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Hombres en mallas

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En mi recuerdo hay un hombre vestido de rojo. Tiene una capa blanca, pequeña, y un rayo dorado en el pecho. La revista es diminuta y está ajada. El papel amarillo tiene un olor que no podría describir. Más adelante me enteraré de que fue impresa en México, a mediados de la década de los 60, casi diez años antes de que yo naciera. Esa revista es para mí la puerta al mundo de las historietas. Yo debo tener menos de seis años de edad. Todavía no sé leer. Miro los dibujos y veo que sobre las cabezas de los personajes hay globos con palabras. No sé lo que dicen, pero no le pido a mis padres que me lo lean. ¿Por qué no lo hago? ¿No tenía curiosidad, acaso? Sí, tenía mucha curiosidad, pero todos los días volvía a la revista y miraba los gestos, los movimientos, las luchas, tratando de adivinar qué pasaba allí con el hombre de rojo. Dilucidar ese misterio fue una de las más grandes motivaciones que tuve para aprender a leer, cada avance en la escuela era un paso para poder entender la historia, que al final resultó ser muy sencilla: Memo Batson es un chico de catorce años que con sólo pronunciar la palabra «Shazam» –nombre de un anciano místico-, se convierte en el Capitán Marvel, un héroe con poderes y habilidades de dioses y semidioses griegos. Lo curioso es que en la revista de la que les hablo el Capitán se enfrenta nada menos que al Diablo –¡el Satanás judeo-cristiano!-, que viene a cobrarle un pacto al malvado tío de Memo –un remedo de Fausto-, un hombre que en realidad se parece bastante al inescrupuloso Scrooge de Dickens. Menuda ensalada para mi tierna mente escolar. Mmm… ahora entiendo muchas cosas de mi estado actual…

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La historieta masiva siempre ha sido kitsch, en el sentido que Umberto Eco le da al término. Para él, lo kitsch es una forma de mentira artística, un «cebo ideal para un público perezoso que desea participar en los valores de lo bello, y convencerse a sí mismo de que los disfruta, sin verse precisado a perderse en esfuerzos innecesarios».
Es decir, la historieta de superhéroes siempre se ha valido, para hallar inspiración, de ciertos elementos significativos de la historia del arte y el pensamiento, pero para transformar esos elementos en algo apto para el consumo masivo ha tenido que empobrecerlos, degradarlos, simplificarlos, dejarlos listos para ser digeridos sin necesidad de una reflexión previa. Veamos, por ejemplo, un elemento propio de este empobrecimiento: la reiteración. Existe en las aventuras superheroicas un axioma que dice: «por más que el bueno la pase fulero, al final el malo pierde». Así que la peripecia puede ser todo lo rocambolesca que queramos, pero al final sabemos que no va a haber desastre posible, que de algún modo todo va a terminar bien y que podemos estar tranquilos. Cero estrés, diría un amigo. Ante tal repetición redundante, la sorpresa muere y muere también la expectativa. Queda, a lo sumo, la modesta intriga de saber cómo va a desarrollarse la historia, pero hasta eso pierde fuerza cuando, por enésima vez, Superman logra eludir el envenenamiento por kriptonita y Lex Luthor se queda dándose la pelada contra el escritorio como un Coyote decepcionado por su maravilla marca Acme, una vez más. En el mundo del cómic, a la corta o a la larga, el malo pierde. Esto es tranquilizador. Esto es anestesiante.
Ahora, no creo que todo sea negativo en el gusto por la historieta de superhéroes, si es que uno no se queda estancado en ella y se vuelve uno de esos cuarentones de panza, barba, shorts y remerita de Flash que se matan por conseguir un ejemplar de colección. No está mal entretenerse, si entretenerse no se convierte en el obsesivo fin último de todo consumo «artístico», que a la larga sería sólo consumo «kitsch» y nunca artístico.

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Un error frecuente, creo, es pensar que las historietas son «cosas para niños», y que por esa cualidad infantil están exentas de intencionalidad e ideología. Muchos piensan así, subestiman el poder del mensaje –explícito o subyacente- que puede contener un cómic. Ejemplos: el Capitán América, emblemático héroe de la compañía Marvel, un ex soldado, tenía en el Cráneo Rojo -¿comunista? No…, ¿a vos te parece?-, a su principal archienemigo. Otro: en la portada de Action Comics Nº48, Superman aparece en lucha contra un avión japonés que sobrevuela un portaviones –cinco meses antes había ocurrido el bombardeo a Pearl Harbor-. Además, el Hombre de Acero llegó a enfrentarse al propio Adolf Hitler en una historieta de 1940 denominada «Cómo Superman terminaría la Guerra». «Me gustaría propinar un puñetazo estrictamente no ario en tu mandíbula», le dice Superman a Hitler al capturarlo en ese cómic, que buscaba involucrar a Estados Unidos en el conflicto bélico.
Pero más allá de las referencias evidentes a la política internacional y a los conflictos bélicos de turno, hay otros modos de «bajar línea», menos obvios. Pensar en un Superman –que es prácticamente todopoderoso- que se pasa la vida luchando contra los enemigos de la propiedad privada, pero no contra el hambre o la explotación, aclara bastante los tantos. Superman puede rescatar un avión en picada o detener el robo a un banco, pero no sembrar campos a supervelocidad para solucionar la desnutrición en Somalia. El enemigo es el que roba, el que atenta contra el capital, contra el sistema, y Superman es símbolo y defensor de ese sistema. No hay nada extraño en esto. Las editoriales son grandes empresas y las historietas son productos de consumo. Nadie debería sorprenderse, pero nadie, tampoco, debería olvidarse de que no hay inocencia o ingenuidad en estos mensajes.

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El asunto de la doble identidad. Se me ocurre un enfoque psicológico. Desde la obra de Stevenson, «El extraordinario caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde», el tema de un hombre que es dos, el lado oculto, etc., se volvió muy popular. Las teorías freudianas, además, llegaron para complicarlo todo. Y el cómic no hizo otra cosa que utilizar todo esto a su favor, simplificándolo, claro, para ofrecer a sus lectores unos héroes con los que fácilmente pueden identificarse, dado que en el fondo casi todos nos creemos seres excepcionales que han de vivir ocultos bajo un manto de mediocridad. Por eso nos gusta que Clark Kent sea un torpe pusilánime que de un momento salva al mundo, o que Don Diego de la Vega sea algo amanerado momentos antes de convertirse en el sexualmente poderoso Zorro, o que el infeliz de Peter Parker pueda abandonar su triste existencia terrenal para columpiarse por los cielos de Nueva York, o que cuando alguien quiera darle una tunda al buenazo de Bruce Banner se tope, de un segundo a otro, con la masa de músculos y furia verde que es Hulk. Nos encanta. Nosotros –los lectores- nos sentimos todo el tiempo como Kent, como Don Diego, como Parker, como Banner, y nos satisface ver que al menos nuestros pares dibujados sí logran su justa vindicación. «¡Ah, sí, sí, aplastale la cabeza!», nos dan ganas de gritar. Bueno, quizá eso sólo me pasa a mí, pero lo digo para dar una idea…
Ahora recuerdo algo, algo que dijo Reina Reyes en «Para qué futuro educamos». No recuerdo exactamente la idea, así que no aseguro precisión. El tema es que Reyes decía que a veces, la gente, al ir a ver una película en la que se mostraba, por ejemplo, el terrible sufrimiento de un pueblo oprimido -por la tiranía, el hambre, la miseria, la ignorancia-, salía de la sala muy triste, muy compungida, pero que eso no necesariamente la llevaba a la acción. Incluso ella decía que muchas veces estas películas provocaban un adormecimiento de la rebeldía, como si ya haber sentido ese sufrimiento ante la pantalla hiciera pensar al espectador que había cumplido, que él era parte de los buenos y los justos.
Pues bien, de algún modo esto de sentir que al menos Peter Parker logra ser justamente valorado cuando se pone el traje del Hombre Araña alcanza para dejarnos satisfechos. Es como si alguien dijera, además: «Ni siquiera en la ficción Superman se permite cambiar el mundo, porque eso sí que es, a todas luces, imposible, mucho más imposible que un pulpo intergaláctico o un lagarto mutante Ninja». Así que nosotros, simples mortales, nos quedamos tranquilos.