Una derrota de bronca y orgullo
No sabíamos qué esperar del partido. Los uruguayos en general no sabíamos ni qué esperar de él ni qué pedirle, y esa incertidumbre nos tuvo toda la mañana del martes verdaderamente confusos, balanceándonos entre sensaciones bastante distintas: por un lado, cierta satisfacción redonda y perfecta; por otro, el contenido deseo de mirar al otro lado de esa satisfacción, algo así como encontrar en el ropero el regalo de Navidad que nos compraron nuestros padres y sentir ganas de romper el envoltorio aún sabiendo que no es tiempo.
Media hora antes de que empiece la semifinal (decirlo ya es increíble, es como hablar de algo que pasó hace años), se oyen bocinas, gritos y cohetes en la calle. Motores raudos, prisas. Es como si a las 15:30 fuese a llover ácido sulfúrico. Los canales de aire han hecho una larga cobertura que sólo ha servido para aguijonear la ansiedad, llevándola a límites insoportables. Y acá hay que hacer un parate, un intermezzo. Qué pobreza de relatores y comentaristas, la nuestra. Roberto Moar no para. Nunca para. No me cae mal, el tipo, siempre y cuando no relate. Cuando relata me dan ganas de autoflagelarme. Eso de decirle “la pecosa” a una pelota que no hace menos de veinte años que dejó de ser blanca con cascos negros, por ejemplo. Moar tiene una empecinación con la poesía. Es el legado negro de Víctor Hugo. Por no hablar de Romano. Alguien debería pedirle amistosamente a Romano (y cuando digo amistosamente me refiero a hablarle mientras se revolea una cadena a modo de intimidación), que deje de hacer chistes homofóbicos y racistas durante el partido. Que pare de una vez. Si nosotros, en nuestras casas, delante de la pantalla y ya medio beodos, queremos hacer chistes de mal gusto, estamos en nuestro derecho. Pero vos no, Romano, porque tenés un micrófono delante de la boca, muchacho. En fin. Suerte que desarmaron esa especie de dúo dinámico que formaban Romano y Scelza. Cuando pienso que quedamos fuera de carrera para salir campeones, sólo algo me consuela, que no escuché a Scelza dándonos ánimos. Sólo eso podría haber empeorado la derrota. Y luego vienen los relatores y comentaristas hiper-emotivos. Eduardo Rivas es creíble. Uno se convence de que la voz se le quiebra en serio y, no voy a decir que se conmueve con él, pero se genera cierta empatía. En cambio, lo que genera su suplente, Federico Paz, se parece más a la vergüenza ajena. Paz es capaz (verso sin esfuerzo) de frases como esta: “¡Dale, dale ahí! ¡Metele a ese que no sabe! ¡Apretalo! Pero, ¿qué cobrás? ¿Qué cobrás? ¡Qué bien hacés los mandados, uzbeco!”. Que alguien me diga qué parte de eso es relatar. Paz es un hombre superado por la euforia o por la tarea que le han encomendado. De los comentaristas, Bardanca respira mesura, el Toto Da Silveira se empeña en seguir sus batallas privadas al aire y Uberti vive en una especie de realidad paralela.
Comienza el partido. Holanda juega de anaranjado flúo (shorts, medias, todo, supongo que buscan la famosa ventaja por encandilamento). Van Persie, Robben, Snejder y Kuyt van en ataque. Ante tal poderío, todos sabíamos lo que iba a salir a hacer Uruguay. Con dos líneas de cuatro repletas de gente abocada a la recuperación, no había mucho margen: aguantar y aguantar. Dejar ir el primer tiempo en un empate a cero y después ver. Tabárez entiende el juego. Se le podrá pedir, a veces, más riesgo, pero no se puede negar que maximiza los recursos y que gracias a eso se le ha plantado cara hasta al más pintado. Salir alegremente, como una niña despreocupada que recoge flores en el prado primaveral, se paga caro. Alemania 4 – Argentina 0. Eso lo resume. Pues bien, Uruguay cerró los caminos hacia Muslera y esperó. Más débil en las bandas que por el centro, donde Arévalo Ríos hacía relevos a troche y moche, como un pacman. Uruguay esperó y controló bien. Claro que nadie puede prever que el rival tiene armas de destrucción masiva. A los 17 minutos Van Bronckhorst pensó: “Ma’ sí, yo le pego, total, si se va al carajo después se olvidan, queda mucho todavía”. Y le pegó. La pelota alcanzó una velocidad tal que no me explico cómo no se incendió en el aire. Dio en el tornillo. Un gol supersónico. Si Muslera llegaba a tocarla le arrancaba un par de dedos.
Y Holanda se relajó. Si hay algo que a Holanda le sale natural, es relajarse. Toque y toque, no veíamos la jabulani ni en uno de esos preciosos cromos platinados. Hasta que conseguimos un corner y Cáceres (debutante en el Mundial), con iguales dosis de torpeza y brutalidad, le patea la cara a un holandés. No sé si la acción habrá sido intimidatoria, pero a partir de ahí Uruguay tuvo más chances. Recapacito, ¿cómo no va a ser una acción intimidatoria? Si a mí me dan esa patada, luego de los tres meses que paso en coma me levanto y me hago albañil, mínimo. Prosigo. En esos minutos hubo un penalcito sobre Cavani que el árbitro uzbeco tuvo a bien desestimar (qué necesidad de inquietar a Blatter, santo mío). Un tiro de Palito Pereira. Un cabezazo de Forlán. Todo tan desprolijo como esperanzador. Y ahí nomás llegó el bombazo de Forlán, uno de esos que nos han rescatado por los pelos en más de un partido. Tabárez, en el banco, revisó su cuponera personal de milagritos. Parece que le quedaban uno o dos. Y terminó el primer tiempo. Gran signo de interrogación, gran.
El segundo tiempo llegó como llega el momento de conocer a los padres de la novia de uno. El técnico holandés sacó a De Zeew, un volante de marca, y puso a Van der Vaart, un talentoso, sumando así su quinto hombre en ofensiva. En el medio, Van Bommel seguía repartiendo leña, rolos y astillas a peso con cincuenta el kilo. Los brasileros del otro día le deben un par de viajes que se llevaron a fiado. Todo venía más o menos normal, con dominio holandés pero sin grandes problemas, hasta que en el minuto 20 se acabó la paz. Primero, Van Persie apareció tan solo que estaba en off-side. Pregunta, ¿vieron que casi no le pasan la pelota a Van Persie? Bueno, como escuché por ahí, es entendible: ninguna persona sensata le pasaría la pelota a este Van Persie. Qué jugador más pusilánime. Inmediatamente después de ese off-side apareció Van der Vaart y yo la vi adentro, pero Muslera llegó a tiempo. Diez segundos después, Robben puso una jabulani en órbita. Y en el minuto siguiente llegó el gol de Snejder. Y luego el gol de Robben Y todo así, todo así. ¿Qué hizo Holanda entonces? Adivinaron. Se relajó. La pelota iba para un lado y otro como una resplandeciente bolita de pinball. Hasta que Tabárez (quizá un poco tarde), hizo los cambios. Forlán se fue de la cancha con una lesión y una calentura de novela erótica. Eso que los periodistas llaman “quemar las naves” es la traducción poética de “si se fue el balde, que se vaya la cadena”, que fue lo que se vivió al final. El gol de Maxi Pereira le dio el toque justo a los últimos minutos. Holanda en su área sin entender bien qué era aquello y unos cuantos uruguayos corriendo para todos lados, sin orden, control ni táctica, pero como una avalancha de voluntad que se les venía encima. Esta vez, la hora al referí se la pidieron ellos.
Volviendo al principio. No sabíamos qué esperar del partido, igual que no sabíamos qué esperar del Mundial. Si empezamos a creer que se podía fue porque esa convicción nos fue contagiada. Linda enfermedad que nos llevó de la incredulidad al asombro, del asombro a la alegría y de la alegría a la euforia. Luego queda el orgullo manso y reposado, hijo de la idea recuperada de saber quiénes somos.

a) Agrego disconformidad: durante el partido, me resultaron más molestos los nenes que transmiten en el 12 que el propio juez.
b) Agrego un alivio: Gorzy no tuvo razón.
c) ¿quiénes somos? Tengo unas cuantas respuestas estúpidas a mano, pero mejor es callar.