Autorretratos
Mi padre y yo fuimos el mismo niño. Ojos, boca, pelo. El mismo niño. Sé que en una caja de zapatos mi madre guarda una foto en la que aparece mi padre a la edad de nueve o diez años. Es una foto en blanco y negro, pequeña, cuadrada, de esas que llevan los bordes troquelados con una delicadeza de otro tiempo. El tono de la foto, más allá del blanco y negro, tiene una especie de tinte amarillo y grisáceo, lo que hace que el pelo de mi padre parezca sucio de ceniza. Tal vez dentro de muchos años me encuentre de nuevo con esa foto y entonces necesite un buen rato para convencerme de que no soy yo ese niño, de que no es la foto que me tomaron una tarde cualquiera en que se me había ocurrido vestirme y peinarme de época. Así es la semejanza. O así era. Ahora ya no nos parecemos tanto. Ambos estamos en edades poco propicias para parecernos, pero volveremos a ser semejantes, no tengo dudas. Busco en mi cara el rastro de mis padres y de todos los que estuvieron antes que mis padres, personas de las que apenas sé el nombre o ni siquiera eso. Mi cara es extraña y no siempre es agradable de ver. Tengo los ojos de colores poco definidos. A veces son marrones. En los días de mucho sol se vuelven ámbar, adquieren una tonalidad amarilla si me entra agua salada y se oscurecen cuando estoy muy cansado. Mis párpados tienen una forma que le da un toque de tristeza a mi mirada. No hay sonrisa que remedie eso. Mi boca tiene algo de femenino en sus líneas y mis cejas son espesas y negras. No tengo mentón prominente ni mentón retraído y mis orejas son más bien pequeñas. Mi nariz es la nariz de un niño, de modo que si es cierto eso que dicen, que la nariz marca el carácter del conjunto, supongo que la mía advierte de un temperamento infantil. No suelo usar barba ni bigote, y si en algún momento eso cambia es porque me ha dado mucha pereza afeitarme. Me gustaba mi cara lisa y blanca de la primera juventud. Cuando llegó la edad de la espuma y la afeitadora yo me dije: “No, por favor. Una cosa más que hay que hacer regularmente”. Porque debo aclarar que no soy bueno para las cosas que hay que hacer regularmente. Una lista de minúsculas tareas rutinarias: tal cosa todos los días, tal otra cada tres días, esto hay que hacerlo una vez por semana, al menos una vez por mes es imprescindible aquello y cada tres meses no deberías dejar de recordar que es importante, cada dos años, tener en cuenta lo recomendable que es al menos una vez en la vida… Así siempre. Todo para que un día cualquiera alguien venga y me diga: “cuando tengas 60 años habrás pasado dos semanas de tu vida cortándote la uña del dedo meñique del pie izquierdo”, o datos similares. Nadie debería andar por ahí escupiendo bolazos de esa dimensión. Dicho lo dicho, prosigo. Me afeito dos veces por semana. Una vez estuve un mes sin hacerlo. Después de que uno se acostumbra al “picor”, no es tan malo, salvo que el aspecto de profeta bíblico ha dejado de estar en boga. Sólo una vez, también, fui al peluquero y le dije que me pasara la rasuradora a dos milímetros. Tenía curiosidad. La cabeza me quedó como un cepillo redondo y tibio. Justo estaba estudiando algo, en ese tiempo, y me pasaba largas horas leyendo en un sillón y rascándome la cabeza puercoespín cuando cierta información se resistía a incorporárseme. La fricción hacía que mi cabeza se fuese cargando de estática hasta que cuando por la noche me desvestía en lo oscuro antes de irme a la cama, se producía un auténtico chisperío. ¡Descargas! ¡Centellitas por doquier! A nadie le gustó cómo me quedaba ese corte, pero era la cosa más cómoda del mundo para nadar (bah, más cómoda debe ser la calvicie, supongo, si uno ya ha superado la estigmatización social). Cuando era chico-chico tuve un accidente y me rompí la boca. El manubrio de un triciclo rojo (que todavía existe en casa) me rompió un diente de leche y me rajó el paladar. Sangré un montón. El diente que venía naciendo se torció y así creció. Nunca me lo arreglé. Es mi defecto físico más visible. No hace tanto que me di cuenta de la forma en que eso ha afectado mi gestualidad, es decir, toda la sinfonía de movimientos faciales que durante mucho tiempo desarrollé de forma no del todo consciente para volver menos evidente la existencia chueca del incisivo. Los gestos son parte de un retrato, por eso cuando uno posa para una foto el resultado casi nunca se acerca a lo que somos (de hecho, nadie se parece a su foto carnet y tampoco se parece a su propio muerto). El arte del buen fotógrafo retratista sería, entonces, percibir rápidamente en cuál de nuestros gestos espontáneos estamos más presentes, y hacerlo durar. Mis gestos más habituales son… No tengo idea. Ahora pienso en lo que dije acerca del triciclo y temo no haberlo visto en casa de mis padres en las últimas visitas que les he hecho. No es que sea demasiado apegado a las cosas, pero supongo que necesito poder anclar los recuerdos a ciertos objetos para que sirvan de garantes a la memoria. Porque si ahora pienso en mis pestañas, por ejemplo, llego directamente a uno de mis recuerdos más antiguos: soy pequeñísimo (ni siquiera podría arriesgar una edad), acerco mi cara a la mejilla de mi madre y comienzo a pestañear lo más rápido que puedo, rozándola con las pestañas hasta que ella se ríe y dice que le hago cosquillas, que mis pestañas son como una escobita que le barre la cara. Y se ríe más. Sé que esto ya tiene poco que ver con la idea del autorretrato, pero es hora de confesar que sólo era una excusa para escribir unas líneas, para dejar ir las palabras. Pienso en los autorretratos de Rembrandt (esas decenas de pinturas y dibujos que hizo de sí mismo a lo largo de su vida, varios de ellos en 1669, el año de su muerte) y me lo imagino observándose en el espejo sólo al principio del trabajo, a modo de mero recordatorio, para guardar las mínimas formas, digamos. Una vez hecho eso, el bueno de van Rijn se permitía mentir un poco en cada pincelada para mostrar lo que había debajo del cabello, la piel, los huesos y la carne. En otras palabras, negándose a pintarse idéntico a como se veía (porque el del espejo no era él), le devolvía al mundo una imagen más verdadera de su ser, ya no sólo de su rostro. Experimentos con la vida, experimentos con la verdad. Unas cuantas pinturas cerrando la historia de una vida. El mismo hombre que aprende a ser el que fue, el que es y el que será, esa larga hilera de hombres unidos por ciertos rasgos constantes en medio de un cambio indetenible que siempre lo deja perplejo. La perplejidad. No mucho más. Eso.
-lector, si tiene 4 minutos 18 segundos más de tiemdpo, cliquee aquí-.

Me gustó mucho el texto. NO había reparado en eso de gestos para cubrir algo. ¿Tu gesto más común? Creo que es una especie de risa corta y de cotelete que te viene cuando pensás entérminos irónicos, que es muchas veces al día, imagino.
Bienvenido al ruedo otra vez!!!
A mí me ha pasado algo similar. Las fotos de mi padre muestran partes de mi cara. Y su pelaje es un antecedente del mío, calvo y tendiendo al blanco. La diferencia es que a él se le da muy bien seguir una rutina vana. Y a mí me crecen las lanas, que corto cada vez que me entero de que ha muerto un arzobispo.
El bueno de Rembrandt mejora con los años. Yo siento eso. Y no paro de tener perplejidades: http://orgasmosenlosojos.blogspot.com/2010/06/quisiera.html
Abrazo y a recuperar ese gemelo.
Me acordé cuando dicen, mirá a tu suegra porque así será tu mujer cuando crezca…pasará también con los hombres? también dicen, fijate cómo es tu novio con su madre porque así será con vos… no sé si viene al caso pero cuando leo algo que esribiste se me vienen tantas cosas a la mente, recuerdos, similitudes, comentarios, etc que me da miedo no terminar de escribir nunca…!