Aniversario II

1

Voy a contar algo que ya conté, pero seguro que lo cuento de una forma diferente. La vieja casa tenía una sala larga, fría y húmeda, una sala que se llovía como afuera. Los días secos uno podía mirar en las paredes las marcas que había dejado el agua al correr, durante cientos de días de tormenta, como el dibujo de un río en un mapa arrugado. Goteras y filtraciones, igual que en el resto de la casa. Uno se aprendía de memoria la exacta ubicación de esas goteras. Despertarse con el ruido de la lluvia sobre el alto zinc significaba mover la cama de lugar (un metro y medio, más o menos), liberar mesas, poner ollas y baldes en sitios ya conocidos, tener a mano las velas y los fósforos, y esperar la mañana. Esas semanas de lluvia en que el agua iba encontrando día a día nuevas formas de caer (con decisión, caprichosamente, con desgana, con sutileza, con saña, con astucia malsana), la casa se iba llenando de un olor a tiempo y en el suelo, contra las paredes, se formaban lagos al final de cada riachuelo y de cada arroyo. Mamá era un vivo rezongo esos días, un “pero cuándo carajo va a parar”, un “pero qué tiempo de mierda”, y allá iba ella vaciando baldes, descubriendo nuevas goteras, drenando los lagos con un escobillón y un trapo, calculando cuánto tiempo podíamos pasar así antes de quedarnos sin ropa seca y limpia. El recurso extremo para ella era lavar, de todos modos, y secar la ropa colgándola frente a la salamandra bufosa (me encantaba meterle astillas a esa caldera hasta que el fuego rugiese como un tren, una vez, con consecuencias nefastas). En esos casos la ropa quedaba siempre con una poderosa fragancia a leña y humo. Mamá rodeaba la salamandra de sillas en cuyos respaldos colgaba la ropa. Cada unos minutos daba vuelta cada prenda, que así se iba cocinando. Recuerdo el vapor saliendo de cada media, buzo y pantalón, la humedad expulsada del tejido por la fuerza del calor. Del mismo modo, con una tenacidad digna de elogio, mamá seguía recorriendo la casa en su personal batalla contra la lluvia. Hay que decirlo: mi madre odia las inclemencias climáticas. Viento, rayos, lluvia. La alteran. Sé de lo que hablo. Deberían verla cuando se percata de que se avecina una tormenta. Sus preparativos no empalidecerían ante los preparativos que, me imagino, han de haber hecho los troyanos para soportar los once años de asedio de los aqueos. Por un momento parece que mi madre fuese más de una persona. Quizá tiene el don de la ubicuidad, un don que sólo se le permite usar en caso de que esté por llover, puesto que es en esos momentos en que parece poder estar a la vez fuera y dentro de la casa, cerrar un postigo mientras desenchufa el televisor, mover muebles mientras descuelga ropa de la cuerda. Pero bien, eso era antes, cuando la vieja casa no se había convertido en la casa remozada que hoy es, una casa que si bien sigue teniendo sus achaques, puede estar bastante orgullosa de sí misma.

2

Si yo hablaba de la sala, hace un rato, era para hablar de una foto que nos tomaron allí a mi madre y a mí. Como no tengo esa foto en mi poder ahora, la describiré tal como la veo en la memoria. Detrás de nosotros está un viejo aparador de madera oscura y cristal, lleno de vasos y copas (tiene, creo, una mesada de mármol gris con vetas más oscuras). En el espacio que queda entre el aparador y la pared, a modo de puerta, mis padres han puesto un palo del que cuelga una cortina a cuadros de colores (verdes, rojos, amarillos y anaranjados). El aparador y la cortina dividen así la sala en dos: el living y el comedor. En el living se está celebrando mi cumpleaños. Soy muy grande, tengo los cachetes rellenos y rosados, las manos regordetas, la cabeza enorme. Me han puesto un enterito de lana y un gorro de papel sobre la cabeza. Sólo sé que ese soy yo porque me han dicho que lo soy, de otro modo no me reconocería. Mamá me sostiene inclinándose hacia su izquierda. Me rodea con sus brazos y apoya todo mi peso sobre su cadera, esta parece la única forma en que es capaz de cargarme. Es pequeñita, lleva un buzo de lana amarilla y el largo pelo negro le cae hacia la izquierda. Su cara es muy blanca y se nota en ella la absoluta tersura de la juventud, la boca bien delineada que yo he heredado, los grandes ojos oscuros resaltan con un brillo que refleja cierta desconfianza, cierto temor o duda. No es más que una niña. Intenta sonreír, creo, pero no se la ve muy a gusto, quizá por el esfuerzo de sostenerme, quizá por otra cosa. Y sin embargo, esa es una de mis fotos preferidas. Me gusta volver a ella y ver a mi madre, en el comienzo de su vida como madre y esposa, y entender la fragilidad de aquellos años, su propia fragilidad unida a la precariedad de una casa no preparada para una familia y de una familia, a su vez, poco preparada para la vida. Todo estaba por hacerse en aquella sala. Todo estaba a punto de ocurrir. Creo que por eso me gusta tanto esa foto, porque es el retrato de un momento en que todas las vidas involucradas allí comenzaban a ser una cosa distinta a lo que habían sido, y el temblor en los ojos de aquella madre-niña mía no es otra cosa que la idea de no saber lo que vendría, cuál era el siguiente paso.

3

Entre mi ropa hay dos camisas que mi padre usó en su juventud. Me quedan bien por poco. Si engordo algunos kilos o ensancho la espalda tendré que dejar de usarlas. Así de delgado era mi padre cuando las usaba, una larga espiga de cuello fino. El tiempo tiende a ensanchar las cosas. Hoy mi padre es un hombre que parece más alto de lo que es, con la espalda generosa y una panza que eventualmente oculta si quiere dar una ficticia impresión de elegancia. Durante mucho tiempo pensé que no había nadie más fuerte que mi padre. Trabajaba de madrugada, repartiendo carne en carnicerías de Canelones, Montevideo y San José. A veces, a media mañana, luego de horas de ruta su camión llegaba a la carnicería de la esquina de casa y yo podía verlo trabajar. Estaba cubierto con una capa de hule blanco que terminaba en una capucha. Adelantaba el pie izquierdo y se ponía de perfil, esperaba que su compañero, desde arriba del camión, le pusiese la media res sobre la espalda, calzada entre el hombro y la cabeza, más de 120 kilos de carne, grasa y huesos. Su bolso de trabajo con los cuchillos, la chaira, la ropa y todo lo demás, siempre olía a grasa. El olor del trabajo era ese, para mí, el olor de la grasa en la suela de las botas de goma de mi padre. Recuerdo que un rato antes de que llegase a casa, mi madre calentaba agua en una caldera y llenaba con ella una palangana de plástico donde mi padre iba a poner los pies en remojo. Se sentaba en una silla, metía los pies en el agua caliente, se los enjabonaba y se quedaba un rato allí, adormecido, hasta que el agua blanca se enfriaba. Y esa es la imagen que yo tengo del alivio, de lo que se conoce como merecido descanso.

De niño yo pensaba que había un momento en la vida de una persona en la que se daba un cambio mágico y repentino. En mi mente ese cambio era como el golpe de la varita mágica de un hada de Disney, una varita rematada en una estrella dorada que te tocaba en la cabeza y entonces todo se volvía chispeante y luminoso y algo pasaba: un muñeco de madera se volvía niño de verdad, un ratón se convertía en caballo blanco, ese tipo de metamorfosis. Bueno, así de simple creí yo que era el asunto de crecer. Uno era niño hasta que un día ya no era niño. Se volvía un joven. Más adelante, el joven daba paso al hombre. Mi padre ya había pasado por todas esas etapas, ya le habían tocado la frente con la varita un par de veces para sacarlo de la infancia, primero, y de la juventud, luego. Yo lo había conocido en su etapa de hombre. Pues bien, con esa convicción viví buena parte de mi niñez y adolescencia. Luego me olvidé de todas esas ideas.

Un día le dije a mi padre que lo odiaba y otra vez le dije que me gustaría que se muriera. Me acuerdo bien de esas cosas, de la rabia incomprensible con la que grité esas mentiras, con la perfecta intención de hacer doler. A veces, la crueldad es un toro desbocado cuando se siente justificada. Yo me sentía una persona diferente y fuera de lugar en mi familia, un paria, un marginal, un incomprendido y, ahora lo sé, no era más que un cliché. Discusiones a la mesa, gritos, portazos, enfurruñamientos, la necesidad de ir contra algo, la necesidad de ser comprendido e incomprendido a la vez. Qué turbulencia. Mientras más hablaba de mi necesidad de comprensión más incomprensible me volvía y menos podía acceder a saber quiénes eran mis padres realmente y cuál había sido su vida. Creía saberlo todo, ¿cómo no iba a saberlo todo? ¿qué más había para pensar? ¿por qué iban mis padres a ser un misterio para mí? Yo era un misterio para ellos, pero no había nada de ellos que yo no supiera. Uno puede equivocarse por mucho margen, a veces.

Pasó más tiempo. Como en las películas, cuando aparece el cartelito de “five years later”. Esperé que llegase el toque del hada. Creí que había llegado, pero no me sentía muy distinto, yo esperaba que algo se quebrase y algo surgiera de pronto. Tardé bastante tiempo más en darme cuenta de que no me estaba convirtiendo en un hombre, que en cambio sólo estaba volviéndome mayor. Pensé, entonces, que estaba haciendo algo mal, que era mi responsabilidad no encontrar la puerta de acceso a la adultez, a la madurez, que no estaba siendo capaz de invocar al hada. Supuse entonces que el golpe de la varita que había sacado a mi padre de su juventud para lanzarlo a su hombría de bien, a su condición de pater familia, había sido ni más ni menos que su temprana boda y mi temprano nacimiento. Como yo todavía no era padre ni hombre casado, aunque hubiese superado largamente la edad a la que él se había convertido en ambas cosas, permanecían en mí los resabios pueriles, las niñerías.

Lo que cambió todo fue entender que mi padre también seguía siendo un niño detrás de su bigote canoso, de sus brazos hechos de trabajo, de su inconfundible forma de caminar. Verlo así, erróneo, desacertado (incluso estúpido, y perdón, papá, si estás leyendo), me hizo entender que ese supuesto estado al que se accede tarde o temprano no existe, el estado de la adultez, de la madurez, es un mito, una clasificación externa a la que tratamos de ajustarnos por nuestra ansia de pertenecer a la categoría de la normalidad. Existe la idea del hombre adulto y nos ajustamos a esa idea. Existe la idea de la familia y nos ajustamos también a ella. Existe la idea del padre, la idea del hijo. Las aceptamos e intentamos cumplir con ellas. Pocas veces nos preguntamos hasta qué punto esas ideas son nuestras ideas. Una familia no es un ente abstracto y pre existente, un ideal platónico al que uno debe intentar parecerse lo más que pueda. Tampoco hay una verdad externa y universal acerca de lo que debe ser un hombre. Lo que cada uno ha de ser, cada uno lo descubre en las vueltas de su propio viaje, y tratar de hacer que el itinerario de ese viaje se ajuste a una ruta marcada de antemano es garantía de una sola cosa: frustración.

Nunca me he llevado mejor con mis padres que en este momento. Supongo que hemos llegado a una edad, ellos y yo, en la que eso es más fácil. Aunque no absolutamente, nos comprendemos. Pero más importante que eso, al menos de mi parte, he entendido que al amor no le hace falta la comprensión absoluta, que uno puede amar profundamente aún a aquellos que no comprende del todo, porque la verdad es que nadie hay que no sea un misterio, ni siquiera nuestros padres, ni siquiera nosotros mismos.

4

Treinta y tres años de casados. Llamé a casa al mediodía y me atendió mi madre. Está engripada, tiene la voz tomada. Hace unos días me dijo que iba a empezar a hacer comida para vender y yo me lo tomé a chiste, pero luego hablé con mi padre y me contó que efectivamente ella estaba vendiendo unas viandas que eran todo un éxito. Eso me hizo acordar a cuando horneaba alfajorcitos de maicena y salía a venderlos en una caja de cartón para mantenerlos tibios. Estiraba la masa amarilla sobre la vieja mesa de madera y la iba cortando con la tapa roja de un bollón. Luego juntaba todos los recortes, volvía a amasarlos y a estirar la masa y cortaba de nuevo, hasta que no quedaba más que un resto inutilizable. Creo que a veces yo la ayudaba a pegar con dulce de leche las tapas ya cocidas y luego las hacía rodar por el coco rallado. Esos alfajores eran una delicia demasiado irresistible. Treinta y tres años de casados. Bromeando, le dije a mi madre que en realidad no festejaran mucho, que habían llegado de casualidad. Y entonces ella se rió y me dijo: “Todos los que llegan, llegan de casualidad”, y yo me quedé pensando en que mis padres bien podrían estar felices con la vida que han ido haciéndose para ellos mismos, una vida de la que seguramente poco podían imaginar cuando a mi padre todavía le quedaban esas camisas que yo uso ahora y cuando el negro pelo de mi madre le llegaba casi hasta la cintura.

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  1. Felicidades a tus padres!!! Hermoso reinicio de actividades en material descartable!!! Un abrazo!!!

  2. Me gustó mucho, Leo, muy emotivo. Qué bueno leerte. Un abrazo

  3. En verdad me encantó. Todo lo que dice este texto: las tiránicas categorías platónicas a las que (en vano) intentamos ajustarnos, el llegar de casualidad, el retrato de los padres -personalmente, me llega mucho el “hombre que escribe sobre su padre o a su padre”: Auster, Bernhard, Kafka et al, porque es un amor distinto, entre el reproche y la compasión-, el escenario de esa casa. Y sobre todo, la obstinada y paciente pesca de la memoria como única vía para ir generando sentidos, mapas.
    Todo material es descartable, ya se sabe, pero me dieron ganas de seguir leyendo. Y no debe haber mayor elogio de un lector, supongo yo.

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