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Este va a ser un post largo, así que lo lamento por los vagos (en realidad no lo lamento nada, pues este blog no está pensado para los vagos. Casi podría decir que este blog no está pensado, y punto, ahí se puede acabar el enunciado. Pero lo que quiero decir es que el blog quiere ser mejor que su autor, cosa que no es tan difícil de lograr). Bueno, tras esta introducción vayamos al tema: el Encuentro de Escritores que se llevó a cabo en la Biblioteca Nacional durante los días 6, 7 y 8 de octubre de 2009, con la participación de representantes de todo el país. Como sería imposible para mí escribir una crónica abarcativa, dado que no participé de todas las mesas, lo que voy a hacer es ir haciendo algunos aportes reflexivos acerca de los tópicos que surgieron con más frecuencia a lo largo de las jornadas. Pido disculpas ya (abro el paraguas bajo un cielo aún despejado, digamos) si me equivoco en algún nombre o si cito mal alguna ponencia. Cualquier error se deberá sólo a mi torpeza y no a un perverso deseo de torcer las palabras para que digan algo que sus enunciadores no pretendieron decir. Los comentarios estarán abiertos, como siempre, de modo que los lectores puedan ayudarme a ir ajustando esos detalles, de existir.
Libro electrónico
Que el mismísmo director de la Biblioteca Nacional, Tomás De Mattos, abriera el encuentro haciendo una poderosa defensa del libro electrónico (el e-book), fue algo por demás elocuente. Generó reacciones inmediatas en los rostros de los presentes. Los que estaban a favor lo disimularon bastante bien, los que estaban en contra menearon las cabezas, chasquearon la lengua y maldijeron por lo bajo. Más adelante, en una mesa de discusión sobre edición, publicaciones y circulación de libros, Helena Corbellini hizo una defensa del libro en papel y hubo aplausos entusiastas. El encuentro estuvo bastante copado por este tipo de reacciones intempestuosas. Aplausos enfáticos, digamos. Aplausos a favor de o en contra de. El caso es que De Mattos advirtió, en su ponencia inicial, acerca de los peligros de cierta resistencia romántica, pero también meramente sensual. El olor, el color, el tacto de un libro: “caramba, como si fuera un helado”, creo que dijo el autor de Bernabé, Bernabé. Entonces yo pensé en algo que dijo Mario Levrero, hace mucho tiempo, en una de sus Irrupciones: “hay que separar la idea de texto de la idea de libro”. El libro es el soporte actual por excelencia. Es un soporte que hemos aprendido a querer, un soporte que es parte de nuestra vida: pero el libro no es el texto, el libro no es la obra, el libro es apenas el canal que ofrece el soporte de esa obra. Y para ilustrar esto diré que hace poco llegué a casa una noche y no sabía qué leer. Miré por encima mi pequeña biblioteca y no encontré nada que me apeteciera, digamos. Entonces me acordé de un CD que un amigo me pasó, hace mucho tiempo. En el CD hay una inscripción con marcador permanente en rojo: Novelas, dice. Coloqué el disco en la lectora de mi computadora (una Pentium III con 256 Mb de Ram, para más datos), y me puse a mirar las carpetas ordenadas alfabéticamente. Abrí la carpeta F, luego la carpeta Fante y luego el archivo de word titulado Espera a la primavera, Bandini. En los tres días siguientes pasé un par de horas cada noche frente a la pantalla. Al terminar abrí el otro archivo de la carpeta, Pregúntale al polvo. Tres días más de sesiones nocturnas de lectura en pantalla. De modo que si mañana alguien me pregunta: “¿Has leído algún libro de John Fante?”, yo voy a entender que lo que en realidad me pregunta es si leí algún texto escrito por el norteamericano, y le voy a responder que sí, porque para el caso es lo mismo. ¿Qué importancia tiene, para la literatura, la forma de acceso al texto, el soporte del texto? Caramba, una cosa es ser románticos y otra es ser retrógrados. Que cada uno lea como quiera, pero que lo haga. Personalmente no me importa que se termine el libro en papel. Si se termina ese soporte, vendrá otro; lo que no quiero es que se terminen los textos y la lectura de esos textos. Eso me parece importante. Y una cosa más: entre el público de la última mesa (donde estaban los críticos de medios capitalinos tales como Brecha, El País Cultual y La Diaria, entre otros), había una señora mayor muy elegante. En un momento alguno de los ponentes (¿se dice así?) habló de internet y de los blog (uno de los temas recurrentes del Encuentro), entonces la señora se fastidió. Necesitaba a todas luces exteriorizar su fastidio, así que se inclinó hacia su acompañante y le dijo: “El libro en papel no se va a acabar nunca. Yo voy a seguir leyendo libros en papel hasta que me muera”. Yo creo que el problema está enunciado ahí. La primera parte del discurso de la señora es de orden universal y la segunda es particular. Y aquí viene a mi mente el buen Ferdinand de Saussure cuando habla de la mutabilidad e inmutabilidad del signo lingüístico. Recordemos (a grosso modo): ninguno de nosotros puede, como mero hablante de una lengua, modificarla a su antojo, pero eso no quiere decir que la lengua esté congelada, ajena a toda mutación. Cito a Saussure: “…la lengua no es libre, porque el tiempo permitirá a las fuerzas sociales que actúan en ella desarrollar sus efectos, y se llega al principio de continuidad que anula a la libertad. Pero la continuidad implica necesariamente la alteración, el desplazamiento más o menos considerable de las relaciones”. Y ahora traslademos un poco el sentido surgido de ese razonamiento, hacia el soporte de la lengua que conocemos como libro. Las fuerzas sociales son las que modifican los soportes de la lectura (es más complejo, podemos hablar de la estructura editorial y sus intereses mercantiles y demás, pero seamos cándidos por un momento y pensemos que son las fuerzas sociales las que deciden; después de todo, las editoriales, por muy comerciales que sean, no dejan de integrar esas fuerzas). Dije que las fuerzas sociales son las que modifican los soportes de la lectura, no los individuos. Así que la señora del ejemplo puede hacer lo que ella quiera y yo también. Ella puede resistirse a leer en una pantalla, por una cuestión de principios o por lo que sea, es su justo derecho. La segunda parte de su discurso, la que atañe a su particularidad de lectora, es pertinente; la primera, la que proyecta esa particularidad hacia lo universal, no lo es. Para terminar este ya extenso primer fragmento, repito algo que dije más arriba (es una expresión de deseo, apenas): que cada uno lea como quiera, pero que lo haga.
Los jóvenes y la lectura
En una mesa cuyos integrantes debían (así había sido establecido en el programa) hablar de la narrativa joven, el tema fue, desde el inicio, uno radicalmente distinto. Mercedes Resende, escritora y docente de escritura creativa en una Universidad privada, comenzó hablando de la brutal carencia de lectura de sus alumnos. Fue así: “Yo les voy a decir lo que leen los jóvenes”, dijo: “Casi nada”. La cita es casi textual. Según Resende, los chicos y chicas de entre veinte y veinticinco años que concurren a sus clases para aprender a escribir no leen otra cosa que no sea algún libro de autoayuda o Harry Potter. El micrófono pasó de mano en mano hasta llegar a Hugo Burel, que dijo esto: “No me interesa lo que escriben los jóvenes porque estoy más preocupado por lo que leen, si es que leen”.
Es necesario hacer una acotación antes de continuar: la mesa (entiéndase “los integrantes de la mesa”) debía hablar de narrativa joven. No es por ponerme estricto, pero una de las críticas duras que puede hacérsele al Encuentro es la suprema laxitud que gobernó las mesas de discusión. Cada expositor habló de lo que quiso. A mí me interesaba lo que podían tener para decir Resende y Burel acerca de la narrativa joven actual, pero ellos estaban más preocupados, mucho más preocupados, por hablar de la falta de lectura de los jóvenes. Nunca quedó claro si se trataba de la falta de lectura de los jóvenes escritores o de los jóvenes en general, no hubo ocasión de aclararlo. Con Burel no hubo chance porque, de un modo más que descortés y sin que mediara una disculpa o una explicación, simplemente se levantó y se fue. Más adelante Claudia Amengual, la moderadora de la mesa, nos puso al tanto de que Burel se había tenido que ir a trabajar, a lo que Andrés Ressia, joven autor y expositor de la misma mesa, aclaró que él también tenía que trabajar y sin embargo estaba allí. Son detalles significativos, pienso, detalles elocuentes.
Me quedo pensando en lo expuesto por Resende. Hago un juego de imaginación. Imagino a un joven que quiere convertirse en escritor y que probablemente ve dos caminos posibles: el primero es tan simple como escribir y leer todo lo que se pueda, mejorar su arte a golpe y porrazo. El segundo es ir a clases en una Universidad privada. No son opuestos, pero por algún motivo (las palabras de Resende son claras), ambas opciones no se complementan en la realidad. Esta joven promesa académica de creación literaria parece creer que el hecho de asistir a clases (y pagar por ellas) lo exime del esfuerzo autodidáctico. ¿Quiere aprender a escribir o quiere que le enseñen una serie de claves, de trucos, de técnicas básicas que por otro camino tardaría más en adquirir? No lo sé. Repito, estoy haciendo un juego de imaginación. Imagino a un tipo de aspirante a escritor que piensa que la literatura es una disciplina meramente técnica, una serie de recetas. Esas claves, trampas y técnicas están escondidas en los textos (son, si se me permite, lo que menos importa de los textos). Hay que leerlos, descifrarlos y apropiarse de ellos, pero eso, caramba, da mucho trabajo. Parece más fácil pagarle a alguien que ya hizo ese proceso para que nos entregue el resultado. Si me das comida a medio digerir, como una mamá pájaro a su polluelo, yo no voy a tener que perder tiempo masticando (tampoco voy a saber si la comida era sabrosa o no, pero eso parecería no importar). Si me enseñas el resultado yo me ahorro el proceso. Quizá por eso luego pasa lo que pasa, porque hay quienes creen que hay un número limitado de resultados y que los procesos no difieren tanto de persona a persona. De modo que el peligro de los cursos de escritura creativa y de los talleres literarios es el de uniformizar la producción literaria, ponerle una especie de marca en el orillo. Ya no se trata de un estilo personal, de algo propio de un creador particular, sino del estilo de un taller, el estilo de un curso. Pero vuelvo a este tema en un rato.
Así que lo que yo creo, lo que se me ocurrió mientras Resende hablaba y decía: “Esto es lo que yo veo”, es que justamente el problema es ese, que la mirada está demasiado focalizada. Decir que los jóvenes narradores no leen es una generalización, sino falaz de plano, al menos peligrosa. La misma Resende aclaró que iba a generalizar y que toda generalización caía en el error, pero no creo que alcance con hacer esas salvedades para después decir ciertas cosas. No me parece suficiente, digamos.
Cuando le tocó el turno a Inés Bortagaray dijo: “La gente sí lee”, y entonces habló del hervor de las librerías de viejo de Tristán Narvaja y tuvo que defender a Mario Levrero, pues Jorge Alfonso había hecho previamente un comentario (muy desafortunado, de mala leche o simplemente acorde a su personaje, que el lector elija) acerca de lo caro que era asistir a los talleres que dictaba Levrero. Cuando Inés, que asistió a tales talleres, dijo que eso no era así y que además Levrero tenía un sistema de becas, Alfonso completó su performance (¿fue otra cosa que una performance?), diciendo: “Yo era tan pobre que no llegaba ni a la beca”. Por un momento, Olmedo se apoderó del autor de Porrovideo.
Luego, Rodolfo Santullo dudó de que la falta de lectura actual fuese un patrimonio de los jóvenes, como si los adultos no hicieran otra cosa con sus vidas que leer; mientras que Andrés Ressia se preguntó y nos preguntó si efectivamente antes se leía tanto como ahora nos parece que se leía o si se trata del tan conocido efecto de magnificación del pasado y de la ausencia de datos surgidos de encuestas inexistentes. Más adelante hubo un intercambio divertido entre Álvaro Ojeda y Jorge Alfonso, ya en medio de una discusión cuasi-bizantina que hizo los deleites del público presente en cuerpo y ausente en raciocinio.
Para cerrar este apartado voy a hablar un poco de cuánto y cómo leo yo, dado que aún soy joven, escribo, y todas esas cosas. Empecemos por la cantidad. No creo que lea mucho. Tengo etapas más fervorosas, pero mi ritmo de lectura rara vez supera los cuatro o cinco libros mensuales, y muchas veces no pasa de dos o tres. No tengo un plan de lectura, simplemente cada libro va llevándome al otro. Estoy abierto a recomendaciones y dejo que el azar haga lo suyo. Para planificaciones estrictas está el currículo y la bibliografía recomendada de los estudios académicos, para el placer no está mal dejar que la literatura encuentre su cauce más o menos libremente. Respecto a cómo leo, diré que trato de leer bien, esto es, apropiarme del texto, leer de modo profundo e inteligente. Si la inteligencia es interligar, o sea, establecer ligazones, creo que la lectura inteligente es aquella capaz de tender puentes entre la lectura del presente y las múltiples lecturas. Leer un libro nuevo siempre es una oportunidad de reacomodar y reajustar todas las lecturas anteriores, la chance de desarrollar nuevas destrezas de lector.
Lista de libros recientemente adquiridos por obra y gracia de la generosidad de sus autores: Perséfone, de Ramiro Sanchiz; Perro come perro, de Rodolfo Santullo; Procesión, de Martín Bentancor; Josephine La Nuit, de Nidia Di Giorgio Medici (sí, es la hermana de Marosa). Lista de libros recientemente adquiridos por obra y gracia de cientocuarenta pesos que entregué a la encargada de la librería Areté, en Tristán Narvaja: los diarios de Katherine Mansfield, tres libros de cuentos de Mario Arregui (Noche de San Juan, Hombres y caballos, y La sed y el agua), y un policial negro del norteamericano Ross MacDonald titulado El martillo azul. Todos ellos están a disposición de los lectores del blog. Últimos libros leídos que puedo recomendar: El miedo es el mensaje, de Sandino Núñez; Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy; y Dulce jueves, de John Steinbeck.
El disco de Newton
En la escuela, una vez, me hicieron fabricar un disco de Newton. Recortabas la cartulina blanca y trazabas tres diámetros, partiendo la circunferencia en seis secciones iguales. Luego pintabas cada sección con un color distinto. Después tenías que hacer girar el disco; mientras más rápido, mejor. Yo desarmaba aparatos y les extraía los motorcitos eléctricos. Un par de pilas, unos cables y el disco eran todo lo necesario para ver la magia en acción. Los colores, superpuestos a no sé cuántas revoluciones por minuto formaban el blanco. Maravillosa aproximación a la teoría aditiva de la luz.
Veo las mesas. En general, los expositores no parecen manejar la idea de que están elaborando juntos un discurso que debería ser capaz de construir algún sentido. Al menos no hay muchos aportes a una línea discursiva, aportes que lleven la discusión a algún lado. Todo se disocia, se disgrega. Cada uno expone su parte del espectro y todo gira a gran velocidad hasta que lo único que queda es la nada blanca del vacío. El peligro de repetir esto es que uno acaba por descreer de este tipo de instancias, cuando en realidad lo que hay que hacer es corregirlas, ajustarlas, volverlas verdaderamente fecundas y no un mero sembrar en la arena. La ausencia de moderadores activos puede ser una explicación para esa falla, o quizá sólo se trata de que los uruguayos actuales no poseemos una cultura del debate real, que no somos capaces del diálogo verdadero. El único al que oí decir algo al respecto fue, precisamente, a un argentino: Carlos María Domínguez.
Un pueblito arrocero
Son las cinco de la tarde del miércoles y se está hablando de la seguridad social del escritor. El debate está un poco pesado, hay caras enconadas aquí y allá. Alejandro Ferreiro se desliza en su asiento hasta quedar mirando el alto techo. Tiene una mirada terrible. La charla va de un lado a otro: jubilación para los escritores sí o no, de dónde va a salir el dinero si no hay aportes, y más. Hasta que el micrófono llega a las manos de una mujer que no parece tener más de cuarenta años, morocha, visiblemente incómoda, es claro que desearía estar en otra parte, que no halla su sitio en ese asiento que le han dado. Se llama Carmen Rodríguez y ha venido desde Arrozal Treinta y Tres. Titubea. Le cuesta comenzar a hablar. Pasan dos o tres minutos y los presentes podemos comenzar a reconocer una presencia extraña entre nosotros: la presencia de la verdad. En la voz de la mujer no hay ningún doblez, ninguna intención velada, hay simplemente llaneza. Luego de discursos tan engolados, tan académicos, tan sesudos, lo que Carmen Rodríguez cuenta llega a conmover, simplemente porque es cierto y de un momento a otro (perdón por lo que voy a decir) todos entendemos que lo que se estaba hablando hasta ese momento eran más o menos boludeces. La historia de la pequeña biblioteca de un pueblo que está en la periferia de la periferia, el esfuerzo por acercar la cultura a la gente trabajadora de ese lugar al margen de los libros y el arte, el sincero orgullo de estar en Montevideo rodeada de escritores, humilde y sin las quejas y los berrinches de otros representantes del Interior. Parecería que los que se quejan pierden toda su energía en hacerlo y ya no les sobra nada para ir de la palabra a la acción (perros ladrando y gatos durmiendo la siesta lo más panchos). Por eso fue bueno escuchar a Carmen: palabras vestidas de hechos.
Talleres literarios
Hay ámbitos en los que la profesionalización me preocupa. ¿No les parece que cuando algo se hace demasiado profesional tarde o temprano comienza a estandarizarse? No sé, pienso en un ejemplo tan simple como el de las cometas, ya que estamos en primavera. Yo hice algunas cometas, de niño. Creo que las hice con mi abuelo, con cañas, con colas de trapo, con tanza de pescar. Digamos que hice tres cometas. Podría jurar que ninguna se parecía demasiado a las otras. Ahora ya no hago cometas (supongo que estoy esperando a ser abuelo), pero veo cometas en el cielo, cada tanto. Son todas parecidas: algunas con forma de ala delta, otras más clásicas, hexagonales y con escudos de Nacional o Peñarol, pero hasta ahí va la variedad. Esto es resultado de dos o tres cosas: la gente ya no tiene tiempo de fabricar sus propias cometas pero todavía tiene ganas de hacer volar una cometa, así que le compran una a otra gente que, viendo un nicho de mercado, se ha dedicado a fabricarlas más o menos en serie.
Debo confesar que los talleres literarios me hacen ruidito. A esa puerta le falta aceite. No obstante, puedo llegar a entender que cumplen una función de cierta importancia. Un escritor puede ser un buen guía de taller, uno capaz de lograr que sus talleristas desarrollen su talento individual, encuentren su voz. En cambio, un mal guía de taller producirá escritores como quién hace chorizos. Quiero decir que mientras un buen taller puede hacer algún bien, un mal taller puede hacer mucho mal.
Dice John Campbell: “La primera cosa que todo joven escritor debe comprender es esta: está solo”.






