Archive for the ‘ creación ’ Category

Los cuerpos del río

Has visto loscuerpos que llevan al río verde que serpentea por las entrañas del monte oscuro, los árboles altos y frescos, como el templo del verano. La arena del río es gruesa y parda como la piel de un animal manso que dormita en el hervor de la tarde.
Los cuerpos de los hombres entran en la corriente sin titubeos, con los pies firmes sobre las piedras del fondo. Cargan en sus hombros a sus hijos, que ríen y gritan a la espera de ser arrojados desde la imponenete altura que es el techo del mundo. Las mujeres observan la centelleante superficie y, más allá, ven la limpia forma que tiene el cielo de cubrirlo todo.
Desde el puente ellos son sólo sus cuerpos. Torsos fuera del agua, piernas blanqueadas por el protector solar, cabezas bajo los sombreros de paja, manchas del color de la carne.
Desde el puente que vibra y se sacude con el paso de cada camión, los senderos que se abren desde el río son cintas de colores en el pelo de una niña.
Dentro de los cuerpos que llevan al río existe, sin embargo, una fuerza que ellos desconocen.
Míralos ahora.
Ya no como manchas, no como brazos o glúteos o senos.
No como el soporte de los trajes de baño.
Míralos.
Quizá no baste con mirarlos, pero hazlo.
Están cansados y están tristes.
Sólo quieren un poco de descanso.
Un poco de alegría.
Sólo necesitan una tarde soleada.
Por eso van por los caminos del río, como yo caminé por el delgado y sinuoso sendero que ya no existe porque la maleza lo ha borrado.
Caminé por allí cuando sólo era un cuerpo.
Alguien iba de mi mano y reía y su risa era más cálida que la luz de enero.
Y todavía lo es. Por eso lo escribo ahora, porque eso sigue siendo.
La fresca sombra de los árboles se abrió en un espacio que no estaba allí antes que nosotros y dijo:  “Dejen aquí sus cuerpos y descansen. Sean sus cuerpos olvidándose de sus cuerpos, igual que yo soy el verdor sin pensar en mi verdor”.
Obedecimos.

Dos o tres cosas sobre la escritura

1
En mi otra casa, una en la que viví hace tiempo (y que luego se convirtió varias veces y por varios motivos en casas muy distintas a sí misma, aunque seguía manteniendo la distribución de paredes, puertas y ventanas), mi lugar para escribir era un claustrofóbico cuartito de dimensiones tan estrechas que sólo siendo ridículamente delgado uno podía sentarse frente al escritorio. El escritorio. Un enorme mueble de antaño que fue de mi abuelo, buena madera, sólida y pesada como un mamut recién muerto, cármica roja opacada por el tiempo sobre la que aquel abuelo mío llevaba adelante la contabilidad de una antigua panadería, con prolija caligrafía, en sendos biblioratos. Para meter el escritorio en el cuartito hubo que hacerlo a través de una ventana de dos hojas, que luego se enrejó. Para pasar ese escritorio hacia la sala, en posteriores movimientos, tuve que serrucharle las patas sus buenos quince centímetros. Una vez lo dejé empotrado en el marco de una puerta de un modo que yo habría creído imposible. Claro que cuando uno ve las cosas ocurriendo delante de sus propias narices el escepticismo se vuelve un globo lleno de helio en una tarde de viento. El mueble formaba ángulos poco previsibles, ángulos desafiantes. De algún modo, cada arista del mueble había logrado incrustarse en el pasillo. Yo estaba solo. Había emprendido aquella tarea colosal en la más pura soledad. “Moveme”, parecía decirme el escritorio. “Me mutilaste, insolente; ahora moveme. Si podés”. Para pasar al baño tuve que contorsionarme plásticamente por entre las patas negras. Horas después, con dosis no muy bien distribuidas de reflexión, suerte y fuerza bruta, la tarea estaba cumplida. Puse el escritorio en un rincón y pasé meses usándolo para casi todo: escribir, leer, comerle encima, guardar secretos en sus cajones y puertitas. Nos amigamos. Él dejó de sentirse mutilado. “Eras demasiado grande, muchacho, demasiado alto. Imponente, es verdad, pero anacrónico, estoy más cómodo con vos ahora, quince centímetros más cerca del suelo”, le decía yo. Él suspiraba.

2
Es importante, creo, volver al recuerdo del lugar físico en que se escribió algo que luego fue editado. Recordar el espacio, la luz, los modos de estar en ese espacio y bajo esa luz. No dejar que se pierda aquella sensación de íntima soledad, de apartamiento del mundo, para recordar que no hay expectativas reales sobre la obra. Expectativas ajenas y propias. Y que si las hay, son como el humo, tienen la existencia de humo. La obra. Dicho así suena casi gracioso. Otra palabra que me hace bastante gracias es “prometedor”, porque una obra no promete nada para el futuro, ya es lo que promete, es la promesa y el cumplimiento de esa promesa, todo a la vez. Pero bien, si estaba hablando de esto fue porque comencé pensando en el siempre insospechado camino que puede recorrer un texto, desde su concepción hasta su publicación. A veces pasa tanto tiempo que uno ya siente que eso que se publica le pertenece a otro. Y está bien, porque exactamente así es como es.

3
Ahora hay libretitas con notas. La mayoría son citas de los libros que voy leyendo. Hay frases escuchadas por ahí. Hay ideas. Bocetos. Comienzos de párrafos. Líneas. Hay todo eso, pero no hay cuento ni novela. No hay bloqueo, tampoco, ese síndrome del block writer, tan americano en su sentido yanqui, tan a medida de hombres que tienen siempre al cuello la soga de las fechas de entrega para una revista. Nosotros no tenemos eso porque no hay revista que le pague a uno para que le escriba un cuento. Ojalá sufriéramos block writer por estas latitudes, significaría que hay alguien con dinero en la mano, deseoso de dárnoslo a cambio de un relato bien escrito, y que la ansiedad que sentimos por hacernos con ese efectivo es lo que nos bloquea. Una trampa del inconsciente contra nuestra codicia. Un sabotaje. Bueno, pero no es eso. Acá usted se consigue un trabajo seguro y fijo, de ocho horas diarias y puntual pago el diez de cada mes (correspondiente medio aguinaldo a junio y diciembre), y luego, si quiere, escribe. Y así es como sale luego todo. A contramarcha. Uno le roba horas al sueño, al descanso, al puro ocio, invierte sus contadas horas de fin de semana y espera que algo salga de allí, algo aprovechable. Esas pobres horas no tienen por qué soportar tanta presión, pero no hay otro modo. Entonces, uno va luego y mira su estante de literatura uruguaya actual y ve libros de cuentos y novelas que a duras penas pasan las cien páginas, y se da cuenta de que a todos parece estarles pasando lo mismo. Tal vez no hay largo aliento que se sustente desde el multiempleo. ¿Cuánto influye la extensión, que es una cuestión de forma, con en el fondo, con lo que al final se está diciendo? Quizá, esto de ir a contramarcha, siempre forzados y siempre a pulmón, acaba siendo una marca de estilo, un distintivo en el orillo. La brevedad nos deja fuera de ciertos terrenos, porque hay cosas que sólo pueden ser dichas en quinientas páginas. El problema es que quinientas páginas no se escriben en quince días de licencia laboral.

4
Estos son apuntes encontrados al azar en la última de las libretitas. Evidentemente estaba haciéndome a la idea de cómo era algún personaje, y comencé a dejar mojones por ahí, pistas para cuando me decidiera a desarrollar la historia en la que él iba a existir. Eso no pasó, pero acá quedan estos apuntes. Quién sabe, tal vez en las próximas vacaciones.

Cuando te llevan a conocer a extraños, lo que te protege es tu vínculo con la persona que te presenta, el cariño o cualquiera que sea la naturaleza de la relación que te une a él. A veces te presentan de tal modo que es como si te soltaran en medio del campo, en una noche helada.

Era como uno de esos cascos de ciclista que parecen la cabeza de un torpedo nuclear. Esos cascos son la cosa más ridícula del mundo en la cabeza de cualquiera que no sea ciclista, pero encajan a la perfección con la bici, la pista, la malla ajustada y brillante, la velocidad. Bariji era el casco solo.

Había una fuerza externa a él mismo, algo que él ni siquiera entendía bien, algo que empujaba a los demás a llamarlo por su apellido. Bariji. Siempre, sin excepciones. El suave territorio de la familiaridad le estaba vedado. Lo habían exiliado de ese país y, llegado un punto, a él le interesaba muy poco que volviesen a admitirlo.

Que el diablo se quede en la botella

*

1

Me pregunto si el arte debe tener límites. Desarmo la pregunta mentalmente. Es una tontería, pienso entonces. No hay nada que no tenga límites. Si algo no tiene límites no se puede decir dónde empieza y dónde termina, no se puede decir que exista realmente, que se diferencie de lo que lo rodea. Bien. El arte tiene límites, entonces. En una situación ideal esos límites serían estructurados por el artista, en pleno uso de su libertad. Claro que también su libertad está limitada por contexto, biografía, educación, cultura (el lector puede agregar lo que quiera acá, a mí me aburre un poco hacer estas listas). Hay época más propicias para forzar los límites convencionales y épocas menos propicias, más acomodaticias, si se quiere. De algún modo parece que el artista en general siempre se siente bastante agobiado por los límites que se le imponen (está en su esencia de artista, imagino), y busca sus propios caminos, que no son otra cosa que caminos a través de una pequeña o gran grieta en la burbuja que todo lo envuelve. Los que toman ese impulso y lo convierten en arte son conocidos luego como “rupturistas”, gente que pisa terreno virgen a cada paso, que va donde siente que no fue nadie antes. Esto puede hacerse al menos de un par de formas: primero, por un impulso, una necesidad natural y honesto; segundo, por imitación. Los rupturistas por imitación suelen formar parte de la retaguardia de las vanguardias y siempre dan la sensación de ser gente que ha llegado tarde a la fiesta y que en vez de hacer lo único que decorosamente pueden hacer (ayudar a limpiar el estropicio), se empeñan en seguir bailando como borrachos aunque no hayan tomado una gota. Mientras los verdaderos vanguardistas muestran nuevos caminos, no para que se los imite, sino simplemente para que se comprenda eso, que existen nuevos caminos, a los retaguardistas lo de los nuevos caminos mucho no les importa, aunque ellos lo nieguen con todas sus fuerzas. El problema es que esta gente se puede poner muy extremista. Pueden despotricar contra el soneto, por ejemplo, tildándolo de estructura arcaica, limitante y obsoleta. Claro que noventa y nueve de cada cien de estos chicos no podrían escribir un soneto ni aunque la vida de su madre dependiera de ello. También suelen odiar la crítica. Y es que ella suele presentarse como una manifestación de los límites, dado que la buena crítica no puede serlo sin establecer valoraciones en algún momento, digámoslo en tono coloquial: sin jugársela. Una crítica que se juegue siempre va a establecer una estructura de conceptos e ideas. Esa estructura se propone no como algo acabado y definitivo, sino como un elemento más en el proceso de comprensión de la obra. Lo mejor de una buena crítica es que, ya sea para acordar con ella o para refutarla, hay que pensar, hay que pensar en la estructura que propone, en los límites, y, si se quiere derribarlos habrá que hacerlo desde los argumentos y no meramente desde los gustos o las opiniones. Uno puede calentarse soberanamente con los tipos que, como Harold Bloom o James Wood, dictaminan el canon moderno. Pero estos y otros caballeros, desde su soberbia erudición (soberbia en todos sus sentidos), arriesgan el trazado de una cartografía personal. Se puede estar de acuerdo o no con esos mapas (a veces señalan lagos donde uno sabe que hay desiertos, y estepas donde claramente lo que hay es una selva), pero, caramba, es mucho mejor tener esos mapas a no tener nada, y es que sin límites, el arte está frito. Por eso decir que todo es arte equivale a decir que nada lo es. Un inodoro amarillo a lunares lilas colgando del techo no es arte, por mucho vino y sándwiches que den en el vernisagge.

2

La sobreestimulación es un problema. ¿Cómo escribir (pintar, componer, actuar) para un público que está permanentemente sometido a un bombardeo de estímulos? El problema, quizá, sea precisamente entrar en ese juego de apuestas redobladas, en el que el creador busca producir un efecto sensorial antes que un efecto sensible. A esta intención responden, creo, las vueltas de tuerca, los finales sorpresa, los golpes bajos, las trampas, las transgresiones. El equivalente físico de todas estas manifestaciones artísticas es ensartar una aguja en el glúteo del lector para que éste dé un brinco. Se persigue desesperadamente el brinco. El asunto es que al enésimo pinchazo el lector ya no reacciona. Bosteza, se menea perezosamente en su silla, se siente estafado, pide que le devuelvan la plata de la entrada o deja el libro por la mitad. Si entonces el creador se empeña, en lugar de explorar caminos alternativos (básicamente, buscar otras metas) en subir la apuesta, lo que puede ocurrir es que más tarde o más temprano atraviese el último límite, que, se me ocurre, es de carácter ético y se produce en el instante en que el creador se pregunta si realmente tiene derecho a hacer eso, a crear esa obra. Será mejor ilustrar este punto con un ejemplo. Hace unos años, un artista decidió atar a un perro de la calle, un perro viejo y enfermo, en su exposición, y dejarlo morir de hambre. Literalmente, dejarlo morir allí, a la vista de todos. La aguja. Obviamente, muchos se escandalizaron ante lo que consideraban un acto de la más pura barbarie. El brinco. Y luego vino la justificación, páginas y páginas de periódicos y blogs, cadenas de e-mail y minutos de informativos de televisión llenos de argumentos a favor y en contra. Claro está que el artista salió a hablar, a explicar sus intenciones, que eran (dijo él) las de revelar la hipocresía de una sociedad que diariamente deja morir no sólo perros, sino personas, ancianos, niños, sin que nadie utilice ni una fracción de la energía que estaban utilizando para indignarse por la muerte de un solo perro enfermo. Interesante y provocador, pero en el fondo, apenas un argumento tramposo. La justificación de un modo de arte que renuncia a la sensibilidad para apelar a la patada en el estómago. ¿No había otro modo de decir eso? ¿No había un modo en el que no interviniera la crueldad? ¿No es ese el límite que no debe cruzarse, el de la crueldad? ¿Tiene el arte una especie de free-pass que lo autoriza a todo? ¿Debe tenerlo? Pienso ahora en Irreversible (2002), film del franco-argentino Gaspar Noè en el que se registra una de las violaciones más brutales de la historia del séptimo arte (y un asesinato no menos brutal). La aguja. Gran parte de los espectadores que asistieron a las salas de proyección, quizá poco avisados, acabaron por retirarse a los pocos minutos tras abuchear la cinta. El brinco. Cuando consultaron a Noè acerca de la necesidad de hacer una película así, se limitó a decir: “He hecho una película que me gusta y eso es todo. Si la gente quiere hablar de escándalo, eso depende de ellos”. Gran aporte, ¿verdad? Mientras, Patrick McGavin, un crítico del diario estadounidense Chicago Tribune, dijo algo así como que en la película “hay muchas cosas en son injustificadas. Es profundamente perturbadora. Va demasiado lejos”. Me quedo con la idea de la injustificación y lo de ir demasiado lejos. Cuando uno decide, como Noè, aventurarse en ciertas oscuridades, creo, le conviene guiarse por algo más que la luz de sus propios gustos e inclinaciones. ¿Era necesario? Hay que preguntarlo de nuevo. Una violación que dura diez minutos de cinta y termina con una golpiza bestial. ¿Era necesaria? Probablemente no había otros medios al alcance de Noè para provocar lo que provocó de ese modo, por las sencillas limitaciones de su talento. Pienso en una situación análoga. En la novela Desgracia (1999), del sudafricano John Maxwell Coetzee, la hija del protagonista, que vive en el interior de Sudáfrica, ha sido violada. El lector no accede a la escena en la que eso ocurre. La certera noción de que eso ha ocurrido es algo que simplemente comienza a caer por su peso, a sedimentar en la conciencia del narrador y, a través de él, en nosotros, los lectores, con una fuerza tan lenta e imperturbable que adquiere toda la compleja profundidad de algo que ha sucedido realmente. Sentimos que eso ha pasado en verdad, y entonces sentimos mucho más que repulsión y compasión, tenemos sensaciones y pensamientos demasiado intrincados para poder ser nombrados uno por uno, separadamente. Y eso pasa gracias al arte, ya no a las agujas y los brincos. Coetzee no necesita horrorizarnos, su talento (o su genio) le alcanza con llevarnos con paciencia por el largo camino de una historia bien contada en lugar de tomar el atajo siempre provocador de la crueldad, que a Noè parece resultarle tan grato.

No es casualidad que haya sido el mismo Coetzee el que en su novela-ensayo “Elizabeth Costello” (2003), aborda el tema de los límites éticos de la literatura. La cosa es así, a la venerable anciana Costello la han invitado a hablar sobre el mal. En el momento de recibir la invitación ella se encuentra leyendo un libro de un tal Paul West que se refiere a la forma en la que fueron ejecutados los traidores nazis (liderados por el Conde von Stauffenberg) que quisieron asesinar a Hitler. Ese punto de partida abre el camino para reflexiones más que interesantes, esenciales. Extracto algunas líneas aquí.

Pero cuando llegó la invitación ella estaba bajo la maligna fascinación de una novela que estaba leyendo. Se trataba del peor tipo de depravación y la había succionado en un estado de ánimo de abatimiento sin fin. ¿Por qué me hacen esto? quería gritar mientras leía, sólo Dios sabe a quién. (…) hasta que al final apartó el libro y metió la cabeza entre las manos. ¡Obsceno! quería gritar pero no gritó porque no sabía a quién había que lanzarle la palabra: a sí misma, a West, al comité de ángeles que observa impasible todo lo que acontece. Obsceno porque esas cosas no deberían ocurrir, y obsceno también porque una vez sucedidas no deberían darse a conocer sino ocultarse y enterrarse para siempre en las entrañas de la tierra (…) ya no está convencida de que la lectura siempre haga mejor a la gente. Es más, ya no está segura de que los escritores que se aventuran en los territorios más oscuros del alma vuelvan siempre ilesos. Ha comenzado a preguntarse si siempre es bueno escribir lo que uno quiera y leer lo que uno quiera. (…) Hay muchas cosas como esto de contar cuentos. Una es una botella que tiene dentro un genio. Cuando el narrador abre la botella, el genio sale al mundo, y es endemoniadamente difícil regresarlo. Su perspectiva, su perspectiva de ahora, su perspectiva en el ocaso de su vida: es mejor, en general, que el genio se quede en la botella.

Estos son sólo algunos fragmentos de las disquisiciones de la buena señora Costello. Cada frase se dispara en mil direcciones, tiende puentes, titubea, regresa. Coetzee no nos muestra una idea acabada, nos muestra la construcción de una idea inacabada. Y ahora, lo esencial:

Obsceno. Ésa es la palabra, palabra de debatida etimología, a la que ella tenía que aferrarse como a un talismán. Ella considera que obsceno quiere decir fuera del escenario. Para salvar a nuestra humanidad, algunas de las cosas que querríamos ver (¡que querríamos ver porque somos humanos!) deben quedarse para siempre fuera del escenario. Paul West ha escrito un libro obsceno, ha mostrado lo que no se debería mostrar. (…) Hoy ésta es mi tesis: que algunas cosas no es bueno leerlas ni escribirlas. En otras palabras: sostengo que el artista arriesga mucho al internarse en lugares prohibidos, se arriesga, específicamente, a sí mismo, arriesga, tal vez, todo. Tomo en serio esta afirmación porque tomo en serio la prohibición de los lugares prohibidos.

3

Hace algunos meses participé de la antología “La banda de los Corazones Sucios”, que ya se editó en Bolivia y que está próxima a salir en Argentina y España, en la que se reúnen cuentos en los que la villanía es el factor común. Cada autor convocado debía elegir un villano (ficticio o real), y escribir un cuento a partir de él. Yo elegí a un famoso asesino norteamericano de principios de siglo XX: Albert Fish. Leí todo lo que encontré acerca de él y al final me senté a escribir. El resultado fue un cuento de ocho páginas titulado “Correcto Doctor Gault”. La estructura del cuento es muy simple. Un psiquiatra de Sing-Sing recibe, tras la ejecución de Fish, un sobre con una carta dirigida a él de parte del mismo asesino. Fish sentía una poderosa inclinación por escribir cartas y, en realidad, la carta que yo me invento es en sí el relato. Al final de las páginas, mi Fish ficticio dice esto:

Eso es lo que más asusta, supongo, esa cualidad del mal -de lo que usted y los suyos llaman “el mal”-, la capacidad de vibrar y extenderse como por contagio, como una gota de tinta que cae en una hoja de papel y se hincha y crece hasta límites que superan con mucho los límites originales de la gota.

Pues bien, todavía no he recibido la edición de la antología (y por lo tanto no he leído los demás relatos), pero ya vi la portada, en la que se combinan elementos estéticos de “La naranja mecánica”, de Kubrick, con la serie televisiva de Fox sobre un asesino serial, “Dexter”. Y como las coincidencias ocurren, ayer me topé con una noticia terrible. Decía más o menos esto: hace algunos meses, en Ohio, Anthony Conely, de 17 años, estranguló a su hermano de sólo 10 años y confesó que lo hizo por un impulso similar al que se siente “cuando tienes un antojo de hamburguesa”. Conely es un fanático, precisamente, de la referida serie de Fox, donde el asesino es el encantador protagonista. De hecho, Conely declaró que se identificaba con Dexter. No es la primera vez que la serie inspira un asesinato, ya que en 2008 un hombre de 29 años asesinó a una mujer de 38, alegando prácticamente lo mismo y declarándose como un fan de esta serie televisiva. Las declaraciones de ambos podrían estar buscando la declaración de insanía (¿matar por imitar a un asesino de televisión?, esa gente debe estar loca), o quizá esta vez el brinco ha sido mucho más alto de lo que el dueño de la aguja podía haber imaginado.

Comienzos fallidos

no era lo bastante bueno
·
He estado lejos del blog y esto no es, si he de ser estricto, un regreso, dado que no estoy escribiendo nada exclusivamente para él, sino, más bien, requecheando (nota marginal: el verbo requechear me seduce especialmente. Recuerdo una semana de turismo en las Termas de Guaviyú, acompañado por un amigo. Había campeonato de fútbol 11, para las barras, pero aunque nosotros éramos sólo dos, queríamos participar. Nos anotamos y los organizadores armaron un equipo con todos los que andaban medio sueltos a la vuelta. De ahí surgió un equipo que ni nombre tenía -y cuyos jugadores ni conocían el nombre de sus compañeros-, y el equipo se llamó “El rejunte”, aunque íntimamente todos sabíamos que ni siquiera merecíamos esa dudosa dignidad, porque en realidad éramos “El requeche”, aunque nadie lo dijese por respeto o vergüencita). Así que este post es un requeche, los restos de comida que quedaron en el borde de veinte platos que están a punto de ser lavados, las monedas olvidadas en todos los pantalones de una familia y que juntas apenas alcanzarían para adquirir un alfajor no muy pretencioso, los bocetos pudorosos de los que un artista de renombre no se deshace por nostalgia pero a los que espera poder destruir antes del llamado final. Sobras, señores, señoras; gente madura, púberes imberbes; eso es lo que pueden encontrar en este post. ¿Por qué, entonces, no dejo que el blog siga silencioso? ¿Por qué no espero -talvez se pregunten- a que vuelva a brillar una idea en esa cavidad cavernosa que es mi cráneo? Porque quizá eso no vuelva a pasar nunca, y habiendo tanta gente que escribe el primer bolazo que se le ocurre, me siento en mi legítimo derecho a la paparruchada. ¡Exijo mi derecho a hablar sin tener idea de lo que estoy diciendo! Debería ser un derecho constitucional. Si todo niño tiene derecho a seguir ensuciándose y a seguir aprendiendo -¡oh, macabros publicistas y directores de marketing, ¿qué de malo les ha hecho el mundo?!-, entonces supongo que un ciudadano puede alzar el puño y reclamar su derecho a hablar por hablar, al síndrome del papagayo verborrágico. Y ya que estamos en el baile, bailemos. Pero como para hacer lo que voy a hacer -y el preludio ya está quedando más largo que la obra, pero es lo que le pasa a los malos dramaturgos- necesito una coartada, déjenme buscar un libro y vuelvo (el autor se levanta de la silla y, con paso insomne, va hasta su desordenado librero, recorre los lomos desiguales con el dedo, encuentra lo que busca, reprime un “Eureka” porque no es para tanto). Ya está. El libro es “Cuentos breves y extraordinarios”, uno de los curros con los que Borges y Bioy robaban la plata allá por sus años mozos (bah, no tan mozos). Veamos… si mal no recuerdo, lo de Hawthorne tiene que estar por acá (El autor toma el libro que había dejado a su izquierda -nada más que para burlarse socarronamente y de forma desleal de dos autores que tantos buenos momentos le han obsequiado, ah, indigno ser-, y busca en el índice). En la página 18 de este libro aparecen los ARGUMENTOS ANOTADOS POR NATHANIEL HAWTHORNE. Debo haber leído estas historias no menos de diez veces. De ahí me viene, estoy seguro, aquel afán juvenil de contar cuentos como si los personajes no importaran mucho, como si todo lo importante fueran los dos o tres giros de la trama y en vez de gente sobre el escenario hubiese maniquíes o estatuas. Eso aprendí de estas páginas, por culpa de una pésima lectura, claro está. Me pregunto si ya lo he desaprendido, pero no ahondaré en el asunto porque no quiero descorazonarme. El tema es que Borges y Bioy recogen aquí seis brevísimos esbozos de argumentos, supuestamente anotados por Hawthorne (aunque de mucho nos valdría desconfiar de aquellos dos viejos zorros). Transcribo el primero de esos argumentos: “Un hombre, en la vigilia, piensa bien de otro y confía en él plenamente, pero lo inquietan sueños en que ese amigo obra como enemigo mortal. Se revela, al fin, que el carácter soñado era el verdadero. La explicación sería la percepción instintiva de la verdad”. Preguntémonos, ¿para qué anotaría Hawthorne estas cosas? Primero, se me ocurre, para no olvidarse, para tener una punta de piola, para saber de dónde arrancar cuando se decidiera a desenredar esa madeja. Segundo, para que alguien más la desenredara, si es que él se moría antes de hacerlo -cosa que al final pasó-, o si le daba pereza. No me acuerdo qué escritor regalaba argumentos a escritores menos imaginativos pero más laboriosos. Alguien era. Pero bueno, yo me imagino que Hawthorne estaría contento de que alguien, cientocincuenta años después de que su mano anotase estas líneas, completase la historia, aunque sólo fuese por jugar. Y dije todo esto para justificar lo que sigue. El año pasado, en el III Encuentro de Escrituras realizado en Maldonado, Inés Bortagaray y yo visitamos el Liceo Nº2 de aquella ciudad, invitados por Damián González -profesor, escritor, pater familias, buen tipo-, para charlar con alumnos de 3er. año. Recuerdo esa charla de casi dos horas con inmenso cariño. Sé que en un momento dado, una chica que estaba sentada del lado derecho, contra uno de los ventanales -afuera, otros chicos jugaban al voley con dudosa destreza- preguntó algo sobre si abandonábamos los cuentos, si nos resignábamos a no escribirlos. En ese momento a mí se me ocurrió la idea de escribir un cuento, saqué la libretita y anoté esto, con tinta roja: “un cuento con comienzos fallidos”. La idea era esta: había que escribir un cuento hecho de, por decir algo, veinte párrafos de seis líneas. Cada párrafo sería un potencial primer párrafo. Es decir, la historia no iría para adelante nunca, sería como el ruido del motor que nunca llega a encender, que carraspea y ya. Pero eso no es del todo cierto, porque cada nuevo párrafo, se me ocurre, sería una forma distinta de comenzar el cuento, una variante mínima respecto a las anteriores. Entonces, si el lector leyera de corrido los veinte comienzos fallidos en realidad tendría en su poder todos los elementos necesarios para entender y armar la historia. No sé si se comprende la idea, pero no importa, porque no es una buena idea, ni siquiera es una mala idea. Como ya se cumplió un año de aquel apunte y nunca hice nada con esto me parece que ya era hora de responderle a aquella dulce estudiante: a veces, por más que uno quiera, hay historias que nunca va a escribir. Y lo que voy a hacer ahora, para que no todo se quede en preámbulos, es dejar anotados acá unos cuantos comienzos fallidos de cuentos que alguna vez (entre 2004 y 2006) empecé y que nunca voy a terminar. El que crea que se pueda hacer algo con alguno de ellos, que se sienta libre de tomarlos y salvarlos, cual cachorritos hambrientos que nada pueden ya esperar de su dueño actual.

1

Existen pocas formas más eficaces de salir de uno mismo que viajar, pocas maneras más veloces y efectivas de transformarse en otra persona que surcar miles de kilómetros de cielos vertiginosos bajo los cuales las nubes infinitas y los mares más inmensos son una sola nube, un solo mar. Diana y yo viajamos de noche, una noche larguísima que duró veinte horas o más. Alguien me explicó que en realidad estábamos volando a una velocidad y dirección tales que provocaban ese efecto, esa prolongada oscuridad. Estamos persiguiendo la noche, dije, y Diana sonrió cansada tras una semana demasiado larga de despedidas y preparativos finales.

2

Los muchachos me van a matar. No es la primera vez que se los hago, pero hoy de verdad que no tengo la culpa, aunque eso no importe, porque cuando llegue igual van a decir que Julia me tiene abajo de la pata, un pollerudo es lo que sos. No es cierto. Llegué temprano del trabajo y me di un baño. Todavía tenía tiempo, así que me acosté en el sillón con un libro. Lo siguiente que sé es que la mano de Julia me sacudía. Se te hace tarde, Sebastián, ¿la comida con tus amigos no era a las diez? Sí, era, claro que era. Me levanté de un salto, tiré un beso al aire, maldije a la pobre moto que nunca prende de una vez cuando la necesito, será la bujía, será el aceite berreta que le echo, será mi negra suerte, hasta que por allá arranca, brama, tose, la boca del caño escupe una nube negra como un cuervo y me voy, no vuelvo muy tarde, adiós, adiós.

3

Sin embargo, sobrevivimos. Fue difícil, porque sin darnos cuenta fuimos construyendo todo sobre unas estructuras a las que no conocíamos tan bien como para confiarle ese papel de sustento de nuestra vida. ¿Qué es tu vida, después de todo?, me preguntaba a veces Peter, siempre tan extraño, tan loco, y a mi cabeza venían los ratos delante de la máquina de escribir; las mañanas de los domingos; Eva, casi siempre Eva, muchas veces ella, por distintos motivos siempre ahí, presente; también se me venía a la cabeza el trabajo; el sobre con la plata; un reloj grande, como esos que ponen en los lugares públicos; se me venía la casa, también; mi madre, mi hermana (mi padre no, nunca el viejo, qué ingratitud la mía) y muchas cosas, como en un vértigo intermitente, medio enfermizo, hasta que todo se quedaba negro y sólo faltaban tres letras blancas que formaran la palabra fin, y luego los aplausos y la luz de la sala encendiéndose. Y en definitiva no estaba tan errado, mi vida no era, digámoslo ahora, una cosa demasiado mágica, podría haber sido apresada en palabras si alguna vez hubiera tenido el tiempo suficiente y un auditorio lo bastante atento. Pero lo importante no es eso, lo importante es que cuando creímos que no íbamos a sobrevivir, sobrevivimos; sólo para caer en la cuenta, quién sabe cómo, de que no, de que no sobrevivimos.

4

Es imposible, se justifica Jorge, prever la insospechada serie de sucesos que puede desencadenarse a partir de una sola acción casi insignificante, casi inocente. Al otro lado de la mesa está Leonor, sonríe y eso es la belleza, dos botones de la blusa desprendidos, el pelo rubio recortándose sobre sus hombros suaves, tibios, y un aura intangible y poderosa. Jorge le mira la boca, los labios juntándose y separándose, la lengua bailando tras los dientes, pronunciando una ese, una o, ahora una ele. La belleza es una bendición maldita, vuelve a justificarse Jorge, ¿quién habría resistido la oportunidad de?, se pregunta. Leonor busca al camarero con la mirada, levanta el brazo para llamarlo, pide un capuccino. De perfil su hermosura se vuelve más clásica, más etérea, de frente tiene algo de salvajismo, algo de dulce furia contenida en los ojos. ¿Quién podría culparme?

5

Mamá Mirtha se llevó una mano a la boca para ahogar el grito amargo y espeso que ya le subía por la garganta, como un agua negra. Instintivamente, con la otra mano, apartó la fotografía con violencia, que entonces cayó de las manos de Javier hasta un plato con pebetes. De pronto mamá Mirtha ya no estaba, de ella quedaba apenas la estela de su llanto agudo, como un leve chillido que terminaba en la cocina, donde papá Ernesto la consolaba contra su pecho, no fue nada, un vaso de agua y más lágrimas contra la camisa. La familia se había reunido para la foto, primero con desgano, luego fingiendo sonrisas convincentes, una muy aceptable felicidad de veinticuatro a la noche, con olor a sidra en el aire, a pastel de fiambre, a buenos deseos de cartón. Javier, el amigo que Gabriel inexplicablemente había invitado esa noche a pasar con ellos, orgulloso de su polaroid flamante, disparó el flash como un silencioso relámpago fugaz. Luego Javier se acercó a la familia y mostró la cartulina satinada en la que ya comenzaban a surgir, fantasmales, los rostros, la mesa, los cuadros en las paredes. Es por el aire y no sé que sustancias, decía Javier mientras sacudía el cartoncito, un proceso químico, seguramente. Y entonces le puso la foto delante de la cara a mamá Mirtha, y sería fácil mentir, decir que las cosas comenzaron ahí, pero no se puede. Mejor es decir la verdad y contar todo lo que pueda ser contado, el resto, ya se sabe, es la historia. Desde que Natalia murió mamá Mirtha había quedado muy mal, Gabriel era muy chico y por eso no se acuerda cómo era ella antes, así que para él esta es la única mamá Mirtha posible, una señora muy callada que anda por la casa de delantal, que limpia y cocina y que cada tanto pasa junto a él y le deja un beso de buen niño, aunque ya no sea niño y tampoco tan bueno, pero las madres son así, reacias a la realidad, y mejor así. Es un poco distraída también, cada tanto se le rompe un espejo y mientras junta los pedazos, y a veces se corta, dice algunas cosas de la desgracia, siete años, y se ríe con amargura porque antes ningún espejo roto y la desgracia igual, cosas así habla sola mamá Mirtha.

6

Mientras el profesor ordenaba abrir el Código Civil y leer el artículo 255, referido a la Patria Potestad, que como vimos en la clase de ayer tal cosa y tal otra y una maraña de palabras sumamente importantes a juzgar por el tono solemne de la voz del profesor, Julio retrataba a una compañera sentada tres bancos delante de él. Se llamaba Diana y era una almuna muy aplicada que pasaba casi toda la clase mirando al frente y muy de vez en cuando daba oportunidad a Julio de observarla lo suficiente como para corregir un trazo, como para asir el contorno de su rostro y traducirlo al papel, apropiándoselo. Por eso Julio se llevaba a la clase siempre algún otro libro, el Código Civil y la Constitución, claro, pero siempre algo más, como aquel día en que leía la biografía de Rembrandt y de pronto tuvo que hablar del Derecho Romano y se quedó en blanco por unos segundos que le parecieron infinitos segundos, hasta que salió del paso con algún comentario que había oído por ahí, tal cosa y tal otra, dijo, y el profesor se dio por satisfecho y buscó otra víctima. ¿Para qué venís acá?, le dijo alguna vez un compañero de esos que se creen con derecho a preguntar cualquier cosa por el mero hecho de sentarse junto a uno, como si la simple cercanía otorgara ya la confianza de meterse en todo. Mi padre quiere que sea abogado, dijo Julio sin amargura, apenas con cierta tristeza por el viejo, pobre, quién sabe por cuánto tiempo más lo voy a engañar, porque en cualquier momento. Y la frase siempre terminaba ahí, en cualquier momento y nada, como si todavía no fuera tiempo ni siquiera de la amenaza.

7

Una vez, para honrar a un dios que ya ha desaparecido, Vaschuk mató a su hermano. Brillaba el sol en la punta de la espada que alzó con un brazo imponente, brillaba también en sus ojos negros como pozos. El nombre del hermano lo ha devorado el paso de los siglos, el de Vaschuk ha llegado a nosotros gracias a la fuerza de lo que llamaremos crueldad, barbarismo, de lo que vemos como costumbres bestiales. Pero aquella muerte fue dictada por el destino, a través de la ambigua voz de un oráculo. Mentiría si dijera que Vaschuk dudó al descargar el peso de la espada, cortando el aire con un fuego sin luz. Aquella prueba de fidelidad al dios y a su hijo, el emperador, le valió a Vaschuk un alto puesto en el ejército, con el que luchó muchas veces sin miedo, pues para él la muerte no era más que otro comienzo.

8

Nos gustaba ir al cine muy seguido. Los sábados, los martes, los jueves. Después de la Facultad nos sentabábamos un rato en alguna plaza o yo la invitaba a tomar un café y a comer bizcochos, pero cuando caía el sol, casi como obligados por un pacto tácito, nos encaminábamos al cine para ver una o dos funciones, gracias a nuestra talonera de estudiantes. Después comentábamos las películas, eso parecía gustarnos más que verlas. Hablábamos del guión, de la fotografía, de las actuaciones, de la música, del director. Julia sabía mucho de cine. Yo también, pero me gustaba más escuchar los comentarios de Julia que emitir los míos. No siempre estábamos de acuerdo, era divertido contradecirla, verla reaccionar, reírnos juntos después. Ella, por ejemplo, tenía una idea muy clara acerca del horror, decía que el verdadero horror estaba en lo cotidiano, en una brevísima ruptura de lo cotidiano, y en la casual percepción de esa ruptura. Algo inexplicable pasa y sólo vos lo notás, después, todo vuelve a estar como antes, nada ha cambiado, o sí. Esa fugaz sensación, no de los sobrenatural, no quiero decir eso, pero sí de lo inexplicable, como un sabor parecido a nada que te gana la boca y te dura unos segundos, eso es para mí el horror, decía convencida.

9

Me ocultaron el diagnóstico inicial, mi esposa, mi padre, el mismo doctor Schob. Tomaron la decisión en secreto, haciéndome creer que era dueño de mi voluntad. Comencé a descubrir de qué se trataba aquello una tarde de noviembre. El doctor Schob, un hombre cadavérico, de blancas y largas manos, me pidió que me quedase un rato en el consultorio mientras él hacía una llamada en el otro cuarto. Cuando se fue, me puse de pie y me acerqué a la pared. Leí con atención la docena de diplomas que Maximilien Schob ostentaba. Sin duda estaba académicamente capacitado para tratar mi caso, cualquiera que aquel fuese, pensé. Apenas volví a sentarme en el sillón, por la puerta que daba al pasillo entró un hombre. No era Schob, era mucho más bajo, llevaba bigote, un par de lentes, corbata y una incómoda sonrisa. Me estrechó la mano. Parpadeaba de forma compulsiva, se frotaba los dedos y cada dos o tres palabras sacaba un sucio pañuelo del bolsillo de su saco y se lo pasaba por la frente. Era un hombre desagradable, incómodo, de esos que suelen despertar en los demás cierta repulsión o lástima.

– ¿Usted es…? -me dijo, como si mi cara le recordase a alguien.

– Soy Julián Fine -le respondí.

– Ah, Fine, verá, señor. Yo sólo deseo… ¿Cómo decirlo? He venido para advertirle, señor -hablaba con una voz temblorosa y ágil mientras miraba a la oficina contigua desde la cual se oía la conversación que Schob mantenía con algún colega.

– ¿Advertirme de qué? ¿Y usted quién es? -dije poniéndome de pie, de modo que mi estatura, superior a la del extraño, me ayudase a acentuar mis palabras.

– Soy el señor Rufer, André Rufer, es un placer -dijo esto y se acercó hasta la puerta tras la cual estaba el doctor Schob; cuando se cercioró de que la conversación de aquel aún no terminaría, se acercó a mí y continuó-. Váyase ahora, hágame caso, señor Fine -me dijo-. Este lugar no es lo que parece.

10

Todavía le dolía la cara. La última trompada había sido un martillazo relampagueante directo al pómulo izquierdo, un martillazo que le sacudió la cabeza y quedó zumbando con un agudísimo pitido que comenzó a apagarse luego del golpe seco contra la lona. Cayó como un muñeco sin huesos, como si estuviese relleno de trapos, de ropa sucia, con los brazos muertos a ambos lados del cuerpo. El árbitro contó hasta diez desde un ring que quedaba en otro mundo y recién entonces dos pares de manos lo arrastraron hasta su esquina para despertarlo con agua y cachetazos. Alguna gente rompía con furia sus boletos, otros, eufóricos, saltaban en sus asientos. Rojas levantó el único ojo que le quedaba abierto y con mucho esfuerzo alcanzó a ver a su rival entre la muchedumbre al alzar un cinturón dorado, al escupir el protector bucal, al sonreír con una mueca deforme debajo de su nariz chata. Pero vos lo ves, dijo Rojas sin mirar a Montoya con una voz absolutamente rota que le salía a duras penas de la boca sangrante, vos lo ves y no podés creer, qué vas a poder creer que ese tipo me haya tirado. Si le dan ganas de llorar a uno, y mientras decía esto lloraba, pero no sentía nada en la cara, adormecida a golpes, y por eso las lágrimas le corrían tranquilamente por la pera y goteaban, una a una, hasta la lona.

La revolución de lo fantástico

diseno-escher

.

De no haber sido por necesidades académicas es improbable que este limitado lector hubiese llegado a la obra de Thomas Khun, La estructura de las revoluciones científicas. Si bien no es una lectura sencilla (por momentos se volvió inextricable para alguien poco conocedor de la historia de la ciencia), tiene un valor fundamental, un valor que excede al campo científico, pues algunas ideas de Khun pueden ser aplicadas, con algo de flexibilidad, en las áreas más diversas, también, claro, en la literatura. Ese fue mi estímulo para terminar el libro, ver cuán capaz podía ser de establecer correlaciones, paralelismos y correspondencias entre las ideas científicas de Khun y los conceptos básicos de Caillois, Todorov, Cortázar (y algunos otros teóricos y escritores) acerca de la literatura fantástica.

Paradigmas y anomalías
Según Thomas Khun, los paradigmas son un conjunto de conocimientos y creencias que forman una visión del mundo en torno a una teoría hegemónica en determinado período histórico. Estos paradigmas, estas formas de ver el mundo, cumplen una doble función: por un lado, la positiva, que consiste en determinar las direcciones en las que ha de desarrollarse la ciencia normal; por otro, la función negativa, que es la de establecer los límites de lo que ha de considerarse ciencia durante el tiempo de su hegemonía. Según Khun: “cada paradigma delimita el campo de los problemas que pueden plantearse, con tal fuerza que aquellos que caen fuera del campo de aplicación del paradigma ni siquiera se advierten”. Esto provoca algo denominado “ceguera paradigmática”, es decir, una persona ve la realidad desde una perspectiva tan firme e inamovible, de una manera que ha probado su validez tantas veces, que cuando algo plantea una contradicción con esa perspectiva la persona no lo percibe, pues ha aprendido a no percibir lo que su concepción del mundo no puede explicar. Por eso, Khun dice que “la investigación normal” se preocupa muy poco de encontrar novedades. Pero que las novedades no se busquen no quiere decir que las novedades no aparezcan. Es así que cuando un enigma científico es tan grande que no puede ser resuelto y llega a ser considerado como una anomalía, aparece una transición hacia una crisis, y se da el pasaje de la ciencia normal a la ciencia extraordinaria. Así, la ciencia avanza, gracias a anomalías que no pueden ser explicadas por el paradigma vigente. Cuando los fracasos se multpiplican, las crisis comienzan con un cuestionamiento al paradigma, por un debilitamiento de las reglas de investigación normal, y surge una necesidad de considerar otros tipos de investigación. Para que una revolución científica tenga lugar, el investigador debe renunciar a la visión del mundo que tenía hasta ese momento y adecuarse a una nueva mirada.
El proceso que de forma muy esquemática hemos descrito aquí es el que Khun define como “revolución científica”, con el fin de subrayar la naturaleza no acumulativa del avance de la ciencia. El progreso no sólo comprende la acumulación de hechos y leyes, sino que a veces implica también el abandono de un paradigma y su reemplazo por otro nuevo.

Todorov, la literatura fantástica
Todorov, en su estudio Introducción a la literatura fanástica, diferencia tres categorías dentro de la ficción no-realista: lo maravilloso, lo insólito y lo fantástico. Cada uno de estos géneros se basa en la forma de explicar los elementos sobrenaturales que caracterizan su manera de narración. Si el fenómeno sobrenatural se explica racionalmente al final del relato, estamos en el género de lo insólito. Lo que a primera vista parecía escapar a las leyes físicas del mundo tal y como lo conocemos, no es más que un engaño de los sentidos que se resolverá según estas mismas leyes. Por otro lado, si el fenómeno sobrenatural aparece como natural en el entorno del relato, nos encontramos ante lo maravilloso. Tal sería el caso de los cuentos de hadas, fábulas, leyendas, donde los detalles irracionales forman parte tanto del universo como de su estructura. Para Todorov, el género fantástico se encuentra entre los territorios de lo insólito y lo maravilloso, y sólo mantiene su efecto fantástico mientras el lector duda entre una explicación racional y una explicación irracional. Según él, lo fantástico no ocupa más que «el tiempo de la incertidumbre», hasta que el lector opte por una solución u otra.

Las ideas de Castex
El teórico P. G. Castex, en tanto, define lo fantástico como «una ruptura en la trama de la realidad cotidiana». En un contexto realista se produce un acontecimiento extraordinario que, paulatinamente, atrae la atención del personaje principal hasta invadir completamente su mundo y transformarlo. La normalidad se quiebra. Su percepción del mundo será distinta a partir de esta experiencia turbadora.

Cortázar y el extrañamiento
Dejemos hablar al autor de Bestiario: “El sentimiento de lo fantástico, como me gusta llamarle, me acompaña desde el comienzo de mi vida, desde muy pequeño, antes, mucho antes de comenzar a escribir, me negué a aceptar la realidad tal como pretendían imponérmela y explicármela mis padres y mis maestros. Yo vi siempre el mundo de una manera distinta, sentí siempre que entre dos cosas que parecen perfectamente delimitadas y separadas, hay intersticios por los cuales, para mí al menos, pasaba, se colaba, un elemento, que no podía explicarse con leyes, que no podía explicarse con lógica, que no podía explicarse con la inteligencia razonante. Ese sentimiento, que creo que se refleja en la mayoría de mis cuentos, podríamos calificarlo de extrañamiento; en cualquier momento les puede suceder a ustedes, les habrá sucedido, a mí me sucede todo el tiempo, en cualquier momento que podemos calificar de prosaico, en la cama, en el ómnibus, bajo la ducha, hablando, caminando o leyendo, hay como pequeños paréntesis en esa realidad y es por ahí, donde una sensibilidad preparada a ese tipo de experiencias siente la presencia de algo diferente, siente, en otras palabras, lo que podemos llamar lo fantástico. (…) Un gran poeta francés de comienzos de este siglo (del siglo XX), Alfred Jarry dijo una vez, que lo que a él le interesaba verdaderamente no eran las leyes, sino las excepciones de las leyes; cuando había una excepción, para él había una realidad misteriosa y fantástica que valía la pena explorar”.

Lo fantástico desde las ideas de Khun
Establezcamos una analogía entre las ideas de Khun y lo que Todorov, Castex y el mismo Cortázar han expresado, para ver si podemos analizar a través de su teoría lo que ocurre en el corazón mismo de un cuento fantástico.
Para empezar, toda revolución científica, todo cambio trascendente se produce en el campo de la ciencia cuando existe un paradigma hegemónico que sea ampliamente aceptado y que imponga su mirada del mundo. Lo mismo pasa dentro de un cuento fantástico como los que se han definido aquí, ya que “la presencia de algo diferente”, sólo resaltará si tenemos en cuenta un fondo de realidad, incluso de trivialidad cotidiana que el lector acepte como lo real, como lo normal. De tal modo, el paradigma del lector cuando comienza a leer “Continuidad de los parques”, está claramente definido, el personaje que ha comenzado a leer la novela y llega a su finca y es recibido por su mayordomo, vive en un mundo que es claramente “real”, un mundo movido por los mismos mecanismos que mueven el mundo del lector. Incluso la trama de la novela que ese personaje lee pertenece a esa estructura de lo real que el lector puede sentir como propia, en donde una pareja de amantes planea la muerte del esposo. Esas son las dos líneas narrativas de “Continuidad de los parques”, y ninguna de ellas escapa al paradigma de lo que cualquiera de nosotros puede entender como “lo real”. Así planteado el escenario del cuento, todo está dado para que se produzca la anomalía que Khun señala como el disparador de toda transformación relevante. La anomalía en el cuento de Cortázar se produce cuando las dos líneas narrativas se tocan, y entonces lo que para el lector era hasta entonces un juego de ficción-realidad y ficción-ficción (o metaficción), pasa a ser otra cosa, porque el escenario se sacude y el mundo del lector pierde sus bases. ¿Qué quiere decir eso? Que el paradigma del lector no es capaz de explicar la anomalía que ha surgido y entonces hay un momento de duda, esa duda que Todorov impone como condición imprescindible para la existencia de lo fantástico coincide con lo que Khun llama “la crisis del paradigma”, que es el proceso por el cual se genera un nuevo paradigma que sea capaz de explicar lo que el anterior no podía, el enigma surgido de la anomalía, de la ruptura de la trama de la realidad cotidiana, de Castex. Cuando esa explicación surge, lo fantástico se desvanece, al menos si entendemos lo fantástico como mero lapso de desacomodamiento de ciertas estructuras.

La estructuración de la nueva mirada
La literatura fantástica realiza una tarea pedagógica con su lector. A través de un proceso lento de sedimentación, pues, como dice Cortázar “los cuentos de esta especie se incorporan como cicatrices indelebles a todo lector que los merezca”. ¿Y qué significa esto, después de todo? ¿Qué quiere decir que los incorporemos como cicatrices indelebles? Probablemente quiera decir que modifican nuestra forma de ver el mundo, abren la perspectiva de manera imprevisible y nos hacen enfocarnos en los márgenes de nuestro paradigma, en los límites mismos de lo que consideramos real, verosímil, posible o probable.
No postulo que un veterano lector de cuentos fantásticos vaya por el mundo obsesionado con lo extraño o lo sobrenatural, ni siquiera que esté más predispuesto que otros a creer en ovnis, fantasmas o fenómenos paranormales, no; lo que digo es que el lector de cuentos fantásticos ha comprendido que conviene descreer de las explicaciones demasiado rígidas, de las certezas, de los dogmas, y que es en la duda en la que se hace evidente la inteligencia de una mirada flexible. Por eso está deseoso de percibir la anomalía y dejarse transformar un poco más, una vez más, nuevamente.

Originalmente publicado en La letra breve.

Una obrita de guiñol

guiniol

Breve introducción: a medidados del año pasado escribí esta brevísima obrita de guiñol para que las mujeres de un grupo de Uruguay Integra -uno de los proyectos del Ministerio de Desarrollo Social que forman parte del Plan de Emergencia- la representaran en escuelas. Las señoras construyeron el retablo, fabricaron los títeres y se rieron e hicieron reír a unos cuantos niños de entre 6 y 12 años. Yo fui a ver la obra un día, sin decirles nada (para que no se pusieran nerviosas). Había no menos de 100 niños sentados en el suelo de hormigón del patio. Una linda experiencia… Les dejo a ustedes el texto. Ténganle piedad. Nunca había escrito nada así antes.

Enredos en el bosque

Escenografía. Un claro en el bosque (el paisaje podría estar pintado en el fondo del telón). A la izquierda se ve la puerta de una cabaña, hecha de pan y dulce.

Escena 1
(Por la derecha entra una anciana, encorvada por el peso de una canasta. Su enorme nariz, con una verruga en la punta, se asoma por debajo de la capucha).

Bruja 1: -Debe ser acá -dice, hablando consigo misma-. Aunque no sé, todas las cabañas del bosque se parecen…
(Golpea)
Bruja 2: (Desde dentro de la cabaña, gritando) -¿¡Quién es!?
Bruja 1: (Carraspeando para fingir voz de viejita) -Ábreme, dulce niña…
Bruja 2: (Antes de abrir se oye ruido a llaves) -No la dejan comer tranquila a una, si no es alguien vendiendo perfumol es otro que quiere que le compre un plumero, o condimentos, o curitas, o palillos… ¡Ya va, ya va!
(Se abre la puerta y aparece una señora gorda, con los cachetes rosados y rellenos, un delantal blanco, un gorro de cocinera en la cabeza y una espátula en la mano).
Bruja 1: (Sorprendida, exclama) -¡Pero, usted no es Blancanieves!
Bruja 2: (Mirando al público) -Perceptiva, la señora.
Bruja 1: -Pero… pero… ¡será posible! ¿Esta no es la cabaña de los siete enanos?
Bruja 2: -No, mujer, esta es la casa de dulce y chocolate. Si es diabética le recomiendo que se aleje.
Bruja 1: -Será posible, me volví a perder… tres días hace que ando dando vueltas.
Bruja 2: -¿Y qué lleva en la canasta?
Bruja 1: -Manzanas, ¿ve? ¿Quiere una?
Bruja 2: -No estarán envenenadas, ¿no?
Bruja 1: -No, esa la tengo apartada para Blancanieves. No me la banco, ¿sabe?
Bruja 2: -Entiendo, todo el día cantando con los pajaritos, es una pesada la muchacha, haciéndose la linda, tiene locos a todos los príncipes. Pero igual no quiero manzanas, si como antes del almuerzo se me quita el apetito.
Bruja 1: -¿Estaba por almorzar? ¿Qué preparó?
Bruja 2: -Lo de siempre: niños.
(Entonces se escucha el grito agudo de un niño pidiendo ayuda).
Bruja 1: -¿Hansel y Gretel?
Bruja 2: -Ojalá… No, no, esos vienen mañana… este apareció de casualidad por acá, perdido como usted, dice que sus padres lo abandonaron, que él había dejado un rastro de miguitas de pan para poder volver, pero un pajarito se las comió… bueno, ya sabe cómo son los niños, cuentan cada mentira… Y ahora me estoy haciendo una sopa con él, porque es muy chiquito, no da ni para prender el horno.
Bruja 1: -Y no. Con lo caro que está el gas…
Bruja 2: -Dígamelo a mí… Así que ahí lo tengo a Pulgarcito, flotando entre zanahorias y fideos.
Bruja 1: -¿Papa no?
Bruja 2: -No, la papa me hincha…
Bruja 1: (Mirándola de arriba a abajo) -Sí, se nota.
Bruja 2: -¿Qué insinúa? ¿Que estoy gorda?
Pulgarcito: (desde adentro de la cabaña) -¡Sos un lechón, bruja!
Bruja 2: (Hacia adentro) -¡Soy de huesos grandes, atrevido! (volviendo a hablarle a la otra bruja) Siempre fui así, de chiquita. Pero ahora estoy por empezar a ir al gimnasio y para el verano quedo hecha un espectáculo…
Bruja 1: (Aguantando la risa) -Sí, sí, seguro…
Bruja 2: -Lo que pasa es que los niños tienen muchas calorías.
Bruja 1: -Así que la casa de dulce es para atraerlos…
Bruja 2: -Claro. Y funciona, son muy golosos los gurises, y así se les pican todas las muelas también. La macana es que se me llena de hormigas. Y el otro día se me llovía el dormitorio porque un gorrión me hizo un agujero en el techo de caramelo… le digo que no es changa esto de ser bruja.
Bruja 1: -La gente es muy mala con las brujas. Después de todo, nosotras también somos personas… yo no elegí ser bruja. A mí me pusieron en el cuento y me dijeron: “Mirá, vos tenés que envenenar a Blancanieves”. Pero después la gente se la agarra con una, no con el que escribió el cuento. Eso es una injusticia.
Bruja 2: -Una injusticia, sí señor.
Pulgarcito: -¡Esta sopa está muy salada! ¡Te va a hacer mal a la presión! ¡Y te aviso que yo no tengo rico gusto!
Bruja 2: -Pero qué gurí… (Hacia adentro). ¡Dejá de hacer la plancha en el caldito y cocinate de una vez!

Escena 2
(Mientras la Bruja 2 estaba mirando hacia adentro, por la derecha aparece el Lobo. La Bruja 1 se acerca a él y comienza a acariciarlo).
Bruja 1: ¡Qué mimoso! ¿Es suyo?
Bruja 2: (Sin darse vuelta) -¿Que si es mío el qué?
Bruja 1: El pichicho…
Bruja 2: ¿De qué pichicho me habla? Yo no tengo ningún pichicho… (se da vuelta) ¡Ese bicho es tremendo lobo!
Bruja 1 y Bruja 2: ¡Aaaaaaaahhhhhhh!
El Lobo: -Señoras, señoras, por favor, por favor… tranquilícense…
Bruja 1 y Bruja 2: ¡Aaaaaaaahhhhhhh!
El Lobo: (Mirando al público) -¡Qué manga de locas!
Bruja 1: -Ese bicho no tiene ni la patente al día.
El Lobo: -¿Cuál de ustedes es la abuela de Caperucita Roja?
(Las brujas se miran entre sí, sin decir nada).
El Lobo: -Señoras, es una pregunta muy sencilla. ¿Cuál es la abuela de Caperucita? Ya viene en camino, me tengo que comer a una de ustedes, vestirme con sus ropas y meterme en la cama… el cuento es así. Si no se apuran no me va a dar el tiempo.
Bruja 1: -Yo no soy.
Bruja 2: -No tengo nietos.
El Lobo: -¿Se creen que me chupo el dedo yo?
Bruja 1: -Mire, señor Lobo, capaz que a usted le pasó como a mí, que me equivoqué de dirección. Ninguna de nosotras es la abuela de Caperucita. Yo ando buscando la cabaña de los siete enanos y esta buena mujer se está por almorzar a Pulgarcito.
El Lobo: -¿Y quién se va a creer ese lío?
Bruja 1: -Es la verdad. Tenemos testigos.
Bruja 2: -Sí, pregúntele a los niños.
El Lobo: (Dirigiéndose al público) -¿Es cierto que ninguna de estas dos es la abuela de Caperucita, niños?
(Después de la respuesta, el Lobo suspira y se pone a llorar).
El Lobo: -Yo no sirvo para esto. Mi padre quería que yo fuese como esos lobos malos de los cuentos, pero no puedo, no me sale. Yo quiero un dueño que me quiera, que me bañe, que me dé Dogui, que me ponga un collar antipulgas… además, soy muy  cobarde. Me da mucho miedo pasar la noche en el bosque… está oscuro y hay ruidos raros.
Bruja 1: -Pobre pichicho.
El Lobo: -A veces me siento a ver a esos niños que juegan con sus mascotas, que les tiran pelotitas o palitos y ellos se van y se los traen…
Bruja 2: -¡Qué diversión!
Bruja 1: -¡Apasionante!
El Lobo: -¿Se burlan de mí? (Gruñe) ¡Grrrrrrr…!
Bruja 1: -No, no, tranquilo, soo, sooo, chicho, chicho…
Bruja 2: -Che, me parece que viene alguien…
Bruja 1: -¿Más gente? ¿Quién podrá ser?
Bruja 2: -No tengo idea.
Pulgarcito: -¡Seguro que tu novio no es, gorda!
Bruja 2: (Hacia dentro de la cabaña) –¿Todavía no te cocinaste vos?
Pulgarcito: -¡Qué me voy a cocinar, si la garrafa se terminó hace media hora! Me estoy dando un bañito de lo más lindo en la cacerola esta… ¿No tenés shampoo?
Bruja 2: -Y encima me toma el pelo. No, no, si yo te digo que hoy no es mi día…
El Lobo: (Temblando) –Pero… pero… ¿quién es el que viene? ¿Será un cazador?
Bruja 1: (Mirando al Lobo) –No seas tan maula, che, que así, ni de perro guardián te va a querer nadie.
Bruja 2: -Pero, cállense, que ya viene…

Escena 3
(Aparece un niño).
Bruja 1, Bruja 2 y El Lobo: -¡Ooooooohhh!
Bruja 1: -No es más que un mocoso…
Bruja 2: -Mmm, mmm, (relamiéndose). Y tiene buen aspecto.
Niño: -Buen día, señoras, lobito… ¿cómo les va? Lindo día, ¿no?
Bruja 1: -Bien educadito.
Bruja 2: -Poco me importa la educación, me basta con que tenga rico gusto.
Niño: -Disculpenme, pero ando buscando a mi mascota.
Pulgarcito: -¡Rajá, pibe…, antes de que te hagan a la parrilla!
Niño: -¿Y esa voz? ¿Qué fue lo que dijo?
Bruja 2: -Nada. No le hagas caso. Es mi sobrino… un bromista.
Pulgarcito: ¿Yo sobrino tuyo? ¡Ni loco que estuviera!
Bruja 2: (Hacia adentro) -¡¡Callate de una vez!! ¡¡Me tenés harta!!
El Lobo: -¿Qué mascota estás buscando?
Niño: -Bueno, es un gato que me dejó de herencia mi padre.
Bruja 1: -Un gato…
Niño: -Sí, un gato. Es amarillo y tiene la cola peluda como un plumero. ¿Lo vieron?
El Lobo: -A mí los gatos no se me acercan…
Niño: -Ah, me olvidé de un detalle, este gato mío usa botas.
Bruja 1: -¿Botas? Pero, ¿qué tipo de gato puede usar botas?
Niño: -Bueno, un gato con botas.
Bruja 2: -Es razonable.
El Lobo: -Sí, es muy razonable.
Bruja 1: -Pero no hemos visto ningún gato con botas a la vuelta, de haberlo visto no me lo olvidaría… Quizá los niños hayan visto uno. (Dirigiéndose a los niños) ¿Ustedes no han visto por ahí a la mascota embotada de este pequeñín? (Noooo). ¿Seguros? (Síiiiii).
Niño: -Bueno. Disculpen la molestia, entonces. Voy a seguir buscándolo. Hasta luego.
Bruja 2: -Hasta luego, pequeño.
(Mientras el niño se va, la Bruja 1 se acerca al lobo y le cuchichea algo al oído. El Lobo, entonces, se dirige al niño, que ya se marchaba).
El Lobo: -Espera… niño… espera…
Niño: -Sí, lobito… dime…
El Lobo: -Bueno, nada… yo… estaba pensando que… bueno… que ya que…
Bruja 1: -Dale, Lobo, decile de una vez…
El Lobo: -Bueno, eso… que ya que vos perdiste a tu mascota y yo quisiera un dueño…
Bruja 2: -Lo que el lobito quiere es que vos lo adoptes.
Niño: -Haberlo dicho antes. Dale, venite conmigo… mis hermanos siempre quisieron tener un perrito. ¡Vamos!
El Lobo: (Dirigiéndose a las brujas) –Hasta luego, señoras, y gracias por todo.
(Se van)
Bruja 1: -¿Qué es esta sensación tan rara?
Bruja 2: -No sé. Te iba a preguntar lo mismo…
Bruja 1: -Como ganas de reír, ¿viste?
Bruja 2: -Sí, como cosquillas en los cachetes…
Pulgarcito: -Señoras, ustedes no se dan cuenta, pero acaban de hacer algo bueno al ayudar a ese lobito, por eso se sienten bien.
Bruja 1: (Desorientada) -¿Algo bueno?
Bruja 2: (Asombrada) -¿Ayudar a alguien?
Bruja 1: -Pues… qué lindo, ¿no? ¡Está bueno!
Bruja 2: -Mucho mejor que almorzar niños…
Bruja 1: -¡Mejor que envenenar princesas!
Bruja 2: -Podríamos volvernos buenas…
Bruja 1: -Ah, yo creo que sí…
Pulgarcito: -¡Empezá por sacarme de esta olla, che!
Bruja 2: -Ya va, ya va. Tenés razón.
(Las brujas entran a la cabaña).
Bruja 2: -¿Y si con esas manzanas tuyas nos hacemos una tarta?
Bruja 1: -¿Invitamos a los niños?
Bruja 2: -Y sí… no los vamos a dejar con las ganas.
(Telón).