Dos o tres cosas sobre la escritura

1
En mi otra casa, una en la que viví hace tiempo (y que luego se convirtió varias veces y por varios motivos en casas muy distintas a sí misma, aunque seguía manteniendo la distribución de paredes, puertas y ventanas), mi lugar para escribir era un claustrofóbico cuartito de dimensiones tan estrechas que sólo siendo ridículamente delgado uno podía sentarse frente al escritorio. El escritorio. Un enorme mueble de antaño que fue de mi abuelo, buena madera, sólida y pesada como un mamut recién muerto, cármica roja opacada por el tiempo sobre la que aquel abuelo mío llevaba adelante la contabilidad de una antigua panadería, con prolija caligrafía, en sendos biblioratos. Para meter el escritorio en el cuartito hubo que hacerlo a través de una ventana de dos hojas, que luego se enrejó. Para pasar ese escritorio hacia la sala, en posteriores movimientos, tuve que serrucharle las patas sus buenos quince centímetros. Una vez lo dejé empotrado en el marco de una puerta de un modo que yo habría creído imposible. Claro que cuando uno ve las cosas ocurriendo delante de sus propias narices el escepticismo se vuelve un globo lleno de helio en una tarde de viento. El mueble formaba ángulos poco previsibles, ángulos desafiantes. De algún modo, cada arista del mueble había logrado incrustarse en el pasillo. Yo estaba solo. Había emprendido aquella tarea colosal en la más pura soledad. “Moveme”, parecía decirme el escritorio. “Me mutilaste, insolente; ahora moveme. Si podés”. Para pasar al baño tuve que contorsionarme plásticamente por entre las patas negras. Horas después, con dosis no muy bien distribuidas de reflexión, suerte y fuerza bruta, la tarea estaba cumplida. Puse el escritorio en un rincón y pasé meses usándolo para casi todo: escribir, leer, comerle encima, guardar secretos en sus cajones y puertitas. Nos amigamos. Él dejó de sentirse mutilado. “Eras demasiado grande, muchacho, demasiado alto. Imponente, es verdad, pero anacrónico, estoy más cómodo con vos ahora, quince centímetros más cerca del suelo”, le decía yo. Él suspiraba.

2
Es importante, creo, volver al recuerdo del lugar físico en que se escribió algo que luego fue editado. Recordar el espacio, la luz, los modos de estar en ese espacio y bajo esa luz. No dejar que se pierda aquella sensación de íntima soledad, de apartamiento del mundo, para recordar que no hay expectativas reales sobre la obra. Expectativas ajenas y propias. Y que si las hay, son como el humo, tienen la existencia de humo. La obra. Dicho así suena casi gracioso. Otra palabra que me hace bastante gracias es “prometedor”, porque una obra no promete nada para el futuro, ya es lo que promete, es la promesa y el cumplimiento de esa promesa, todo a la vez. Pero bien, si estaba hablando de esto fue porque comencé pensando en el siempre insospechado camino que puede recorrer un texto, desde su concepción hasta su publicación. A veces pasa tanto tiempo que uno ya siente que eso que se publica le pertenece a otro. Y está bien, porque exactamente así es como es.

3
Ahora hay libretitas con notas. La mayoría son citas de los libros que voy leyendo. Hay frases escuchadas por ahí. Hay ideas. Bocetos. Comienzos de párrafos. Líneas. Hay todo eso, pero no hay cuento ni novela. No hay bloqueo, tampoco, ese síndrome del block writer, tan americano en su sentido yanqui, tan a medida de hombres que tienen siempre al cuello la soga de las fechas de entrega para una revista. Nosotros no tenemos eso porque no hay revista que le pague a uno para que le escriba un cuento. Ojalá sufriéramos block writer por estas latitudes, significaría que hay alguien con dinero en la mano, deseoso de dárnoslo a cambio de un relato bien escrito, y que la ansiedad que sentimos por hacernos con ese efectivo es lo que nos bloquea. Una trampa del inconsciente contra nuestra codicia. Un sabotaje. Bueno, pero no es eso. Acá usted se consigue un trabajo seguro y fijo, de ocho horas diarias y puntual pago el diez de cada mes (correspondiente medio aguinaldo a junio y diciembre), y luego, si quiere, escribe. Y así es como sale luego todo. A contramarcha. Uno le roba horas al sueño, al descanso, al puro ocio, invierte sus contadas horas de fin de semana y espera que algo salga de allí, algo aprovechable. Esas pobres horas no tienen por qué soportar tanta presión, pero no hay otro modo. Entonces, uno va luego y mira su estante de literatura uruguaya actual y ve libros de cuentos y novelas que a duras penas pasan las cien páginas, y se da cuenta de que a todos parece estarles pasando lo mismo. Tal vez no hay largo aliento que se sustente desde el multiempleo. ¿Cuánto influye la extensión, que es una cuestión de forma, con en el fondo, con lo que al final se está diciendo? Quizá, esto de ir a contramarcha, siempre forzados y siempre a pulmón, acaba siendo una marca de estilo, un distintivo en el orillo. La brevedad nos deja fuera de ciertos terrenos, porque hay cosas que sólo pueden ser dichas en quinientas páginas. El problema es que quinientas páginas no se escriben en quince días de licencia laboral.

4
Estos son apuntes encontrados al azar en la última de las libretitas. Evidentemente estaba haciéndome a la idea de cómo era algún personaje, y comencé a dejar mojones por ahí, pistas para cuando me decidiera a desarrollar la historia en la que él iba a existir. Eso no pasó, pero acá quedan estos apuntes. Quién sabe, tal vez en las próximas vacaciones.

Cuando te llevan a conocer a extraños, lo que te protege es tu vínculo con la persona que te presenta, el cariño o cualquiera que sea la naturaleza de la relación que te une a él. A veces te presentan de tal modo que es como si te soltaran en medio del campo, en una noche helada.

Era como uno de esos cascos de ciclista que parecen la cabeza de un torpedo nuclear. Esos cascos son la cosa más ridícula del mundo en la cabeza de cualquiera que no sea ciclista, pero encajan a la perfección con la bici, la pista, la malla ajustada y brillante, la velocidad. Bariji era el casco solo.

Había una fuerza externa a él mismo, algo que él ni siquiera entendía bien, algo que empujaba a los demás a llamarlo por su apellido. Bariji. Siempre, sin excepciones. El suave territorio de la familiaridad le estaba vedado. Lo habían exiliado de ese país y, llegado un punto, a él le interesaba muy poco que volviesen a admitirlo.

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  1. Ja!!! En vacaciones de julio (“quince días de licencia laboral”) escribí Ya nadie vive… Me parece que encajo bien de bien (al igual que el mueble en el pasillo) en esta idea… fueron, al final, 127 páginas…
    Claro que después vino como un mes de imprimir y corregir y dejar que otro la viera y ayudara. Pero sí, reconozcámoslo, fueron quince días…

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