario, era una cara sin mueca, la corteza de un árbol petrificado con dos agujeros en el lugar de los ojos, la viva imagen de la severidad. También había en aquella casa hombres y mujeres que ya no recuerdo, pero fuera de la casa, en un patiecito con piso de portland, había niños y niñas que me preguntaban cosas y que, con una amabilidad un poco forzada, me prestaban sus juguetes siempre y cuando prometiera no romperlos o robárselos, cosa que yo no hacía casi nunca. “Así que somos primos”, dijo uno de ellos. “Bah, primos por las patas”, completó, y yo nunca me olvidé de la expresión. “Primo por las patas”, un vínculo tan poco honorable que no obliga a sus involucrados ni siquiera a invitarse mutuamente a bodas o cumpleaños, quizá sí a bautismos y velorios (y es que siempre falta gente para hacer bulto en esas ocasiones).

De un momento a otro estamos mi abuelo y yo en una especie de descampado. Él me dice que me pare a un lado de un mojón que hay en el pasto. “Ahora estás en Soriano”, dice. “Estoy en Soriano”, pienso yo. “Ahora tenés que dar un paso para allá”, dice. Doy el paso. “Y ahora estás en Colonia”. A mí eso me parece algo bastante mágico. Salto. “Soriano”, digo. Salto de nuevo. “Colonia”. El tata me mira y se ríe. Todavía tiene un poco de pelo, como una corona de laurel que va desde las orejas a la nuca, y un bigote blanco que pincha cuando te da un beso. En el centro la cabeza le brilla al sol como la perilla de bronce de una puerta. Sigo saltando un rato más. Hasta ese momento yo pensaba que las fronteras que aparecían en los mapas también estaban dibujadas en la tierra, pintadas con cal igual que en una cancha de fútbol, continuas, punteadas, blancas, negras o de colores. Resulta que no, basta un mojón o algo parecido y dar un salto de aquí hacia allá, atravesar la frontera sin que nada cambie, todo sigue igual, excepto el nombre que uno le da a la tierra que hay de un lado y del otro. Creo que ese asombro todavía me dura.

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Hace unos días volví a Cardona. El sol en el cielo brillaba con una fuerza especial, como si estuviese preparando su fulgor para la primavera ya cercana. En todos los años que separaron mis dos visitas, los pueblos a uno y otro lado del límite entre los departamentos fueron creciendo hasta tocarse, hasta volverse uno solo, aunque todavía se resistan a perder sus nombres viejos, por costumbre, por respeto o por cariño. Al sur, Florencio Sánchez; al norte, Cardona. Dos gotas que fueron deslizándose por el cristal hasta tocarse y engordar una sola gota. En medio, una calle que en realidad es una ruta nacional y una vía de hierro y durmientes por la que hace rato que no pasa el tren que todavía no se olvida.

En el centro del bulevar hay plazoletas. En las plazoletas hay palmeras y en las palmeras hay palomas que jamás se quedan quietas y amenazan con cubrir el mundo con sus deposiciones. Bajo las palmeras hay canteros con flores lilas y amarillas. Junto a las flores lilas y amarillas hay bancos de madera. En alguno de esos bancos de madera hay inscripciones adolescentes hechas con corrector blanco: Fulana ama a Mengano y viceversa. Es curioso hacer una declaración así con corrector, es como querer corregir el pasado. Hasta ahora, Fulana estaba sola por su lado y lo mismo pasaba con Mengano, pero ya no más. Ah, me olvidé de anotar que bajo las palmeras también hay niños con hondas y muchos deseos de matar palomas a pedradas. Es increíble el tesón que ponen esos pequeños en salvar al mundo de la caca de paloma, si es que ese es el motivo de su afán asesino.

3

Es temprano, el comienzo de la tarde de un sábado de setiembre. Mi hermana me acompaña en este viaje un poco raro, este viaje que no tiene un fin demasiado específico. Nos acercamos a un hombre viejo, de boina y bastón, con la mirada clara y un poco acuosa. El hombre se inclina hacia delante al notar que voy a hablarle. Gira levemente la cabeza hacia su derecha. Le pregunto por la lata vieja. Esa es la única instrucción que me dio mi madre, que preguntara por la lata vieja, y eso hago. “Ah, la lata vieja”, dice el hombre y por su cara entiendo que no estamos cerca. Nos indica que caminemos hasta el final del bulevar, hacia el oeste, y luego doblemos a la izquierda, cuando menos dos cuadras más. Además me dice que hace poco se celebraron los cincuenta años de la lata como sede de la Sociedad Rural. Le cuento, entonces, que en la lata vieja fue donde mi abuelo fue a la escuela. “¿Era una escuela, la lata?”, dice él, y entonces caigo en la cuenta de que estoy hablándole de algo que aún para él es historia antigua y nueva a la vez.

Caminamos. Pasamos frente a la vieja estación y frente a los tanques de agua. El bulevar no se termina. Diez cuadras. Doce cuadras. Un perro comiendo. Dos hombres lavando un auto. Un almacén y bar. Risas de vino. Dos chapas de zinc que forman una cerca. Un cartel que dice SE TOMAN LAVADOS. Una pileta de material. Sábanas hinchadas por la brisa. Tres caballos que pacen en un barrial sin pasto. Y entonces sí, el final del bulevar. Giramos a la izquierda, como nos indicó el viejo, y se nos ilumina la cara cuando vemos la lata: un típico casco de estancia en herradura con patio enrejado y aljibe en el centro. En una de las paredes blancas se lee la inscripción POSTA Y PULPERÍA LA LATA DEL PERDIDO. El portón de la entrada parece cerrado pero no lo está. Entramos. Damos un par de vueltas mientras hago el esfuerzo de imaginarme a mi abuelo de niño, en los primeros años de la década del 20, mucho antes de que comenzara la serie de azares y accidentes que iba a hacer posible que mi hermana y yo naciéramos donde terminamos por nacer.

Aparece por ahí una señora y nos pregunta, con la mirada, que qué andamos haciendo. Ella se llama Beatriz y es la encargada de mantener en condiciones el lugar. En la construcción central funciona un museo. Beatriz lo abre para nosotros. “Hace poquito limpiamos todo”, me dice, “cosita por cosita”.

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De todas las postas con diligencias que funcionaron en nuestro país, sólo quedan dos en pie, una es la del Chuy del Yaguarí; la otra es “La lata”. La explicación del nombre (“La lata vieja” o “La lata del perdido”) es bastante sencilla: el predio en que se encuentra pertenecía a la Estancia “El Perdido”, cuyo casco se edificó en 1841, de Don Diego Mc Entyre, pionero escocés, y de lejos se veía el relumbrar de los techos de zinc en la panza del campo. “La lata” funcionó como pulpería y posta de diligencias desde 1860, en el exacto punto de contacto entre las rutas que unían San José con Mercedes y Durazno con Rosario.

5

Beatriz nos muestra una colección de monedas antiguas: españolas, brasileras, chilenas. “Esto es lo que han dejado”, dice, “porque al museo ya lo robaron dos veces… todo lo que era de plata o de oro ya voló”. Tomo una moneda, leo la inscripción: “Francisco Franco, caudillo de España por la Gracia de Dios” y pienso en el curioso viaje transatlántico de esas cinco pesetas monstruosas.

“Cuando me mudé para acá”, dice Beatriz, “encontré una moneda enterrada así de grande, como de plata. Cuando pueda me voy a hacer un medallón”.

Afuera sigue brillando el sol de setiembre mientras yo veo la silla de montar de la Srta. Steiner y la sombrilla de la Srta. Mc Entyre; una biblia familiar, en inglés, traída de Escocia, y un carancho embalsamado junto a un gato montés; un pabellón nacional manchado con sangre de Aparicio (“lo llevaron a Montevideo a analizar, y es de Saravia nomás”, dice Beatriz) y tres armas de aquella revolución (sostengo una, me sorprende el peso y lo rústico del mecanismo del percutor). Mi hermana se queda asombrada con un librito titulado “Labores de señora”, o similar, destinado a la correcta instrucción de las mujeres en las tareas hogareñas. Lo abre en cualquier página y lee una sola palabra. “Zurcir”, entonces lo suelta como si estuviera lleno de hormigas. “¿Zurcir es coser?”, me pregunta verdaderamente intrigada. No puedo evitar reírme y no hay por qué evitarlo.

Allí hay más cosas: viejas tijeras de esquilar, marcas de ganado, el carro con el que se encendían todos los faroles de la zona, un yesquero a nafta, un vestido negro, una silla bordada a mano, el diploma del primer escribano del pueblo, un libro con la contabilidad de la pulpería, y fotos. Fotos amarillentas donde las familias de los pioneros, vestidas para la ocasión, miran fijamente la cámara, con un respeto que casi es miedo. Nadie sonríe. Hay algo en ellos que los arranca del mundo, de nuestro mundo presente. Es algo más que la ropa y los peinados. No se parecen a nadie que yo conozca. Ya nadie tiene esas miradas. ¿Por qué me parecen tan extraños? Es como si no fueran hombres, mujeres y niños, sino encarnaciones de ese tiempo que vivieron. Sus caras son las caras de ese tiempo y por eso no pueden parecerse a nosotros, porque la semejanza es un asunto que no tiene tanto que ver con la fisonomía como podríamos creer. No es cuestión de bocas, ojos y narices, es cuestión de espíritus, y nuestros espíritus ya no se parecen a los suyos, aunque de ellos provengan.

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Beatriz nos muestra un librito donde está el árbol genealógico de todas las familias Cabrera de Cardona. Es un gran árbol. Raíces, ramas y frutos. “Están muy chiquitos los nombres”, dice. Busco el nombre de mi abuelo: “Bibiano”. Subo y bajo por el árbol. No lo encuentro, hay demasiados nombres, cientos, quizá más de un millar.

Nuestra visita acaba. Tomamos algunas fotos más junto a un ombú que tiene más de cien años y nos vamos caminando por una calle que duerme la siesta, aunque cada tanto ladre un perro o bale un cordero. Mientras mi hermana habla, con cierta indignación, del libro de labores para señoras, yo pienso en los nombres escritos en el árbol, aquel árbol tan inmenso como el ombú. Meto la mano en la mochila y saco uno de los libros que llevé para el viaje. Quiero leerle algo a mi hermana. Es esto:

“-La muerte es cosa interminable… una cosa que no termina nunca.

-Lo que no se terminan son los vivientes –dice Luis Pedro.

-No se terminan para los demás… Cuando usted se termine, para usted se terminó. Y usted haga de cuenta que con usted termina todo. Todito…”.

Mi hermana y yo

mi hermana y yo

Yo no sé qué es lo que usted quiere que le cuente, lo que usted quiere saber. De todos modos voy a hacer lo único que puedo hacer, contarle cómo recuerdo yo las cosas, es decir, la forma en que mi memoria ha ido deformando las cosas que pasaron; entienda: todo esto está armado en retazos, hay partes de la historia que pertenecen a la mente de un niño de diez años; otras, a la de un hombre de casi treinta; en medio, un caos de imágenes y sensaciones, reales o no; con fragmentos tan desiguales no se puede coser una manta coherente, pero claro está, una manta no necesita ser coherente para proteger del invierno.

Estaba durmiendo en mi cuarto gigantesco, una habitación hecha para otro tiempo, con techo de ladrillos y tirantes podridos por el agua, con paredes verdes en las que la humedad había dibujado paisajes, monstruos, rostros gritando, con pisos de portland resquebrajado, como una piel abierta que deja ver la carne de ladrillos, lustrados por la incansable escoba de mi madre. Entre los ladrillos, grietas; en las grietas, tierra, una tierra destinada a no ver nunca el sol. De noche mi cuarto era la boca abierta de un animal, la garganta negra y silenciosa de una bestia inofensiva, pero atemorizante.

Dormía, dije, cuando la enorme mano de mi padre se apoyó en mi espalda. Me sacudió apenas, mientras repetía mi nombre. No sé bien qué fue lo que dijo, pero la cosa había pasado de noche. Tampoco sé mucho de lo que pasó en los meses anteriores, en los que a mi madre le crecía el estómago de forma inusual haciéndola parecer más pequeña aún de lo que era. Claro que sabía que estaba embarazada, no era estúpido, había visto antes muchas mujeres en estado similar, aunque desconociese los detalles más o menos truculentos del proceso. Pero, ¿qué pensaba yo? ¿Qué pensaba un niño que había vivido nueve, casi diez años solo en esa casa con olor a otro siglo? Nada. No recuerdo nada. No sé si tuve miedo o incertidumbre, no sé si estaba alegre o agitado. Ahí hay un hueco.

Lo siguiente que sé es que un diminuto ser rosado estaba panza arriba en la cama grande, moviendo bracitos y piernitas sin demasiado orden. No debe haber sido la primera vez que la vi, porque ya tenía en las orejas unas cositas brillantes, supongo que para que las señoras se diesen cuenta de inmediato de que se trataba de una nena, porque siempre resultan embarazosas esas confusiones iniciales del orden de: “Ah, pero qué lindo bebito, qué gordito”, y de inmediato la madre tiene que sonreír y decir: “No, no, es nenita”, conteniendo las ganas de decirle a la señora: “¡Pero vamos, vieja idiota! ¿No se da cuenta? ¿Eh? ¿No se da cuenta de que es nena? ¿Qué tengo que hacer escribirle el nombre en la frente?”. No le escriben el nombre en la frente, pero le ponen caravanitas apenas pueden, las visten de rosado, y cuando ya tienen edad de ir al Jardín de Infantes, ahí sí les bordan el nombre en la túnica a cuadritos, para que la maestra no tenga que pasar el trabajo de relacionar los nombres con las caras, lo que sería una forma de ganarse el sueldo, pienso.

Ah, el nombre. Creo que como una forma de inmiscuirme en ese hecho nuevo que significaba la presencia del ser suave y rosado en casa mis viejos me habían preguntado un tiempo antes cómo me gustaría que se llamase. Yo no tenía ni idea. “Stefani”, dije, porque había escuchado por ahí la canción de Zitarrosa, que después me di cuenta que en la canción era el nombre de una prostituta brasilera. Mal presagio, pensé de grande, pero la cagada estaba hecha. En todo caso se podría cambiar a Estefanía, que ya quedaba más principesco. Bueno, peor habría sido un nombre tipo Jocelyn o Gladys, qué también, tan mal no estuve, era chico y no sabía lo que hacía.

Si no me equivoco, por esa época justamente (ah, me olvidé de decir que estábamos en comienzos de la primavera), mis dos abuelos emprendieron la refacción de lo que en casa siempre se llamó “el corredor”. No era, en realidad, un corredor, yo sospecho que en los primeros años de la casa era una especie de patio interior, o algo, un anexo a los dormitorios y la cocina, y es que si uno observa bien, las puertas de los dormitorios parecen puertas exteriores, también inmensas, de madera sólida, con marcos fuertes. No sé, son suposiciones. En un inicio el corredor era todo uno, aunque artificialmente separado por un mueble (creo que un aparador con copas y cosas de esas que se usan sólo en los cumpleaños o en navidad), y una cortina a cuadros (horrible, hay que decirlo) amarillos, rojos, verdes. Pero bueno, el caso es que fue en ese tiempo en que vi a mis dos abuelos Cabrera, Bibiano y José Luis, trabajar allí, bromear a veces y discutir casi siempre. Bibiano era “el tata”, se había ganado el derecho al mote tradicional a fuerza de estar siempre a la vuelta, de sacarme a dar paseos kilométricos, de contarme historias que casi nunca me interesaban pero que por alguna razón había que escuchar. “El tata” se las sabía todas, o al menos esa era la sensación que a uno le daba cuando lo oía hablar. Ah, y silbaba, silbaba mucho… creo que ha habido pájaros menos silbadores, pájaros que se despertaron una mañana de mal y humor, o abatidos por algo, y dijeron “hoy no silbo un carajo”, bueno, “el tata” no, él silbaba siempre, y no tenía un repertorio muy variado, que era lo peor.

Está bien, vuelvo a la historia, no sé a quien se le ocurrió la fabulosa idea de ponerse a refaccionar la casa justo en el momento en el que allí había un bebé recién nacido. No parece lógico, pero muchas cosas parecen ilógicas en los recuerdos que tengo de esa época, así que no tendría que extrañarme demasiado.

¿Qué más? ¿Me puse celoso por la presencia de la intrusa en mi recinto infantil privado? No sé, quizá un poco, pero al rato descubrí que no estaba mal, que ahora mi madre tenía que preocuparse por alguien que evidentemente la necesitaba más que yo, y eso sólo podía significar algo: libertad. En las fotos de fin de año de 4º yo estoy bastante sonriente, con el pelo lacio cayéndome sobre la frente, la túnica impecable, el carnet en la mano y no parezco para nada desdichado. Por allí anda el maestro Miguel, que me regalaba nota, según mi padre, y hay otra en la que estoy con mis padres y mi hermana, que era puro ojos y cachetes y pelo enrulado. Es una linda foto… está bien esa foto.

Otra fiesta de fin de año, la de 6º. Vaya momento. Ahí yo ya tenía doce años. También estaba contento, pero distinto. La maestra Cora (años después leí el cuento de Cortázar “Señorita Cora” y desee que mi maestra de 6º se hubiese parecido a esa enfermera, pero nadita que ver), nos dio besos, felicitaciones, dijo que estaba allí para lo que necesitáramos (menos plata, como siempre), nos dio algo más, creo, un librito con frases de “El principito”, lo típico, y nos largó al mundo. Yo me sentía así, largado al mundo. “A la mierda”, pensé. Hacía un rato estaba cantando en una murguita escolar, bobeando como siempre, y de pronto me caía encima el hecho de que había terminado la escuela, de no iba a tener que entrar más a la galería con el piso de ajedrez, ni al patio de tierra, ni nada. No había marzo próximo. Un poco me asusté. Para peor, salimos de la fiesta y empezamos a caminar por Herrera para abajo. Mamá llevaba a Stefani en brazos y creo que en un momento papá me puso la mano en el hombro y me dijo algo así como que “ahora ya sos un hombre”. ¿Para qué? ¿Con qué necesidad? Yo ya estaba bastante mareado con el temita del fin de la escuela, con lo de que me empezaba a fijar en las nenas, con todo eso, como para que me le pusieran un rótulo al asunto: “hombre”. Seguimos caminando y creo que llegamos a un lugar en el que había una reunión de Fucvam (nombre que siempre me pareció solemne e importante), porque al parecer esa gente te daba una casa si vos hacías no sé qué cosa, y mis viejos querían otra casa, mejor, que no se lloviera, que no se estuviera cayendo a pedazos, bah, esa preocupación les debe haber surgido por la llegada de Stefani. Eso no duró mucho, creo que había que esperar muchos años o algo así, no sé.

¿Recuerdos de esa etapa? A ver, creo que mi viejo tenía un radiograbador Hitachi (tecnología japonesa de punta), y la moda era grabar cosas, temas de la radio o simplemente nuestras voces. Me avergüenza recordar que en uno de esos cassettes que el tiempo ha sabido destruir yo había grabado cosas que por entonces me gustaban y que no voy a confesar aquí porque no es el momento ni el lugar (sólo voy a decir que esos cassettes eran un insulto al buen gusto). En fin, continúo: lo más divertido del verano, ya que a la playa-playa (me resisto a contar la piscina de la Picada como una playa), no íbamos jamás, era tirar una frazada en el piso y pasar la siesta ahí, jugando con lo que hubiese a mano o leyendo revistas. Stefani también jugaba ahí, con la supervisión de mamá, claro, no sea cosa que se fuese de lado, se diese un golpe contra un mueble en el marote y quedase peor. El caso es que de una tarde de esas quedó una grabación hecha en el Hitachi de la que sólo recuerdo esto: “No te sentes en el felo, Leio”. Muestra de la vocación botoneril y alcahueta de la chiquita, siempre mandando al frente al hermano. Escribo esto y recuerdo mis ganas contenidas (no siempre, o sea, no siempre contenidas) de ahorcarla. Pero la culpa no era de ella, en realidad, era de mi madre, que hacía (y hace, no nos engañemos), de las normas domésticas una especie de código marcial inviolable. En ese marco, la actividad del buchonaje rendía sus frutos, cualquier información delatora de mi hermana derivaba en un reto hacia mí. Y justo coincidió ese tiempo con un período en el que yo tuve mucha mala suerte, andaba distraído o simplemente estúpido, no sé, pero me llevaba cosas por delante, rompía championes, quemaba cosas, todo mal. Creo que por entonces mis viejos deben haber pensado qué iban a hacer conmigo, mientras yo pensaba cuándo me iban a dejar de pasar tantas desgracias. Cuento dos, para que usted vea que no es joda: invierno, por causas que desconozco, estaba solo en casa; me puse mirar la tele (¿la Goldstar?), ubicada en el centro del corredor, ahora ya dividido en dos por una pared (la tele iba en una mesita, en el hueco destinado para la puerta); estoy de espaldas a una salamandra (cada tanto la abría, le tiraba dos o tres astillas, las veía arder y volvía a la tele); el caso es que estoy sentado en una de esas típicas “banquetas” o “reposeras”, no sé si roja o celeste, formadas por tiras de plástico, o algo así, que van y vienen por la estructura de caño; y todo eso es sintético, y lo sintético es inflamable, no es que yo no supiera eso, lo había estudiado en el liceo, todas esas cosas derivan del petróleo, bla, bla, pero ya dije que yo andaba en babia, y cuando quise acordar casi me caigo de espaldas, porque el respaldo de la reposera había desaparecido, devorado por el calor de la salamandra, sin que yo llegase a percatarme de nada; no sé qué pasó después, de qué magnitud fue el castigo ni nada, pero evidentemente yo era un tarado. Segunda y última, ya más grande, papá se compra un ciclomotor, una Zanella Due roja, usada, y me la presta para que salga a dar una vuelta; al fin, moto, brum, brum, tres cuadras y patino en pedregullo, no me caigo del todo, logro poner un pie en el suelo y aguantar la moto, pero el golpe es suficiente para que el apoya-pie se salga (estaba sostenido por un hilo, a mí que no me jodan); así que bien, hice lo único que podía hacer: desesperarme; paré la moto y agarré el podrido apoya-pie (una especie de guampa metálica terminada en dos puntas de goma), y como estaba cerca de lo del “tata” fui hasta allí y le expliqué la situación, creo que me dijo algo así como “pero qué vejiga” o algo, y fuimos hasta el taller de un tipo que soldaba cosas (si me preguntás, ese era el oficio del tipo, soldaba cosas, agarraba fierros y los unía, chau), y puso la moto patas arriba y listo, mientras lo hacía dijo que el caño estaba podrido y que eso se iba a caer de nuevo en cualquier momento, pero a mí no me importaba, que se le cayera mientras anduviese mi padre, no a mí, yo no quería saber más nada con la Zanellita. Así que ahí tiene, lo mío era mala suerte.

Ya sé, ya sé, volvamos al tema de mi hermana. Creo que por entonces yo ya le empezaba a tomar cariño. No digamos amor, no exageremos, ella estaba en casa y por lo que se veía iba a seguir ahí, a menos que mis viejos decidieran venderla, o algo. No hubiese estado mal, plata siempre nos hizo falta. Por esa época mi madre tuvo que salir a trabajar, creo que cuidaba a una señora, o algo (ese “algo” puede malinterpretarse, dejemos el asunto en que cuidaba a una señora y punto). Como supuestamente yo ya era grande, podía hacerme cargo algunas horas de mi hermana. Lo que sé es que le hacía la leche y la ponía delante de la tele a mirar dibujitos de Peter Pan en Canal 4. No estaban tan mal esas tardes. Si yo fuese un melancólico (y lo soy, no lo dude nadie), querría vivir de nuevo algunas de esas tardes tranquilas sin más responsabilidad que cuidar que mi hermanita siguiese respirando.

Lo otro que hacía con mi hermana era llevarla a la plaza. Eso estaba bien, yo nunca había sido el más alto de mi clase, ni había sido un líder de opinión ni nada, pero ahora, ante una niñita que del mundo conocía poco y nada, yo mandaba. Allí aprendí que el conocimiento es poder. Ejemplo: yo sabía que las raíces gordas y retorcidas de los árboles que están frente a los apartamentos de Canaro no eran, en realidad, los tentáculos petrificados de monstruos subterráneos a la espera de emerger y dominar la tierra. Yo lo sabía. Ella no. Entonces, utilizando el sencillo nombre de “los árboles-cuco” (a la mente infantil hay que llegar por caminos directos y brutales), yo ejercía una coacción sumamente útil: “vos tal cosa o los árboles-cuco”. Sencillísimo. Tendría que ver usted la expresión de auténtico terror que se le dibujaba en la cara a esa niña simplemente por pasar cerca de esos pobres pinos. Claro que eso no iba a durar siempre, así que luego de generado el temor pensé que lo mejor era mostrarle que no había nada allí a lo que tenerle miedo. Eso, supongo, era compartir un poco el conocimiento. Después de que lo entendió ya se paseaba por entre las raíces y hasta les hablaba a los árboles, y yo la hacía colgarse de una rama horizontal y amenazaba con dejarla allí hasta que ya no soportase más y tuviese que soltarse. Un tiempo más tarde, con dos amigos a los que ya no veo, pasábamos horas trepados en esos árboles, a cinco metros sobre el nivel del suelo, como monos, hablando de estupideces que en ese entonces tenían todo el sentido del mundo. Era simple, si yo no estaba en casa, ni en la casa de alguno de ellos dos, ni en las maquinitas de calle Ciganda, estaba en el árbol. Eso fue antes de que la plaza se convirtiera en el fumadero oficial de marihuana del barrio.

Cuando Stefani (o Stefi, o Stefa, o Tefita), empezó a ir a la escuela, yo ya me di cuenta de que no era tan parecida a mí en algunas cosas. Era más sociable y tenía menos complejos. Siempre supuse que algo tendría que ver yo en ese asunto, es decir, la ecuación se completa diferente si hay un hermano mayor en la casa a que si no lo hay. Yo no tuve hermano u hermana mayor, y eso, entre otras cosas, me había hecho bastante solitario (tenía primos, sí, pero no es lo mismo); en cambio a Stefani nunca la vi como a una persona solitaria. Eso es bueno. Ya bastante soledad hay en el mundo como para que uno salga a buscarla, como para que uno pretenda aislarse con la idea de que no necesita a los demás, de que es autosuficiente y esas paparruchadas que tienen más que ver con el Self Made Man norteamericano que con la vida.

Respecto al estudio, bien, según recuerdo nunca tuvo problemas en la escuela, ni en el liceo. Nunca tampoco le preocupó ser brillante, pero me pregunto hasta dónde debe ser eso una preocupación. En casa siempre ha existido el mito de que yo soy brillante. Bueno, vamos… también existe el mito del monstruo del Lago Ness, del abominable hombre de las nieves, de que Elvis está vivo y de que en realidad el hombre no llegó a la luna. Eso de que yo soy un bocho y Stefani es estudiosa es una forma de desmerecerla a ella, y de desmerecerme a mí, porque evidentemente ella es inteligente, y evidentemente yo necesito estudiar para avanzar en lo que sea que hago.

Luego vienen etapas de mi vida que me mantuvieron tan concentrado en mí mismo, en lo que yo quería, deseaba, necesitaba, que me es difícil dirigir una mirada al entorno de ese tiempo y decir algo que pueda tener verdad. No sé. Yo tenía trabajo, amigos y novia. Había un mundo allí afuera y yo estaba continuamente aprendiendo a moverme bajo circunstancias diferentes. Tanta preocupación me dejaba ciego para todo lo demás. Mi hermana esta en la órbita de mi mundo, presente, claro, pero no del todo. Espero que sea algo normal, que todos a esa edad seamos así de egoístas, de otro modo habré sido particularmente idiota. Cómo será, lo que más recuerdo de esa época en relación a Stefani es jugar al Harry Potter en la computadora y al GT Racing, compitiendo por ver quién lograba el mejor tiempo en la pista de Brasil, siempre difícil (ah, sí, nadie puede negar que colaboré en todo lo que pude con la educación de mi hermana).

Como uno no suele estar realmente consciente todo el tiempo, le parece que las cosas pasan más rápido, de que se transforman de un momento a otro, y no, eso no es cierto, las cosas suelen pasar de un estado a otro con suma lentitud, como una infinita cadena de causas y efectos. El problema es que ignoramos la cadena, nos centramos en cómo era una persona hace un año y en cómo es ahora: vaya cambio, decimos, pero no nos percatamos de que es un cambio lógico si se tienen en cuenta todas las experiencias que esa persona vivió en ese año. Eso me pasó con Stefani, creo que un día la miré y me pareció una persona extraña, todavía niña en una cantidad de aspectos, pero ya mujer en otros muchos, sobre todo en el carácter, en la seguridad aplomada (y aparente a veces, porque es evidente de que suele fingir ser más segura de lo que es).

Cuando cumplió diecinueve tenía miedo. El miedo es normal, cualquier punto que te obliga a levantar la cabeza y mirar hacia adelante te provoca miedo, porque ¿qué hay adelante? Futuro, y el futuro no es más que niebla, y detrás de la niebla está lo que uno va a tratar de hacer con el tiempo que tiene. El miedo viene de la duda de no ser capaz de hacer con ese tiempo algo que valga la pena. Así que cuando cumplió diecinueve, cuando se quedó de puntillas, tambaleando al borde, a punto de entrar en la tercera década de su vida, yo le dije que no se preocupase demasiado, que no fijase para sí planes tan rígidos para lo que iba a ser su vida de ahí en más. Las vidas no tienen planes de ruta, no son excursiones ni carreras de rally (aunque tener un buen copiloto nunca viene mal), uno va, planea cosas, trata de hacer lo mejor que puede en cada momento, y a veces lleva el control del timón y a veces no, a veces hay otras fuerzas que lo arrastran, y no hay que desesperarse, porque eso es normal, eso pasa. Tampoco hay que prestar demasiada atención a lo que los demás pretenden de uno, hay que escuchar, claro, a los que nos quieren, pero al final siempre es uno el que vive con las consecuencias de sus decisiones y actos.

Todo esto no hace que el miedo disminuya, eso es claro, pero bueno, si el mundo entero tiembla al final de cada siglo, al final de cada milenio, si siempre aparecen voces de alarma que anuncian el fin, el fin total, ¿no tiene derecho un alma pequeñita, encerrada en una jaula de costillas, a temer? Claro que sí, siempre hay derecho a temblar, a dudar, de pie ante el mar que parece helado; a lo que no se tiene derecho es a quedarse ahí, a acobardarse y retroceder, a lo que nadie tiene derecho es a no zambullirse en el agua después de una carrera de cuatro o cinco pasos para descubrir que no estaba tan fría después de todo. Nadie debería darse el lujo de no tomar riesgos. ¿Para qué te sacaron de adentro de tu madre, para qué lloraste cuando la luz te venció los ojos, para qué, sino para tomar riesgos, a pesar del miedo que te de?

Creo que eso fue lo que le dije más o menos cuando cumplió diecinueve. No le dije que iba a lograr todo lo que quisiera. Yo no sé eso. Siempre se puede fracasar, no es que sea pesimista, pero sé que una de las posibilidades es esa. Hay que vivir sabiendo eso, que no todo va a ser siempre un jardín de rosas, así que no podía mentirle entonces, decirle “vas a lograr lo que te propongas”. Para decir eso hay que ser un ingenuo. Mejor es decir “quiero, con todo el corazón, que logres todo lo que te propongas”, y todavía mejor es decirle “quiero que lo que te propongas valga la pena”, porque hay metas que lo mejor es no alcanzarlas.

En fin, todo eso se lo dije cuando cumplió diecinueve, por aquel entonces yo tenía veintiocho todavía, y estaba íntimamente solo, rodeado de gente que me quería, pero cansado, como un animal que se ha quedado varado en el borde de una inundación y trata, una y otra vez, de liberar las patas del barro, así estaba yo y todos los días eran un intento nuevo de levantar la cabeza y mirar la niebla del futuro, así que en algún sentido sabía de lo que hablaba. Ella y yo estábamos cada uno en una frontera, y lo que yo ya había visto podía ayudarla en algo, creía. Aunque ahora que usted me pregunta esto y yo repaso lo que le dije a Stefani esa vez, supongo que todo podría haberse resumido en un enunciado. Y ese… ese me lo guardo.

(Nota: escribí este texto el 23 de setiembre de 2007, dos días antes del cumpleaños número diecinueve de mi hermana).

El último partido

fobal

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La pierna de mi padre se quebró por la rodilla, como una vara flexible que alcanza su máximo punto de tensión y durante un largo fragmento de segundo busca en sí misma el lugar por el cual habrá de romperse, la parte que habrá de sacrificar. Y esto pasó por lo mismo que estas cosas pasan siempre, cuando repentinamente a un brazo o a una pierna se les pide que hagan algo que no pueden hacer sin dejar de ser lo que son, cuando la situación exige algo más de lo que un brazo normal o una pierna normal puede alcanzar. Así que yo, que era un niño, vi la tierra levantándose por el tropel de las carreras, como una niebla de media tarde, y en el exacto centro de la cancha cayó la pelota y a un lado había un hombre y al otro estaba mi padre y ambos quisieron la pelota y fueron por ella, entonces, la nube de polvo que los envolvía se arremolinó para que yo no pudiera ver el instante crucial en que el fútbol se retiraba de la vida de mi padre, silenciosamente, sin el bullicio de una tribuna que aplaude de pie, que da vivas al viejo héroe, sin el papel picado que se obstina en no caer, sin nada de eso, apenas con un crac y a otra cosa.

Esto pasó un domingo, supongo, porque todos los jugadores de aquella tarde eran otra cosa durante la semana, eran mecánicos y verduleros, trabajaban en el molino cargando bolsas de harina o en el frigorífico cargando vacas, y porque hay cosas que sólo pueden pasar un domingo.

De la cancha no hay mucho para decir, salvo que el pasto se había retirado de ella hacía ya mucho tiempo, apenas quedaban rastros de él en los bordes y en las esquinas. Ah, también tengo que mencionar que la cancha estaba en bajada, o en subida, según uno fuera o viniera hacia el arco del arroyo (porque unos metros más atrás del arco del sur corría un hilo de agua oscura al que todos le decían arroyo aunque a mí me pareciera que acababa de salir de un caño poco confiable). El desnivel era un factor fundamental a la hora del sorteo. Puedo afirmar que ningún capitán que estuviera en su sano juicio eligió nunca (jamás de los jamases), el saque. Siempre se elegía la cancha. “La de abajo”, decía el capitán ganador. “Más bien”, decía el infeliz al que le había tocado hacer de juez. Y es que todos querían jugar el segundo tiempo, cuando el cuerpo ya empezaba a quejarse, con la cancha a favor, la pelota rodando solita hacia el arco enemigo. Aquella tarde, el cuadro de mi padre perdió el sorteo, y si yo hubiera creído que en la vida hay una trama oculta y que, como en las novelas, hay cosas que pasan para que después puedan pasar otras, habría visto en aquella moneda la señal de que algo malo se venía. Pero no, para mí hay cosas que pasan porque sí y darle más vueltas ya es de locos o de gente con poca ocupación.

¿Jugaron con camisetas? No me acuerdo. Creo que no, si eran todos una manga de rejuntados. Cada uno se debe haber puesto su camiseta de mil batallas. Entonces hay una especie de relámpago en mi cabeza y me acuerdo de una remera de Bella Vista, vieja, viejísima, de tela corriente (el satinado es cosa de tiempos más nuevos) y un “3” en la espalda, bordado a mano con hilo azul con tanto cuidado que uno se ve en la obligación de imaginar que eso sólo pudo ser obra de una madre cuidadosa. ¡Las cosas que uno recuerda…! A ver, exprimamos la cabeza, hagamos que el cerebro se gane su salario, maldito sindicalista…: mi padre jugaba en un equipo que ya no existe, se llamaba El Gráfico (supongo que el nombre viene de la célebre revista deportiva porteña), y la camiseta de ese equipo era blanca con finas rayas rojas. Cuenta la leyenda que un día mi madre fue a verlo jugar, cosa que no pasaba mucho, y justo mi padre hizo un gol de cabeza, cosa que no pasaba casi nunca, pero mi madre estaba distraída en otra cosa y se lo perdió, así que recién se dio cuenta cuando, después del griterío (de los veinte o treinta locos que iban a ver a El Gráfico), uno gritó: “¡Bien, Cabrera, viejo y peludo nomás…!” (apunto: mi padre no era tan viejo pero sí era bastante peludo). Y es que si “el Sergio” hacía un gol, era cosa de asombro, porque él entraba a la cancha para otra cosa, básicamente para ordenar el mediocampo, dar certeras patadas a los forwards y midfielders rivales, y protestar con jueces y líneas acerca de sus fallidos fallos y exageradas sanciones (no fue pa tanto, che, ¿o estamo jugando a las muñecas?). Y la cancha de El Gráfico quedaba al final de la calle Río Branco, casi cayéndose de la ciudad, y parecía que durante toda la semana la usaban para pastorear vacas y ovejas, porque la verdad que siempre era un fangal.

Antes de eso, mi padre (rabioso hincha carbonero) jugó en Nacional, y antes en Treinta y Tres, y antes en el extinto y mítico Milán. Todos estos equipos habitaban con mayor o menor éxito, la divisional B, y si subían a la A la alegría duraba un año, porque el retorno a la B era inexorable, casi una cuestión regida por la nostalgia.

Yo podría tomar mi libretita y sentarme una tarde de sábado con mi padre para que me aclare la cronología de todo esto que cuento ahora, para que me ajuste los detalles, pero ¿qué sentido tiene eso? ¿No es mejor, mucho mejor, dejar que los recuerdos sean como una versión desajustada e incierta del pasado? ¿Para qué pretender una exactitud que en realidad es inalcanzable? Yo mejor me quedo con este puñado disperso de ideas probablemente erróneas. Así que ahora me veo recortando largas tiras de las páginas de viejas revistas Radiolandia y llenando bolsas con el picadillo resultante, para hacer que el viernes de noche llueva papel sobre la cancha de fútbol de salón del club San Lorenzo, cuando al fin aparezca en escena La verdolaga, el imbatible equipo en el que mi padre despuntaba el vicio de la pelota.

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De chico no me gustaba el fútbol. Mientras mi padre miraba el mundial del 86 en la vieja tele blanco y negro 14’’ Fair Mate, yo estaba en mi cuarto dibujando al Llanero Solitario y al Hombre Araña. Y es que una vez vi cómo le pegaban un tremendo pelotazo en la cara a un niño más o menos de mi edad. El niño cayó como podrido y con la mitad de la cara roja igual que un tomate. A mí aquello me pareció la cosa más brutal y el trauma tardó mucho en diluirse. Así que cuando en la escuela se armaban picaditos yo siempre ponía excusas y me quedaba a un costado, admirando a los que sí se atrevían. Recuerdo, en especial, a Juan Manuel, un muchacho alto, flaco y pálido, que jugaba con mucha elegancia, porque parecía hacerlo a una velocidad distinta del resto, como si viniera del futuro y supiera todo lo que iba a pasar un instante antes de que pasara. Juan Manuel era mi mejor amigo. Me daba pena no poder compartir eso con él, pero yo tenía demasiado miedo de que me dieran un taponazo en plena jeta. Sí… era un cagón. No sé cómo fue que se me pasó, creo que entendí la necesidad cultural que un niño uruguayo tiene de saber jugar al fútbol. Porque el fútbol es un factor de socialización, de cohesión. Nada más integrador que ir a una plaza de deportes y decir: “Hey, ¿falta uno?”, y adentro. Pero para eso hay que tener una mínima confianza en las habilidades propias, y si llegaste a los ocho o nueve años sin tocar una pelota, no hay tiempo que perder. Así que mi meta secreta era volverme un buen jugador. No un genio, no un habilidoso, nadie deslumbrante, lisa y llanamente un buen jugador. Así que me miraba todos los programas que pasaban en Canal 5 (creo), donde algunos jugadores enseñaban los fundamentos, y después salía a la vereda a practicarlos con una pelotita de tenis (el arco era el zaguán de mi tía, el golero era Pablo, mi primo). Recuerdo que Pelé me enseñó que para cabecear había que hacerlo con los ojos abiertos, y pegarle a la pelota con la frente, no dejar que la pelota te pegara a vos, porque ahí sí te iba a doler. No tener miedo. Ese era todo el secreto.

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Escribo todo esto porque se viene el partido en Minas, el sábado 25 de julio a las 11 de la mañana en “Espacio 5” (y porque me quedó sonando en la cabeza la idea que Ignacio propuso en su blog). La previa del encuentro ha sido tan larga que todos los participantes han tenido tiempo de parlotear. Unos han cacareado buscando amilanar a los rivales; otros han advertido acerca de su torpeza, seguramente para buscar que los subestimen; algunos se han quejado de antemano de los dolores que sufrirán luego del partido; y todo esto ha sido muy gracioso y emocionante. Uno de los tópicos de la charla ha sido este: ¿existe una relación entre el estilo de juego de un hombre dentro de una cancha de fútbol y su creación literaria? Yo creo que sí, estoy convencido de que así es, de que uno siempre es todo lo que es, pero puedo ir todavía más lejos, porque coincido con aquello que dijo Camus: “Porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

El fútbol, como todo juego, al fin y al cabo, es una réplica parcial de la vida, una dramatización, una puesta en escena. En ese juego siempre se cuenta una historia, todo partido comienza y termina, y en medio pasan cosas, y esas cosas le pasan a los hombres que por un momento son, además de hombres, jugadores. Entonces, lo que un hombre haga dentro de una cancha de fútbol es también un reflejo fiel de lo que hace en la vida: dar un codazo traicionero o una patada alevosa, ceder un gol cantado a un compañero que está mejor ubicado, aplaudir una buena jugada de un rival, buscar ventajas ilegítimas, mentir, simular un golpe, admitir que no fue penal y tirarla afuera. Cada jugada de un partido exige decisiones, y no hay nada mejor para conocer a un hombre que verlo en el momento de tomar decisiones, aunque sean tan aparentemente pueriles como elegir entre salir jugando o reventarla de un dedazo.

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La rodilla de mi padre se quebró cuando él tenía unos pocos años más de los que yo tengo ahora. Ese fue, que yo lo recuerde, su último partido. Después de eso lo vi alguna vez tocar una pelota, pero siempre como con miedo, y ya dije que con miedo no se puede jugar al fútbol, pero es claro que si uno tiene que elegir entre correr atrás de una pelota por puro placer o guardar sus piernas para trabajar y mantener una casa y una familia, no hay mucho para discutir…

Lo que quiero decir es una obviedad: que uno nunca sabe cuándo va a ser su último partido. En rigor, uno nunca sabe nada, y aunque nos pasamos tratando de adivinar qué se trae entre manos el futuro, la verdad es que no tiene mucho sentido hacer eso. Lo que queda es el partido que estamos jugando ahora, y aunque vayamos abajo en el marcador, se puede dar vuelta, hasta que no pite el infeliz al que le tocó hacer de juez hay tiempo.

Fosforescencia

via lactea
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Muchos años, ¿cuántos años?, ¿veinte años?, dormí en una cama que había sido de mi padre. Era una buena cama. Una buena y noble cama. Todavía vive. Todavía viviría si los muebles vivieran. Así que todavía existe, digamos. Voy a la casa de mis padres y la veo. Está siempre cubierta de cosas, cosas que no son mi cuerpo, que no hunden el colchón hasta las tablas. No está mi espalda allí para sentir las tablas de la parrilla ni está mi brazo bajo la almohada sosteniendo mi cabeza dormida, ni hay una historieta bajo la cama o una manzana a medio comer en el mueble oscuro junto a la cabecera. Pero allí estuvimos, mi espalda, mi brazo y yo, y supongo que eso alcanza.

Alguna vez alguien lijó la madera que luego iba a ser esa cama. Esas mismas manos, talvez, le dieron barniz. De esto hace tanto que ese carpintero ha de haber muerto ya. Vaya para él mi tonta gratitud, mi sensiblera gratitud, me pongo así en las noches invernales. Discúlpeme, espíritu del carpintero, si lo avergüenzo ante sus compañeros fantasmas con esta declaración infantil, con este retorno anacrónico al reino de los diez años, de los doce años. Ya me voy, ya regreso al presente de los treinta y toda la vida esperando en la puerta, impacientándose. Pero antes, si me permite, y espero que sí me permita, déjeme recordar qué figuritas había pegadas en la cabecera de mi cama. Monstruos raros. Feos, horripilantes, con muchos ojos o con sólo un ojo, verdes y violetas y azules, con mocos y cuernos y dientes y pinchos. Monstruos que daban más asco que miedo, más náuseas que escalofríos. Y estaba El Chavo del Ocho, aquel niño eterno, Peter Pan sin licencia de vuelo, que nos hacía acordar, cada tarde, lo suertudos que éramos todos los que teníamos padre y madre y casa en vez de barril. Imposible no mencionar que una vez yo estaba en el comedor municipal (que queda, todavía, a tres cuadras de mi casa de la infancia), y ya habíamos hecho toda la fila con mi madre y ya teníamos nuestras bandejas de acero inoxidable y los platos con la polenta y el pan y la banana o la naranja, cuando nos sentamos en una de las largas, largas mesas. Aquello era como una familia descomunal, una familia accidental, formada por gente que no hablaba demasiado, lo justo, lo imprescindible. Se pasaba un buen rato haciendo la fila afuera y no era cuestión de andar con chácharas innecesarias una vez adentro. Había mucha prisa por tragar e irse. Entonces levanté la vista de la bandeja y vi a un niño que se parecía mucho a mi primo Mauricio. Pero a la vez que se parecía, no se parecía. Era y no era. Mi primo Mauricio es dos años mayor que yo y durante toda mi infancia fue una especie de héroe para mí, el niño que yo querría haber sido, de haber podido. Pero este otro niño, que se le parecía en algo, tenía como una sombra en la cara, como si sus ojos fueran pelotas de vidrio y alguien se los hubiese empañado con el aliento. Eso le hace la tristeza a la gente, creo yo. Bajé la vista a la bandeja pero ya no me olvidé de la cara del niño. Creo que me puse a pensar que, aunque evidentemente yo nunca iba a poder ser Mauricio, por lo menos tampoco era ese otro niño triste y flaco y pálido. Entonces, ya no sé si esa noche o dos días después o un mes después, me puse a llorar y abracé a mi madre, que me preguntaba que qué me pasaba, y yo le dije que era malo, que lloraba porque era malo. Ella dijo que no, pero eso es lo que tiene que decir una buena madre. Yo ya sabía la verdad. La figurita del Chavo, que todavía debe seguir pegada en el respaldo de mi vieja cama, está para siempre unida a ese recuerdo. Es como el mikado. El juego de los palitos chinos. Es imposible sacar el palito del Chavo sin mover el del niño de los ojos empañados. No se puede. Pero ahora voy a lo que vine: las estrellas.

2

En aquella época, en cualquier kiosco te vendían unos pegotines o calcomanías (mucho tiempo después comenzamos a decirle stickers, si seremos vejigas, aunque la alienación es un asunto diferente), que parecían la cosa más sonsa del mundo. Eran estrellitas y cometas y planetas parecidos a Saturno. Vistos a la luz del día no tenían nada de asombroso, unos pedacitos de papel amarillo, apenas. Pero, y acá viene la magia, esos pedacitos de papel brillaban en la oscuridad de la noche. Como lo oyen. ¡Ah! ¡Mi emoción…! ¿Se imaginan mi emoción? Mi sueño era acostarme boca arriba en un lugar sin techo y memorizarme las constelaciones. No todas a la vez. Eso era obvio que no se podía a menos que uno fuera medio genio o superdotado. Pero de a pocas sí, de a puñados. Y entonces, si mi cuarto hubiese tenido un techo más bajo, yo habría pegado una por una todas las estrellas en su posición adecuada, de modo que al apagar la luz, ¡voila!, un cielo nocturno siempre despejado sobre mi cama. Pero no se podía. Ya he hablado del techo de mi cuarto, un mamotreto de tirantes y ladrillos, a una distancia tan grande del suelo que cuando mi madre quería sacar las telas de araña de los rincones tenía que atar dos o tres escobillones para construir un dispositivo que rozaba lo inverosímil. Era todo un acontecimiento. Así que el proyecto nunca pasó de ser un deseo irrealizable. Las pocas estrellas que conseguí las pegué por ahí, distribuidas en puertas, muebles y paredes. No era lo mismo, pero era algo. Nunca me puse a investigar a fondo el principio de la física que hacía posible que esas estrellas falsas brillaran, así que me extrañaba que ciertas noches su luz fuera más fuerte y clara que otras. No entendía a qué se debía esa variación del fulgor. Voy a decirlo: todavía no sé cómo funcionan esas cosas que brillan en la oscuridad. Lo sospecho, pero no puedo asegurarlo. Y mi sospecha de hoy es la misma que tenía a los nueve o diez años, supongo que la parte de mi cerebro que se encarga de ese tipo de cosas se quedó estancada, y digo esto porque he decidido creer que el resto de mi cerebro sí avanzó, porque en algo hay que creer. Así que yo pensaba -y pienso- que de algún modo mis estrellas estaban todo el día tratando de juntar la luz que me iban a dar de noche. Eso era complicado para ellas. Mi cuarto era mediterráneo, es decir, sin aberturas al mundo exterior. Apenas tres puertas que comunicaban a otras tres habitaciones. De modo que en el único momento del día en que las estrellas podían abastecerse de luz era cuando mi madre andaba por allí, limpiando, o cuando yo llegaba de noche y encendía la lámpara del escritorio, para ponerme a leer o a “hacer los deberes” -se les cambió el nombre por “tarea domiciliaria” en una época más cercana y menos fascista-. Yo me demoraba mucho más de lo necesario con la lámpara encendida para que las estrellas brillaran más cuando al final me fuese a la cama. Eran tiempos en los que no se jodía tanto con el tema del ahorro energético y un niño podía disfrutar de estos íntimos y sutiles placeres.

3

Escribo esto durante la que probablemente sea la noche más fría en lo que va del año. Déjenme ver qué temperatura indica la televisión: Canal 5 dice que hay 4ºC, Canal 12 dice que hay 2ºC. ¿Le creemos al Estado o al capital privado? ¿Son la misma cosa? Eterno dilema. Sigamos. Acabo de llegar en bicicleta desde el otro lado de la ciudad. Es una ciudad pequeña. Entre la casa de mi amigo Pedro y la mía no han de haber más de 4 o 5 kilómetros, o sea, 20 minutos de pedaleo. Pasar por sobre el arroyo, no una sino dos veces, no es changa. La bruma vence todo abrigo y te abraza, cariñosa y gélida, una novia indecisa.

Soy amigo de Pedro desde hace 6 años. He conocido sus últimas cuatro casas. Sería imposible contabilizar las horas de charla, los libros mencionados, los cigarros que se ha fumado mientras charlamos y las veces que me ha ofrecido mate cuando bien sabe que yo no tomo mate (Pedro: sólo he tomado dos mates en mi vida, uno cuando era niño, obligado por mi padre o mi madre; el otro, en la Quinta del Horno, de tu mano, el mate más amargo de la historia del mundo occidental). Han sido muchas horas, tantas que si las pusiéramos unas junto a otras formarían días o semanas enteras. Pero no hace falta. Es una acumulación que no necesita ser medida, alcanza con sospechar que todo eso es una historia, y quizá, hasta una mitología. Con eso alcanza. Con eso y con saber que si esas horas no estuvieran ahí donde están, esta vida sería distinta, un poco más pobre y peor, un poco menos rica y menos digna de llamarse así.

Y así como hace rato le tuve que pedir disculpas al probable espíritu del carpintero de la cama de mi padre, ahora le voy a pedir disculpas a los improbables lectores que hayan llegado a este punto. Abandonen acá. Si a pesar de mi advertencia, continúan leyendo, no quiero quejas. Es más, no quiero comentario alguno, y si los dejan los borro. ¡No dejen comentarios! Espero haber sido claro.

Hace un año y un mes, más o menos, tengo otro motivo para visitar a Pedro y Alejandra. Es un motivo que crece demasiado rápido, tanto que he tenido que proponerme pasar a verlo una vez cada siete días porque de lo contrario mi asombro ante su crecimiento es demasiado grande. Ese motivo es Santiago, un niño que parece haberse tragado un pedacito de sol y hace que todo a su alrededor sea mejor de lo que es, porque si te abraza o si se ríe es imposible que no sientas que te está iluminando, y que toda esa luz que te da va a seguir brillando en vos cuando al final llegue la oscuridad. Soy, entonces, un pedacito de papel fosforescente.

Aniversario

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1

“Mañana hace treinta y un años”, dijo mi madre. Yo ya estaba yéndome. Volví. Repetía la palabra “abril” en mi cabeza para tratar de recordar, justo cuando mi padre dijo: “No, mañana no… el miércoles hace”. Siempre es igual, mamá dice algo y papá la corrige. A veces, si la corrección está mal, entonces mi padre se queda con cara de ofendido, tratando de disimular la vergüenza que le da haberse querido pasar de sabelotodo. Pero esta vez tenía razón. “¿No es quince mañana?”, insistió mi madre. “No”, dijo papá de nuevo, muy aplomado, “quince es el miércoles”. Para entonces yo ya tenía todo claro: quince de abril, treinta y un años. “El miércoles, entonces”, dijo mi madre de nuevo, “treinta y un años”.

2

El domingo que cerraba la semana de pascuas languidecía en tonos de azul, amarillo y verde, como la aleta dorsal de un pez del caribe, así de sutil flameaba. En lugar de hacer el camino de siempre hasta mi casa, elegí la avenida al oeste, de cara al atardecer, luego tomé la ruta bordeada de palmeras hacia el norte un par de kilómetros. Pedaleaba sin fuerza, mientras pensaba en esto. Yo entro perfectamente en esos treinta y un años, es como una manta que puede cubrirme la cabeza y los pies sin dejar nada de mí afuera. En casa se quedaron mis padres de ahora, frente a la televisión. Yo pienso en mis otros padres, aquellos de hace tiempo. Mi madre era pequeñita y delgada. Tenía el pelo negro y lacio, muy suave, peinado siempre hasta la cintura, pocas veces recogido en una cola, aunque por la noche se hacía unos torniquetes horripilantes. Sus ojos también eran negros y había en ella algo que recordaba a una niña, ya no por la escasa estatura, sino, quizá, por la ternura, por cierta ingenua inocencia que flotaba junto a ella igual que un aroma limpio sube en el aire de un jardín bien cuidado. Es inevitable pensar en el pasado sin pensar en una fotografía que sirva de atajo, de pasadizo. Pienso en un cumpleaños. No sé si es mi primer cumpleaños. Mi madre me sostiene apoyando todo mi peso en su cadera izquierda. Sujeta mis piernas con sus brazos y yo tengo las manos libres, regordetas. En la cabeza me han puesto una especie de corona de cartón con picos. Al parecer usé esa coronita durante todo el cumpleaños porque puedo recordar muchas otras fotos en las que estoy con ella. Soy grande y pesado. Tengo las mejillas gordas y coloradas. Mi madre ha de estar haciendo un gran esfuerzo por sostenerme pero ese esfuerzo no se vislumbra en su cara, allí no hay ni rastro de él, como si yo no tuviera peso para ella. Mi madre sonríe -la sonrisa de mi madre siempre es un poco triste- y el pelo le cuelga. Yo estoy un poco asombrado, un poco absorto. Detrás de nosotros hay un viejo mueble, un cristalero lleno de vasos y copas labradas, y una cortina a cuadros -cierro los ojos y puedo ver el diseño exacto-, cuadros verdes, rojos, amarillos y líneas negras. No sé qué habrá sido de esa cortina. Era como de lona. No importa. Vuelvo a la cara de niña de mi madre. Me imagino a esa niña ante las posibilidades de la vida. Cinco puertas, como en el famoso programa del mediodía. ¿Qué elige la pareja? ¿Qué elige? ¿Está segura, señora, de la elección de su marido? ¿Y usted, señor, no cree que mejor sería cambiar de puerta? Allí está la pareja, de pie ante el verdadero comienzo de su vida. Hasta ahora todo ha sido un juego más o menos en serio, una preparación para lo que vendría, aunque nadie supiese lo que vendría. “Nos quedamos con la primera puerta”, dice el hombre. El conductor insiste, pero ellos están seguros. Siempre hay muchas puertas disponibles, pero al final sólo hay una y cuando uno abre esa puerta las demás dejan de existir y uno llega aolvidarse de que existieron.

3

Ahora pienso en esos padres míos, esos padres niños de hace treinta y un años. Pienso en su miedo y pienso, también, en su soledad. Hay gente alrededor, pero de algún modo ellos están solos. Toda la ayuda, todos los consejos que se les ofrecen no pueden servirles de nada. No terminan de adaptarse a una situación, no acaban de afirmarse en el suelo bajo sus pies cuando ese suelo cambia. No importa si tienen cara de niños, a partir de ahora tendrán que ser hombre y tendrán que ser mujer. Y entonces veo una foto de mi padre. Tiene el pelo largo, bigote y los brazos cruzados sobre el pecho. La camiseta es blanca a finas rayas rojas. Detrás hay un cielo hecho de nubes grises y violetas. Mi padre me parece gigantesco. Recuerdo eso, que me parecía alguien inmenso. Corre por la cancha embarrada, se tira al piso, salta, empuja. No tiene miedo. No teme que le den un golpe en la cara. Creo firmemente que no existe valor más grande. A veces hace un gol de cabeza. Muy pocas veces, en realidad. Ese no parece ser su trabajo, él está allí más bien para dar patadas en las piernas de sus rivales, y a juzgar por las felicitaciones de sus compañeros, lo hace bien. Mi padre se hincha de orgullo. Claro que eso tiene sus riesgos. Una vez le pegan en la cara. Un codazo, creo. Le cortan la ceja. Sangra mucho. Ahí es cuando abandono toda intención de dedicarme alguna vez al fútbol. Pero él no. Deja la cancha de pasto y al rato se pone a jugar al fútbol de salón (¿los viernes o los sábados? Ha de haber sido los sábados, porque los viernes yo miraba a Los Magníficos). Me paso la semana recortando páginas de revistas y llenando las bolsas con el picadillo. El equipo tiene hinchada. Visten de verde. Me gustaba más el rojo y el blanco, pero soy adaptable. Me aprendo cantitos: “Tenemos un golero que es una maravilla, ataja los penates, etc, etc.”. No recuerdo si el golero en verdad era tan bueno o le cantábamos eso para que él se lo creyese. En fin, al equipo le va bien. Pero una vez, yo ya estaba más grande y mi padre me dijo que si quería ir con él a un partido. Fui. No era siquiera en una cancha, era en una plaza de deportes que tenía una cancha de tierra y dos arcos. Gente de barrio. Se ponían camisetas para diferenciarse (si mal no recuerdo, la del cuadro de mi padre se parecía a la de Huracán Buceo). Ahí nadie entrenaba ni nada, era un rejunte, un chiveo, como se dice. Había familiares de los jugadores y a mí me dejaba la sensación de que en cualquier momento se podía armar un lío de padre y señor nuestro. Por allá mi padre va y mete la pata, de los dos modos: literal y metafórico. Mete la pata en un tranque y le quiebran la rodilla. Un tipo alto, de barba. Me parece que era mecánico. Todavía lo veo y me dan ganas de putearlo. Ya iría siendo hora de que se me pasara la bronca. Creo que mi padre estuvo como cuarenta días con yeso y sin poder trabajar, no sé si fue en la época de algún Mundial, porque entonces ya habría dado para pensar que lo había hecho adrede, pero no me parece. Que yo recuerde, esa fue la última vez que mi padre tuvo veleidades de futbolista.

4

En casa todo era viejo, nunca teníamos “lo último”, de lo que fuera. Yo entendía todo de muy chico. No se me ocurría que tuviese que meter el dedo en la llaga. Una vez, los Reyes Magos me trajeron un helicóptero del Hombre Araña. Es hora de confesarlo, yo estaba como loco por el Hombre Araña. Lloraba de rabia si no conseguía dibujarlo idéntico. Nunca fui muy normal. Y aunque aquel obsequio -por otro lado, inverosímil, ¿alguien vio alguna vez al Hombre Araña pilotando un helicóptero?- era muy poca cosa si se lo comparaba con las bicicletas, los ataris y las pelotas que habían amanecido bajo los árboles, yo simplemente no lo comparaba, para mí fue un regalo tan valioso que hasta hoy lo recuerdo. Y así con todo. Yo miraba una serie de hombres lobo en la vieja tele Fair Mate blanco y negro de 14 pulgadas, y trataba de imaginarme de qué color era el pelaje de los lobizones y si había sangre por todos lados y cuán roja sería esa sangre, entonces, pero no recuerdo haberles pedido nunca que comprasen una tele a color. ¿Por qué? Porque para mí, mis padres no se podían equivocar. Yo no podía concebir que pudiesen errarle a algo. Entonces pensaba que si no teníamos televisor a color o un auto o una ducha de agua caliente era porque no se podía, no porque no quisieran, sino porque simplemente había algo que no los dejaba, y en eso estaban, tratando de que los dejaran. Así que ahora me acuerdo de algo que me contó mi madre hace poco, y lo dejo anotado acá para no olvidarme: había fiesta en la escuela y yo tenía que recitar unos versos. Andaba por toda la casa aprendiéndome los dichosos versitos, obligándolos a que me los preguntaran porque ya me los sabía. Mi madre decidió lavar mi único par de championes y lo puso secar al calor de la salamandra. Se distrajo y se le quemaron. Tragedia. Lloraba como si se le hubiera muerto alguien. Como si hubiera matado a alguien, en realidad. Ya era de noche y el acto en la escuela sería bien temprano, por la mañana. Mi padre salió corriendo a lo de un zapatero conocido. Ya había cerrado, pero como el hombre vivía detrás de su tienda, o algo así, al final abrió. Mi padre le explicó todo y acabó por pedirle un par de championes a fiado. Yo fui al acto y recité mis versitos. El zapatero estuvo parado puntualmente cada viernes -día de cobro- fuera del taller de chapa y pintura donde mi padre trabajaba por ese entonces, para abonar la cuota correspondiente, hasta que la deuda quedó saldada.
No sé si antes o después de esa historia de los championes, mi padre trabajaba en Montevideo, o tal vez ya había entrado al Frigorífico, así que mi madre y yo estábamos solos de noche. Se vino una tormenta descomunal. Cada vez que llovía mucho se cortaba la luz, así que andábamos por la casa como fantasmas, iluminados por el fulgor amarillo de las velas. Cuando yo estaba en la oscuridad, sosteniendo una vela y mi madre estaba en otra habitación haciendo algo, me ponía a pensar que detrás de mí estaba el diablo. Entonces hacía mucha fuerza por pensar en otra cosa, pero la certeza crecía cada vez más, imaginaba que en cualquier momento el diablo me iba a tocar el hombro y me daban unas ganas espantosas de salir corriendo. Mil veces me quemé con cera hirviendo o me di la cabeza contra los muebles por esos arranques de cobardía. Pero bueno, hay que volver a lo de la tormenta, aunque antes tengo que decir que la casa de mis padres es muy antigua, ha de tener más de cien años: ladrillos pegados con barro, chapas de dolmenit, paredes sin vigas, esas cosas. Bueno, la vieja cocina tenía una ventana que daba al sur. La noche de aquella tormenta el viento empezó a aullar como un lobo y mi madre, que siempre ha odiado el viento, la lluvia, los rayos y toda esa clase de fenómenos cataclísmicos, corría por la casa contribuyendo bien poco a mi tranquilidad, hay que decirlo. Y esto que sigue yo no lo sé contar bien. De pronto la ventana -dos hojas de madera maciza, vidrio y una cortina de hule- se cayó hacia dentro, entera, se soltó de la pared, y mi madre -que es pequeñita, ya lo dije- la sostuvo no sé con qué fuerza y la puso más o menos donde iba mientras me pedía que arrastrase la mesa hasta allí. La mesa de la cocina era gruesa y pesada, me imagino que había pertenecido a la panadería de mi abuelo. No sé si yo tendría cinco años. Mi madre tampoco lo recuerda. Sólo sé que estuve allí, empujando esa mesa contra la ventana mientras afuera el mundo se volvía diluvio y tempestad, y yo pensaba que lo único importante en ese momento era no soltar la mesa, no permitir que la ventana se volviese a caer, hasta que mi madre arrastró un mueble enorme, una especie de ropero que oficiaba de armario de cocina, y lo apoyó contra la ventana, formando así una especie de barricada para dejar al enemigo afuera, y el enemigo se tuvo que quedar allí toda la noche, a la intemperie, derrotado por un armario, una mesa, una madre y un hijo.

5

Escribo esto para dárselo a mis padres el miércoles. Será divertido ver cómo cada uno recuerda las cosas a su modo, recibir sus quejas acerca de mis olvidos o mis exageraciones. El verano, por ejemplo. Mi padre duerme la siesta porque ha llegado del trabajo hace poco rato. Mi madre me pide que no lo moleste. Duerme boca arriba, tirado en el piso del dormitorio sobre una manta ligera. Junto a la puerta hay un turboventilador que mueve el aire. La rejilla hace un ruido así: raca-raca-raca. Entro, sigiloso, y me tiro junto a él, en el piso. Leo historietas. Cada tanto hago algún ruido a propósito, toso o tamborileo con los dedos en el piso. Nada. Ni la más mínima reacción. Hay un calor de perros, la verdad. Me levanto y voy hasta la puerta de la cocina. Mi madre está lavando a mano -falta mucho para que tengamos lavadora- la ropa blanca manchada de sangre. Ella dice: “hoy tengo que lavar el equipo”, que es un pantalón, una casaca de manga corta y otra más gruesa, botas de goma, guantes, una cofia, y el juego de cuchillos. El bolso en el que mi padre lleva y trae todas esas cosas tiene un indeleble olor a grasa. Pues bien, mi madre lava el equipo mientras yo salgo a ver si hace tanto calor como parece. Pruebo con la lupa. Pongo a un indio al sol y le achicharro la cabeza en menos de diez segundos. Sí, hace un calor de perros, ya no hay duda. Vuelvo al cuarto. Mi padre se puso de costado, pero sigue roncando por debajo del bigote. Ni señas de que se vaya a levantar para llevarme al río, como prometió. Trato de seguir leyendo. El Hombre Araña. No me concentro. Si voy a la piscina que hay junto al río juego a ser Acuamán. En verano lo mejor es ser Acuamán. Afuera, la chicharra se queda afónica. Miro el techo, que está hecho de tirantes y ladrillos. Encima de todo, chapas de zinc; más abajo, ladrillos; debajo de los ladrillos, tirantes de madera sosteniendo todo lo demás. Los techos de las casas de mis amigos no son así. A veces tengo miedo de que un ladrillo se desprenda mientras estoy durmiendo y me rompa la cabeza. “Esa sí que sería una muerte boba”, pienso. No importa. Ahora pienso en cómo hacer para que mi padre se levante. Imagino que puedo tirar telas de araña y lanzo una, que llega al techo, pasa por detrás de un tirante y baja hasta la espalda de mi padre, entonces hago que se ponga de pie. Sé que eso es imposible, pero juego a que no. La cosa es que mi padre sigue más dormido una morsa. Así que me acerco y susurro: “papáaa…”, bien despacito. No me oye. “Papáaa…”, repito. Tengo un plan. Si se llega a despertar le voy a decir que yo no lo llamé, que se le habrá ocurrido a él, en sueños, pero que ya que está despierto podríamos… Pero no, casi nunca vamos al río. Muy pocas veces. Si me lleva, me lleva en bici. Él tiene una bicicleta de carreras, verde y con los cuernos para arriba. El caño en el que me tengo que sentar de costado es demasiado angosto y como la Picada queda muy lejos de casa al rato, después de mucho hormigueo, ya no siento nada en la pierna ni en el pie derecho. Me puedo pellizcar y no me duele. Es como si la pierna se fuese muriendo. Una vez perdí una chancleta así. Me distraje y de un momento a otro la chancleta había desaparecido. Tremendo lío.

6

Treinta y un años llenos de estas cosas. Nadie puede prever todo esto. “En la salud y en la enfermedad, en la riquieza y en la pobreza”, está muy bien porque algo hay que decir en la ceremonia, tan bien vestidos y con tantos testigos, pero nadie puede tomar la mano a su esposo o a su esposa en un momento y mirar hacia delante y decir: “Esto va a ser nuestra vida”, porque después de que se abre la puerta, lo que viene es lo que viene, y los planes se van haciendo a un lado para dejar pasar a eso que viene y que no hace preguntas. La música sigue, así de simple, y uno tiene que tratar de ir viendo cómo es la melodía para poder acompañarla mejor y para estar preparado cuando llegue el momento del solo de violín o clarinete o guitarra o lo que más cerca de las manos tenga, y si alguien está escuchando, que no se levante a aplaudir, por favor, que esta pieza no está hecha para el público.
Y si a los diez años de casados llega la hija, la hermana, que viene a ser como esa pizca de sustancia mágica que uno arroja a la olla para cambiar así el sabor de toda la comida, que si antes ya era sabrosa ahora se ha vuelto una modesta delicia, entonces ya se sabe que nunca va a estar todo dicho, que siempre va a haber lugar para la sorpresa y que además ya ha dejado de ser cuestión de finales o principios. Nunca termina el tiempo duro y nunca comienza el tiempo amable. No hay un solo día que pueda ser el último día del invierno y no existe tal cosa como el amanecer de la primavera. Los partos y los decesos son, es verdad, cosas que ocurren de forma demasiado repentina. Pero, en cambio, los nacimientos y las muertes son asuntos lentos, asuntos que tardan vidas enteras en ocurrir. Así que una familia nunca está cerrada. Nadie puede decir: “Esta es mi familia”. Un aniversario es un instante en medio de esa fugacidad, una exhalación, un aliento perdido. Todo momento perfecto tiene que hacerse añicos y todo absoluto desastre tiene que componerse, tiene que encontrar el modo de juntar sus partes y ver qué se puede hacer con ellas, no una réplica de lo viejo sino algo nuevo, algo que uno pueda observar con la alegría más fugaz y decir, aunque se equivoque: “esta es mi familia”, y creer que allí está el corazón del mundo.