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Apuntes sobre el 2º encuentro de escritores, escritoras y sector editorial

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Entre el viernes 2 y el domingo 4 de setiembre se realizó en la ciudad de Paysandú el 2º Encuentro de escritores, escritoras y sector editorial organizado por el Área de Letras de la Dirección de Cultura del MEC. El primer encuentro se había realizado dos años antes, en 2009, en la Biblioteca Nacional. Buena parte de los participantes del segundo encuentro ya habían estado presentes en el anterior (tal es mi caso), de modo que llegamos a Paysandú con una mezcla de esperanzas, temores y precauciones.

A priori, lo más interesante de la instancia prometía ser la posibilidad de entablar un diálogo real con el sector editorial, ese necesario enemigo que siempre está como detrás de una cortina, no del todo trasparente, no del todo opaca. Aclarar los tantos, digamos. Pues fue una promesa frustrada, porque la industria editorial no se hizo presente (salvo honrosas pero insuficientes excepciones, pienso ahora en Gabriel Sosa, de Irrupciones, y en Diego Recoba, de La Propia Cartonera). Tampoco había allí representantes de la Cámara del Libro (creo que la justificación que se dio en público fue que hacía muy poco habían estado de elecciones y con el cambio de autoridades se les complicaba, etc., etc.). Sinteticemos esto en liso y llano desinterés. Aunque también podría caberle parte de la responsabilidad por estas ausencias a la gente del MEC, pues sería bueno saber con cuánta antelación convocó a las empresas. La verdad es que siempre queda la sensación de que estas cosas son armadas con una premura tal que conspira contra sus posibilidades de éxito. Cuando la improvisación parte de la organización misma (no hablo de la logística del encuentro: alojamiento, transporte y alimentación), es difícil esperar que esa improvisación no se propague como por contagio hasta convertir toda la actividad en un gran happening. Había muchas más incertidumbres que certezas. Todos estaban allí “para ver de qué se trataba todo”. Esto no es tan grave en el caso de los meros participantes, que bien podían elegir hacer mutis por el foro y dedicarse simplemente a escuchar (cosa que ojalá hubiese pasado con más frecuencia), pero sí lo es para el caso de los expositores que llegaban a la mesa donde estaban los carteles con sus nombres como una cara de desamparo que en algunos casos fue enternecedora. “Bueno, a ver que sale”, parece que pensaban antes de acercarse al micrófono. Y no creo que esta sea una percepción capciosa o arbitraria de mi parte, pues en la exposición de cierre a cargo de Alicia Torres, ella misma explicó que habría preferido saber con un par de meses de antelación sobre qué querían que tratase su aporte para elaborar un texto específico para su mesa. Pues no. Torres, igual que los demás, fue invitada a una jam session. Y había que revolverse, había que talentearla. Aquellos con talento para la oratoria (esa mezcla de elocuencia, locuacidad, humor y lucidez) salieron más o menos bien librados del trance. Los demás encallaron de forma irremediable en las aguas de su propio discurso. Pero bien, Torres salvó su prueba de improvisación con buena nota, pues, sin condescendencia, apuntó con franqueza y puntería, muchos de los aspectos flojos del encuentro. Aspectos que bien pudieron resultar incómodos para gran parte del auditorio (incluida Virginia Lucas, que se encontraba a su izquierda), más allá de la forma diplomática con que fueron expresados. Y el cierre debería haber sido ese, la honesta y directa alocución de Torres, porque luego tomó la palabra Lía Schenck, que hizo gala de un optimismo que por momentos cobró ribetes místicos, y si bien entiendo que esa también es una mirada honesta (en ningún momento pongo en duda que la emoción de las palabras de Schenck fue verdadera y sentida), pienso, ¿eso es lo que se necesitaba? Esa especie de cálida candidez que venía a calmar las aguas, a decirnos, como una madre cariñosa tras una tropiezo y un raspón, que todo estaba bien de todos modos, que la maravilla es habernos encontrado, haber compartido, haber construido el “nosotros”. Y entiendo que Schenck lo crea, pero eso no ocurrió. No hubo un “nosotros”, ahí. Y es lógico que no lo haya habido. Pero a eso llegaré un poco más adelante. Ahora me interesa decir que uno no debería haberse ido tranquilo o amansado del encuentro de Paysandú, sino sumamente inquieto y preocupado. ¿Por qué? Porque la norma fue que la comunicación no ocurrió, la norma fue el famoso diálogo de sordos, esa desgastante práctica de los mil discursos en lugar de la construcción conjunta de un pensamiento.

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Una de las cosas que dijo Alicia Torres fue que gente como Roberto Apprato y Alicia Migdal habían sido desaprovechados. Yo agregaría algunos nombres más a esa lista de desaprovechados, entre otros, el de ella. Por supuesto que no se los aprovechó. Creo que no hay duda de eso. El problema es filosófico, no había condiciones reales para que las cosas hubiesen salido de otro modo.

Revisemos la mecánica de la convocatoria, es decir, cómo llegamos hasta allí los que al final formamos parte del encuentro. Los representantes montevideanos fueron convocados por el MEC y los del interior del país, por sus respectivas Intendencias. ¿De acuerdo a qué criterios? ¿Había un criterio unificado de selección? Pues, no lo parece. ¿Por qué? Creo que porque se confunden ciertos términos. Democratización, descentralización, participación. Esos, entre otros. Más allá de que rocemos el tema de la política partidaria, está claro que los centros MEC deberían tener una participación mucho mayor a la que tienen en este tipo de actividades. Dejar en las direcciones de Cultura de las Intendencias la decisión de elegir los participantes para un encuentro así, no parece una decisión acertada. Y lo dice alguien que fue invitado justamente por una de esas direcciones de Cultura. El tema, en el interior (donde la distancia entre los ciudadanos y los jerarcas es muy reducida), es que muy pocas decisiones oficiales están libres de una intencionalidad política. La cultura es apenas una cancha más en la que se disputa el partido electoral. Las estructuras de las instituciones municipales se han construido en base a ese modelo desde hace décadas, lentamente, como un sistema con su propia lógica que ha acabado por naturalizarse. En San José (es del lugar que puedo hablar con más propiedad), esas estructuras no han cambiado, lo que ha cambiado han sido las personas que ocupan ciertos lugares en el sistema. Así, uno acaba por depender de la buena voluntad y el criterio de personas que ocupan cargos políticos y que tienen responsabilidades políticas dentro de una administración. Si hay suerte, esas personas estarán comprometidas con su tarea y sus decisiones se guiarán más por un fin acorde a su función que por la posibilidad de un rédito extra. Y si no hay suerte, pues, no hay suerte.

La ficción de la democratización que el MEC hace evidente con esta forma de convocatoria (la de recurrir a las Intendencias en lugar de hacerlo a través de su propia red de centros) deviene a su vez en la ficción de la participación. Claro está que las autoridades del MEC son las que tienen la potestad para decidir cómo hacer una convocatoria. Del mismo modo, uno puede cuestionar esa decisión. En este caso, pienso si no sería mejor establecer un criterio más racional y no tan abierto, aunque el resultado final no vaya a tener ese aspecto tan representativo y ecléctico en el que se fundamenta, superficialmente, eso que llamé la ficción de la participación. Aclararé este punto. ¿Se consigue así, con dos o tres representantes de cada departamento seleccionados de acuerdo a tantos criterios como direcciones de Cultura municipales hay, una participación real? Pues, no. Lo que se consigue es llenar un auditorio con personas que están en niveles discursivos tan diferentes que por momentos la comunicación entre ellos parece un milagro similar a la división de las aguas del Mar Rojo. Por eso es que se desaprovecha a gente como Migdal o Apprato, porque caemos en la falacia de que todas las opiniones valen lo mismo, de que todo sentir particular es válido para la generalidad. Y aunque suene duro, no es así. Todas las personas son respetables, pero no todas las opiniones lo son.

Ahora recuerdo a un periodista sanducero que estaba en las últimas sillas del auditorio y que, con engolada voz, solicitó el micrófono con exacta puntualidad, una vez por cada mesa de discusión, para decir más o menos siempre lo mismo. Su discurso era este: 1) la literatura tiene que servir para el crecimiento de la comunidad; 2) la gente de Montevideo desconoce por completo la realidad cultural del interior del país; y 3) hablar de calidad literaria es muy discutible, no se puede decir qué es escribir bien y qué es escribir mal. No importaba de qué se tratase la mesa, el locutor siempre se la ingeniaba para tocar estos temas (además de pasar el dato de que había publicado un libro recientemente). Más allá de que sus aportes no fueran pertinentes a la temática tratada en la mesa en ese momento, quizá lo más irritante era el permanente tono de sermón de sus palabras, ese tono sentencioso que surge del convencimiento de estar defendiendo una causa justa e irrebatible. Pues, bien, puedo respetar al amigo periodista, pero no respeto eso de que la única literatura es la que vela por el bien de la comunidad (como escritor, no aceptaría que me cargasen encima una responsabilidad tal, cada uno sabe por qué escribe y tiene sus íntimos compromisos), y eso de que no se puede hablar de calidad literaria es el más viejo escudo tras el que se ampara cualquiera que desee la impunidad de poder escribir cualquier cosa. En tanto, lo de la dicotomía Montevideo/Interior, ciertamente aburrió, porque nunca pasa de una recriminación airada, una catarsis pública que parece destinada únicamente a alivianar al que la ejecuta, sin más consecuencias. Y, muchas veces, no es otra cosa que una coartada para la quietud y la inacción.

Apprato, en su intervención, habló de asuntos muy interesantes. De hecho, de lo que recuerdo (no tomé apuntes) puedo rescatar esta idea suya acerca de que la proliferación de medios y posibilidades de publicar y difundir un texto, no ha redundado aún en un aumento de la calidad de los textos que se producen. Aquí hizo unos apuntes relevantes sobre la ética del escritor (una ética limitada al escritor y su obra, a la calidad de su obra), y habló también de la ausencia de producción crítica. Básicamente: “hay que escribir mejor”. ¿Se puede ir contra eso? No, claro que hay que escribir mejor. Pues bien, en las intervenciones subsiguientes del público, Apprato fue acusado de querer volver a la generación del 45, la generación crítica, ante lo que tuvo que defenderse explicando que él no había dicho eso, que tampoco es que le gustasen tanto. ¿Cómo llegamos a eso? Bueno, fácil: por no escuchar. Algo que se repitió muchas, muchas veces. Porque en muchas ocasiones los expositores de las diferentes mesas tuvieron que volver a tomar la palabra para decir “yo no dije eso”, “no me refería a eso”, “estamos hablando de cosas distintas”. Gracias a esto entendí: 1) el fracaso de la democracia directa en el mundo; 2) las escenas de peleas a golpes de puño en cámaras de diputados y senadores, 3) que los límites de mi paciencia eran mucho menos generosos de lo que creía. Pero, ya hablando en serio, creo que tengo que volver a lo que dije un poco más arriba, acerca de la diferencia en los niveles dialécticos de los que participamos del encuentro. No es que yo postule la necesidad de una homogeneidad absoluta, pero hay que partir de una base que haga propicio el diálogo real, para un intercambio que pueda ir más allá de la mutua exposición de realidades. Hay modos mucho más eficientes de informarnos sobre la realidad cultural de tal o cual departamento. Quizá no más directas, pero sí más eficientes, porque con ese tiempo podía hacerse algo mejor, algo más productivo. Y si bien entiendo la agobiante necesidad que muchas personas tienen de utilizar cualquier canal disponible para dar vía a su experiencia, sus problemas, su cotidianidad, también entiendo que utilizar estos ámbitos para eso (ámbitos escasos, ¡uno cada dos años!), es realmente un desperdicio. ¿Qué se sacó en concreto del encuentro? O, más importante, ¿estaba pensado para sacar algo en concreto? Yo participé de muchas charlas interesantes por fuera de las mesas, además de compartir un par de lindos días en una bella ciudad, y claro que no dejo de ver la oportunidad que significan estos espacios, la chance de que algo pase. “Algo”. Me lamento, eso sí, de que esa posibilidad dependa tanto del azar.

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El tema de las extensión de las novelas. Se habló acerca de por qué no hay más novelas uruguayas de 500 páginas. Bueno, las hay, pero no se publican. Jurados de concursos y editores concidieron en esto. Las novelas están ahí, pero hay una limitación práctica, económica. Hasta ahí, bien, entendido. Es el tema del punto siguiente: la rentabilidad. El asunto es que si los concursos sólo premian obras breves y las editoriales sólo publican obras breves, ¿cuánto tiempo pasará antes de que esas novelas de 500 páginas que aún se escriben pero no se publican, también dejen de ser escritas? Y acá no hay de mi parte un deseo cuantitativo por sobre lo cualitativo, no se trata de eso, me preocupa, simplemente, que una pauta que responde a las necesidades del mercado acabe por acotar una intención expresiva. Porque no es lo mismo escribir 150 páginas que escribir 500. Porque la brevedad será una virtud, a veces, pero otras veces el lector y el escritor necesitan del largo aliento, de la larga convivencia de semanas y semanas de dar vuelta páginas, para conocerse, para que el libro se convierta en lo que debe ser. La forma afecta al fondo.

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A raíz de las intervenciones de Andrea Blanqué (escritora y columnista de El País Cultural) y Marcelo Rodríguez (en representación de librería El Virrey), me quedé pensando en el asunto de las novedades literarias en un sentido práctico. Blanqué habló de las librerías de viejo, un tema que estuvo ausente de encuentro en general y Rodríguez explicó más o menos cuál es el sistema de consignación con el que se maneja una librería. Una novedad, dijo, lo es durante dos meses, luego hay que rotar las existencias, devolver a la distribuidora los ejemplares que no se vendieron y recibir las “nuevas-novedades”. Si pensamos en las librerías que se dedican a vender libros nuevos como en lugares donde lisa y llanamente se expenden productos (la comparación quizá no tan feliz entre libros y calefones hecha por Gabriel Sosa deja claro este punto), entenderemos que no hay forma en que una empresa que persigue la rentabilidad, acceda a dejar de poner a la vista los libros de las grandes multinacionales, que publican a los autores más famosos, que a su vez son los que más venden, para difundir a los autores nacionales que no pasan del club de los 250. No es negocio. Punto. No se puede exigir una ética romántica a una empresa. No va a ocurrir. Cualquier protesta al respecto va a ser pataleo, humo en un frasco. Mejor que eso es buscar alianzas entre las empresas que ya de por sí tienen una ética romántica. Por ejemplo, las librerías de viejo. ¿Por qué no pensar en canales alternativos? Bien, hay todo un circuito de librerías a los que no les interesan los libros de autores uruguayos porque no tienen difusión y venden poco. Pero también hay todo un circuito de librerías de libros viejos. Librerías que seguramente podrían dedicar un espacio a la venta de libros de editoriales independientes. Es gracioso este término: “independientes”. ¿Independientes de qué? ¿De todo poder extranjero? Yo creo que deberíamos pensar en la necesidad de una red de editoriales pequeñas con criterios que excedan la rentabilidad. Quizá el problema sea la profesionalización. A ver si me explico. Todos los escritores que conozco, escriben y trabajan. O, dicho de otro modo, trabajan y se hacen tiempo para escribir en sus ratos libres. Todos. Yo no conozco personalmente a nadie que viva de escribir en Uruguay. Es un sistema un poco cruel, es cierto, pero es lo que tenemos, es lo que podemos hacer. Es eso o nada. Ocho horas sea donde sea y teclear de noche o el fin de semana. Algunos sueñan con poder vivir sólo de escribir, otros están bien así, sienten que es un esfuerzo justo. Posturas personales. Ahora, si pienso que la gran mayoría de la producción literaria actual está surgiendo de las cabezas de escritores de medio tiempo, ¿por qué no puedo pensar en editores de medio tiempo? Puedo pensar en escritores docentes, en escritores mecánicos, en escritores biólogos; ¿por qué tengo que pensar en editores-editores? Ahora pienso en lo que podrían hacer unas cuantas editoriales pequeñas, llevadas adelante por editores con una vocación tan fuerte como la de los escritores, editores a los que les alcance con recuperar una inversión. ¿Para qué? Para que no se vean obligados a publicar “mocos”. Para que puedan generar catálogos interesantes, pequeñas editoriales que saquen pocos títulos, pero buenos, títulos de calidad, títulos en los que la editorial cree. Y si confiamos en la calidad, en la fuerza secreta de la buena literatura, pensemos que esos libros, esos 500 ejemplares de bolsillo, de presentación austera y sin bombos ni platillos, encontrarán un camino y completarán un sentido, hasta generar una masa crítica que llegue a ser otra cosa, no sé qué, pero otra cosa. Para esto hace falta generosidad y pasión, es cierto, y, quizá, también ingenuidad.