Archive for the ‘ amigos ’ Category

Automático

dixieland

·
Panasonic le obsequia a la Humanidad toda (a cambio de una módica suma que seguramente puede abonarse en plazos más que convenientes con Visa, Mastercard y todos esos usureros transnacionales) su más reciente creación: la nueva cámara Lumix, cuya función más asombrosa es esta: el chisme se dispara solo, como por arte del mismísmo Mandinga, cuando la persona a la que se pretende fotografiar hace lo que hasta un mono decentemente entrenado haría ante una cámara, sonreír. Y si a usted, amigo lector, no le convence Panasonic, si le parece una marca medio berretonga, entonces no se preocupe, porque Sony tiene su propia cámara con este sistema de “reconocimiento digital de sonrisas”. Parece que es lo último de lo último, y no me explico cómo es posible que esto a mí me parezca una reverenda porquería.

Hace un siglo y medio, más o menos (no voy a entrar a Wikipedia para ponerme a estudiar la historia de la fotografía, así que tiro datos al tun-tún), si uno se quería hacer retratar por aquellos hombres, mitad magos, mitad sabios, que eran los primeros fotógrafos, había que tener, ante todo, paciencia. He escuchado relatos de personas que se pasaron hasta veinte horas quietas ante un viejo cajón, para poder quedar inmortalizadas en un daguerrotipo que les hiciera justicia para la posteridad. “No se mueva, don Aureliano, no se mueva”, era el híbrido de orden y súplica que profería el fotógrafo. “Pero este buitre me está picoteando el cráneo, creo que piensa que ya me morí”, explicaba entonces el buen hombre, estático y estoico antecesor de esa plaga urbana actual: las estatuas vivientes. “Aguante, Aureliano; aguante como un varón”, alentaba el fotógrafo, mientras el ave carroñera se daba un auténtico festín.

Piénsenlo… ¿por qué en las fotos viejas casi nadie sonríe? ¿Por qué esos hombres, mujeres, niños y ancianos hechos de cartulina sepia nos miran con ojos tremendos, como si nos advirtieran que, igual que ellos, también nosotros moriremos? Bueno, es que, además de estar todo el tiempo acosados por los buitres, había que tener mucha fe en la propia felicidad para arriesgarse a posar sonriendo. ¿Quién puede sostener una sonrisa durante quince o veinte horas? ¿Quién puede estar tan contento o fingir tal alegría? Sólo se me ocurren tres tipos de personas: candidatos presidenciales, postulantes a Miss Universo y Mario Regueiro. Pero en la época de la que estoy hablando, mediados del siglo XIX, no existían todavía los concursos de belleza (y de existir los habría ganado la por entonces jovencísima Mirtha Legrand), los candidatos presidenciales no sonreían por miedo a ser tomados por maricones (en vez de besar bebés amenazaban con prenderles fuego con rancho y todo) y el tatarabuelo de Regueiro soñaba, en un pobre catre de esclavo, con su lejana tierra llena de leones, jirafas y tambores.

Pues bien, mi conclusión es que estamos evolucionando de un modo muy extraño. Yo no tengo ninguna duda respecto a que la gente más inteligente del planeta trabaja en empresas como Sony, Panasonic, Phillips y otras mil. Ellos son la elite, los que marcan el destino del barco. Si ellos dicen que necesitamos una cámara que detecte sonrisas y se dispare sola, yo les creo. Pongo mis dos manos sobre una hornalla de la cocina en defensa de esos ingenieros electrónicos egresados de las más prestigiosas Universidades yanquis y japonesas. Ahora, ¿no es preocupante? Estas verdaderas lumbreras piensan que la gente normal se ha vuelto demasiado estúpida para entender cuándo el otro sonríe y darse cuenta de que es en ese momento, cuando mostró los dientes, que hay que presionar el botón. No es difícil. Al menos parecería una de las cosas más simples del mundo. 1) sonrisa, 2) botón, y listo, foto pronta. Pero no. Parece que estábamos precisando un microchip (o lo que sea que estos artilugios de Satanás lleven dentro), que nos ahorrase el trabajo de mirar lo que queremos fotografiar.

Nos estamos volviendo estúpidos. Pero no es por culpa de la cámara Lumix. No, no, no. Los señores de Panasonic no tienen la culpa de nada, a ellos no los miren. Ellos apenas fueron los primeros en percatarse de que el cerebro humano promedio a comenzado a secarse. Paulatinamente el mundo deberá convertirse en un lugar que funcione por sí solo, porque yo creo, siendo optimista, que nos quedan quizá dos o tres lustros de vida útil, a todos nosotros. Y, señores padres, lo lamento, pero paras ustedes que creen que los niños vienen cada vez más avispados porque resulta que ya a los dos años saben conectar el ADSL para chatear con sus amiguitos de Indonesia, les tengo una noticia: en realidad los niños vienen cada vez más taraditos. Ya salieron campeones del mundo seiscientas veces en el Playstation pero dominando la pelota no hacen más de tres, con suerte.

Gracias al Cielo que los genios de la tecnología digital se dieron cuenta de esta franca decadencia y comenzaron hace rato ya a preparar el mundo para que se vuelva un sitio automático: hornos que se limpian solos, autos que te avisan por dónde es mejor agarrar para llegar antes, postigos que se abren cuando hay sol y se cierran cuando llueve, es sólo el comienzo.

Pienso en lo que se viene: vamos a alquilar una película, llegaremos a casa y la pondremos en el DVD (tecnología Blue Ray, of course), y delante de la televisión situaremos un aparatito similar a una webcam. ¿Cuál será la tarea de tal aparato? Ver la película mientras nosotros nos dedicamos a otra cosa, para explicárnosla luego. Un ejemplo: “Bueno, Leo”, me diría el aparato, “hace un rato vimos Closer, que es básicamente un relajo total, porque todos se acuestan con todos y después de muchas idas y vueltas nadie termina feliz, que es más o menos lo que está pasando con las relaciones humanas en este comienzo de siglo XXI, mucho sexo y poco amor. Y el título juega con la ambigüedad de la cercanía hermética a la que nos condena la incomunicación”. Este mismo sistema servirá para interpretar todo tipo de arte y, ahora que lo pienso, ya está funcionando.

Y antes de terminar, otra cosita, no del todo aislada: ¿Qué futuro le espera a un hombre que no tiene tiempo de pasear a su propio perro? ¡Hemos llegado a tercerizar el paseamiento de perros! Lo de las niñeras, vaya y pase, ¡pero esto! ¡Las mascotas! Es el colmo de la subcontratación, ¿se dan cuenta? Todo el tiempo estamos buscando que una persona o un aparato haga algo que habríamos tenido que hacer nosotros, tareas que no eran tan desagradables, pasear un pichicho, apretar un botón cuando el cumpleañeros sonriera, jugar con un hijo. ¿Qué hacemos con el tiempo que nos queda libre gracias a estos adelantos? No gran cosa, me parece… ¿no?

Louis Prima – When you\’re smiling

Anuncios

Ya nada malo puede pasarnos

asteroide
·

Como puede apreciarse en la más reciente entrada de su blog, Pedro Peña es un hombre preocupado por el destino del planeta Tierra. Él teme (Pedro) que un asteroide lo destruya (a nuestro planeta, y por ende también a él -a Pedro, caramba-), porque se enteró, seguramente gracias a la televisión o a internet, porque casi podría afirmar que telescopio no tiene, de que un asteroide de colosales dimensiones (tan grande como la ya citada Tierra, que ya es decir) se asteroidó (no se estrelló porque no era un estrella, manga de sopencos), contra Júpiter. Como Júpiter es un planeta que tiene aguante, la cosa no pasó a mayores. O sea… sí, le dejó un cráter, o algo parecido, pero según yo creo Júpiter es un planeta más bien gaseoso y me supongo que supo llevar la cosa con bastante decoro, y si no fuera porque algún alcahuete difundió la noticia, nunca nos habríamos enterado de nada, porque Júpiter no iba a venir a decirnos: “Uy, no sabés lo que me pasó la semana pasada”. No, él no es así, él se guarda sus cosas, la ropa sucia la lava en casa.

A Pedro una de las cosas que más le preocupa es esto de no saber. “¡Cómo puede ser que un asteroide del tamaño de la Tierra hubiese entrado al sistema solar y que nadie supiera nada!”. Yo le dije que lo más seguro es que sí supieran -siempre alguien sabe estas cosas-, pero que no li dijeran porque al fin y al cabo era medio al pedo. O sea, si se viene el fin del mundo, el fin-fin, no uno de esos fines que anuncian los mormones cada tres años y al final nunca pasa nada (tampoco es que no pase nada de nada, hay tsunamis, maremotos, volcanes en erupción, huracanes, tifones, catástrofes espantosas y horripilantes, pero muy salpicaditas, como que no se concentran, si pasara todo junto sí la cosa reventaría, pero no, venimos de amague en amague, como esas cañitas voladoras que se elevan con un ruido trepidante y cuando vos crees que al final se viene LA explosión no pasa nada, un puf, una vil estafa). Si se viene el verdadero fin del mundo, decía, yo creo que no me quiero enterar antes. ¿Para qué? Pedro dice que sí quiere saber, porque (este es el más sólido de sus argumentos) planea entregarse a sus impulsos más primarios: “Impulsos carnales” (aclara con una sonrisa que lejanamente se asemeja a la de José Luis Gioia, epigonal humorista de gusto más que cuestionable y especialista en chistes que incluían loros en las más descabelladas situaciones, recuerdo uno de un pajarraco que había perdido sus dos patas y se sostenía del palito de la jaula con… bueno, pero me estoy yendo de tema). Ante la pregunta de por qué hay que esperar a que se venga el fin del mundo para entregarse a esos impulsos, Pedro no responde y se limita a guardar un silencio entre solemne, culpable y meditativo. Un alma turbulenta, confusa, vive dentro del cuerpo robusto pero grácil de mi buen amigo Pedro.

Al parecer, hasta hace poco, él fantaseaba con la posibilidad de una monumental orgía de celebración de la extinción, en vísperas del fin. Ante el anuncio de que el mundo acabaría, Pedro anticipaba esa reacción sexual de la Humanidad toda como respuesta del Eros ante la inminencia del Tanatos. Pero esto era antes, porque ahora Pedro ya es padre y se tiene que preocupar por otras cosas aparte de sus gónadas, es decir, por el producto de esas gónadas, que no es ni más ni menos que Santiago, su hijo.

Toda esta charla, bastante larga y desquiciada (y que en un ratito nomás se pondrá peor, mucho peor) se dio en el viaje de vuelta desde Minas a San José. Ya de noche cerrada y ante los embates del cansancio, el sueño y la modorra, sólo un tópico de las características de éste podía mantenernos, si no lúcidos, al menos despiertos. Así que tratando de tranquilizar la preocupación paternal de Pedro le dije que lo que él podía hacer era lo que tan bien hizo Jor-el -brillantemente interpretado por un Marlon Brando en absoluta decadencia-, que salvó a Christopher Reeves, su hijo adoptivo, Kal-el, enviándolo en un pequeñísimo cohete rumbo a la Tierra cuando vio que su propio planeta, Kriptón, estaba por cantar flor y cagar fuego, todo de una. Y ahora una pregunta que siempre me hice: si Jor-el era tan vivo, ¿por qué no hizo un cohete un poco más grande, como para entrar los tres, padre, madre e hijo? No lo hizo porque: 1) No le dio el tiempo, o 2) Sólo tenía materiales para un cohete tamaño baby y todas las ferreterías estaban cerradas, o 3) Ganas de joder. Y otra cosa, ya que vas a mandar a tu hijo a un planeta, y teniendo el Universo entero para elegir, que es bastante grande, hay que decirlo, ¿justo venís a elegir la Tierra? Está bien, tenemos lindos paisajes y todo lo que vos quieras, pero un planeta en el que vive gente que se suicida porque se murió Michael Jackson es un planeta bastante raro, tanto como para que yo, si pudiera elegir, no querría que mi hijo creciera (y no, no tengo hijos, los resultados de las pruebas de ADN de esos dos o tres que me aparecieron hace poco no han llegado de Boston). En fin, cuando le dije a Pedro que si tanto le preocupa que Santiago muera en un hipotético cataclismo de dimensiones bíblicas lo mejor que puede hacer es fabricar un cohete que lo mande a otro lado, él se amparó en su absoluto desconocimiento de los sistemas de propulsión interestelar. Le asiste razón, así que buscamos alternativas. Bah, “buscamos” no es exacto. YO busqué soluciones. ÉL atacó sistemáticamente cada una de mis propuestas. Claro que el señor no aportó gran cosa, su mejor idea fue meter en un transbordador y mandar a nuestros máximos héroes, que para él son Bruce Willis, Steven Seagal, Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenneger y Chuck Norris (yo agregaría a Lorenzo Lamas nada más que para enviarlo a una muerte segura), y dirigirlos al asteroide: “para que se arreglen” (sic). Dejar el futuro de la Tierra en manos de un puñado de actores de pacotilla. La mejor idea de mi amigo Pedro. Y ahora paso a enumerar las mías, de la forma más clara posible, dado que temo que mis procesos mentales se vuelven tan complejos a veces que pueden resultar ininteligibles.

1

Mi primer método propuesto consiste en la instalación de unos propulsores ridículamente poderosos en la Luna. Estas especies de turbinas nucleares (que deberían funcionar en base a la fusión fría de Plutonio, me parece, aunque esto se los dejo a los que saben del tema), tendrían por objetivo movilizar a nuestro satélite natural, de modo que se interponga en la trayectoria del asteroide que pretende colisionarnos. Es, ni más ni menos, que usar a la Luna de escudo (y hasta tendría un interesante nombre gringo, ya que a ellos les gusta hacer películas con todo: “Moonshield”). Alzarían su voz en contra de esta idea: todos los malos poetas, los lobos aulladores y Neil Armstrong.

2

Dadas las múltiples críticas que despertó mi primera idea (Pedro dijo que talvez fuera peor el remedio que la enfermedad, porque el asteroide podía golpear la Luna, que a su vez golpearía la Tierra, que se desplazaría como una bola de billar descontrolada hasta, quizá, el Sol, que oficiaría en tal caso de ígnea buchaca; ante esto le dije que si no proponía soluciones bien podía cerrar el pico), dadas esas críticas, decía, mi sagaz mente ideó un nuevo plan, al que podría titular: la Tierra partida (“Broken earth”, otro gran título hollywoodense). Esto es simple: hay que cortar la Tierra a la mitad, por su diámetro máximo, o sea, el Ecuador. No sé cómo se podría hacer esto, pero creo que todos los humanos, con el uso de explosivos, más que nada, pero sin despreciar el servicio de palas, picos y cucharas, deberíamos trasladarnos a la línea ecuatorial para empezar a darle duro y parejo hasta el centro, como gusanos comiéndonos una suculenta manzana. Una vez que hayamos rebanado la Tierra, la cuestión será mantenerla pegada, no sea cosa que cada mitad salga flotando libremente rumbo al cosmos profundo y nunca podamos volver a todos esos parientes que se nos fueron a España en el 2002. Para mantener las dos mitades perfectamente adheridas propongo una costura de alta tecnología: electroimanes. Una larguísima hilera de estos artilugios, con polaridad + y -, sería la encargada de mantener la integridad terrestre, hasta que apareciera el tan temido asteroide, entonces, como por arte de magia, cambiaríamos las polaridades de los electroimanes con un switch y ambas mitades se repelerían mutuamente, dejando un espacio libre en el centro por el cual el asteroide amenazador pasaría sin provocar daño alguno. Una vez fuera de peligro, la Tierra volvería a juntarse y ya. Yo estaba realmente muy contento con esta idea (que, a riesgo de parecer inmodesto, consideré genial), pero, una vez más, Pedro la aniquiló con un solo comentario: “No se puede porque el agua se caería”. Lo odio.

3

Gastón (amigo, chofer, golero y jugador de actuación más que remarcable en el match “Maldonado vs. San José”, del que no hablaré hoy), viéndome en problemas, arriesgó una solución que, aunque se aleja del criterio rigurosamente científico que yo trataba de manejar, es atendible. Gastón propuso la instalación de un impresionantemente grande brazo mecánico, con una raqueta de tenis de dimensiones siderales adosada. El brazo sería programado con el movimiento de derecha de Roger Federer (el mejor tenista de la historia), para hacerlo capaz de devolver el asteroide a las profundidades de las galaxias. El inconveniente (además de que no imagino de dónde podría salir tanto metal para la construcción del brazo) es que cabría la posibilidad de que en algún lejano planeta de quién sabe qué sistema, una civilización tan poco práctica como nosotros hubiera fabricado un artilugio similar, de modo que nos veríamos implicados en un partido de tenis de duración eterna, en una cancha inabarcable por juez de silla alguno (y no me vengan con Dios, si Dios existiera no estaríamos metidos en este merengue). Como esta idea no era mía, Pedro se limitó a decir: “Me gusta, me gusta”, sonriendo y entrecerrando los ojos, sin sospechar que yo estaba por romperle un termo en la cabeza.

4

Llegamos por fin a la que yo considero la idea más realizable de todas, aunque con ella no evitaríamos el impacto por completo, como en las tres anteriores. Vuelvo a mi propuesta original de los propulsores nucleares. Esta vez serían instalados no en la Luna, sino en la línea del Ecuador, apuntando al este, de modo que al ser encendidos acelerarían la rotación de la tierra. ¿Qué ventaja puede darnos esto ante el impacto inminente de una roca interestelar?, se preguntarán ustedes. Ah, mis queridos amigos, la idea es que la rotación alcance tal velocidad que, como si ustedes arrojaran un guijarro (amo esta palabra) a la pelota de basquet que Kobe Bryant hace girar hábilmente en su dedo, el asteroide saldría despedido hacia ninguna parte tras tocar la superficie terrestre, gracias a la fuerza centrífuga generada. Hay inconvenientes, lo sé. A esa velocidad no sólo el asteroide saldría despedido, sino también nosotros. Bueno, la solución es construir una ardua e intrincada red de galerías subterráneas muy cercanas al núcleo del planeta para, volviéndonos una especie de Morlocks reales, sobrevivir al cataclismo. Además, cerca del núcleo la velocidad angular será mucho menor y apenas el 25% de la población mundial (según mis cálculos), habrá de morir víctima de espantosos vómitos producidos por el tremendo mareo. La objeción de Pedro a esta idea fue: “Si la Tierra girara tan rápido todos envejeceríamos mucho más pronto, y aunque no nos matara el asteroide moriríamos de senectud”. No le respondí nada porque la verdad que los suyo me pareció una guasada sin sustento, y yo estaba hablando de cosas serias. Pero para volver todavía más sólida mi idea de la rotación acelerada se me ocurrió que lo mejor era embetunar toda la superficie del planeta con alguna sustancia oleaginosa capaz de hacer que el asteroide se patinara como un señor muy distraído que venía escribiendo mensajitos en el celular mientras caminaba por un piso recién lustrado y encerado. A esto Pedro acotó, de forma por demás impertinente: “¿Y de dónde vamos a sacar tanto aceite? Habría que plantar todo el planeta de girasoles”. Algo de razón tenía, pero no contaba con que yo sería capaz de solventar, una vez más, el escollo… porque de inmediato se me ocurrió una fuente renovable e inagotable de material aceitoso, mucho más aceitoso, incluso, que el propio aceite, y estoy hablando del cerumen de las orejas de todos nosotros, esa sustancia que hasta hoy eliminamos de nuestro organismo con cotonetes y trapitos húmedos, porque nuestras madres nos enseñaron (craso error el suyo, pero las perdonamos) que eran muestra de dejadez, de falta de higiene y motivo de ignominia. Así que lo que yo pienso que hay que hacer, si queremos salvar a la Tierra de una aniquilación segura, es que todos, y cuando digo todos es todos, toditos, juntemos nuestra producción mensual de cerumen en recipientes destinados para tal fin y que luego los entreguemos al gobierno (los locales de Abitab y Red Pagos me parecen idóneos para tal fin), para que el Poder Ejecutivo reúna todo ese precioso material ceroso y llene con él silos y silos que hasta ahora habían sido ocupados con trigo, soja y granos varios. Toda esa cera natural y humana, llegado su momento, habrá de salvarnos, y desde entonces podremos mirar el cielo sin preocupaciones, porque sabremos, en nuestros corazones, que estamos a salvo, que ya nada malo puede pasarnos.

El último partido

fobal

1

La pierna de mi padre se quebró por la rodilla, como una vara flexible que alcanza su máximo punto de tensión y durante un largo fragmento de segundo busca en sí misma el lugar por el cual habrá de romperse, la parte que habrá de sacrificar. Y esto pasó por lo mismo que estas cosas pasan siempre, cuando repentinamente a un brazo o a una pierna se les pide que hagan algo que no pueden hacer sin dejar de ser lo que son, cuando la situación exige algo más de lo que un brazo normal o una pierna normal puede alcanzar. Así que yo, que era un niño, vi la tierra levantándose por el tropel de las carreras, como una niebla de media tarde, y en el exacto centro de la cancha cayó la pelota y a un lado había un hombre y al otro estaba mi padre y ambos quisieron la pelota y fueron por ella, entonces, la nube de polvo que los envolvía se arremolinó para que yo no pudiera ver el instante crucial en que el fútbol se retiraba de la vida de mi padre, silenciosamente, sin el bullicio de una tribuna que aplaude de pie, que da vivas al viejo héroe, sin el papel picado que se obstina en no caer, sin nada de eso, apenas con un crac y a otra cosa.

Esto pasó un domingo, supongo, porque todos los jugadores de aquella tarde eran otra cosa durante la semana, eran mecánicos y verduleros, trabajaban en el molino cargando bolsas de harina o en el frigorífico cargando vacas, y porque hay cosas que sólo pueden pasar un domingo.

De la cancha no hay mucho para decir, salvo que el pasto se había retirado de ella hacía ya mucho tiempo, apenas quedaban rastros de él en los bordes y en las esquinas. Ah, también tengo que mencionar que la cancha estaba en bajada, o en subida, según uno fuera o viniera hacia el arco del arroyo (porque unos metros más atrás del arco del sur corría un hilo de agua oscura al que todos le decían arroyo aunque a mí me pareciera que acababa de salir de un caño poco confiable). El desnivel era un factor fundamental a la hora del sorteo. Puedo afirmar que ningún capitán que estuviera en su sano juicio eligió nunca (jamás de los jamases), el saque. Siempre se elegía la cancha. “La de abajo”, decía el capitán ganador. “Más bien”, decía el infeliz al que le había tocado hacer de juez. Y es que todos querían jugar el segundo tiempo, cuando el cuerpo ya empezaba a quejarse, con la cancha a favor, la pelota rodando solita hacia el arco enemigo. Aquella tarde, el cuadro de mi padre perdió el sorteo, y si yo hubiera creído que en la vida hay una trama oculta y que, como en las novelas, hay cosas que pasan para que después puedan pasar otras, habría visto en aquella moneda la señal de que algo malo se venía. Pero no, para mí hay cosas que pasan porque sí y darle más vueltas ya es de locos o de gente con poca ocupación.

¿Jugaron con camisetas? No me acuerdo. Creo que no, si eran todos una manga de rejuntados. Cada uno se debe haber puesto su camiseta de mil batallas. Entonces hay una especie de relámpago en mi cabeza y me acuerdo de una remera de Bella Vista, vieja, viejísima, de tela corriente (el satinado es cosa de tiempos más nuevos) y un “3” en la espalda, bordado a mano con hilo azul con tanto cuidado que uno se ve en la obligación de imaginar que eso sólo pudo ser obra de una madre cuidadosa. ¡Las cosas que uno recuerda…! A ver, exprimamos la cabeza, hagamos que el cerebro se gane su salario, maldito sindicalista…: mi padre jugaba en un equipo que ya no existe, se llamaba El Gráfico (supongo que el nombre viene de la célebre revista deportiva porteña), y la camiseta de ese equipo era blanca con finas rayas rojas. Cuenta la leyenda que un día mi madre fue a verlo jugar, cosa que no pasaba mucho, y justo mi padre hizo un gol de cabeza, cosa que no pasaba casi nunca, pero mi madre estaba distraída en otra cosa y se lo perdió, así que recién se dio cuenta cuando, después del griterío (de los veinte o treinta locos que iban a ver a El Gráfico), uno gritó: “¡Bien, Cabrera, viejo y peludo nomás…!” (apunto: mi padre no era tan viejo pero sí era bastante peludo). Y es que si “el Sergio” hacía un gol, era cosa de asombro, porque él entraba a la cancha para otra cosa, básicamente para ordenar el mediocampo, dar certeras patadas a los forwards y midfielders rivales, y protestar con jueces y líneas acerca de sus fallidos fallos y exageradas sanciones (no fue pa tanto, che, ¿o estamo jugando a las muñecas?). Y la cancha de El Gráfico quedaba al final de la calle Río Branco, casi cayéndose de la ciudad, y parecía que durante toda la semana la usaban para pastorear vacas y ovejas, porque la verdad que siempre era un fangal.

Antes de eso, mi padre (rabioso hincha carbonero) jugó en Nacional, y antes en Treinta y Tres, y antes en el extinto y mítico Milán. Todos estos equipos habitaban con mayor o menor éxito, la divisional B, y si subían a la A la alegría duraba un año, porque el retorno a la B era inexorable, casi una cuestión regida por la nostalgia.

Yo podría tomar mi libretita y sentarme una tarde de sábado con mi padre para que me aclare la cronología de todo esto que cuento ahora, para que me ajuste los detalles, pero ¿qué sentido tiene eso? ¿No es mejor, mucho mejor, dejar que los recuerdos sean como una versión desajustada e incierta del pasado? ¿Para qué pretender una exactitud que en realidad es inalcanzable? Yo mejor me quedo con este puñado disperso de ideas probablemente erróneas. Así que ahora me veo recortando largas tiras de las páginas de viejas revistas Radiolandia y llenando bolsas con el picadillo resultante, para hacer que el viernes de noche llueva papel sobre la cancha de fútbol de salón del club San Lorenzo, cuando al fin aparezca en escena La verdolaga, el imbatible equipo en el que mi padre despuntaba el vicio de la pelota.

2

De chico no me gustaba el fútbol. Mientras mi padre miraba el mundial del 86 en la vieja tele blanco y negro 14’’ Fair Mate, yo estaba en mi cuarto dibujando al Llanero Solitario y al Hombre Araña. Y es que una vez vi cómo le pegaban un tremendo pelotazo en la cara a un niño más o menos de mi edad. El niño cayó como podrido y con la mitad de la cara roja igual que un tomate. A mí aquello me pareció la cosa más brutal y el trauma tardó mucho en diluirse. Así que cuando en la escuela se armaban picaditos yo siempre ponía excusas y me quedaba a un costado, admirando a los que sí se atrevían. Recuerdo, en especial, a Juan Manuel, un muchacho alto, flaco y pálido, que jugaba con mucha elegancia, porque parecía hacerlo a una velocidad distinta del resto, como si viniera del futuro y supiera todo lo que iba a pasar un instante antes de que pasara. Juan Manuel era mi mejor amigo. Me daba pena no poder compartir eso con él, pero yo tenía demasiado miedo de que me dieran un taponazo en plena jeta. Sí… era un cagón. No sé cómo fue que se me pasó, creo que entendí la necesidad cultural que un niño uruguayo tiene de saber jugar al fútbol. Porque el fútbol es un factor de socialización, de cohesión. Nada más integrador que ir a una plaza de deportes y decir: “Hey, ¿falta uno?”, y adentro. Pero para eso hay que tener una mínima confianza en las habilidades propias, y si llegaste a los ocho o nueve años sin tocar una pelota, no hay tiempo que perder. Así que mi meta secreta era volverme un buen jugador. No un genio, no un habilidoso, nadie deslumbrante, lisa y llanamente un buen jugador. Así que me miraba todos los programas que pasaban en Canal 5 (creo), donde algunos jugadores enseñaban los fundamentos, y después salía a la vereda a practicarlos con una pelotita de tenis (el arco era el zaguán de mi tía, el golero era Pablo, mi primo). Recuerdo que Pelé me enseñó que para cabecear había que hacerlo con los ojos abiertos, y pegarle a la pelota con la frente, no dejar que la pelota te pegara a vos, porque ahí sí te iba a doler. No tener miedo. Ese era todo el secreto.

3

Escribo todo esto porque se viene el partido en Minas, el sábado 25 de julio a las 11 de la mañana en “Espacio 5” (y porque me quedó sonando en la cabeza la idea que Ignacio propuso en su blog). La previa del encuentro ha sido tan larga que todos los participantes han tenido tiempo de parlotear. Unos han cacareado buscando amilanar a los rivales; otros han advertido acerca de su torpeza, seguramente para buscar que los subestimen; algunos se han quejado de antemano de los dolores que sufrirán luego del partido; y todo esto ha sido muy gracioso y emocionante. Uno de los tópicos de la charla ha sido este: ¿existe una relación entre el estilo de juego de un hombre dentro de una cancha de fútbol y su creación literaria? Yo creo que sí, estoy convencido de que así es, de que uno siempre es todo lo que es, pero puedo ir todavía más lejos, porque coincido con aquello que dijo Camus: “Porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

El fútbol, como todo juego, al fin y al cabo, es una réplica parcial de la vida, una dramatización, una puesta en escena. En ese juego siempre se cuenta una historia, todo partido comienza y termina, y en medio pasan cosas, y esas cosas le pasan a los hombres que por un momento son, además de hombres, jugadores. Entonces, lo que un hombre haga dentro de una cancha de fútbol es también un reflejo fiel de lo que hace en la vida: dar un codazo traicionero o una patada alevosa, ceder un gol cantado a un compañero que está mejor ubicado, aplaudir una buena jugada de un rival, buscar ventajas ilegítimas, mentir, simular un golpe, admitir que no fue penal y tirarla afuera. Cada jugada de un partido exige decisiones, y no hay nada mejor para conocer a un hombre que verlo en el momento de tomar decisiones, aunque sean tan aparentemente pueriles como elegir entre salir jugando o reventarla de un dedazo.

4

La rodilla de mi padre se quebró cuando él tenía unos pocos años más de los que yo tengo ahora. Ese fue, que yo lo recuerde, su último partido. Después de eso lo vi alguna vez tocar una pelota, pero siempre como con miedo, y ya dije que con miedo no se puede jugar al fútbol, pero es claro que si uno tiene que elegir entre correr atrás de una pelota por puro placer o guardar sus piernas para trabajar y mantener una casa y una familia, no hay mucho para discutir…

Lo que quiero decir es una obviedad: que uno nunca sabe cuándo va a ser su último partido. En rigor, uno nunca sabe nada, y aunque nos pasamos tratando de adivinar qué se trae entre manos el futuro, la verdad es que no tiene mucho sentido hacer eso. Lo que queda es el partido que estamos jugando ahora, y aunque vayamos abajo en el marcador, se puede dar vuelta, hasta que no pite el infeliz al que le tocó hacer de juez hay tiempo.

Fosforescencia

via lactea
1

Muchos años, ¿cuántos años?, ¿veinte años?, dormí en una cama que había sido de mi padre. Era una buena cama. Una buena y noble cama. Todavía vive. Todavía viviría si los muebles vivieran. Así que todavía existe, digamos. Voy a la casa de mis padres y la veo. Está siempre cubierta de cosas, cosas que no son mi cuerpo, que no hunden el colchón hasta las tablas. No está mi espalda allí para sentir las tablas de la parrilla ni está mi brazo bajo la almohada sosteniendo mi cabeza dormida, ni hay una historieta bajo la cama o una manzana a medio comer en el mueble oscuro junto a la cabecera. Pero allí estuvimos, mi espalda, mi brazo y yo, y supongo que eso alcanza.

Alguna vez alguien lijó la madera que luego iba a ser esa cama. Esas mismas manos, talvez, le dieron barniz. De esto hace tanto que ese carpintero ha de haber muerto ya. Vaya para él mi tonta gratitud, mi sensiblera gratitud, me pongo así en las noches invernales. Discúlpeme, espíritu del carpintero, si lo avergüenzo ante sus compañeros fantasmas con esta declaración infantil, con este retorno anacrónico al reino de los diez años, de los doce años. Ya me voy, ya regreso al presente de los treinta y toda la vida esperando en la puerta, impacientándose. Pero antes, si me permite, y espero que sí me permita, déjeme recordar qué figuritas había pegadas en la cabecera de mi cama. Monstruos raros. Feos, horripilantes, con muchos ojos o con sólo un ojo, verdes y violetas y azules, con mocos y cuernos y dientes y pinchos. Monstruos que daban más asco que miedo, más náuseas que escalofríos. Y estaba El Chavo del Ocho, aquel niño eterno, Peter Pan sin licencia de vuelo, que nos hacía acordar, cada tarde, lo suertudos que éramos todos los que teníamos padre y madre y casa en vez de barril. Imposible no mencionar que una vez yo estaba en el comedor municipal (que queda, todavía, a tres cuadras de mi casa de la infancia), y ya habíamos hecho toda la fila con mi madre y ya teníamos nuestras bandejas de acero inoxidable y los platos con la polenta y el pan y la banana o la naranja, cuando nos sentamos en una de las largas, largas mesas. Aquello era como una familia descomunal, una familia accidental, formada por gente que no hablaba demasiado, lo justo, lo imprescindible. Se pasaba un buen rato haciendo la fila afuera y no era cuestión de andar con chácharas innecesarias una vez adentro. Había mucha prisa por tragar e irse. Entonces levanté la vista de la bandeja y vi a un niño que se parecía mucho a mi primo Mauricio. Pero a la vez que se parecía, no se parecía. Era y no era. Mi primo Mauricio es dos años mayor que yo y durante toda mi infancia fue una especie de héroe para mí, el niño que yo querría haber sido, de haber podido. Pero este otro niño, que se le parecía en algo, tenía como una sombra en la cara, como si sus ojos fueran pelotas de vidrio y alguien se los hubiese empañado con el aliento. Eso le hace la tristeza a la gente, creo yo. Bajé la vista a la bandeja pero ya no me olvidé de la cara del niño. Creo que me puse a pensar que, aunque evidentemente yo nunca iba a poder ser Mauricio, por lo menos tampoco era ese otro niño triste y flaco y pálido. Entonces, ya no sé si esa noche o dos días después o un mes después, me puse a llorar y abracé a mi madre, que me preguntaba que qué me pasaba, y yo le dije que era malo, que lloraba porque era malo. Ella dijo que no, pero eso es lo que tiene que decir una buena madre. Yo ya sabía la verdad. La figurita del Chavo, que todavía debe seguir pegada en el respaldo de mi vieja cama, está para siempre unida a ese recuerdo. Es como el mikado. El juego de los palitos chinos. Es imposible sacar el palito del Chavo sin mover el del niño de los ojos empañados. No se puede. Pero ahora voy a lo que vine: las estrellas.

2

En aquella época, en cualquier kiosco te vendían unos pegotines o calcomanías (mucho tiempo después comenzamos a decirle stickers, si seremos vejigas, aunque la alienación es un asunto diferente), que parecían la cosa más sonsa del mundo. Eran estrellitas y cometas y planetas parecidos a Saturno. Vistos a la luz del día no tenían nada de asombroso, unos pedacitos de papel amarillo, apenas. Pero, y acá viene la magia, esos pedacitos de papel brillaban en la oscuridad de la noche. Como lo oyen. ¡Ah! ¡Mi emoción…! ¿Se imaginan mi emoción? Mi sueño era acostarme boca arriba en un lugar sin techo y memorizarme las constelaciones. No todas a la vez. Eso era obvio que no se podía a menos que uno fuera medio genio o superdotado. Pero de a pocas sí, de a puñados. Y entonces, si mi cuarto hubiese tenido un techo más bajo, yo habría pegado una por una todas las estrellas en su posición adecuada, de modo que al apagar la luz, ¡voila!, un cielo nocturno siempre despejado sobre mi cama. Pero no se podía. Ya he hablado del techo de mi cuarto, un mamotreto de tirantes y ladrillos, a una distancia tan grande del suelo que cuando mi madre quería sacar las telas de araña de los rincones tenía que atar dos o tres escobillones para construir un dispositivo que rozaba lo inverosímil. Era todo un acontecimiento. Así que el proyecto nunca pasó de ser un deseo irrealizable. Las pocas estrellas que conseguí las pegué por ahí, distribuidas en puertas, muebles y paredes. No era lo mismo, pero era algo. Nunca me puse a investigar a fondo el principio de la física que hacía posible que esas estrellas falsas brillaran, así que me extrañaba que ciertas noches su luz fuera más fuerte y clara que otras. No entendía a qué se debía esa variación del fulgor. Voy a decirlo: todavía no sé cómo funcionan esas cosas que brillan en la oscuridad. Lo sospecho, pero no puedo asegurarlo. Y mi sospecha de hoy es la misma que tenía a los nueve o diez años, supongo que la parte de mi cerebro que se encarga de ese tipo de cosas se quedó estancada, y digo esto porque he decidido creer que el resto de mi cerebro sí avanzó, porque en algo hay que creer. Así que yo pensaba -y pienso- que de algún modo mis estrellas estaban todo el día tratando de juntar la luz que me iban a dar de noche. Eso era complicado para ellas. Mi cuarto era mediterráneo, es decir, sin aberturas al mundo exterior. Apenas tres puertas que comunicaban a otras tres habitaciones. De modo que en el único momento del día en que las estrellas podían abastecerse de luz era cuando mi madre andaba por allí, limpiando, o cuando yo llegaba de noche y encendía la lámpara del escritorio, para ponerme a leer o a “hacer los deberes” -se les cambió el nombre por “tarea domiciliaria” en una época más cercana y menos fascista-. Yo me demoraba mucho más de lo necesario con la lámpara encendida para que las estrellas brillaran más cuando al final me fuese a la cama. Eran tiempos en los que no se jodía tanto con el tema del ahorro energético y un niño podía disfrutar de estos íntimos y sutiles placeres.

3

Escribo esto durante la que probablemente sea la noche más fría en lo que va del año. Déjenme ver qué temperatura indica la televisión: Canal 5 dice que hay 4ºC, Canal 12 dice que hay 2ºC. ¿Le creemos al Estado o al capital privado? ¿Son la misma cosa? Eterno dilema. Sigamos. Acabo de llegar en bicicleta desde el otro lado de la ciudad. Es una ciudad pequeña. Entre la casa de mi amigo Pedro y la mía no han de haber más de 4 o 5 kilómetros, o sea, 20 minutos de pedaleo. Pasar por sobre el arroyo, no una sino dos veces, no es changa. La bruma vence todo abrigo y te abraza, cariñosa y gélida, una novia indecisa.

Soy amigo de Pedro desde hace 6 años. He conocido sus últimas cuatro casas. Sería imposible contabilizar las horas de charla, los libros mencionados, los cigarros que se ha fumado mientras charlamos y las veces que me ha ofrecido mate cuando bien sabe que yo no tomo mate (Pedro: sólo he tomado dos mates en mi vida, uno cuando era niño, obligado por mi padre o mi madre; el otro, en la Quinta del Horno, de tu mano, el mate más amargo de la historia del mundo occidental). Han sido muchas horas, tantas que si las pusiéramos unas junto a otras formarían días o semanas enteras. Pero no hace falta. Es una acumulación que no necesita ser medida, alcanza con sospechar que todo eso es una historia, y quizá, hasta una mitología. Con eso alcanza. Con eso y con saber que si esas horas no estuvieran ahí donde están, esta vida sería distinta, un poco más pobre y peor, un poco menos rica y menos digna de llamarse así.

Y así como hace rato le tuve que pedir disculpas al probable espíritu del carpintero de la cama de mi padre, ahora le voy a pedir disculpas a los improbables lectores que hayan llegado a este punto. Abandonen acá. Si a pesar de mi advertencia, continúan leyendo, no quiero quejas. Es más, no quiero comentario alguno, y si los dejan los borro. ¡No dejen comentarios! Espero haber sido claro.

Hace un año y un mes, más o menos, tengo otro motivo para visitar a Pedro y Alejandra. Es un motivo que crece demasiado rápido, tanto que he tenido que proponerme pasar a verlo una vez cada siete días porque de lo contrario mi asombro ante su crecimiento es demasiado grande. Ese motivo es Santiago, un niño que parece haberse tragado un pedacito de sol y hace que todo a su alrededor sea mejor de lo que es, porque si te abraza o si se ríe es imposible que no sientas que te está iluminando, y que toda esa luz que te da va a seguir brillando en vos cuando al final llegue la oscuridad. Soy, entonces, un pedacito de papel fosforescente.

Mi increíble amigo escritor

dgb y lac

1

Con los años –y no es que tenga tantos- me he ido dando cuenta de que la ansiedad suele hacernos cometer verdaderas macanas. La prisa, la urgencia por ver que algo que queremos ocurra, al final conspira contra eso y acaba por retrasarlo o volverlo llanamente imposible. Hay cosas que pasan porque tenían que pasar, porque sólo era cuestión de tiempo, de esperar y ver, de dejar que el agua encuentre su cauce. Si al final no pasaran uno podría decir: “Pero qué mundo raro”, y aunque a veces el mundo es, efectivamente, una rareza inexplicable, otras veces es muy predecible. El premio de Damián -ganador del XVI Premio Nacional de Narrativa-, que hoy todos sus amigos, estoy seguro, sentimos como propio, era algo que se veía venir hace rato, una fruta que crece y madura hasta que la ramita no le soporta el peso. Bueno, la escritura de Damián ha ido ganando en estos años –desde que yo lo conocí, en el 2003- tal densidad y plasticidad, que la ramita del reconocimiento público ya no aguantó más y se dobló. Esto es lo mejor: ahora muchos lectores le van a poder dar una buena mordida a esa fruta dulce y nutritiva.

2

Si me pongo a pensar en mi amistad con Damián, sólo me queda sentirme agradecido. Agradecido por la generosidad del azar. Allá por 2003, junto a otro gran amigo (Pedro), comenzamos a planear la publicación de lo que sería La letra breve, una revista dedicada casi exclusivamente a publicar narrativa breve. Yo entré a un sitio público de Internet y dejé un anuncio, una invitación a colaboradores y una dirección de correo electrónico. Un anzuelo con un pedazo de pan mojado. Damián mordió el anzuelo, cortó el sedal y se lo llevó para la casa. Comenzamos a charlar por MSN. Por ese entonces él vivía en Minas, donde daba clases de literatura. A medida que nos conocíamos me fui dando cuenta de lo mucho que nos parecíamos en un montón de cosas pequeñitas, y me asombré. Creo que a él le pasó lo mismo. Dice Auster, en alguna de sus novelas –la cita no es textual-: “Cuando un hombre se reconoce en otro, ya no puede ver a ese otro como a un extraño”. Tiene razón. Un día, después de horas de charla, de publicar cuentos y artículos de Damián, de colaborar con el diseño de Iscariote, me tomé un par de ómnibus y viajé 4 horas hasta Maldonado, para encontrarme con este flaco, alto y de pelo ingobernable. Ya nos habíamos conocido, muy fugazmente, un mediodía en La Paloma –él ha contado este encuentro en su tarta-. Desde esa vez nos hemos visto, ¿cuántas veces? ¿Ocho? ¿Diez? No más de eso, estoy seguro. ¿Cuánto tiempo real hemos pasado juntos? ¿Una semana, en total? Es probable, y sin embargo, también es absolutamente falso. Nadie que se sienta querido por Damián se puede sentir lejos de él, porque tiene la capacidad de estar siempre cerca, de estar siempre.

3

Como verán, mis comentarios no buscan ser objetivos, renuncian a eso desde el comienzo. Recuerdo cuentos de Damián que no me gustaron. “Las frutillas primigenias”, por ejemplo –este, de todos modos lo publicamos en la revista, para que vean que nunca fui un editor dictador-, y algún otro. Eran parte de una búsqueda. Estoy seguro de que Damián reniega, hoy, de una cantidad de páginas, que sin embargo le pertenecen, que fueron mojones en el camino. En ese camino hoy hay un mojón especial que se llama “El increíble Springer”. Pero como Damián hace mucho tiempo que escribe y escribe –pero además lee, da clases y vive con una intensidad poco vista-, hay muchos otros mojones a la espera. Ahí están “Los trabajos del amor”, el Toto y Morales, el muerto en el baúl, Cara con Semen; ahí está “El fondo”, la hermana enana, las peñas en la carnicería, el padre mentiroso, la ballena. Damián escribe, señores. Hace rato que se dio cuenta de que es una de las cosas que más le gusta hacer en la vida, y la hace. Es simple. También es inusual. En esta época, donde lo frecuente es ver escritores jóvenes que pretenden “talentearla” sin laburar  -y muchas veces, sin demasiado talento-, da gusto ver a un tipo que entiende que la literatura no es “hacerla de taquito”, sino laburar, esforzarse a cada momento por ser mejor, sin nunca dejar de lado el disfrute, la sonrisa, el placer.

4

Como muchos de ustedes saben, porque a este blog entran más que nada los amigos, Damián y yo estamos escribiendo una novela juntos. La aventura empezó allá por octubre de 2007, y lentamente nos acercamos al desenlace. Pocas veces en mi vida he disfrutado tanto escribiendo. Ha sido una experiencia formidable, y de mucho aprendizaje, espero que para ambos -por mi parte, no tengo dudas-.

Por todo esto es que ayer –martes 2-, cuando Damián se conectó al MSN y me dio la noticia que yo venía esperando hace semanas, me sentí tan feliz, aunque no fuera simplemente felicidad, sino el orgullo que se puede sentir por un hijo, un padre o un hermano. Y me sentí feliz de poder sentirme feliz. La fruta estaba en su punto, sólo había que estirar la mano y robársela al árbol.