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Dos o tres cosas sobre la escritura

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En mi otra casa, una en la que viví hace tiempo (y que luego se convirtió varias veces y por varios motivos en casas muy distintas a sí misma, aunque seguía manteniendo la distribución de paredes, puertas y ventanas), mi lugar para escribir era un claustrofóbico cuartito de dimensiones tan estrechas que sólo siendo ridículamente delgado uno podía sentarse frente al escritorio. El escritorio. Un enorme mueble de antaño que fue de mi abuelo, buena madera, sólida y pesada como un mamut recién muerto, cármica roja opacada por el tiempo sobre la que aquel abuelo mío llevaba adelante la contabilidad de una antigua panadería, con prolija caligrafía, en sendos biblioratos. Para meter el escritorio en el cuartito hubo que hacerlo a través de una ventana de dos hojas, que luego se enrejó. Para pasar ese escritorio hacia la sala, en posteriores movimientos, tuve que serrucharle las patas sus buenos quince centímetros. Una vez lo dejé empotrado en el marco de una puerta de un modo que yo habría creído imposible. Claro que cuando uno ve las cosas ocurriendo delante de sus propias narices el escepticismo se vuelve un globo lleno de helio en una tarde de viento. El mueble formaba ángulos poco previsibles, ángulos desafiantes. De algún modo, cada arista del mueble había logrado incrustarse en el pasillo. Yo estaba solo. Había emprendido aquella tarea colosal en la más pura soledad. “Moveme”, parecía decirme el escritorio. “Me mutilaste, insolente; ahora moveme. Si podés”. Para pasar al baño tuve que contorsionarme plásticamente por entre las patas negras. Horas después, con dosis no muy bien distribuidas de reflexión, suerte y fuerza bruta, la tarea estaba cumplida. Puse el escritorio en un rincón y pasé meses usándolo para casi todo: escribir, leer, comerle encima, guardar secretos en sus cajones y puertitas. Nos amigamos. Él dejó de sentirse mutilado. “Eras demasiado grande, muchacho, demasiado alto. Imponente, es verdad, pero anacrónico, estoy más cómodo con vos ahora, quince centímetros más cerca del suelo”, le decía yo. Él suspiraba.

2
Es importante, creo, volver al recuerdo del lugar físico en que se escribió algo que luego fue editado. Recordar el espacio, la luz, los modos de estar en ese espacio y bajo esa luz. No dejar que se pierda aquella sensación de íntima soledad, de apartamiento del mundo, para recordar que no hay expectativas reales sobre la obra. Expectativas ajenas y propias. Y que si las hay, son como el humo, tienen la existencia de humo. La obra. Dicho así suena casi gracioso. Otra palabra que me hace bastante gracias es “prometedor”, porque una obra no promete nada para el futuro, ya es lo que promete, es la promesa y el cumplimiento de esa promesa, todo a la vez. Pero bien, si estaba hablando de esto fue porque comencé pensando en el siempre insospechado camino que puede recorrer un texto, desde su concepción hasta su publicación. A veces pasa tanto tiempo que uno ya siente que eso que se publica le pertenece a otro. Y está bien, porque exactamente así es como es.

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Ahora hay libretitas con notas. La mayoría son citas de los libros que voy leyendo. Hay frases escuchadas por ahí. Hay ideas. Bocetos. Comienzos de párrafos. Líneas. Hay todo eso, pero no hay cuento ni novela. No hay bloqueo, tampoco, ese síndrome del block writer, tan americano en su sentido yanqui, tan a medida de hombres que tienen siempre al cuello la soga de las fechas de entrega para una revista. Nosotros no tenemos eso porque no hay revista que le pague a uno para que le escriba un cuento. Ojalá sufriéramos block writer por estas latitudes, significaría que hay alguien con dinero en la mano, deseoso de dárnoslo a cambio de un relato bien escrito, y que la ansiedad que sentimos por hacernos con ese efectivo es lo que nos bloquea. Una trampa del inconsciente contra nuestra codicia. Un sabotaje. Bueno, pero no es eso. Acá usted se consigue un trabajo seguro y fijo, de ocho horas diarias y puntual pago el diez de cada mes (correspondiente medio aguinaldo a junio y diciembre), y luego, si quiere, escribe. Y así es como sale luego todo. A contramarcha. Uno le roba horas al sueño, al descanso, al puro ocio, invierte sus contadas horas de fin de semana y espera que algo salga de allí, algo aprovechable. Esas pobres horas no tienen por qué soportar tanta presión, pero no hay otro modo. Entonces, uno va luego y mira su estante de literatura uruguaya actual y ve libros de cuentos y novelas que a duras penas pasan las cien páginas, y se da cuenta de que a todos parece estarles pasando lo mismo. Tal vez no hay largo aliento que se sustente desde el multiempleo. ¿Cuánto influye la extensión, que es una cuestión de forma, con en el fondo, con lo que al final se está diciendo? Quizá, esto de ir a contramarcha, siempre forzados y siempre a pulmón, acaba siendo una marca de estilo, un distintivo en el orillo. La brevedad nos deja fuera de ciertos terrenos, porque hay cosas que sólo pueden ser dichas en quinientas páginas. El problema es que quinientas páginas no se escriben en quince días de licencia laboral.

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Estos son apuntes encontrados al azar en la última de las libretitas. Evidentemente estaba haciéndome a la idea de cómo era algún personaje, y comencé a dejar mojones por ahí, pistas para cuando me decidiera a desarrollar la historia en la que él iba a existir. Eso no pasó, pero acá quedan estos apuntes. Quién sabe, tal vez en las próximas vacaciones.

Cuando te llevan a conocer a extraños, lo que te protege es tu vínculo con la persona que te presenta, el cariño o cualquiera que sea la naturaleza de la relación que te une a él. A veces te presentan de tal modo que es como si te soltaran en medio del campo, en una noche helada.

Era como uno de esos cascos de ciclista que parecen la cabeza de un torpedo nuclear. Esos cascos son la cosa más ridícula del mundo en la cabeza de cualquiera que no sea ciclista, pero encajan a la perfección con la bici, la pista, la malla ajustada y brillante, la velocidad. Bariji era el casco solo.

Había una fuerza externa a él mismo, algo que él ni siquiera entendía bien, algo que empujaba a los demás a llamarlo por su apellido. Bariji. Siempre, sin excepciones. El suave territorio de la familiaridad le estaba vedado. Lo habían exiliado de ese país y, llegado un punto, a él le interesaba muy poco que volviesen a admitirlo.

Pensá que no te duele y no te duele

Fútbol. Una pelota acercándose. El arco, adelante y un poco a la izquierda. Dos o tres pasos preparatorios. Un movimiento demasiado rápido y demasiado fuerte tensa el músculo (o los tendones, los ligamentos, algunas de esas cosas que hay allí abajo) más allá de su elasticidad, rajándolo. Es una rotura pequeña, como si una señora que pretendía olvidarse del cambio de su figura en el último año (un cambio expansivo), volviese inocentemente a ponerse aquel vestido azul y, al sentarse, el terrible sonido de la tela abriéndose. Así se abre el músculo, menos de un centímetro, pero alcanza para que duela y pulse eléctricamente a lo largo de toda la pierna. Alcanza para la renguera (que no es de perro aunque la lesión se haya producido jugando al fútbol con habilidades caninas). Son días de entender el daño. Uno juega a la gallinita ciega y el dolor le dice “frío, frío, frío, tibio, ¡caliente!” y hay que ver, entonces, de qué manera apoyar el pie para poder desplazarse, aunque sea a una velocidad tan mínima que quizá ni siquiera habría que llamarla velocidad. Hasta la más tonta de las actividades cotidianas se vuelve un problema que necesita ser resuelto. Es como poner el día cuesta arriba o de cabeza. Haciendo gala de una fascinante y ancestral capacidad de adaptación, pronto uno desarrolla una técnica de renguera digna (oxímoron) y cree que está logrando disimularla con decoro. El fingimiento provoca, a su vez, dolores en rodilla, cadera y zona baja de la espalda, pero es un precio razonable, se dice uno, gallardo, orgulloso, bastante idiota. La adaptación exige el rápido olvido del pasado reciente, es decir, cuando uno se desplazaba con normalidad por el mundo. Así que uno olvida. Cuatro o cinco días y ya cree que siempre fue así, este ser que parece ir por la vida apagando colillas olvidadas por fumadores descuidados. Hasta que se siente mejor. No curado: mejor. Prueba. Apoya todo el pie. Frío. Descarga suavemente el peso. Frío. Flexiona la rodilla. Tibio. Casi puede sentir cómo chirrian las fibras de lo que sea que tenga ahí dentro. ¡Caliente! Improperios de variada gama. Conviene esperar unos días, piensa entonces. Más improperios, soterrados, ahora. Y pasan esos días y pasan otros. La renguera es casi impercetible ahora, pero algo sigue estando fuera de lugar. La pierna se olvida del daño antes que uno, que es un muy buen alumno del dolor. El peso se inclina levemente del lado de la pierna sana todavía mucho después de que ya ambas piernas están sanas. Hasta que uno no se sienta curado, no está curado. Es un problema de la conciencia. Es un problema.

Sobre la alegría


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1:
Al final pasó. Cambió algo en el aire o el propio aire comenzó a vibrar de un modo ligeramente distinto, casi eléctrico. Estuvimos tantas veces ante instancias parecidas, con envión, con eso que usualmente llamamos “viento en la camiseta”, pero nuestro viento dejaba de soplar, se volvía una brisa tenue, un soplido de niño apagando las velitas. Desperdiciamos muchas chances antes, malogramos circunstancias favorables y perdimos de vista el carácter cuando más falta nos hacía. Pasó tantas veces. En eliminatorias, en Mundiales… tantas veces. De modo que nos fuimos educando en el sufrimiento, esto es sabido, pero también en la incredulidad y el augurio funesto: “jugamos bien, estamos ganando, dominamos el partido… no puede ser, algo va a pasar, algo va a pasar de nuevo, es como estar viéndolo”. Y entonces, como si de verdad existiese una fuerza oscura capaz de torcer las cosas, eso que se temía pasaba. Partidos brillantes (sí, brillantes), que se iban por el caño (parece que el repechaje es para Uruguay una especie de vórtice, como si alguien quitase el tapón de la bañera y nosotros fuéramos un diminuto barquito de papel, a pelear en el mundo subterráneo). Empates injustos, derrotas inverosímiles, y otra vez a remar en río revuelto. Porque nadie que haya visto todos y cada uno de los partidos de Uruguay en las eliminatorias podrá negar que en el campeonato de los méritos, esa tabla de posiciones que se completa con los números dibujados en la arena, salimos terceros, como mínimo.

El tema es que los uruguayos hemos aprendido a vivir el fútbol con un pájaro agorero en el hombro, uno que, si las cosas van bien, nos dice: “No te alegres mucho, esto está sostenido con alfileres y se va al carajo en cualquier momento”, y que si van mal nos pregunta: “¿Y qué esperabas?”. El resultado evidente es la angustia, la mandíbula tensa, la gastritis. Por eso nadie le creyó nada al Maestro Tabárez y a los jugadores cuando repitieron hasta el cansancio que al Mundial había que ir a disfrutar. Seamos sinceros: nadie se compró ese verso. Si nosotros vamos al Mundial es a seguir sufriendo, porque es mejor la angustia que la apatía de la exclusión. Verlo por TV. Qué ignominia es que la hinchada rival grite eso. O el ya célebre: opa, opa, afuera de la Copa. Nadie quiere estar afuera, todos queremos estar dentro, aunque signifique aumentar el diámetro de esa úlcera intestinal que arrastramos hace dos años. La pedagogía de la angustia nos caló hondo. Somos hombres (y mujeres y niños) de poca fe, y por eso necesitamos ver para creer. Ver la tabla de posiciones del Grupo A y creer que es cierto: invictos, primeros en el grupo, sin goles en contra. En efecto, algo cambió en el aire, algo que provoca sonrisas espontáneas en los peatones. Nunca hay que despreciar los motivos para estar alegre. Ampliaremos sobre este punto.

2: El partido en sí fue mucho mejor de lo que podíamos esperar. Más allá de especulaciones de pactos, arreglos, tejemanejes, chanchullos y aledaños, no pareció en ningún momento que Uruguay o México hayan salido en búsqueda del empate que clasificaba a ambos. Habría que ver que hubiese pasado de llegar al segundo tiempo igualados y con Sudáfrica goleando a Francia, pero jamás lo sabremos, amigos televidentes. Lo que sí sabremos es que México tiene buen toque de balón, pero demasiado lateral, tanto como para que nos haga recordar a cierta selección colombiana que popularizó el arte de pasar la pelota sin generar ni la sombra de una sensación de gol. Por eso nos hizo helar la sangre el zapatazo de Guardado, un tiro que vino de otro partido, una bala de cañón directa al travesaño, lejos de toda posible intervención de Fernando “cara de bebé” Muslera. Ahí ligamos, aceptémoslo con una mano en el corazón. Ligamos por todo lo que no ligamos otras veces, cuando esos tiros desde cuarenta metros se incrustaban en el ángulo, en nuestros estómagos y en nuestras esperanzas, todo de una. Pero esta vez, no, y brindemos por eso. Y fue casi lo único de México en el primer tiempo. Uruguay, en cambio, tuvo varias chances claras, la mejor de ellas fue de Suárez, que entró al área en diagonal desde la derecha y, solo ante el golero, envió un tiro cruzado que se perdió lamiendo el palo (la maldición de Suárez, que ya había hecho un gran partido ante Sudáfrica, pero sin convertir). Uhhh. Uhhh y todas sus variantes. Uhhh, no te puedo creer. ¡Uhhh, pero carajo! Y así hasta que Forlán domina el balón y deja pasar a Cavani por afuera. La pelota va hacia él. Cavani, de trabajo imperceptible, pero que corrió y corrió como si no hubiera un mañana digno de ser vivido, llegó al fondo con zancadas largas y metió un centro perfecto. Suárez en el segundo palo le dijo que sí a la pelota, sí, dale, andá a tu casa, y la pelota entró al arco por el espacio justo, entre ese golero improbable que es el Conejo Pérez y el palo. La abolición del uhhh. Golpe psicológico. Mazazo. El segundo tiempo fue un tiempo extraño para nosotros. El tiempo en el que vemos pero aún no creemos, como si incluso necesitásemos más que eso, más que ver, entrar a la cancha nosotros mismos y palpar lo que pasaba. México atacaba sin peso específico y los contragolpes uruguayos encontraban espacio y tenían olor de gol. Para ese entonces, Sudáfrica le ganaba dos a cero a Francia y los mexicanos hacían cuentas. Seguir atacando podía ser contraproducente: a esa altura, los goles uruguayos serían también goles sudafricanos. El deseo de evitar a Argentina en octavos es fuerte, pero más fuerte es el miedo a no pasar la serie… que sea lo que la Virgen de Guadalupe quiera, parecen decir los dirigidos por Aguirre (cuyos gestos a lo largo del encuentro fueron un show aparte). Uruguay huele esa indecisión, así que pone carpeta y le baja la persiana al partido. Faltan quince minutos. Algunos hinchas protestan ante la pantalla. Quieren el segundo gol. Ahora todos sacan pecho y boconean, ahora son todos cocoritos. No piensan que si Uruguay se abre atrás y México, por un prodigio del destino, empata, los minutos finales van a ser un suplicio. No piensan en nuestra cruz: la terrible costumbre de perder fácilmente, tontamente, lo que tanto costó conseguir. Y es que algo tan sencillo como un gol mexicano nos catapultaría al infierno. Esos inconscientes que quieren (que exigen a grito pelado), el segundo gol de Uruguay, no son amantes del buen juego, del ataque lírico; no, son amantes del sufrimiento.

3: En este apartado, señor lector, le habla directamente el autor de la nota. Quiero decirle un par de cosas de tú a tú, casi como en una charla de amigos que aprovechan una ocasión propicia para hablar de cosas que usualmente quedan acalladas por el barullo. ¿Le parece a usted que se puede extraer del fútbol algún aprendizaje que funcione en otros ámbitos? Me refiero a la vida, la vida como envoltura total de la existencia de una persona. Porque yo creo que sí. No es fácil, claro, es como pescar a través de un agujero en el hielo, pero bueno, supongamos que podemos pescar algo. El otro día, luego del partido ante Sudáfrica, cuando todos estábamos infantilmente contentos (o sea, contentos de verdad), me crucé con un cuidacoches que le decía a un colega, ubicado a media cuadra, esto: “¡Pero si eran unos pobrecitos, eran!”. Curioso. Horas antes, los sudafricanos eran anfitriones de un Mundial, rápidos, de físicos exuberantes, dirigidos por Parreira, DT campeón del Mundo en 1994, y la lista de atributos tenía muchos más ítems. Pero eso había sido una ilusión. De un momento a otro se nos había revelado la verdad: los negritos eran rivales menores, inexperientes, una papita, bah. Curiosa forma de pensar, repito. Una trasmutación radicalísima. ¿Cuándo ocurrió? Cuando les ganamos 3 a 0. Al parecer hay algo en nuestra mentalidad (nuestro inconsciente colectivo, diría Jung), que nos hace magnificar los obstáculos futuros y minimizar los que ya hemos superado. No hay una oportunidad más clara que la de un Mundial, donde toda la acción se comprime en poco más de treinta días, para ver en acción esta forma de pensar que, me temo, en este país se extiende mucho más allá de los límites de una cancha de fútbol. Desmerecer lo obtenido es un modo de desmerecer la alegría. Me da la sensación de que nos aterra estar alegres y que todas estas construcciones son modos de evitarlo, escaramuzas un poco patéticas.

4: Petardos. Bombas brasileras. Pólvora envuelta en papel. Estallidos. Pero aunque parezca que es lo mismo de siempre, no lo es. Yo no estoy muy acostumbrado a que un partido de Uruguay genere ese festejo pirotécnico. Cuando Nacional o Peñarol ganan, sí, claro está, pero con Uruguay los festejos son siempre más bien tibios. ¿Por qué? Porque entonces los estallidos tienen otro mensaje. Cuando juega uno de los grandes, los petardos son lanzados para que los escuchen los hinchas del rival, es como si una avioneta escribiera esto en el cielo, con humo blanco: “¡Bolso/Manya llorón, no tenés aguante, eh! Acá está el capo, ganamos hoy, como siempre, y cuando te agarremos te vamos a…”. Creo que la idea más o menos se entiende. El barullo post-partido sirve para enrostrarle el triunfo propio al rival de todas las horas. El goce se vive de manera doble e indirecta: disfruto porque a mi cuadro le fue bien y porque sé que el otro eso le jode. Entonces, tirar cohetes todos los fines de semana es una forma de cargar al otro. Supongo que es una de las tantas formas de vivir el fútbol, pero no estoy seguro de que haya sido así tradicionalmente. Me refiero a un pasado no tan lejano. El tema es que ahora pienso en el sentido de los estruendos tras la clasificación de Uruguay. Si no sirven para gozar a los mexicanos, ni para amedrentar a futuros rivales, ¿para qué sirven? Para algo mucho mejor, para hacernos pertenecer a una alegría directa, que no necesita rebote en la tristeza de nadie.

La ciudad de los perros

Son tan dueños de la ciudad como nosotros. Están en las veredas y en las plazas, duermen bajo el sol de la primavera y tiemblan, empapados, en los peores días del invierno. Allí donde haya una reunión pública estarán ellos sorteando las piernas, siempre curiosos, siempre calmos, siempre insondables. Algunos están flacos y parecen los fantasmas de un perro que de verdad vivió, que fue un volumen en el espacio, y no esta pobre muestra de huesos y pelo que ahora se pasea, puras patas y costillas, con el hocico afilado en busca de un poco de basura que se coma. Otros están gordos y su pelo es espeso y brillante, aunque no tienen dueño ni casa. Estos perros son los reyes entre los perros, porque de algún modo se han ganado el corazón no de una familia, sino de un barrio entero. Pueden tener un nombre, varios o ninguno, pero la verdad es que no lo necesitan, la suya es una libertad de tal magnitud que hasta puede prescindir de certificados de identidad, pues poseen una identidad que no necesita ser certificada. Si uno pasa junto a ellos puede ver la inteligencia en sus ojos, un brillo como de agua reposada. Un perro callejero es un animal sumamente sabio, le da un poco de tristeza ver pasar a sus congéneres siendo llevados en manojos por un desconocido, porque sus dueños no tienen tiempo de pasear con ellos. Nosotros creemos entender la calle, pero la verdad es que sólo formamos parte de ella fugazmente, apenas el tiempo que tardamos en ir de un lado a otro. Los perros que viven en la calle, ya sean los consentidos de toda una manzana o los que no tienen ni tendrán jamás un amo, entienden todo de un modo esencial. Por la forma de caminar de un muchacho ellos evalúan, de lejos, las posibilidades que tienen de recibir una patada cuando aquel se acerque. Entonces miran con temor y recelo al que viene y tiemblan secretamente dientes adentro o preparan un gruñido que disuada al hereje. También son precisos radares del afecto. Reciben las caricias no como una limosna, sino como algo que simplemente merecen, como algo que ellos también obsequian a quien se las provee, como si fuera uno, en realidad, el que está siendo acariciado. Los perros de la calle, además, casi nunca corren gatos. Han aprendido ya lo vano de la tarea y deciden reservar sus energías para empresas más fructíferas. En ocasiones ceden a la tentación de acompañar a alguna señora o a una parejita, por las dudas de que justo estén en busca de una mascota buena y con experiencia en la vida, pero al tercer o cuarto chistido -o, en su defecto, ante la primera pedrada- desisten y se van pensando: “ellos se lo pierden”. Son sumamente fieles con los más débiles. Los hurgadores siempre encuentran en ellos una compañía desinteresada, allí no existe la conveniencia del sustento, pero una vez descartada la relación mercantil ya no hay lógica “amo-mascota”, hay otra cosa, el pacto mutuo y silencioso de no abandonarse nunca. Un anciano que ha llegado a la última edad sin familia, de ojos cansados de tristeza y boca que balbucea palabras para nadie, puede estar seguro de que habrá un perro que lo ayude a cargar los últimos años, porque nadie merece estar así de solo. Cuando nos encontramos con un perro malo haríamos bien en pensar que ese perro es simplemente un recipiente en el que alguien más ha depositado su maldad, y es que mucha gente demuestra verdaderamente lo que es sólo ante el que nada puede hacer. Muchas veces, nuestra conducta hacia los perros no es otra cosa que el anuncio de lo que sería nuestra conducta hacia las personas, si tuviéramos el poder suficiente. La crueldad no tiene diferencias sino apenas distintos grados en sus posibilidades de realización.

Anexo: Chocolate

Sólo yo le decía Chocolate o Choco, y de todos modos él me entendía. En su primera casa -o la primera que yo le conocí-, vivía dentro de una cucha de plástico, azul y gris. Tenía las patas amarillas, igual que sus ojos. El resto era del color del café o de la canela. Un perro todo ímpetu. No sé por qué me tomó tanto cariño. Escuchaba aproximarse mi moto y se paraba encima de la cucha, con toda la ansiedad del mundo fija en la mirada. Tenía tal energía que nunca nadie se atrevió a dejarlo suelto, y es que los precedentes iban en su contra: dicen que una vez se soltó por la noche y mató la oveja de un vecino. Le mordió el cuello. Cuando me contaron eso no pude evitar imaginarme la sangre tiñendo la lana del pobre animal. Chocolate era puro instinto. Sacarlo a pasear significaba una inversión de energía nada desdeñable, y es que cinchaba con la fuerza de un toro, de modo que yo debía ir refrenándolo todo el tiempo. Una vez quiso hacerle frente a un gran danés, un perro del tamaño de un pony -aunque, para ser exactos, he visto ponys menos robustos-. Yo me quedé mirando a Chocolate con cara de: “pero vos estás enfermo, hermano, ¿no ves que si quiere te come la cabeza?”. Pero él era así, una especie de cachorro eterno. Y sin embargo, cuando pasaba la ansiosa furia del primer paseo y nos sentábamos bajo un árbol del parque o en un banco perdido, él se quedaba tranquilo y hasta se olvidaba de que yo estaba ahí. Una vez eso fue literal, confundió mi pierna con un árbol y la meó a conciencia. A pesar del potencial riesgo de ser orinado, sacar a pasear a Chocolate fue durante mucho tiempo mi plan del sábado o domingo de tarde. Y aunque pasara mucho tiempo, semanas o meses, sin ir a buscarlo, cuando llegaba era de nuevo lo mismo, él subido a su cucha y su ladrido sonoro haciendo vibrar el aire.
Como las cosas ocurren de modo misterioso, Chocolate terminó viviendo conmigo en mi anterior casa. Cada tanto, si el clima lo permitía, tomaba una barra de jabón bulldog, una manguera y le daba a Chocolate un buen baño. No es que a él le gustara mucho, pero nunca intentó resistirse de modo hostil. A lo sumo quiso escaparase, pero nada más. Cuando terminaba de enjuagarlo le permitía que me salpicara al sacudirse, como modo de venganza. Una tarde me pasé juntando pedregullo de la calle para rellenar el pozo que él había hecho en la tierra del patio, supongo que en busca de frescor. Lo que duró el pedregullo en su lugar fue menos que un suspiro. Yo vivía solo en aquella casa, pero no fue sino hasta que Chocolate desapareció que supe realmente lo que era vivir solo.
Se estaba terminando el año 2007. Hacía mucho calor. Le di a Chocolate su baño de rigor -que esa vez sí pareció disfrutar-, y quedó tan lindo que le saqué una foto -la foto que encabeza este post, por cierto-. Entonces me acordé de algo que me dijo una persona, cierta vez, que no hay que sacarle fotos a las mascotas porque luego desaparecen. Supercherías. Pasaron los meses y, como suele suceder, se terminó el verano. Llegó la época de las tormentas. La cadena de Chocolate le permitía refugiarse en el porche. Una vez, durante una tormenta, lo entré a casa para que se guareciera. Me arrepentí de esa idea durante mucho tiempo. El caso es que la mañana siguiente a la tormenta Chocolate no estaba. Todavía llovía, no con la misma intensidad que durante la noche, pero el agua no había dejado de caer. Me subí a mi bicicleta y pasé toda la mañana buscándolo. Pregunté a vecinos y a extraños, anduve por las calles que caminábamos juntos, fui hasta el otro lado del parque, donde lo había encontrado una vez anterior. Ni rastros de Chocolate. Dicen que durante la noche de tormenta se soltó y atacó al perro de un vecino. Dicen que quizá lo mató. Dicen que mi tío, que vivía al lado de casa, fue, lo trajo y volvió a atarlo. Dicen que quizá se volvió a soltar. Dicen que tal vez el vecino decidió que mejor lo mataba. Ojalá que simplemente se haya ido, que sus patas amarillas todavía pisen el pasto de quién sabe qué lugar.

Anexo 2: Sally, Elisa, Caco -o Nicotina-, Camila, Pichichi y Emily (por Leo De León).

Cuando yo era muy pequeño, mi padre tenía una perra blanca llamada Sally. Según él, nunca vio “bicho” más inteligente. Lo cierto es que un día Sally quedó preñada y los cachorros se le murieron adentro. Quedó en estado crítico e internada en mi casa. Recuerdo algo curioso de ese momento… Yo estaba realmente triste y me sentí impotente, de modo que se me ocurrió golpear la puerta de los vecinos y decir algo como: “Mi perra está muriendo, así que mi familia y yo queremos manifestarle a usted toda nuestra colaboración por si necesita algo. Estamos a las órdenes”. Es decir que las cosas, como se ve, estaban dadas vueltas en mi cabeza. Yo ni siquiera sabía el significado de aquellas palabras.
Después vino Elisa. Cuando mi padre y yo la encontramos bajo la mesa de una parrillada cercana, Elisa ya era vieja y no tenía dientes. Vivió como diez años con nosotros, así que la imagino como una perra eterna. ¡Cómo le gustaba el amor! Desaparecía por varios días y mi padre puteaba como loco. Varías veces la encontró en medio de la cuestión con el perro del mecánico de la esquina. Elisa venía de lengua afuera, toda manchada de fluidos, tranqui nomás, satisfecha… De alguna aventura de esas nació Caco. ¡Caco era una perra! No sé qué le dio a mi viejo por ponerle ese nombre tan ambiguo. Calculo que tal excentricidad causó un desajuste en las tendencias sexuales de Caco, porque a veces se fornicaba a su propia madre. Cuando Caco creció, mi padre le cambió su nombre por Nicotina, porque era marrón y muy mala. Especialista en garronear. Una perra que yo quería montones y que todo el barrio maldecía. Elisa quedó otra vez preñada cuando Nicotina ya era una perra con miles de insultos pegados al cuerpo y más de una patada en el hocico. El cuerpo no le dio para más y se murió.
Después apareció Camila, la perra que más quise. Era una pastora alemán sin manto negro, al menos esas fueron las palabras de su primer dueño. Yo nunca me creí eso de un pastor alemán completamente marrón, pero bue… Camila era preciosa. Mansa como pocas, y fue muy compañera de Nicotina. La respetaba mucho y nunca se atrevió a comerle un hueso. Sé que Camila sufrió mucho cuando tuvimos que sacrificar a su compañera por aquél tumor en la base de la cola que le había abierto la piel y supuraba.
Un día mi madre sacó el auto para traerme hasta casa, y Camila se despidió balanceando lentamente la cola, echada en la vereda. Fue la última vez que la vi. Cuando mi madre volvió diez minutos después, descubrió que la habían envenenado. Toda asistencia fue vana. Camila agonizó toda la noche, y la lloramos todavía. Mi padre la enterró en un terreno que a media cuadra de su casa, donde guarda los autos que tiene para la venta. La tierra quedó abultada y mi padre colocó una vieja chapa de cinc encima, como si eso pudiera solapar la presencia y la emanación de Camila. Voy muy seguido a visitarla, y aunque parezca absurdo, suelo cortar alguna flor del mismo terreno para dejarla junto a su tumba.
Ahora está Emily –yo elegí el nombre, en honor a Emily Dickinson-, y Pichichi. Emily es una pastora golden, una estrella de cine. Está obesa y trata a Pichichi con cierto aire de superioridad. Claro, Pichichi es una perra de la calle que mi padre rescató de una muerte segura. Tiene una cicatriz enorme en el lomo, como si alguien le hubiera dado un hachazo o la hubiese quemado con agua caliente. Mi padre dice que, al encontrarla, era igualita a Forlán: delgada, rubia y con una nariz enorme.
Mi padre tiene talento para los bautizos. Nadie lo niega.

Un perrito blanco
“Entonces ladró un perro, no era un ladrido fuerte pero rompió el silencio y todos se volvieron hacia el fondo invisible del salón, Nito vio que de la bruma violeta salía Caletti, uno de quinto ciencias, con los brazos en alto venía desde el fondo como resbalando entre los otros, sosteniendo en alto un perrito blanco que volvía a ladrar debatiéndose, las patas atadas con una cinta roja y de la cinta colgando algo como un pedazo de plomo, algo que los sumergió lentamente en el acuario donde Caletti lo había tirado de un solo envión, Nito vio al perro bajando poco a poco entre convulsiones, tratando de liberar las patas y volver a la superficie, lo vio empezar a ahogarse con la boca abierta y echando burbujas, pero antes de que se ahogara los peces ya estaban mordiéndolo, arrancándole jirones de piel, tiñendo de rojo el agua, la nube cada vez más espesa en torno al perro que todavía se agitaba entre la masa hirviente de peces y sangre”.
La escuela de noche, Julio Cortázar

Lion
“Lion era como esos jefes de tribu aztecas o polinesios a quienes no se considera hombres, sino más que hombres y menos que hombres a un tiempo. Porque, una vez en el campamento, tampoco nosotros éramos hombres: éramos cazadores. Y Lion era el mejor cazador de todos nosotros. Y no hablaba nuestra lengua, no porque no pudiese, sino porque era el jefe, el Hijo del Sol; conocía nuestra lengua, pero pertenecía a un nivel superior para dignarse a hablarla; a eso se debía el que viviera en el subsuelo, debajo de la cocina, y no a que fuera un perro, un animal: vivía aparte por la misma razón que vivían aparte los jefes aztecas o polinesios, a quienes su propia divinidad se lo exigía”.
Desciende Moises, de William Faulkner.

Yumbo
“Uno de los perros se le acercó por el césped y le olisqueó el pelo. Era negro y canela, con patas grandes y blancas. Sonrió cuando la lengua enorme y caliente le lamió las orejas. Dobló el brazo y el perro apoyó la cabeza en el codo de Arturo. El animal se quedó dormido en un periquete. Arturo acercó el oído al pecho peludo del animal y le contó los latidos del corazón. El perro abrió un ojo, se puso en pie de un salto y le lamió la cara con cariño desbordante. Aparecieron otros dos perros, muy aprisa, muy ocupados a lo largo de la fila de árboles que flanqueaba la calle. El canela y negro enderezó las orejas, se presentó con un ladrido prudencial y corrió tras ellos. Los otros se detuvieron, le gruñeron, le ordenaron que les dejara en paz. El canela y negro volvió con tristeza al lado de Arturo. Éste se compadeció del animal.
-Quédate conmigo -le dijo-. Serás mi perro. Y te llamarás Yumbo. Mi buen Yumbo”.
Espera a la primavera, Bandini, de John Fante.

Mr. Bones
“Mister Bones había estado con Willy desde que era un cachorro pequeño, y ahora le resultaba casi imposible imaginarse un mundo en el que no estuviera su amo. Cada pensamiento, cada recuerdo, cada partícula de tierra y de aire estaba impregnado de la presencia de Willy. Las viejas costumbres no se pierden fácilmente, y en lo que se refiere a los perros hay sin duda algo de verdad en el dicho de que llega un momento en que se es demasiado viejo para aprender, pero en el miedo que sentía Míster Bones por lo que se avecinaba había algo más que amor o devoción. Era puro terror ontológico. Si el mundo se quedaba sin Willy, lo más probable era que el mundo mismo dejara de existir”.
Tombuctú, de Paul Auster.

Los canes sobrantes
“Los perros que llevan a la clínica padecen las afecciones habituales: moquillo, una pata rota, un mordisco infectado, sarna, falta de cuidados por parte de sus dueños, sean benignos o malignos, vejez, desnutrición, parásitos intestinales… pero casi todos sufren más que nada su propia fertilidad. Lisa y llanamente, son demasiado numerosos. Cuando la gente les lleva un perro, nadie dice: «Le he traído este perro para que me lo mate», pero eso es exactamente lo que se espera de ellos: que dispongan del animal, que lo hagan desaparecer, que lo despachen al olvido. Así, los sábados por la tarde la puerta de la clínica permanece cerrada a cal y canto mientras ayuda a Bev Shaw a matar los perros canes sobrantes de la semana. De uno en uno él los saca él de la jaula que hay al fondo del patio y los conduce o bien los lleva en brazos al quirófano. Durante los que han de ser sus últimos minutos, a cada uno le dedica Bev toda su atención, acariciándolo, hablándole, suavizando su tránsito. No obstante, es él quien sujeta al perro para que se esté quieto, mientras la aguja encuentra la vena y el fármaco alcanza el corazón y las patas ceden y los ojos se cierran. Había pensado que terminaría por acostumbrarse, pero no es eso lo que sucede”.
Desgracia, de John Maxwell Coetzee.

Mala noche

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Son las 6 y media, casi, de la mañana del jueves 8 de octubre. Estoy despierto de hace más de una hora. Antes de eso mi sueño fue, por decirlo de alguna manera, irregular. Pasa lo siguiente: el martes nos alojamos junto a Damián (González) en el Hotel Iguazú, para el Encuentro de Escritores. Aunque quisimos que nos pusieran juntos en una habtiación, para poder ganar horas de charla, “no se podía”, nos dijo un funcionario con cara de “a mí no me vas a venir vos a romper las pelotas”. Así que yo me fui a la 403 y Damián a la 201 y listo. Subo a mi habitación y veo una maleta roja sobre la cama que queda contra la ventana. Vestigios del otro huésped que se registró antes que yo. De puro chusma miré un “pegotín” que tenía la maleta, de la línea de buses “Ruta del sol”, así que saqué cuenta que debía ser del lejano este, o séase: Rocha. Satisfecho mi afán detectivesco (más que nada porque la maleta estaba convenientemente cerrada con candado), me fui.

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Antes de esto asistimos a la apertura del Encuentro. Habló Tomás de Mattos primero y lo que me acuerdo es que defendió mucho al libro electrónico, habló de la pantalla opaca y de la posibilidad de hacerle subrayados y notas marginales, porque ahora vienen con teclado y hasta tiró una cifra, que si no recuerdo mal era cuatro mil quinientos pesos. Se me cruza la idea de que el autor de “Bernabé, Bernabé” va a sacar, en cualquier momento, unos cuantos chismes de esos y los va a tirar sobre la solemne (¿o somnolienta?) mesa, para que los concurrentes los adquiramos sin más demora. Eso no pasa. Habla más gente. Me pierdo durante largos lapsos de los discursos. Por allá, una mujer que dice algo así como que la cultura uruguaya tiene que volverse “hegemónica”. Se enciende una luz roja en mi cabeza. ¿Hegemónica? Habrá querido decir homogénea. No, no, igual está mal. Estaba hablando de la dicotomía entre Montevideo y el interior (verdadero leit motiv del Encuentro todo), y de repente largó eso de la hegemonía. Habrá querido decir heterogénea. No puede ser, de heterogénea a hegemónica hay una distancia demasiado larga. En fin. Cada vez que alguien habla de narrativa joven yo le digo a Santullo que hablan de él, y él me señala a mí, sonriente, y yo le digo que a mí no me mire. Damián registra instantáneas con su camarita digital. Es muy peligroso con ese podrido aparatito. Al final habla Hugo Achugar, que hace un escueto repaso de los anteriores encuentros entre escritores a lo largo de la historia (más o menos reciente) del país. Pasa por alto ejemplos que rompen los ojos. Me pregunto si se trata de desconocimiento, de un olvido momentáneo u de otra cosa. Por ejemplo, de las cuatro ediciones del Encuentro de Escrituras que se han realizado en Maldonado no dice mucho. Algo así, como al pasar, muy, muy al pasar. Además, se insta a los concurrentes a no convertir en encuentro actual en un jardín de narcisos y narcisas, y que aprovechemos para el diálogo intergeneracional, que no formemos ghettos. Termina la ceremonia protocolar y casi inmediatamente se forman los ghettos, como se hacen los grumos en la polenta si uno no la agrega al agua en forma de lluvia y revuelve con cuidado y uniformidad. No puedo negar que a esta altura tanta cháchara me abrió el apetito. Mala suerte. El brindis consta de unas jarras de vino -tinto y blanco- y Coca Cola light. El gusto del edulcorante me dura un buen rato pegado a los dientes. Abandono mi vaso por la mitad. Como no soy el único que tiene hambre se organiza un tour hasta el restorán donde nos tienen que dar sustento, previa entrega de tickets (la bebida es aparte).

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Tras la cena llego al hotel y me recibe mi compañero de habitación, el caballero rochense. Llamémoslo así. Tiene más de sesenta años y lleva puesta una camiseta blanca de esas que mi abuelo siempre usaba bajo toda prenda, unos calzoncillos que sin ser largos tampoco son cortos, y un par de soquetes negros. Luego de un diálogo muy formal quedamos presentados. Yo, que me agencié una laptop (prestada y de garrón) para aprovechar los días de tranquilidad, le pregunto si no le molesta que me siente a escribir un rato, si podrá dormir igual. Me dice que no me preocupe por eso y, como al pasar, me advierte que ronca. No será para tanto, pienso yo. Craso error. Crasísimo error. Me siento dispuesto a terminar de escribir cierto capítulo de cierta novela y el caballero rochense se acuesta a leer. Creo que nueve o diez segundos después comienzo a escuchar un sonido similar al que podría producir un aserradero a su hora pico de producción. El caballero rochense se ha quedado dormido con el libro (de poesía, qué sublime) sobre el pecho, la boca abierta y la nariz obviamente obstruida. Todavía no soy capaz de comprender la dimensión del asunto. Lentamente, pero sin dudarlo, la noche se vuelve terrible. El ronquido del caballero rochense ni siquiera tiene esa regularidad que a uno podría inducirle sueño por mera repetición. No. El suyo es un ronquido en constante cambio, fluctuante; terrible, en una palabra. El caballero rochense ronca con una entrega absoluta a la tarea. Me pongo los auriculares y enciendo el reproductor de mp3. Pongo el volumen al máximo. No es un buen modo de conciliar el sueño pero es todo lo que puedo hacer (el baño no tiene bañera, de otro modo ya estaría ahí). Duermo de a ratitos. A eso de las tres de la mañana se acaba la pila del aparato. Es una de las peores cosas que podía pasarme. El volumen de los ronquidos, de modo increíble, había aumentado. Temí (o deseé, quién lo sabe) el inminente deceso del roncador. Busco con de forma más o menos desesperada mi pila AAA de repuesto. La encuentro, vuelvo a encender el aparatito pequeño y plateado. Según mis cálculos logro dormir un par de horas en toda la noche, de a lapsos de veinte o treinta minutos. A las 6:45, el caballero rochense se levanta para ir al baño. Me apuro a dormirme. A las 8:05 suena el celular. Es Damián, preguntándome si voy a ir a desayunar a la cafetería del hotel. Quince minutos después, un zombie que se parece mucho a mí sale de la habitación 403 y, ante la pregunta de su amigo acerca de cómo durmió, responde: “Como el culo”.

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El miércoles es un día agitado (prometo contar algunas cosas en un anexo de este mismo post, más tarde), pero yo comienzo a apagarme como una vela a eso de las 9 de la noche. Dejo a Damián y a Valentín Trujillo (cuyo encono con un mozo veterano y de modos algo ásperos merece una mención aparte) en el restorán y llego al hotel. Es temprano. El caballero rochense no está en la habitación. Me apuro a dormirme. Lo logro, un rato. Comienzo a inquietarme. Leo “El campito”, una novela gráfica guionada por Agrimbau, regalo de Rodolfo Santullo. Luego empiezo a leer “Perro come perro”, del propio Santullo. Termino el primer cuento, “Al sol del desierto”. Vuelvo a dormirme. A la 1:30 me despiertan los ronquidos del caballero rochense, ronquidos que serían capaces de regsitrar algunas décimas en un medidor Richter. Vuelvo a enchufarme los auriculares. Al rato dejo de tener noción del mundo. A las 4 estoy despierto una vez más y ya sin pilas. Ni pilas de reserva ni nada de nada. Miro al caballero rochense. Sé que no lo hace a propósito pero eso no me impide odiarlo. Mi odio tampoco es premeditado. Salgo al pasillo del hotel. Me imagino durmiendo tirado en la moquette. Descarto la idea de inmediato. En el hall hay sillones, pero es improbable que me permitan dormir allí. Pienso en bajar y explicarle mi caso al recepcionista, pedirle que me habilite otra habitación por un par de horas. Incluso recuerdo algo que una vez supe: uno se muere antes por no dormir que por no comer. Científicamente comprobado. Estoy delirando. Bajo a una de las computadoras conectadas a internet. Escribo esto. Son las 7 y media, exactamente. Paso por la cafetería, que abrió hace media hora. Tomo un cuchillo resplandeciente. Voy a mi habitación.

El último partido

fobal

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La pierna de mi padre se quebró por la rodilla, como una vara flexible que alcanza su máximo punto de tensión y durante un largo fragmento de segundo busca en sí misma el lugar por el cual habrá de romperse, la parte que habrá de sacrificar. Y esto pasó por lo mismo que estas cosas pasan siempre, cuando repentinamente a un brazo o a una pierna se les pide que hagan algo que no pueden hacer sin dejar de ser lo que son, cuando la situación exige algo más de lo que un brazo normal o una pierna normal puede alcanzar. Así que yo, que era un niño, vi la tierra levantándose por el tropel de las carreras, como una niebla de media tarde, y en el exacto centro de la cancha cayó la pelota y a un lado había un hombre y al otro estaba mi padre y ambos quisieron la pelota y fueron por ella, entonces, la nube de polvo que los envolvía se arremolinó para que yo no pudiera ver el instante crucial en que el fútbol se retiraba de la vida de mi padre, silenciosamente, sin el bullicio de una tribuna que aplaude de pie, que da vivas al viejo héroe, sin el papel picado que se obstina en no caer, sin nada de eso, apenas con un crac y a otra cosa.

Esto pasó un domingo, supongo, porque todos los jugadores de aquella tarde eran otra cosa durante la semana, eran mecánicos y verduleros, trabajaban en el molino cargando bolsas de harina o en el frigorífico cargando vacas, y porque hay cosas que sólo pueden pasar un domingo.

De la cancha no hay mucho para decir, salvo que el pasto se había retirado de ella hacía ya mucho tiempo, apenas quedaban rastros de él en los bordes y en las esquinas. Ah, también tengo que mencionar que la cancha estaba en bajada, o en subida, según uno fuera o viniera hacia el arco del arroyo (porque unos metros más atrás del arco del sur corría un hilo de agua oscura al que todos le decían arroyo aunque a mí me pareciera que acababa de salir de un caño poco confiable). El desnivel era un factor fundamental a la hora del sorteo. Puedo afirmar que ningún capitán que estuviera en su sano juicio eligió nunca (jamás de los jamases), el saque. Siempre se elegía la cancha. “La de abajo”, decía el capitán ganador. “Más bien”, decía el infeliz al que le había tocado hacer de juez. Y es que todos querían jugar el segundo tiempo, cuando el cuerpo ya empezaba a quejarse, con la cancha a favor, la pelota rodando solita hacia el arco enemigo. Aquella tarde, el cuadro de mi padre perdió el sorteo, y si yo hubiera creído que en la vida hay una trama oculta y que, como en las novelas, hay cosas que pasan para que después puedan pasar otras, habría visto en aquella moneda la señal de que algo malo se venía. Pero no, para mí hay cosas que pasan porque sí y darle más vueltas ya es de locos o de gente con poca ocupación.

¿Jugaron con camisetas? No me acuerdo. Creo que no, si eran todos una manga de rejuntados. Cada uno se debe haber puesto su camiseta de mil batallas. Entonces hay una especie de relámpago en mi cabeza y me acuerdo de una remera de Bella Vista, vieja, viejísima, de tela corriente (el satinado es cosa de tiempos más nuevos) y un “3” en la espalda, bordado a mano con hilo azul con tanto cuidado que uno se ve en la obligación de imaginar que eso sólo pudo ser obra de una madre cuidadosa. ¡Las cosas que uno recuerda…! A ver, exprimamos la cabeza, hagamos que el cerebro se gane su salario, maldito sindicalista…: mi padre jugaba en un equipo que ya no existe, se llamaba El Gráfico (supongo que el nombre viene de la célebre revista deportiva porteña), y la camiseta de ese equipo era blanca con finas rayas rojas. Cuenta la leyenda que un día mi madre fue a verlo jugar, cosa que no pasaba mucho, y justo mi padre hizo un gol de cabeza, cosa que no pasaba casi nunca, pero mi madre estaba distraída en otra cosa y se lo perdió, así que recién se dio cuenta cuando, después del griterío (de los veinte o treinta locos que iban a ver a El Gráfico), uno gritó: “¡Bien, Cabrera, viejo y peludo nomás…!” (apunto: mi padre no era tan viejo pero sí era bastante peludo). Y es que si “el Sergio” hacía un gol, era cosa de asombro, porque él entraba a la cancha para otra cosa, básicamente para ordenar el mediocampo, dar certeras patadas a los forwards y midfielders rivales, y protestar con jueces y líneas acerca de sus fallidos fallos y exageradas sanciones (no fue pa tanto, che, ¿o estamo jugando a las muñecas?). Y la cancha de El Gráfico quedaba al final de la calle Río Branco, casi cayéndose de la ciudad, y parecía que durante toda la semana la usaban para pastorear vacas y ovejas, porque la verdad que siempre era un fangal.

Antes de eso, mi padre (rabioso hincha carbonero) jugó en Nacional, y antes en Treinta y Tres, y antes en el extinto y mítico Milán. Todos estos equipos habitaban con mayor o menor éxito, la divisional B, y si subían a la A la alegría duraba un año, porque el retorno a la B era inexorable, casi una cuestión regida por la nostalgia.

Yo podría tomar mi libretita y sentarme una tarde de sábado con mi padre para que me aclare la cronología de todo esto que cuento ahora, para que me ajuste los detalles, pero ¿qué sentido tiene eso? ¿No es mejor, mucho mejor, dejar que los recuerdos sean como una versión desajustada e incierta del pasado? ¿Para qué pretender una exactitud que en realidad es inalcanzable? Yo mejor me quedo con este puñado disperso de ideas probablemente erróneas. Así que ahora me veo recortando largas tiras de las páginas de viejas revistas Radiolandia y llenando bolsas con el picadillo resultante, para hacer que el viernes de noche llueva papel sobre la cancha de fútbol de salón del club San Lorenzo, cuando al fin aparezca en escena La verdolaga, el imbatible equipo en el que mi padre despuntaba el vicio de la pelota.

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De chico no me gustaba el fútbol. Mientras mi padre miraba el mundial del 86 en la vieja tele blanco y negro 14’’ Fair Mate, yo estaba en mi cuarto dibujando al Llanero Solitario y al Hombre Araña. Y es que una vez vi cómo le pegaban un tremendo pelotazo en la cara a un niño más o menos de mi edad. El niño cayó como podrido y con la mitad de la cara roja igual que un tomate. A mí aquello me pareció la cosa más brutal y el trauma tardó mucho en diluirse. Así que cuando en la escuela se armaban picaditos yo siempre ponía excusas y me quedaba a un costado, admirando a los que sí se atrevían. Recuerdo, en especial, a Juan Manuel, un muchacho alto, flaco y pálido, que jugaba con mucha elegancia, porque parecía hacerlo a una velocidad distinta del resto, como si viniera del futuro y supiera todo lo que iba a pasar un instante antes de que pasara. Juan Manuel era mi mejor amigo. Me daba pena no poder compartir eso con él, pero yo tenía demasiado miedo de que me dieran un taponazo en plena jeta. Sí… era un cagón. No sé cómo fue que se me pasó, creo que entendí la necesidad cultural que un niño uruguayo tiene de saber jugar al fútbol. Porque el fútbol es un factor de socialización, de cohesión. Nada más integrador que ir a una plaza de deportes y decir: “Hey, ¿falta uno?”, y adentro. Pero para eso hay que tener una mínima confianza en las habilidades propias, y si llegaste a los ocho o nueve años sin tocar una pelota, no hay tiempo que perder. Así que mi meta secreta era volverme un buen jugador. No un genio, no un habilidoso, nadie deslumbrante, lisa y llanamente un buen jugador. Así que me miraba todos los programas que pasaban en Canal 5 (creo), donde algunos jugadores enseñaban los fundamentos, y después salía a la vereda a practicarlos con una pelotita de tenis (el arco era el zaguán de mi tía, el golero era Pablo, mi primo). Recuerdo que Pelé me enseñó que para cabecear había que hacerlo con los ojos abiertos, y pegarle a la pelota con la frente, no dejar que la pelota te pegara a vos, porque ahí sí te iba a doler. No tener miedo. Ese era todo el secreto.

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Escribo todo esto porque se viene el partido en Minas, el sábado 25 de julio a las 11 de la mañana en “Espacio 5” (y porque me quedó sonando en la cabeza la idea que Ignacio propuso en su blog). La previa del encuentro ha sido tan larga que todos los participantes han tenido tiempo de parlotear. Unos han cacareado buscando amilanar a los rivales; otros han advertido acerca de su torpeza, seguramente para buscar que los subestimen; algunos se han quejado de antemano de los dolores que sufrirán luego del partido; y todo esto ha sido muy gracioso y emocionante. Uno de los tópicos de la charla ha sido este: ¿existe una relación entre el estilo de juego de un hombre dentro de una cancha de fútbol y su creación literaria? Yo creo que sí, estoy convencido de que así es, de que uno siempre es todo lo que es, pero puedo ir todavía más lejos, porque coincido con aquello que dijo Camus: “Porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

El fútbol, como todo juego, al fin y al cabo, es una réplica parcial de la vida, una dramatización, una puesta en escena. En ese juego siempre se cuenta una historia, todo partido comienza y termina, y en medio pasan cosas, y esas cosas le pasan a los hombres que por un momento son, además de hombres, jugadores. Entonces, lo que un hombre haga dentro de una cancha de fútbol es también un reflejo fiel de lo que hace en la vida: dar un codazo traicionero o una patada alevosa, ceder un gol cantado a un compañero que está mejor ubicado, aplaudir una buena jugada de un rival, buscar ventajas ilegítimas, mentir, simular un golpe, admitir que no fue penal y tirarla afuera. Cada jugada de un partido exige decisiones, y no hay nada mejor para conocer a un hombre que verlo en el momento de tomar decisiones, aunque sean tan aparentemente pueriles como elegir entre salir jugando o reventarla de un dedazo.

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La rodilla de mi padre se quebró cuando él tenía unos pocos años más de los que yo tengo ahora. Ese fue, que yo lo recuerde, su último partido. Después de eso lo vi alguna vez tocar una pelota, pero siempre como con miedo, y ya dije que con miedo no se puede jugar al fútbol, pero es claro que si uno tiene que elegir entre correr atrás de una pelota por puro placer o guardar sus piernas para trabajar y mantener una casa y una familia, no hay mucho para discutir…

Lo que quiero decir es una obviedad: que uno nunca sabe cuándo va a ser su último partido. En rigor, uno nunca sabe nada, y aunque nos pasamos tratando de adivinar qué se trae entre manos el futuro, la verdad es que no tiene mucho sentido hacer eso. Lo que queda es el partido que estamos jugando ahora, y aunque vayamos abajo en el marcador, se puede dar vuelta, hasta que no pite el infeliz al que le tocó hacer de juez hay tiempo.

Que nos jubile la muerte, si puede

abuelo

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Soy una persona muy indiscreta. Si me invitan a una casa, lo primero que hago es, con escaso disimulo, acercarme a la biblioteca, librero o lo que haya, y “refitulear” todo (aclaración, el verbo es refitolear, y significa entrometerse, curiosear… pero yo digo y siempre diré “refitulear” porque en mi casa se hablaba así, mal). Así que yo “refituleo” libros, pero no sólo eso, a veces ni siquiera necesito que me inviten a una casa para husmear, alcanza con ir caminando por la vereda y encontrarme con una puerta o ventana abierta para que la cabeza me gire sola hacia ese lado.

En San José no es tan difícil encontrar puertas entornadas, postigos abiertos, ventanas sin rejas ni cortinas. Por todos lados hay rendijas a través de las que la mirada de un transeúnte cualquiera puede deslizarse hacia la intimidad desconocida. Una televisión encendida, un termo y un mate, una mesa servida, un niño llorando en una cuna, un gato lamiéndose, una señora mirando el cielo, cosas que es el jugo que se endulza mucho más abajo de la cáscara que son las paredes y la puerta de calle.

Ayer vi un canario enjaulado. Cerca de mi trabajo hay una de esas casas enormes y antiguas, muy altas, de grandes puertas e inmensos postigos. La ventana de la esquina estaba abierta y el canario, amarillo como un limón, disfrutaba de la calidez del sol de junio. Y detrás del canario había camas, muchas camas amontonadas, y si uno respiraba hondo podía sentir el inconfundible olor de la vejez. Esto es común. Uno puede ir paseando por ahí y encontrarse, cada algunas calles, una de estas casas, curiosamente llamadas “casas de salud”, que funcionan como albergue para ancianos. No les voy a decir ancianos, les voy a decir viejos y ya, no veo nada despectivo en decirles viejos, a mis propios padres les digo “mis viejos” y lo hago con todo el cariño.

En los últimos días de la primavera, en verano y hasta en los primeros del otoño (si no hay mucho viento), los viejos y viejas que viven en estas casas suelen copar la vereda, sentarse allí en sus banquetas plegables, en sus sillas de ruedas a ver moverse el mundo. No charlan demasiado. Toman mate, acarician algún gato, chiflan tangos, pero no los veo hablar mucho. Están juntos pero están solos, quietitos, unos junto a otros, miran la calle como si no la vieran, como si la miraran porque en algo hay que dejar ir los ojos.

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Antes era diferente. Ese “antes” no es muy lejano. Yo era niño y me acuerdo de que las cosas eran diferentes. Los abuelos eran parte de la familia y no un anexo alejado al que había que visitar una vez por semana o cada quince días. ¿Cuando hablan de la exclusión social también se referirán a eso? Porque de algún modo esta es una exclusión silenciosa, una reclusión que muchas veces es voluntaria (“Yo no quiero molestar a mis hijos, que están tan ocupados”), y otras veces es lo único que se podía hacer (“Nosotros no tenemos tiempo, allí los van a atender mejor”).

Así que nos hemos quedado con plazas casi vacías de abuelos con nietos. Las chicas de menos de veinte cuidan a los niños de menos de diez. Pasan los paseadores de perros, con muchos labradores, ovejeros y rottweillers. Abuelos no. Niños sí, pero esos niños no son nietos, porque no han tenido la oportunidad de aprender a ser nietos. Habría que preguntarle a un psicólogo social cuáles pueden ser las consecuencias a gran escala de la desaparición de un vínculo de este tipo. Tal vez, sin necesidad de llegar a niveles técnicos u académicos, podemos hacernos esta pregunta: ¿qué cosas aprende un niño de sus abuelos que no puede aprender de sus padres? Respondamos esa pregunta y veremos todo lo que estos niños se están perdiendo: un tesoro encerrado en Casas de Salud.

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Y para que no piensen que hablo por hablar, porque tengo boca y lengua, vamos a la parte informativa. Hace un tiempo, la Dra. Olga Mery Gómez (geriatra, integrante del equipo de habilitaciones del Ministerio de Salud Pública), dijo esto al periódico de la ciudad de Trinidad, Ecos Regionales: “Después de realizar más de seis mil inspecciones solamente en el último año –se refiere al 2006-, hemos identificado cuáles son las mayores deficiencias que tienen estas instituciones privadas, unas sin fines de lucro como son los hogares, pero en su gran mayoría son residencias particulares con fines de lucro. (…) los titulares han sido muy renuentes a cumplir con los requisitos, que no son tan grandes ni tan onerosos, y por sobre todo han sido renuentes a cumplir con las indicaciones que los cuerpos inspectivos han realizado para la corrección tanto de la planta física como, y por sobre todo, de la atención de los ancianos”.

Y, ahora, lo importante: no hay que mirar para otro lado. “El Ministerio tiene establecido una Oficina de Atención al Usuario en Montevideo cuyo teléfono es el 0800-4444, y en las Direcciones Departamentales de todo el país. Allí se puede acudir a hacer cualquier tipo de denuncia con respecto a las residencias de adultos mayores. Esa denuncia la puede hacer cualquier persona, una familiar o el propio usuario, técnicos o profesionales de la salud o población en general”, dijo la doctora.

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El otro día hablaba con mi padre de este tema. Creo que terminamos diciendo lo mismo: lo que realmente termina matándonos es quedar al margen de la vida, es dejar de participar de ella. Un hombre de noventa años que todavía tiene la certeza de que sus manos son un par de útiles herramientas, capaces de tallar la madera, de sacarle tomates a la tierra, de pintar una bicicleta, todavía está de este lado, no a la espera del fin, sino encontrándole motivos a los días y disfrutando esos motivos y esos días. El placer, señores, la diversión, el disfrute, el goce, no son patrimonio de la juventud, son patrimonio de la vida, y ésta dura hasta el final, hasta el momento mismo de la última exhalación, y a veces, si uno supo darle buen uso, dura más allá, todavía un buen rato más. Uno no debería jubilarse del goce. Que nos jubile la muerte, si puede.