Posteado por: materialdescartable | Octubre 17, 2009

Apuntes del Encuentro Nacional de Escritores

letras

.

Este va a ser un post largo, así que lo lamento por los vagos (en realidad no lo lamento nada, pues este blog no está pensado para los vagos. Casi podría decir que este blog no está pensado, y punto, ahí se puede acabar el enunciado. Pero lo que quiero decir es que el blog quiere ser mejor que su autor, cosa que no es tan difícil de lograr). Bueno, tras esta introducción vayamos al tema: el Encuentro de Escritores que se llevó a cabo en la Biblioteca Nacional durante los días 6, 7 y 8 de octubre de 2009, con la participación de representantes de todo el país. Como sería imposible para mí escribir una crónica abarcativa, dado que no participé de todas las mesas, lo que voy a hacer es ir haciendo algunos aportes reflexivos acerca de los tópicos que surgieron con más frecuencia a lo largo de las jornadas. Pido disculpas ya (abro el paraguas bajo un cielo aún despejado, digamos) si me equivoco en algún nombre o si cito mal alguna ponencia. Cualquier error se deberá sólo a mi torpeza y no a un perverso deseo de torcer las palabras para que digan algo que sus enunciadores no pretendieron decir. Los comentarios estarán abiertos, como siempre, de modo que los lectores puedan ayudarme a ir ajustando esos detalles, de existir.

Libro electrónico

Que el mismísmo director de la Biblioteca Nacional, Tomás De Mattos, abriera el encuentro haciendo una poderosa defensa del libro electrónico (el e-book), fue algo por demás elocuente. Generó reacciones inmediatas en los rostros de los presentes. Los que estaban a favor lo disimularon bastante bien, los que estaban en contra menearon las cabezas, chasquearon la lengua y maldijeron por lo bajo. Más adelante, en una mesa de discusión sobre edición, publicaciones y circulación de libros, Helena Corbellini hizo una defensa del libro en papel y hubo aplausos entusiastas. El encuentro estuvo bastante copado por este tipo de reacciones intempestuosas. Aplausos enfáticos, digamos. Aplausos a favor de o en contra de. El caso es que De Mattos advirtió, en su ponencia inicial, acerca de los peligros de cierta resistencia romántica, pero también meramente sensual. El olor, el color, el tacto de un libro: “caramba, como si fuera un helado”, creo que dijo el autor de Bernabé, Bernabé. Entonces yo pensé en algo que dijo Mario Levrero, hace mucho tiempo, en una de sus Irrupciones: “hay que separar la idea de texto de la idea de libro”. El libro es el soporte actual por excelencia. Es un soporte que hemos aprendido a querer, un soporte que es parte de nuestra vida: pero el libro no es el texto, el libro no es la obra, el libro es apenas el canal que ofrece el soporte de esa obra. Y para ilustrar esto diré que hace poco llegué a casa una noche y no sabía qué leer. Miré por encima mi pequeña biblioteca y no encontré nada que me apeteciera, digamos. Entonces me acordé de un CD que un amigo me pasó, hace mucho tiempo. En el CD hay una inscripción con marcador permanente en rojo: Novelas, dice. Coloqué el disco en la lectora de mi computadora (una Pentium III con 256 Mb de Ram, para más datos), y me puse a mirar las carpetas ordenadas alfabéticamente. Abrí la carpeta F, luego la carpeta Fante y luego el archivo de word titulado Espera a la primavera, Bandini. En los tres días siguientes pasé un par de horas cada noche frente a la pantalla. Al terminar abrí el otro archivo de la carpeta, Pregúntale al polvo. Tres días más de sesiones nocturnas de lectura en pantalla. De modo que si mañana alguien me pregunta: “¿Has leído algún libro de John Fante?”, yo voy a entender que lo que en realidad me pregunta es si leí algún texto escrito por el norteamericano, y le voy a responder que sí, porque para el caso es lo mismo. ¿Qué importancia tiene, para la literatura, la forma de acceso al texto, el soporte del texto? Caramba, una cosa es ser románticos y otra es ser retrógrados. Que cada uno lea como quiera, pero que lo haga. Personalmente no me importa que se termine el libro en papel. Si se termina ese soporte, vendrá otro; lo que no quiero es que se terminen los textos y la lectura de esos textos. Eso me parece importante. Y una cosa más: entre el público de la última mesa (donde estaban los críticos de medios capitalinos tales como Brecha, El País Cultual y La Diaria, entre otros), había una señora mayor muy elegante. En un momento alguno de los  ponentes (¿se dice así?) habló de internet y de los blog (uno de los temas recurrentes del Encuentro), entonces la señora se fastidió. Necesitaba a todas luces exteriorizar su fastidio, así que se inclinó hacia su acompañante y le dijo: “El libro en papel no se va a acabar nunca. Yo voy a seguir leyendo libros en papel hasta que me muera”. Yo creo que el problema está enunciado ahí. La primera parte del discurso de la señora es de orden universal y la segunda es particular. Y aquí viene a mi mente el buen Ferdinand de Saussure cuando habla de la mutabilidad e inmutabilidad del signo lingüístico. Recordemos (a grosso modo): ninguno de nosotros puede, como mero hablante de una lengua, modificarla a su antojo, pero eso no quiere decir que la lengua esté congelada, ajena a toda mutación. Cito a Saussure: “…la lengua no es libre, porque el tiempo permitirá a las fuerzas sociales que actúan en ella desarrollar sus efectos, y se llega al principio de continuidad que anula a la libertad. Pero la continuidad implica necesariamente la alteración, el desplazamiento más o menos considerable de las relaciones”. Y ahora traslademos un poco el sentido surgido de ese razonamiento, hacia el soporte de la lengua que conocemos como libro. Las fuerzas sociales son las que modifican los soportes de la lectura (es más complejo, podemos hablar de la estructura editorial y sus intereses mercantiles y demás, pero seamos cándidos por un momento y pensemos que son las fuerzas sociales las que deciden; después de todo, las editoriales, por muy comerciales que sean, no dejan de integrar esas fuerzas). Dije que las fuerzas sociales son las que modifican los soportes de la lectura, no los individuos. Así que la señora del ejemplo puede hacer lo que ella quiera y yo también. Ella puede resistirse a leer en una pantalla, por una cuestión de principios o por lo que sea, es su justo derecho. La segunda parte de su discurso, la que atañe a su particularidad de lectora, es pertinente; la primera, la que proyecta esa particularidad hacia lo universal, no lo es. Para terminar este ya extenso primer fragmento, repito algo que dije más arriba (es una expresión de deseo, apenas): que cada uno lea como quiera, pero que lo haga.

Los jóvenes y la lectura

En una mesa cuyos integrantes debían (así había sido establecido en el programa) hablar de la narrativa joven, el tema fue, desde el inicio, uno radicalmente distinto. Mercedes Resende, escritora y docente de escritura creativa en una Universidad privada, comenzó hablando de la brutal carencia de lectura de sus alumnos. Fue así: “Yo les voy a decir lo que leen los jóvenes”, dijo: “Casi nada”. La cita es casi textual. Según Resende, los chicos y chicas de entre veinte y veinticinco años que concurren a sus clases para aprender a escribir no leen otra cosa que no sea algún libro de autoayuda o Harry Potter. El micrófono pasó de mano en mano hasta llegar a Hugo Burel, que dijo esto: “No me interesa lo que escriben los jóvenes porque estoy más preocupado por lo que leen, si es que leen”.

Es necesario hacer una acotación antes de continuar: la mesa (entiéndase “los integrantes de la mesa”) debía hablar de narrativa joven. No es por ponerme estricto, pero una de las críticas duras que puede hacérsele al Encuentro es la suprema laxitud que gobernó las mesas de discusión. Cada expositor habló de lo que quiso. A mí me interesaba lo que podían tener para decir Resende y Burel acerca de la narrativa joven actual, pero ellos estaban más preocupados, mucho más preocupados, por hablar de la falta de lectura de los jóvenes. Nunca quedó claro si se trataba de la falta de lectura de los jóvenes escritores o de los jóvenes en general, no hubo ocasión de aclararlo. Con Burel no hubo chance porque, de un modo más que descortés y sin que mediara una disculpa o una explicación, simplemente se levantó y se fue. Más adelante Claudia Amengual, la moderadora de la mesa, nos puso al tanto de que Burel se había tenido que ir a trabajar, a lo que Andrés Ressia, joven autor y expositor de la misma mesa, aclaró que él también tenía que trabajar y sin embargo estaba allí. Son detalles significativos, pienso, detalles elocuentes.

Me quedo pensando en lo expuesto por Resende. Hago un juego de imaginación. Imagino a un joven que quiere convertirse en escritor y que probablemente ve dos caminos posibles: el primero es tan simple como escribir y leer todo lo que se pueda, mejorar su arte a golpe y porrazo. El segundo es ir a clases en una Universidad privada. No son opuestos, pero por algún motivo (las palabras de Resende son claras), ambas opciones no se complementan en la realidad. Esta joven promesa académica de creación literaria parece creer que el hecho de asistir a clases (y pagar por ellas) lo exime del esfuerzo autodidáctico. ¿Quiere aprender a escribir o quiere que le enseñen una serie de claves, de trucos, de técnicas básicas que por otro camino tardaría más en adquirir? No lo sé. Repito, estoy haciendo un juego de imaginación. Imagino a un tipo de aspirante a escritor que piensa que la literatura es una disciplina meramente técnica, una serie de recetas. Esas claves, trampas y técnicas están escondidas en los textos (son, si se me permite, lo que menos importa de los textos). Hay que leerlos, descifrarlos y apropiarse de ellos, pero eso, caramba, da mucho trabajo. Parece más fácil pagarle a alguien que ya hizo ese proceso para que nos entregue el resultado. Si me das comida a medio digerir, como una mamá pájaro a su polluelo, yo no voy a tener que perder tiempo masticando (tampoco voy a saber si la comida era sabrosa o no, pero eso parecería no importar). Si me enseñas el resultado yo me ahorro el proceso. Quizá por eso luego pasa lo que pasa, porque hay quienes creen que hay un número limitado de resultados y que los procesos no difieren tanto de persona a persona. De modo que el peligro de los cursos de escritura creativa y de los talleres literarios es el de uniformizar la producción literaria, ponerle una especie de marca en el orillo. Ya no se trata de un estilo personal, de algo propio de un creador particular, sino del estilo de un taller, el estilo de un curso. Pero vuelvo a este tema en un rato.

Así que lo que yo creo, lo que se me ocurrió mientras Resende hablaba y decía: “Esto es lo que yo veo”, es que justamente el problema es ese, que la mirada está demasiado focalizada. Decir que los jóvenes narradores no leen es una generalización, sino falaz de plano, al menos peligrosa. La misma Resende aclaró que iba a generalizar y que toda generalización caía en el error, pero no creo que alcance con hacer esas salvedades para después decir ciertas cosas. No me parece suficiente, digamos.

Cuando le tocó el turno a Inés Bortagaray dijo: “La gente sí lee”, y entonces habló del hervor de las librerías de viejo de Tristán Narvaja y tuvo que defender a Mario Levrero, pues Jorge Alfonso había hecho previamente un comentario (muy desafortunado, de mala leche o simplemente acorde a su personaje, que el lector elija) acerca de lo caro que era asistir a los talleres que dictaba Levrero. Cuando Inés, que asistió a tales talleres, dijo que eso no era así y que además Levrero tenía un sistema de becas, Alfonso completó su performance (¿fue otra cosa que una performance?), diciendo: “Yo era tan pobre que no llegaba ni a la beca”. Por un momento, Olmedo se apoderó del autor de Porrovideo.

Luego, Rodolfo Santullo dudó de que la falta de lectura actual fuese un patrimonio de los jóvenes, como si los adultos no hicieran otra cosa con sus vidas que leer; mientras que Andrés Ressia se preguntó y nos preguntó si efectivamente antes se leía tanto como ahora nos parece que se leía o si se trata del tan conocido efecto de magnificación del pasado y de la ausencia de datos surgidos de encuestas inexistentes. Más adelante hubo un intercambio divertido entre Álvaro Ojeda y Jorge Alfonso, ya en medio de una discusión cuasi-bizantina que hizo los deleites del público presente en cuerpo y ausente en raciocinio.

Para cerrar este apartado voy a hablar un poco de cuánto y cómo leo yo, dado que aún soy joven, escribo, y todas esas cosas. Empecemos por la cantidad. No creo que lea mucho. Tengo etapas más fervorosas, pero mi ritmo de lectura rara vez supera los cuatro o cinco libros mensuales, y  muchas veces no pasa de dos o tres. No tengo un plan de lectura, simplemente cada libro va llevándome al otro. Estoy abierto a recomendaciones y dejo que el azar haga lo suyo. Para planificaciones estrictas está el currículo y la bibliografía recomendada de los estudios académicos, para el placer no está mal dejar que la literatura encuentre su cauce más o menos libremente. Respecto a cómo leo, diré que trato de leer bien, esto es, apropiarme del texto, leer de modo profundo e inteligente. Si la inteligencia es interligar, o sea, establecer ligazones, creo que la lectura inteligente es aquella capaz de tender puentes entre la lectura del presente y las múltiples lecturas. Leer un libro nuevo siempre es una oportunidad de reacomodar y reajustar todas las lecturas anteriores, la chance de desarrollar nuevas destrezas de lector.

Lista de libros recientemente adquiridos por obra y gracia de la generosidad de sus autores: Perséfone, de Ramiro Sanchiz; Perro come perro, de Rodolfo Santullo; Procesión, de Martín Bentancor; Josephine La Nuit, de Nidia Di Giorgio Medici (sí, es la hermana de Marosa). Lista de libros recientemente adquiridos por obra y gracia de cientocuarenta pesos que entregué a la encargada de la librería Areté, en Tristán Narvaja: los diarios de Katherine Mansfield, tres libros de cuentos de Mario Arregui (Noche de San Juan, Hombres y caballos, y La sed y el agua), y un policial negro del norteamericano Ross MacDonald titulado El martillo azul. Todos ellos están a disposición de los lectores del blog. Últimos libros leídos que puedo recomendar: El miedo es el mensaje, de Sandino Núñez; Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy; y Dulce jueves, de John Steinbeck.

El disco de Newton

En la escuela, una vez, me hicieron fabricar un disco de Newton. Recortabas la cartulina blanca y trazabas tres diámetros, partiendo la circunferencia en seis secciones iguales. Luego pintabas cada sección con un color distinto. Después tenías que hacer girar el disco; mientras más rápido, mejor. Yo desarmaba aparatos y les extraía los motorcitos eléctricos. Un par de pilas, unos cables y el disco eran todo lo necesario para ver la magia en acción. Los colores, superpuestos a no sé cuántas revoluciones por minuto formaban el blanco. Maravillosa aproximación a la teoría aditiva de la luz.

Veo las mesas. En general, los expositores no parecen manejar la idea de que están elaborando juntos un discurso que debería ser capaz de construir algún sentido. Al menos no hay muchos aportes a una línea discursiva, aportes que lleven la discusión a algún lado. Todo se disocia, se disgrega. Cada uno expone su parte del espectro y todo gira a gran velocidad hasta que lo único que queda es la nada blanca del vacío. El peligro de repetir esto es que uno acaba por descreer de este tipo de instancias, cuando en realidad lo que hay que hacer es corregirlas, ajustarlas, volverlas verdaderamente fecundas y no un mero sembrar en la arena. La ausencia de moderadores activos puede ser una explicación para esa falla, o quizá sólo se trata de que los uruguayos actuales no poseemos una cultura del debate real, que no somos capaces del diálogo verdadero. El único al que oí decir algo al respecto fue, precisamente, a un argentino: Carlos María Domínguez.

Un pueblito arrocero

Son las cinco de la tarde del miércoles y se está hablando de la seguridad social del escritor. El debate está un poco pesado, hay caras enconadas aquí y allá. Alejandro Ferreiro se desliza en su asiento hasta quedar mirando el alto techo. Tiene una mirada terrible. La charla va de un lado a otro: jubilación para los escritores sí o no, de dónde va a salir el dinero si no hay aportes, y más. Hasta que el micrófono llega a las manos de una mujer que no parece tener más de cuarenta años, morocha, visiblemente incómoda, es claro que desearía estar en otra parte, que no halla su sitio en ese asiento que le han dado. Se llama Carmen Rodríguez y ha venido desde Arrozal Treinta y Tres. Titubea. Le cuesta comenzar a hablar. Pasan dos o tres minutos y los presentes podemos comenzar a reconocer una presencia extraña entre nosotros: la presencia de la verdad. En la voz de la mujer no hay ningún doblez, ninguna intención velada, hay simplemente llaneza. Luego de discursos tan engolados, tan académicos, tan sesudos, lo que Carmen Rodríguez cuenta llega a conmover, simplemente porque es cierto y de un momento a otro (perdón por lo que voy a decir) todos entendemos que lo que se estaba hablando hasta ese momento eran más o menos boludeces. La historia de la pequeña biblioteca de un pueblo que está en la periferia de la periferia, el esfuerzo por acercar la cultura a la gente trabajadora de ese lugar al margen de los libros y el arte, el sincero orgullo de estar en Montevideo rodeada de escritores, humilde y sin las quejas y los berrinches de otros representantes del Interior. Parecería que los que se quejan pierden toda su energía en hacerlo y ya no les sobra nada para ir de la palabra a la acción (perros ladrando y gatos durmiendo la siesta lo más panchos). Por eso fue bueno escuchar a Carmen: palabras vestidas de hechos.

Talleres literarios

Hay ámbitos en los que la profesionalización me preocupa. ¿No les parece que cuando algo se hace demasiado profesional tarde o temprano comienza a estandarizarse? No sé, pienso en un ejemplo tan simple como el de las cometas, ya que estamos en primavera. Yo hice algunas cometas, de niño. Creo que las hice con mi abuelo, con cañas, con colas de trapo, con tanza de pescar. Digamos que hice tres cometas. Podría jurar que ninguna se parecía demasiado a las otras. Ahora ya no hago cometas (supongo que estoy esperando a ser abuelo), pero veo cometas en el cielo, cada tanto. Son todas parecidas: algunas con forma de ala delta, otras más clásicas, hexagonales y con escudos de Nacional o Peñarol, pero hasta ahí va la variedad. Esto es resultado de dos o tres cosas: la gente ya no tiene tiempo de fabricar sus propias cometas pero todavía tiene ganas de hacer volar una cometa, así que le compran una a otra gente que, viendo un nicho de mercado, se ha dedicado a fabricarlas más o menos en serie.

Debo confesar que los talleres literarios me hacen ruidito. A esa puerta le falta aceite. No obstante, puedo llegar a entender que cumplen una función de cierta importancia. Un escritor puede ser un buen guía de taller, uno capaz de lograr que sus talleristas desarrollen su talento individual, encuentren su voz. En cambio, un mal guía de taller producirá escritores como quién hace chorizos. Quiero decir que mientras un buen taller puede hacer algún bien, un mal taller puede hacer mucho mal.

Dice John Campbell: “La primera cosa que todo joven escritor debe comprender es esta: está solo”.

Posteado por: materialdescartable | Octubre 16, 2009

Disfrute el día, es una orden

reloj

1

Víctor M. Amela, periodista español, entrevistó a Moussa Ag Assarid en Montpellier. “No sé mi edad”, dice Moussa, “nací en el desierto del Sahara, sin papeles, en un campamento nómada Tuareg, entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Soy musulmán, sin fanatismo…”. Desde hace un tiempo, al parecer, existe la obligación de aclarar que uno puede ser musulmán sin por eso estar embarcado en una cruzada de fuego y sangre contra el mundo infiel. “Sin fanatismo”, dice Moussa. “No voy a secuestrar ningún avión”, parece querer decir.

Moussa lleva un bello turbante azul. El periodista le pregunta por el color, cómo lo logran. Moussa explica que la tinta se obtiene de la planta del índigo: “A los Tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados…”. Además, “Tuareg significa abandonados, porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso. Nuestra etnia es la amazigh, y nuestro alfabeto, el tifinagh”.

La vida de Moussa es tan distinta a la nuestra que no estoy seguro de que podamos comprenderla realmente. El periodista le pregunta qué fue lo primero que le sorprendió de Europa: “Vi correr a la gente por el aeropuerto…”, dice Moussa. “¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté”. Y el agua, y el silencio, y el tiempo. No creo que, por más que Moussa lo explique, podamos entenderlo. “En el hotel Ibis vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua… y sentí ganas de llorar. ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso…”. ¿Por qué tanto dolor? “A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos… Yo tendría unos doce años, y mi madre murió… ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo”.

El padre de Moussa cede a la insistencia del niño y le permite ir a la escuela, así que Moussa camina quince kilómetros, casi cada día, hasta que el maestro le da una cama para que duerma allí. ¿Por qué le interesa a Moussa ir a la escuela? Unos años antes pasó por el campamento el rally París-Dakar y a un periodista se le cayó un libro. Moussa lo recogió y se lo devolvió. Era El principito. El periodista le obsequió el libro y le habló de él. Eso fue todo. Años después, Moussa obtiene una beca para estudiar en la Universidad de Montpellier, en Francia.

Ahora el periodista busca la enseñanza, la moraleja, el mensaje. El hombre simple, el hombre del desierto, el hombre azul, tiene que dar la lección del día, para eso está frente al grabador, caramba. “¿Qué es lo que le parece peor de aquí?”, pregunta el periodista. Moussa responde, pero sigo sin creer que podamos entender lo que dice. De todas formas, es esto: “Tienen de todo, pero no les basta. Se quejan. ¡Se pasan la vida quejándose! Se encadenan de por vida a un banco. Hay ansia de poseer, frenesí, prisa… En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!”.

El periodista no se da por satisfecho, necesita un poco más de ese maravilloso jugo de la vida simple: “Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto”, dice. Moussa habla, entonces, y todos sospechamos lo que va a decir: “Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde…”. El periodista está gozando: “Fascinante, desde luego…”, acota. “Aquí tienen reloj, allí tenemos tiempo”, completa Moussa. Corten. Se imprime. Una gran nota de color.

Esto parece funcionar como una especie de vacuna. No creo que el periodista se dé cuenta de ello, ni siquiera creo que Moussa sepa que debajo del mensaje explícito de sus palabras puede haber otro mensaje y otro efecto. Porque hay algo de tranquilizador en el artículo, como si al mostrársenos esa otra realidad más simple, lenta, esencial, no se nos estuviese invitando a aprender de ella. Aunque todo lo que se diga allí suene a cierto, también suena a verdad descafeinada. Es, repito, como una vacuna: se trata de leer esto y decir “pero qué razón que tiene este Tuareg”, y luego volver a nuestra vida sin más, porque ya podemos quedarnos tranquilos, alguien en el mundo valora las cosas pequeñas, aunque ese alguien ahora viva en Francia –lejos de su desierto natal- y estudie Gestión, y aunque el periodista que nos trae esa historia seguramente haya corrido más de una vez en un aeropuerto porque perdía un vuelo.

2

Fotos. Muchas fotos. Cada momento se congela en la pantallita de la cámara digital. Flashes. Parpadeos de luz en la noche. Clicks. Cientos de miles de clicks a lo largo de los días. El poster de The Truman Show. La cara del buen Truman formada por miles de fotos pequeñas, instantáneas de su vida falsa, sonrisas, siempre las sonrisas. Las fotos que tomamos llenan un CD, un DVD, un pendrive. Archivos JPEG que ocupan Gigas del disco duro. Muchas de esas fotos nunca serán vistas (es tan absurdo como fotocopiar un libro que nunca va a ser leído, cosas que todos los malos estudiantes sabemos bien). Casi podría decirse que no fueron tomadas para ser vistas: fueron tomadas por miedo. ¿Miedo a qué? Al minuto que viene, la hora que viene, el día siguiente, la semana próxima: el futuro.

La obligación de disfrutar el día nos está enloqueciendo. Uno de los síntomas de esa locura es, me parece, la manía de registrarlo todo. Vivir y registrar lo que se vive son términos que cada vez van aproximándose más. Pienso en una boda: mil quinientas fotos y horas y horas de video, justo el día en que los novios se parecen menos a sí mismos. Pienso en un partido de fútbol: Cristiano Ronaldo se va de dos defensas, patea y es gol, entonces pone su “cara de festejar un gol” y sale rumbo a donde sabe que están las cámaras, porque en definitiva lo que importa es eso, todo lo demás es gilada. Pienso en algo que me pasó hace poco en la Feria del Libro de San José: unos amigos y yo estábamos en una actividad conversando con chicos y chicas, hablando de literatura, música y pintura, y casi no se podía. Flashes y micrófonos por doquier. El afán de registrarlo todo estaba jodiendo el hecho que pretendía registrar. Apenas terminamos la charla me llevaron para un costado y me pusieron una cámara enfrente para que contara lo que habíamos hecho. No puedo decir lo estúpido que me sentí hablándole al lente.

Estamos tan asustados porque ya no vamos a ser jóvenes, porque nos vamos a morir, que hacemos este tipo de estupideces. No hay sentido, sólo hay acción. Es lo que dice Sandino Núñez en su libro El miedo es el mensaje (en un futuro post vendrá una reseña), ya no nos preguntamos por qué hacer las cosas, sino por qué no hacerlas. ¿Por qué no tomar la fotografía si tengo lista mi cámara de 8.0 megapíxeles y una tarjeta de memoria de 2 Gb? Que haya o no algo digno de ser fotografiado importa poco. No se trata de eso. No importa que haya motivo para el click, importa que existe la posibilidad del click y es nuestro deber aprovecharla. Digan whisky.

Posteado por: materialdescartable | Octubre 15, 2009

Zamba para no morir

Sólo quiero compartir tanta belleza.

Romperá la tarde mi voz
hasta el eco de ayer
voy quedándome sólo al final
muerto de sed, harto de andar
pero sigo creciendo en el sol, vivo

era el tiempo la flor
la madera frutal
luego el hacha se puso a golpear
verse caer, sólo rodar
pero el árbol reverdecerá, nuevo

Al quemarse en el cielo la luz del día, me voy
con el cuerpo asombrado me iré
ronco al gritar que volveré
repartido en el aire a cantar, siempre

Mi razón no pide piedad
se dispone a partir
no me gusta las muerte ritual
sólo dormir, verme borrar
una historia me recordará, vivo

veo el campo, el fruto, la miel
y estas ganas de amar
no me puede el olvido vencer
hoy como ayer, siempre llegar
en el hijo se puede volver, nuevo

Letra de Hamlet Lima Quintana

Anexo: ayer vi en la televisión un fragmento en el que aparecía el famoso chimentero porteño Jorge Rial diciendo, textualmente: “La voz de la Negra Sosa no tenía ideología”. Ay que ser canalla, vil, rastrero. ¡Que no tenía ideología, dice el muy imbécil! Una mujer que hizo de su arte, de su canto, siempre un medio en el que hablaba ella y hablaba todo un pueblo -recomiendo ver en you tube el recital que la Negra dio en el Estadio de Ferro en 1982-. En fin… estas cosas son esperables, pero no por eso me dejan de revolver las tripas.

Posteado por: materialdescartable | Octubre 8, 2009

Mala noche

1
Son las 6 y media, casi, de la mañana del jueves 8 de octubre. Estoy despierto de hace más de una hora. Antes de eso mi sueño fue, por decirlo de alguna manera, irregular. Pasa lo siguiente: el martes nos alojamos junto a Damián (González) en el Hotel Iguazú, para el Encuentro de Escritores. Aunque quisimos que nos pusieran juntos en una habtiación, para poder ganar horas de charla, “no se podía”, nos dijo un funcionario con cara de “a mí no me vas a venir vos a romper las pelotas”. Así que yo me fui a la 403 y Damián a la 201 y listo. Subo a mi habitación y veo una maleta roja sobre la cama que queda contra la ventana. Vestigios del otro huésped que se registró antes que yo. De puro chusma miré un “pegotín” que tenía la maleta, de la línea de buses “Ruta del sol”, así que saqué cuenta que debía ser del lejano este, o séase: Rocha. Satisfecho mi afán detectivesco (más que nada porque la maleta estaba convenientemente cerrada con candado), me fui.

2
Antes de esto asistimos a la apertura del Encuentro. Habló Tomás de Mattos primero y lo que me acuerdo es que defendió mucho al libro electrónico, habló de la pantalla opaca y de la posibilidad de hacerle subrayados y notas marginales, porque ahora vienen con teclado y hasta tiró una cifra, que si no recuerdo mal era cuatro mil quinientos pesos. Se me cruza la idea de que el autor de “Bernabé, Bernabé” va a sacar, en cualquier momento, unos cuantos chismes de esos y los va a tirar sobre la solemne (¿o somnolienta?) mesa, para que los concurrentes los adquiramos sin más demora. Eso no pasa. Habla más gente. Me pierdo durante largos lapsos de los discursos. Por allá, una mujer que dice algo así como que la cultura uruguaya tiene que volverse “hegemónica”. Se enciende una luz roja en mi cabeza. ¿Hegemónica? Habrá querido decir homogénea. No, no, igual está mal. Estaba hablando de la dicotomía entre Montevideo y el interior (verdadero leit motiv del Encuentro todo), y de repente largó eso de la hegemonía. Habrá querido decir heterogénea. No puede ser, de heterogénea a hegemónica hay una distancia demasiado larga. En fin. Cada vez que alguien habla de narrativa joven yo le digo a Santullo que hablan de él, y él me señala a mí, sonriente, y yo le digo que a mí no me mire. Damián registra instantáneas con su camarita digital. Es muy peligroso con ese podrido aparatito. Al final habla Hugo Achugar, que hace un escueto repaso de los anteriores encuentros entre escritores a lo largo de la historia (más o menos reciente) del país. Pasa por alto ejemplos que rompen los ojos. Me pregunto si se trata de desconocimiento, de un olvido momentáneo u de otra cosa. Por ejemplo, de las cuatro ediciones del Encuentro de Escrituras que se han realizado en Maldonado no dice mucho. Algo así, como al pasar, muy, muy al pasar. Además, se insta a los concurrentes a no convertir en encuentro actual en un jardín de narcisos y narcisas, y que aprovechemos para el diálogo intergeneracional, que no formemos ghettos. Termina la ceremonia protocolar y casi inmediatamente se forman los ghettos, como se hacen los grumos en la polenta si uno no la agrega al agua en forma de lluvia y revuelve con cuidado y uniformidad. No puedo negar que a esta altura tanta cháchara me abrió el apetito. Mala suerte. El brindis consta de unas jarras de vino -tinto y blanco- y Coca Cola light. El gusto del edulcorante me dura un buen rato pegado a los dientes. Abandono mi vaso por la mitad. Como no soy el único que tiene hambre se organiza un tour hasta el restorán donde nos tienen que dar sustento, previa entrega de tickets (la bebida es aparte).

3
Tras la cena llego al hotel y me recibe mi compañero de habitación, el caballero rochense. Llamémoslo así. Tiene más de sesenta años y lleva puesta una camiseta blanca de esas que mi abuelo siempre usaba bajo toda prenda, unos calzoncillos que sin ser largos tampoco son cortos, y un par de soquetes negros. Luego de un diálogo muy formal quedamos presentados. Yo, que me agencié una laptop (prestada y de garrón) para aprovechar los días de tranquilidad, le pregunto si no le molesta que me siente a escribir un rato, si podrá dormir igual. Me dice que no me preocupe por eso y, como al pasar, me advierte que ronca. No será para tanto, pienso yo. Craso error. Crasísimo error. Me siento dispuesto a terminar de escribir cierto capítulo de cierta novela y el caballero rochense se acuesta a leer. Creo que nueve o diez segundos después comienzo a escuchar un sonido similar al que podría producir un aserradero a su hora pico de producción. El caballero rochense se ha quedado dormido con el libro (de poesía, qué sublime) sobre el pecho, la boca abierta y la nariz obviamente obstruida. Todavía no soy capaz de comprender la dimensión del asunto. Lentamente, pero sin dudarlo, la noche se vuelve terrible. El ronquido del caballero rochense ni siquiera tiene esa regularidad que a uno podría inducirle sueño por mera repetición. No. El suyo es un ronquido en constante cambio, fluctuante; terrible, en una palabra. El caballero rochense ronca con una entrega absoluta a la tarea. Me pongo los auriculares y enciendo el reproductor de mp3. Pongo el volumen al máximo. No es un buen modo de conciliar el sueño pero es todo lo que puedo hacer (el baño no tiene bañera, de otro modo ya estaría ahí). Duermo de a ratitos. A eso de las tres de la mañana se acaba la pila del aparato. Es una de las peores cosas que podía pasarme. El volumen de los ronquidos, de modo increíble, había aumentado. Temí (o deseé, quién lo sabe) el inminente deceso del roncador. Busco con de forma más o menos desesperada mi pila AAA de repuesto. La encuentro, vuelvo a encender el aparatito pequeño y plateado. Según mis cálculos logro dormir un par de horas en toda la noche, de a lapsos de veinte o treinta minutos. A las 6:45, el caballero rochense se levanta para ir al baño. Me apuro a dormirme. A las 8:05 suena el celular. Es Damián, preguntándome si voy a ir a desayunar a la cafetería del hotel. Quince minutos después, un zombie que se parece mucho a mí sale de la habitación 403 y, ante la pregunta de su amigo acerca de cómo durmió, responde: “Como el culo”.

4
El miércoles es un día agitado (prometo contar algunas cosas en un anexo de este mismo post, más tarde), pero yo comienzo a apagarme como una vela a eso de las 9 de la noche. Dejo a Damián y a Valentín Trujillo (cuyo encono con un mozo veterano y de modos algo ásperos merece una mención aparte) en el restorán y llego al hotel. Es temprano. El caballero rochense no está en la habitación. Me apuro a dormirme. Lo logro, un rato. Comienzo a inquietarme. Leo “El campito”, una novela gráfica guionada por Agrimbau, regalo de Rodolfo Santullo. Luego empiezo a leer “Perro come perro”, del propio Santullo. Termino el primer cuento, “Al sol del desierto”. Vuelvo a dormirme. A la 1:30 me despiertan los ronquidos del caballero rochense, ronquidos que serían capaces de regsitrar algunas décimas en un medidor Richter. Vuelvo a enchufarme los auriculares. Al rato dejo de tener noción del mundo. A las 4 estoy despierto una vez más y ya sin pilas. Ni pilas de reserva ni nada de nada. Miro al caballero rochense. Sé que no lo hace a propósito pero eso no me impide odiarlo. Mi odio tampoco es premeditado. Salgo al pasillo del hotel. Me imagino durmiendo tirado en la moquette. Descarto la idea de inmediato. En el hall hay sillones, pero es improbable que me permitan dormir allí. Pienso en bajar y explicarle mi caso al recepcionista, pedirle que me habilite otra habitación por un par de horas. Incluso recuerdo algo que una vez supe: uno se muere antes por no dormir que por no comer. Científicamente comprobado. Estoy delirando. Bajo a una de las computadoras conectadas a internet. Escribo esto. Son las 7 y media, exactamente. Paso por la cafetería, que abrió hace media hora. Tomo un cuchillo resplandeciente. Voy a mi habitación.

Posteado por: materialdescartable | Septiembre 14, 2009

La lata del perdido

la lata vieja

1

El tiempo hace que los recuerdos se parezcan cada vez más a los sueños, por eso hoy en mi cabeza no quedan más de dos o tres imágenes somnolientas de mi primera vez en Cardona. Ese es el nombre de un pueblo que siempre va a estar adherido a la historia de mi familia. No recuerdo nada acerca de cómo llegué a Cardona aquella vez. Estaba con mi abuelo, eso es seguro, es lo único seguro. Llegamos a una casa enorme y oscura y fría, llena de cosas viejas y de personas viejas. Ahora sé que las personas no eran tan viejas, porque vivieron todavía mucho tiempo después de mi visita, pero puedo asegurar que en aquel momento me parecía increíble que estuvieran vivas, como si en realidad fuesen fantasmas muy bien disfrazados, pero no más que eso.

Yo era un niño que apenas se levantaba un metro y poco del piso, con un probable corte tacita en la cabeza, ojos grandes bastante abiertos y una curiosidad un poco temerosa. Creo que mi abuelo me preguntó si quería ir a Cardona y yo miré a mi madre, como preguntándole si yo quería. Resulta que yo quería, así que fui a conocer a todos esos parientes lejanos, esas tiabuelas, esos primos segundos, esa cantidad de gente que a veces era nombrada en mi casa sin que de ninguna manera yo pudiera ponerle una cara a cada nombre, a menos que se la inventara. Y vaya si se la inventaba. En mi cabeza Isabelino tenía cara de señor que acaba de chupar el limón más ácido del mundo y justo en ese momento le dio un aire en la espalda y se tuvo que quedar congelado en el mohín arrugado del asco. Elvira, por el contrario, era una cara sin mueca, la corteza de un árbol petrificado con dos agujeros en el lugar de los ojos, la viva imagen de la severidad. También había en aquella casa hombres y mujeres que ya no recuerdo, pero fuera de la casa, en un patiecito con piso de portland, había niños y niñas que me preguntaban cosas y que, con una amabilidad un poco forzada, me prestaban sus juguetes siempre y cuando prometiera no romperlos o robárselos, cosa que yo no hacía casi nunca. “Así que somos primos”, dijo uno de ellos. “Bah, primos por las patas”, completó, y yo nunca me olvidé de la expresión. “Primo por las patas”, un vínculo tan poco honorable que no obliga a sus involucrados ni siquiera a invitarse mutuamente a bodas o cumpleaños, quizá sí a bautismos y velorios (y es que siempre falta gente para hacer bulto en esas ocasiones).

De un momento a otro estamos mi abuelo y yo en una especie de descampado. Él me dice que me pare a un lado de un mojón que hay en el pasto. “Ahora estás en Soriano”, dice. “Estoy en Soriano”, pienso yo. “Ahora tenés que dar un paso para allá”, dice. Doy el paso. “Y ahora estás en Colonia”. A mí eso me parece algo bastante mágico. Salto. “Soriano”, digo. Salto de nuevo. “Colonia”. El tata me mira y se ríe. Todavía tiene un poco de pelo, como una corona de laurel que va desde las orejas a la nuca, y un bigote blanco que pincha cuando te da un beso. En el centro la cabeza le brilla al sol como la perilla de bronce de una puerta. Sigo saltando un rato más. Hasta ese momento yo pensaba que las fronteras que aparecían en los mapas también estaban dibujadas en la tierra, pintadas con cal igual que en una cancha de fútbol, continuas, punteadas, blancas, negras o de colores. Resulta que no, basta un mojón o algo parecido y dar un salto de aquí hacia allá, atravesar la frontera sin que nada cambie, todo sigue igual, excepto el nombre que uno le da a la tierra que hay de un lado y del otro. Creo que ese asombro todavía me dura.

2

Hace unos días volví a Cardona. El sol en el cielo brillaba con una fuerza especial, como si estuviese preparando su fulgor para la primavera ya cercana. En todos los años que separaron mis dos visitas, los pueblos a uno y otro lado del límite entre los departamentos fueron creciendo hasta tocarse, hasta volverse uno solo, aunque todavía se resistan a perder sus nombres viejos, por costumbre, por respeto o por cariño. Al sur, Florencio Sánchez; al norte, Cardona. Dos gotas que fueron deslizándose por el cristal hasta tocarse y engordar una sola gota. En medio, una calle que en realidad es una ruta nacional y una vía de hierro y durmientes por la que hace rato que no pasa el tren que todavía no se olvida.

En el centro del bulevar hay plazoletas. En las plazoletas hay palmeras y en las palmeras hay palomas que jamás se quedan quietas y amenazan con cubrir el mundo con sus deposiciones. Bajo las palmeras hay canteros con flores lilas y amarillas. Junto a las flores lilas y amarillas hay bancos de madera. En alguno de esos bancos de madera hay inscripciones adolescentes hechas con corrector blanco: Fulana ama a Mengano y viceversa. Es curioso hacer una declaración así con corrector, es como querer corregir el pasado. Hasta ahora, Fulana estaba sola por su lado y lo mismo pasaba con Mengano, pero ya no más. Ah, me olvidé de anotar que bajo las palmeras también hay niños con hondas y muchos deseos de matar palomas a pedradas. Es increíble el tesón que ponen esos pequeños en salvar al mundo de la caca de paloma, si es que ese es el motivo de su afán asesino.

3

Es temprano, el comienzo de la tarde de un sábado de setiembre. Mi hermana me acompaña en este viaje un poco raro, este viaje que no tiene un fin demasiado específico. Nos acercamos a un hombre viejo, de boina y bastón, con la mirada clara y un poco acuosa. El hombre se inclina hacia delante al notar que voy a hablarle. Gira levemente la cabeza hacia su derecha. Le pregunto por la lata vieja. Esa es la única instrucción que me dio mi madre, que preguntara por la lata vieja, y eso hago. “Ah, la lata vieja”, dice el hombre y por su cara entiendo que no estamos cerca. Nos indica que caminemos hasta el final del bulevar, hacia el oeste, y luego doblemos a la izquierda, cuando menos dos cuadras más. Además me dice que hace poco se celebraron los cincuenta años de la lata como sede de la Sociedad Rural. Le cuento, entonces, que en la lata vieja fue donde mi abuelo fue a la escuela. “¿Era una escuela, la lata?”, dice él, y entonces caigo en la cuenta de que estoy hablándole de algo que aún para él es historia antigua y nueva a la vez.

Caminamos. Pasamos frente a la vieja estación y frente a los tanques de agua. El bulevar no se termina. Diez cuadras. Doce cuadras. Un perro comiendo. Dos hombres lavando un auto. Un almacén y bar. Risas de vino. Dos chapas de zinc que forman una cerca. Un cartel que dice SE TOMAN LAVADOS. Una pileta de material. Sábanas hinchadas por la brisa. Tres caballos que pacen en un barrial sin pasto. Y entonces sí, el final del bulevar. Giramos a la izquierda, como nos indicó el viejo, y se nos ilumina la cara cuando vemos la lata: un típico casco de estancia en herradura con patio enrejado y aljibe en el centro. En una de las paredes blancas se lee la inscripción POSTA Y PULPERÍA LA LATA DEL PERDIDO. El portón de la entrada parece cerrado pero no lo está. Entramos. Damos un par de vueltas mientras hago el esfuerzo de imaginarme a mi abuelo de niño, en los primeros años de la década del 20, mucho antes de que comenzara la serie de azares y accidentes que iba a hacer posible que mi hermana y yo naciéramos donde terminamos por nacer.

Aparece por ahí una señora y nos pregunta, con la mirada, que qué andamos haciendo. Ella se llama Beatriz y es la encargada de mantener en condiciones el lugar. En la construcción central funciona un museo. Beatriz lo abre para nosotros. “Hace poquito limpiamos todo”, me dice, “cosita por cosita”.

4

De todas las postas con diligencias que funcionaron en nuestro país, sólo quedan dos en pie, una es la del Chuy del Yaguarí; la otra es “La lata”. La explicación del nombre (“La lata vieja” o “La lata del perdido”) es bastante sencilla: el predio en que se encuentra pertenecía a la Estancia “El Perdido”, cuyo casco se edificó en 1841, de Don Diego Mc Entyre, pionero escocés, y de lejos se veía el relumbrar de los techos de zinc en la panza del campo. “La lata” funcionó como pulpería y posta de diligencias desde 1860, en el exacto punto de contacto entre las rutas que unían San José con Mercedes y Durazno con Rosario.

5

Beatriz nos muestra una colección de monedas antiguas: españolas, brasileras, chilenas. “Esto es lo que han dejado”, dice, “porque al museo ya lo robaron dos veces… todo lo que era de plata o de oro ya voló”. Tomo una moneda, leo la inscripción: “Francisco Franco, caudillo de España por la Gracia de Dios” y pienso en el curioso viaje transatlántico de esas cinco pesetas monstruosas.

“Cuando me mudé para acá”, dice Beatriz, “encontré una moneda enterrada así de grande, como de plata. Cuando pueda me voy a hacer un medallón”.

Afuera sigue brillando el sol de setiembre mientras yo veo la silla de montar de la Srta. Steiner y la sombrilla de la Srta. Mc Entyre; una biblia familiar, en inglés, traída de Escocia, y un carancho embalsamado junto a un gato montés; un pabellón nacional manchado con sangre de Aparicio (“lo llevaron a Montevideo a analizar, y es de Saravia nomás”, dice Beatriz) y tres armas de aquella revolución (sostengo una, me sorprende el peso y lo rústico del mecanismo del percutor). Mi hermana se queda asombrada con un librito titulado “Labores de señora”, o similar, destinado a la correcta instrucción de las mujeres en las tareas hogareñas. Lo abre en cualquier página y lee una sola palabra. “Zurcir”, entonces lo suelta como si estuviera lleno de hormigas. “¿Zurcir es coser?”, me pregunta verdaderamente intrigada. No puedo evitar reírme y no hay por qué evitarlo.

Allí hay más cosas: viejas tijeras de esquilar, marcas de ganado, el carro con el que se encendían todos los faroles de la zona, un yesquero a nafta, un vestido negro, una silla bordada a mano, el diploma del primer escribano del pueblo, un libro con la contabilidad de la pulpería, y fotos. Fotos amarillentas donde las familias de los pioneros, vestidas para la ocasión, miran fijamente la cámara, con un respeto que casi es miedo. Nadie sonríe. Hay algo en ellos que los arranca del mundo, de nuestro mundo presente. Es algo más que la ropa y los peinados. No se parecen a nadie que yo conozca. Ya nadie tiene esas miradas. ¿Por qué me parecen tan extraños? Es como si no fueran hombres, mujeres y niños, sino encarnaciones de ese tiempo que vivieron. Sus caras son las caras de ese tiempo y por eso no pueden parecerse a nosotros, porque la semejanza es un asunto que no tiene tanto que ver con la fisonomía como podríamos creer. No es cuestión de bocas, ojos y narices, es cuestión de espíritus, y nuestros espíritus ya no se parecen a los suyos, aunque de ellos provengan.

6

Beatriz nos muestra un librito donde está el árbol genealógico de todas las familias Cabrera de Cardona. Es un gran árbol. Raíces, ramas y frutos. “Están muy chiquitos los nombres”, dice. Busco el nombre de mi abuelo: “Bibiano”. Subo y bajo por el árbol. No lo encuentro, hay demasiados nombres, cientos, quizá más de un millar.

Nuestra visita acaba. Tomamos algunas fotos más junto a un ombú que tiene más de cien años y nos vamos caminando por una calle que duerme la siesta, aunque cada tanto ladre un perro o bale un cordero. Mientras mi hermana habla, con cierta indignación, del libro de labores para señoras, yo pienso en los nombres escritos en el árbol, aquel árbol tan inmenso como el ombú. Meto la mano en la mochila y saco uno de los libros que llevé para el viaje. Quiero leerle algo a mi hermana. Es esto:

“-La muerte es cosa interminable… una cosa que no termina nunca.

-Lo que no se terminan son los vivientes –dice Luis Pedro.

-No se terminan para los demás… Cuando usted se termine, para usted se terminó. Y usted haga de cuenta que con usted termina todo. Todito…”.

Posteado por: materialdescartable | Septiembre 2, 2009

Mi hermana y yo

mi hermana y yo

Yo no sé qué es lo que usted quiere que le cuente, lo que usted quiere saber. De todos modos voy a hacer lo único que puedo hacer, contarle cómo recuerdo yo las cosas, es decir, la forma en que mi memoria ha ido deformando las cosas que pasaron; entienda: todo esto está armado en retazos, hay partes de la historia que pertenecen a la mente de un niño de diez años; otras, a la de un hombre de casi treinta; en medio, un caos de imágenes y sensaciones, reales o no; con fragmentos tan desiguales no se puede coser una manta coherente, pero claro está, una manta no necesita ser coherente para proteger del invierno.

Estaba durmiendo en mi cuarto gigantesco, una habitación hecha para otro tiempo, con techo de ladrillos y tirantes podridos por el agua, con paredes verdes en las que la humedad había dibujado paisajes, monstruos, rostros gritando, con pisos de portland resquebrajado, como una piel abierta que deja ver la carne de ladrillos, lustrados por la incansable escoba de mi madre. Entre los ladrillos, grietas; en las grietas, tierra, una tierra destinada a no ver nunca el sol. De noche mi cuarto era la boca abierta de un animal, la garganta negra y silenciosa de una bestia inofensiva, pero atemorizante.

Dormía, dije, cuando la enorme mano de mi padre se apoyó en mi espalda. Me sacudió apenas, mientras repetía mi nombre. No sé bien qué fue lo que dijo, pero la cosa había pasado de noche. Tampoco sé mucho de lo que pasó en los meses anteriores, en los que a mi madre le crecía el estómago de forma inusual haciéndola parecer más pequeña aún de lo que era. Claro que sabía que estaba embarazada, no era estúpido, había visto antes muchas mujeres en estado similar, aunque desconociese los detalles más o menos truculentos del proceso. Pero, ¿qué pensaba yo? ¿Qué pensaba un niño que había vivido nueve, casi diez años solo en esa casa con olor a otro siglo? Nada. No recuerdo nada. No sé si tuve miedo o incertidumbre, no sé si estaba alegre o agitado. Ahí hay un hueco.

Lo siguiente que sé es que un diminuto ser rosado estaba panza arriba en la cama grande, moviendo bracitos y piernitas sin demasiado orden. No debe haber sido la primera vez que la vi, porque ya tenía en las orejas unas cositas brillantes, supongo que para que las señoras se diesen cuenta de inmediato de que se trataba de una nena, porque siempre resultan embarazosas esas confusiones iniciales del orden de: “Ah, pero qué lindo bebito, qué gordito”, y de inmediato la madre tiene que sonreír y decir: “No, no, es nenita”, conteniendo las ganas de decirle a la señora: “¡Pero vamos, vieja idiota! ¿No se da cuenta? ¿Eh? ¿No se da cuenta de que es nena? ¿Qué tengo que hacer escribirle el nombre en la frente?”. No le escriben el nombre en la frente, pero le ponen caravanitas apenas pueden, las visten de rosado, y cuando ya tienen edad de ir al Jardín de Infantes, ahí sí les bordan el nombre en la túnica a cuadritos, para que la maestra no tenga que pasar el trabajo de relacionar los nombres con las caras, lo que sería una forma de ganarse el sueldo, pienso.

Ah, el nombre. Creo que como una forma de inmiscuirme en ese hecho nuevo que significaba la presencia del ser suave y rosado en casa mis viejos me habían preguntado un tiempo antes cómo me gustaría que se llamase. Yo no tenía ni idea. “Stefani”, dije, porque había escuchado por ahí la canción de Zitarrosa, que después me di cuenta que en la canción era el nombre de una prostituta brasilera. Mal presagio, pensé de grande, pero la cagada estaba hecha. En todo caso se podría cambiar a Estefanía, que ya quedaba más principesco. Bueno, peor habría sido un nombre tipo Jocelyn o Gladys, qué también, tan mal no estuve, era chico y no sabía lo que hacía.

Si no me equivoco, por esa época justamente (ah, me olvidé de decir que estábamos en comienzos de la primavera), mis dos abuelos emprendieron la refacción de lo que en casa siempre se llamó “el corredor”. No era, en realidad, un corredor, yo sospecho que en los primeros años de la casa era una especie de patio interior, o algo, un anexo a los dormitorios y la cocina, y es que si uno observa bien, las puertas de los dormitorios parecen puertas exteriores, también inmensas, de madera sólida, con marcos fuertes. No sé, son suposiciones. En un inicio el corredor era todo uno, aunque artificialmente separado por un mueble (creo que un aparador con copas y cosas de esas que se usan sólo en los cumpleaños o en navidad), y una cortina a cuadros (horrible, hay que decirlo) amarillos, rojos, verdes. Pero bueno, el caso es que fue en ese tiempo en que vi a mis dos abuelos Cabrera, Bibiano y José Luis, trabajar allí, bromear a veces y discutir casi siempre. Bibiano era “el tata”, se había ganado el derecho al mote tradicional a fuerza de estar siempre a la vuelta, de sacarme a dar paseos kilométricos, de contarme historias que casi nunca me interesaban pero que por alguna razón había que escuchar. “El tata” se las sabía todas, o al menos esa era la sensación que a uno le daba cuando lo oía hablar. Ah, y silbaba, silbaba mucho… creo que ha habido pájaros menos silbadores, pájaros que se despertaron una mañana de mal y humor, o abatidos por algo, y dijeron “hoy no silbo un carajo”, bueno, “el tata” no, él silbaba siempre, y no tenía un repertorio muy variado, que era lo peor.

Está bien, vuelvo a la historia, no sé a quien se le ocurrió la fabulosa idea de ponerse a refaccionar la casa justo en el momento en el que allí había un bebé recién nacido. No parece lógico, pero muchas cosas parecen ilógicas en los recuerdos que tengo de esa época, así que no tendría que extrañarme demasiado.

¿Qué más? ¿Me puse celoso por la presencia de la intrusa en mi recinto infantil privado? No sé, quizá un poco, pero al rato descubrí que no estaba mal, que ahora mi madre tenía que preocuparse por alguien que evidentemente la necesitaba más que yo, y eso sólo podía significar algo: libertad. En las fotos de fin de año de 4º yo estoy bastante sonriente, con el pelo lacio cayéndome sobre la frente, la túnica impecable, el carnet en la mano y no parezco para nada desdichado. Por allí anda el maestro Miguel, que me regalaba nota, según mi padre, y hay otra en la que estoy con mis padres y mi hermana, que era puro ojos y cachetes y pelo enrulado. Es una linda foto… está bien esa foto.

Otra fiesta de fin de año, la de 6º. Vaya momento. Ahí yo ya tenía doce años. También estaba contento, pero distinto. La maestra Cora (años después leí el cuento de Cortázar “Señorita Cora” y desee que mi maestra de 6º se hubiese parecido a esa enfermera, pero nadita que ver), nos dio besos, felicitaciones, dijo que estaba allí para lo que necesitáramos (menos plata, como siempre), nos dio algo más, creo, un librito con frases de “El principito”, lo típico, y nos largó al mundo. Yo me sentía así, largado al mundo. “A la mierda”, pensé. Hacía un rato estaba cantando en una murguita escolar, bobeando como siempre, y de pronto me caía encima el hecho de que había terminado la escuela, de no iba a tener que entrar más a la galería con el piso de ajedrez, ni al patio de tierra, ni nada. No había marzo próximo. Un poco me asusté. Para peor, salimos de la fiesta y empezamos a caminar por Herrera para abajo. Mamá llevaba a Stefani en brazos y creo que en un momento papá me puso la mano en el hombro y me dijo algo así como que “ahora ya sos un hombre”. ¿Para qué? ¿Con qué necesidad? Yo ya estaba bastante mareado con el temita del fin de la escuela, con lo de que me empezaba a fijar en las nenas, con todo eso, como para que me le pusieran un rótulo al asunto: “hombre”. Seguimos caminando y creo que llegamos a un lugar en el que había una reunión de Fucvam (nombre que siempre me pareció solemne e importante), porque al parecer esa gente te daba una casa si vos hacías no sé qué cosa, y mis viejos querían otra casa, mejor, que no se lloviera, que no se estuviera cayendo a pedazos, bah, esa preocupación les debe haber surgido por la llegada de Stefani. Eso no duró mucho, creo que había que esperar muchos años o algo así, no sé.

¿Recuerdos de esa etapa? A ver, creo que mi viejo tenía un radiograbador Hitachi (tecnología japonesa de punta), y la moda era grabar cosas, temas de la radio o simplemente nuestras voces. Me avergüenza recordar que en uno de esos cassettes que el tiempo ha sabido destruir yo había grabado cosas que por entonces me gustaban y que no voy a confesar aquí porque no es el momento ni el lugar (sólo voy a decir que esos cassettes eran un insulto al buen gusto). En fin, continúo: lo más divertido del verano, ya que a la playa-playa (me resisto a contar la piscina de la Picada como una playa), no íbamos jamás, era tirar una frazada en el piso y pasar la siesta ahí, jugando con lo que hubiese a mano o leyendo revistas. Stefani también jugaba ahí, con la supervisión de mamá, claro, no sea cosa que se fuese de lado, se diese un golpe contra un mueble en el marote y quedase peor. El caso es que de una tarde de esas quedó una grabación hecha en el Hitachi de la que sólo recuerdo esto: “No te sentes en el felo, Leio”. Muestra de la vocación botoneril y alcahueta de la chiquita, siempre mandando al frente al hermano. Escribo esto y recuerdo mis ganas contenidas (no siempre, o sea, no siempre contenidas) de ahorcarla. Pero la culpa no era de ella, en realidad, era de mi madre, que hacía (y hace, no nos engañemos), de las normas domésticas una especie de código marcial inviolable. En ese marco, la actividad del buchonaje rendía sus frutos, cualquier información delatora de mi hermana derivaba en un reto hacia mí. Y justo coincidió ese tiempo con un período en el que yo tuve mucha mala suerte, andaba distraído o simplemente estúpido, no sé, pero me llevaba cosas por delante, rompía championes, quemaba cosas, todo mal. Creo que por entonces mis viejos deben haber pensado qué iban a hacer conmigo, mientras yo pensaba cuándo me iban a dejar de pasar tantas desgracias. Cuento dos, para que usted vea que no es joda: invierno, por causas que desconozco, estaba solo en casa; me puse mirar la tele (¿la Goldstar?), ubicada en el centro del corredor, ahora ya dividido en dos por una pared (la tele iba en una mesita, en el hueco destinado para la puerta); estoy de espaldas a una salamandra (cada tanto la abría, le tiraba dos o tres astillas, las veía arder y volvía a la tele); el caso es que estoy sentado en una de esas típicas “banquetas” o “reposeras”, no sé si roja o celeste, formadas por tiras de plástico, o algo así, que van y vienen por la estructura de caño; y todo eso es sintético, y lo sintético es inflamable, no es que yo no supiera eso, lo había estudiado en el liceo, todas esas cosas derivan del petróleo, bla, bla, pero ya dije que yo andaba en babia, y cuando quise acordar casi me caigo de espaldas, porque el respaldo de la reposera había desaparecido, devorado por el calor de la salamandra, sin que yo llegase a percatarme de nada; no sé qué pasó después, de qué magnitud fue el castigo ni nada, pero evidentemente yo era un tarado. Segunda y última, ya más grande, papá se compra un ciclomotor, una Zanella Due roja, usada, y me la presta para que salga a dar una vuelta; al fin, moto, brum, brum, tres cuadras y patino en pedregullo, no me caigo del todo, logro poner un pie en el suelo y aguantar la moto, pero el golpe es suficiente para que el apoya-pie se salga (estaba sostenido por un hilo, a mí que no me jodan); así que bien, hice lo único que podía hacer: desesperarme; paré la moto y agarré el podrido apoya-pie (una especie de guampa metálica terminada en dos puntas de goma), y como estaba cerca de lo del “tata” fui hasta allí y le expliqué la situación, creo que me dijo algo así como “pero qué vejiga” o algo, y fuimos hasta el taller de un tipo que soldaba cosas (si me preguntás, ese era el oficio del tipo, soldaba cosas, agarraba fierros y los unía, chau), y puso la moto patas arriba y listo, mientras lo hacía dijo que el caño estaba podrido y que eso se iba a caer de nuevo en cualquier momento, pero a mí no me importaba, que se le cayera mientras anduviese mi padre, no a mí, yo no quería saber más nada con la Zanellita. Así que ahí tiene, lo mío era mala suerte.

Ya sé, ya sé, volvamos al tema de mi hermana. Creo que por entonces yo ya le empezaba a tomar cariño. No digamos amor, no exageremos, ella estaba en casa y por lo que se veía iba a seguir ahí, a menos que mis viejos decidieran venderla, o algo. No hubiese estado mal, plata siempre nos hizo falta. Por esa época mi madre tuvo que salir a trabajar, creo que cuidaba a una señora, o algo (ese “algo” puede malinterpretarse, dejemos el asunto en que cuidaba a una señora y punto). Como supuestamente yo ya era grande, podía hacerme cargo algunas horas de mi hermana. Lo que sé es que le hacía la leche y la ponía delante de la tele a mirar dibujitos de Peter Pan en Canal 4. No estaban tan mal esas tardes. Si yo fuese un melancólico (y lo soy, no lo dude nadie), querría vivir de nuevo algunas de esas tardes tranquilas sin más responsabilidad que cuidar que mi hermanita siguiese respirando.

Lo otro que hacía con mi hermana era llevarla a la plaza. Eso estaba bien, yo nunca había sido el más alto de mi clase, ni había sido un líder de opinión ni nada, pero ahora, ante una niñita que del mundo conocía poco y nada, yo mandaba. Allí aprendí que el conocimiento es poder. Ejemplo: yo sabía que las raíces gordas y retorcidas de los árboles que están frente a los apartamentos de Canaro no eran, en realidad, los tentáculos petrificados de monstruos subterráneos a la espera de emerger y dominar la tierra. Yo lo sabía. Ella no. Entonces, utilizando el sencillo nombre de “los árboles-cuco” (a la mente infantil hay que llegar por caminos directos y brutales), yo ejercía una coacción sumamente útil: “vos tal cosa o los árboles-cuco”. Sencillísimo. Tendría que ver usted la expresión de auténtico terror que se le dibujaba en la cara a esa niña simplemente por pasar cerca de esos pobres pinos. Claro que eso no iba a durar siempre, así que luego de generado el temor pensé que lo mejor era mostrarle que no había nada allí a lo que tenerle miedo. Eso, supongo, era compartir un poco el conocimiento. Después de que lo entendió ya se paseaba por entre las raíces y hasta les hablaba a los árboles, y yo la hacía colgarse de una rama horizontal y amenazaba con dejarla allí hasta que ya no soportase más y tuviese que soltarse. Un tiempo más tarde, con dos amigos a los que ya no veo, pasábamos horas trepados en esos árboles, a cinco metros sobre el nivel del suelo, como monos, hablando de estupideces que en ese entonces tenían todo el sentido del mundo. Era simple, si yo no estaba en casa, ni en la casa de alguno de ellos dos, ni en las maquinitas de calle Ciganda, estaba en el árbol. Eso fue antes de que la plaza se convirtiera en el fumadero oficial de marihuana del barrio.

Cuando Stefani (o Stefi, o Stefa, o Tefita), empezó a ir a la escuela, yo ya me di cuenta de que no era tan parecida a mí en algunas cosas. Era más sociable y tenía menos complejos. Siempre supuse que algo tendría que ver yo en ese asunto, es decir, la ecuación se completa diferente si hay un hermano mayor en la casa a que si no lo hay. Yo no tuve hermano u hermana mayor, y eso, entre otras cosas, me había hecho bastante solitario (tenía primos, sí, pero no es lo mismo); en cambio a Stefani nunca la vi como a una persona solitaria. Eso es bueno. Ya bastante soledad hay en el mundo como para que uno salga a buscarla, como para que uno pretenda aislarse con la idea de que no necesita a los demás, de que es autosuficiente y esas paparruchadas que tienen más que ver con el Self Made Man norteamericano que con la vida.

Respecto al estudio, bien, según recuerdo nunca tuvo problemas en la escuela, ni en el liceo. Nunca tampoco le preocupó ser brillante, pero me pregunto hasta dónde debe ser eso una preocupación. En casa siempre ha existido el mito de que yo soy brillante. Bueno, vamos… también existe el mito del monstruo del Lago Ness, del abominable hombre de las nieves, de que Elvis está vivo y de que en realidad el hombre no llegó a la luna. Eso de que yo soy un bocho y Stefani es estudiosa es una forma de desmerecerla a ella, y de desmerecerme a mí, porque evidentemente ella es inteligente, y evidentemente yo necesito estudiar para avanzar en lo que sea que hago.

Luego vienen etapas de mi vida que me mantuvieron tan concentrado en mí mismo, en lo que yo quería, deseaba, necesitaba, que me es difícil dirigir una mirada al entorno de ese tiempo y decir algo que pueda tener verdad. No sé. Yo tenía trabajo, amigos y novia. Había un mundo allí afuera y yo estaba continuamente aprendiendo a moverme bajo circunstancias diferentes. Tanta preocupación me dejaba ciego para todo lo demás. Mi hermana esta en la órbita de mi mundo, presente, claro, pero no del todo. Espero que sea algo normal, que todos a esa edad seamos así de egoístas, de otro modo habré sido particularmente idiota. Cómo será, lo que más recuerdo de esa época en relación a Stefani es jugar al Harry Potter en la computadora y al GT Racing, compitiendo por ver quién lograba el mejor tiempo en la pista de Brasil, siempre difícil (ah, sí, nadie puede negar que colaboré en todo lo que pude con la educación de mi hermana).

Como uno no suele estar realmente consciente todo el tiempo, le parece que las cosas pasan más rápido, de que se transforman de un momento a otro, y no, eso no es cierto, las cosas suelen pasar de un estado a otro con suma lentitud, como una infinita cadena de causas y efectos. El problema es que ignoramos la cadena, nos centramos en cómo era una persona hace un año y en cómo es ahora: vaya cambio, decimos, pero no nos percatamos de que es un cambio lógico si se tienen en cuenta todas las experiencias que esa persona vivió en ese año. Eso me pasó con Stefani, creo que un día la miré y me pareció una persona extraña, todavía niña en una cantidad de aspectos, pero ya mujer en otros muchos, sobre todo en el carácter, en la seguridad aplomada (y aparente a veces, porque es evidente de que suele fingir ser más segura de lo que es).

Cuando cumplió diecinueve tenía miedo. El miedo es normal, cualquier punto que te obliga a levantar la cabeza y mirar hacia adelante te provoca miedo, porque ¿qué hay adelante? Futuro, y el futuro no es más que niebla, y detrás de la niebla está lo que uno va a tratar de hacer con el tiempo que tiene. El miedo viene de la duda de no ser capaz de hacer con ese tiempo algo que valga la pena. Así que cuando cumplió diecinueve, cuando se quedó de puntillas, tambaleando al borde, a punto de entrar en la tercera década de su vida, yo le dije que no se preocupase demasiado, que no fijase para sí planes tan rígidos para lo que iba a ser su vida de ahí en más. Las vidas no tienen planes de ruta, no son excursiones ni carreras de rally (aunque tener un buen copiloto nunca viene mal), uno va, planea cosas, trata de hacer lo mejor que puede en cada momento, y a veces lleva el control del timón y a veces no, a veces hay otras fuerzas que lo arrastran, y no hay que desesperarse, porque eso es normal, eso pasa. Tampoco hay que prestar demasiada atención a lo que los demás pretenden de uno, hay que escuchar, claro, a los que nos quieren, pero al final siempre es uno el que vive con las consecuencias de sus decisiones y actos.

Todo esto no hace que el miedo disminuya, eso es claro, pero bueno, si el mundo entero tiembla al final de cada siglo, al final de cada milenio, si siempre aparecen voces de alarma que anuncian el fin, el fin total, ¿no tiene derecho un alma pequeñita, encerrada en una jaula de costillas, a temer? Claro que sí, siempre hay derecho a temblar, a dudar, de pie ante el mar que parece helado; a lo que no se tiene derecho es a quedarse ahí, a acobardarse y retroceder, a lo que nadie tiene derecho es a no zambullirse en el agua después de una carrera de cuatro o cinco pasos para descubrir que no estaba tan fría después de todo. Nadie debería darse el lujo de no tomar riesgos. ¿Para qué te sacaron de adentro de tu madre, para qué lloraste cuando la luz te venció los ojos, para qué, sino para tomar riesgos, a pesar del miedo que te de?

Creo que eso fue lo que le dije más o menos cuando cumplió diecinueve. No le dije que iba a lograr todo lo que quisiera. Yo no sé eso. Siempre se puede fracasar, no es que sea pesimista, pero sé que una de las posibilidades es esa. Hay que vivir sabiendo eso, que no todo va a ser siempre un jardín de rosas, así que no podía mentirle entonces, decirle “vas a lograr lo que te propongas”. Para decir eso hay que ser un ingenuo. Mejor es decir “quiero, con todo el corazón, que logres todo lo que te propongas”, y todavía mejor es decirle “quiero que lo que te propongas valga la pena”, porque hay metas que lo mejor es no alcanzarlas.

En fin, todo eso se lo dije cuando cumplió diecinueve, por aquel entonces yo tenía veintiocho todavía, y estaba íntimamente solo, rodeado de gente que me quería, pero cansado, como un animal que se ha quedado varado en el borde de una inundación y trata, una y otra vez, de liberar las patas del barro, así estaba yo y todos los días eran un intento nuevo de levantar la cabeza y mirar la niebla del futuro, así que en algún sentido sabía de lo que hablaba. Ella y yo estábamos cada uno en una frontera, y lo que yo ya había visto podía ayudarla en algo, creía. Aunque ahora que usted me pregunta esto y yo repaso lo que le dije a Stefani esa vez, supongo que todo podría haberse resumido en un enunciado. Y ese… ese me lo guardo.

(Nota: escribí este texto el 23 de setiembre de 2007, dos días antes del cumpleaños número diecinueve de mi hermana).

Posteado por: materialdescartable | Septiembre 2, 2009

Comienzos fallidos

no era lo bastante bueno
·
He estado lejos del blog y esto no es, si he de ser estricto, un regreso, dado que no estoy escribiendo nada exclusivamente para él, sino, más bien, requecheando (nota marginal: el verbo requechear me seduce especialmente. Recuerdo una semana de turismo en las Termas de Guaviyú, acompañado por un amigo. Había campeonato de fútbol 11, para las barras, pero aunque nosotros éramos sólo dos, queríamos participar. Nos anotamos y los organizadores armaron un equipo con todos los que andaban medio sueltos a la vuelta. De ahí surgió un equipo que ni nombre tenía -y cuyos jugadores ni conocían el nombre de sus compañeros-, y el equipo se llamó “El rejunte”, aunque íntimamente todos sabíamos que ni siquiera merecíamos esa dudosa dignidad, porque en realidad éramos “El requeche”, aunque nadie lo dijese por respeto o vergüencita). Así que este post es un requeche, los restos de comida que quedaron en el borde de veinte platos que están a punto de ser lavados, las monedas olvidadas en todos los pantalones de una familia y que juntas apenas alcanzarían para adquirir un alfajor no muy pretencioso, los bocetos pudorosos de los que un artista de renombre no se deshace por nostalgia pero a los que espera poder destruir antes del llamado final. Sobras, señores, señoras; gente madura, púberes imberbes; eso es lo que pueden encontrar en este post. ¿Por qué, entonces, no dejo que el blog siga silencioso? ¿Por qué no espero -talvez se pregunten- a que vuelva a brillar una idea en esa cavidad cavernosa que es mi cráneo? Porque quizá eso no vuelva a pasar nunca, y habiendo tanta gente que escribe el primer bolazo que se le ocurre, me siento en mi legítimo derecho a la paparruchada. ¡Exijo mi derecho a hablar sin tener idea de lo que estoy diciendo! Debería ser un derecho constitucional. Si todo niño tiene derecho a seguir ensuciándose y a seguir aprendiendo -¡oh, macabros publicistas y directores de marketing, ¿qué de malo les ha hecho el mundo?!-, entonces supongo que un ciudadano puede alzar el puño y reclamar su derecho a hablar por hablar, al síndrome del papagayo verborrágico. Y ya que estamos en el baile, bailemos. Pero como para hacer lo que voy a hacer -y el preludio ya está quedando más largo que la obra, pero es lo que le pasa a los malos dramaturgos- necesito una coartada, déjenme buscar un libro y vuelvo (el autor se levanta de la silla y, con paso insomne, va hasta su desordenado librero, recorre los lomos desiguales con el dedo, encuentra lo que busca, reprime un “Eureka” porque no es para tanto). Ya está. El libro es “Cuentos breves y extraordinarios”, uno de los curros con los que Borges y Bioy robaban la plata allá por sus años mozos (bah, no tan mozos). Veamos… si mal no recuerdo, lo de Hawthorne tiene que estar por acá (El autor toma el libro que había dejado a su izquierda -nada más que para burlarse socarronamente y de forma desleal de dos autores que tantos buenos momentos le han obsequiado, ah, indigno ser-, y busca en el índice). En la página 18 de este libro aparecen los ARGUMENTOS ANOTADOS POR NATHANIEL HAWTHORNE. Debo haber leído estas historias no menos de diez veces. De ahí me viene, estoy seguro, aquel afán juvenil de contar cuentos como si los personajes no importaran mucho, como si todo lo importante fueran los dos o tres giros de la trama y en vez de gente sobre el escenario hubiese maniquíes o estatuas. Eso aprendí de estas páginas, por culpa de una pésima lectura, claro está. Me pregunto si ya lo he desaprendido, pero no ahondaré en el asunto porque no quiero descorazonarme. El tema es que Borges y Bioy recogen aquí seis brevísimos esbozos de argumentos, supuestamente anotados por Hawthorne (aunque de mucho nos valdría desconfiar de aquellos dos viejos zorros). Transcribo el primero de esos argumentos: “Un hombre, en la vigilia, piensa bien de otro y confía en él plenamente, pero lo inquietan sueños en que ese amigo obra como enemigo mortal. Se revela, al fin, que el carácter soñado era el verdadero. La explicación sería la percepción instintiva de la verdad”. Preguntémonos, ¿para qué anotaría Hawthorne estas cosas? Primero, se me ocurre, para no olvidarse, para tener una punta de piola, para saber de dónde arrancar cuando se decidiera a desenredar esa madeja. Segundo, para que alguien más la desenredara, si es que él se moría antes de hacerlo -cosa que al final pasó-, o si le daba pereza. No me acuerdo qué escritor regalaba argumentos a escritores menos imaginativos pero más laboriosos. Alguien era. Pero bueno, yo me imagino que Hawthorne estaría contento de que alguien, cientocincuenta años después de que su mano anotase estas líneas, completase la historia, aunque sólo fuese por jugar. Y dije todo esto para justificar lo que sigue. El año pasado, en el III Encuentro de Escrituras realizado en Maldonado, Inés Bortagaray y yo visitamos el Liceo Nº2 de aquella ciudad, invitados por Damián González -profesor, escritor, pater familias, buen tipo-, para charlar con alumnos de 3er. año. Recuerdo esa charla de casi dos horas con inmenso cariño. Sé que en un momento dado, una chica que estaba sentada del lado derecho, contra uno de los ventanales -afuera, otros chicos jugaban al voley con dudosa destreza- preguntó algo sobre si abandonábamos los cuentos, si nos resignábamos a no escribirlos. En ese momento a mí se me ocurrió la idea de escribir un cuento, saqué la libretita y anoté esto, con tinta roja: “un cuento con comienzos fallidos”. La idea era esta: había que escribir un cuento hecho de, por decir algo, veinte párrafos de seis líneas. Cada párrafo sería un potencial primer párrafo. Es decir, la historia no iría para adelante nunca, sería como el ruido del motor que nunca llega a encender, que carraspea y ya. Pero eso no es del todo cierto, porque cada nuevo párrafo, se me ocurre, sería una forma distinta de comenzar el cuento, una variante mínima respecto a las anteriores. Entonces, si el lector leyera de corrido los veinte comienzos fallidos en realidad tendría en su poder todos los elementos necesarios para entender y armar la historia. No sé si se comprende la idea, pero no importa, porque no es una buena idea, ni siquiera es una mala idea. Como ya se cumplió un año de aquel apunte y nunca hice nada con esto me parece que ya era hora de responderle a aquella dulce estudiante: a veces, por más que uno quiera, hay historias que nunca va a escribir. Y lo que voy a hacer ahora, para que no todo se quede en preámbulos, es dejar anotados acá unos cuantos comienzos fallidos de cuentos que alguna vez (entre 2004 y 2006) empecé y que nunca voy a terminar. El que crea que se pueda hacer algo con alguno de ellos, que se sienta libre de tomarlos y salvarlos, cual cachorritos hambrientos que nada pueden ya esperar de su dueño actual.

1

Existen pocas formas más eficaces de salir de uno mismo que viajar, pocas maneras más veloces y efectivas de transformarse en otra persona que surcar miles de kilómetros de cielos vertiginosos bajo los cuales las nubes infinitas y los mares más inmensos son una sola nube, un solo mar. Diana y yo viajamos de noche, una noche larguísima que duró veinte horas o más. Alguien me explicó que en realidad estábamos volando a una velocidad y dirección tales que provocaban ese efecto, esa prolongada oscuridad. Estamos persiguiendo la noche, dije, y Diana sonrió cansada tras una semana demasiado larga de despedidas y preparativos finales.

2

Los muchachos me van a matar. No es la primera vez que se los hago, pero hoy de verdad que no tengo la culpa, aunque eso no importe, porque cuando llegue igual van a decir que Julia me tiene abajo de la pata, un pollerudo es lo que sos. No es cierto. Llegué temprano del trabajo y me di un baño. Todavía tenía tiempo, así que me acosté en el sillón con un libro. Lo siguiente que sé es que la mano de Julia me sacudía. Se te hace tarde, Sebastián, ¿la comida con tus amigos no era a las diez? Sí, era, claro que era. Me levanté de un salto, tiré un beso al aire, maldije a la pobre moto que nunca prende de una vez cuando la necesito, será la bujía, será el aceite berreta que le echo, será mi negra suerte, hasta que por allá arranca, brama, tose, la boca del caño escupe una nube negra como un cuervo y me voy, no vuelvo muy tarde, adiós, adiós.

3

Sin embargo, sobrevivimos. Fue difícil, porque sin darnos cuenta fuimos construyendo todo sobre unas estructuras a las que no conocíamos tan bien como para confiarle ese papel de sustento de nuestra vida. ¿Qué es tu vida, después de todo?, me preguntaba a veces Peter, siempre tan extraño, tan loco, y a mi cabeza venían los ratos delante de la máquina de escribir; las mañanas de los domingos; Eva, casi siempre Eva, muchas veces ella, por distintos motivos siempre ahí, presente; también se me venía a la cabeza el trabajo; el sobre con la plata; un reloj grande, como esos que ponen en los lugares públicos; se me venía la casa, también; mi madre, mi hermana (mi padre no, nunca el viejo, qué ingratitud la mía) y muchas cosas, como en un vértigo intermitente, medio enfermizo, hasta que todo se quedaba negro y sólo faltaban tres letras blancas que formaran la palabra fin, y luego los aplausos y la luz de la sala encendiéndose. Y en definitiva no estaba tan errado, mi vida no era, digámoslo ahora, una cosa demasiado mágica, podría haber sido apresada en palabras si alguna vez hubiera tenido el tiempo suficiente y un auditorio lo bastante atento. Pero lo importante no es eso, lo importante es que cuando creímos que no íbamos a sobrevivir, sobrevivimos; sólo para caer en la cuenta, quién sabe cómo, de que no, de que no sobrevivimos.

4

Es imposible, se justifica Jorge, prever la insospechada serie de sucesos que puede desencadenarse a partir de una sola acción casi insignificante, casi inocente. Al otro lado de la mesa está Leonor, sonríe y eso es la belleza, dos botones de la blusa desprendidos, el pelo rubio recortándose sobre sus hombros suaves, tibios, y un aura intangible y poderosa. Jorge le mira la boca, los labios juntándose y separándose, la lengua bailando tras los dientes, pronunciando una ese, una o, ahora una ele. La belleza es una bendición maldita, vuelve a justificarse Jorge, ¿quién habría resistido la oportunidad de?, se pregunta. Leonor busca al camarero con la mirada, levanta el brazo para llamarlo, pide un capuccino. De perfil su hermosura se vuelve más clásica, más etérea, de frente tiene algo de salvajismo, algo de dulce furia contenida en los ojos. ¿Quién podría culparme?

5

Mamá Mirtha se llevó una mano a la boca para ahogar el grito amargo y espeso que ya le subía por la garganta, como un agua negra. Instintivamente, con la otra mano, apartó la fotografía con violencia, que entonces cayó de las manos de Javier hasta un plato con pebetes. De pronto mamá Mirtha ya no estaba, de ella quedaba apenas la estela de su llanto agudo, como un leve chillido que terminaba en la cocina, donde papá Ernesto la consolaba contra su pecho, no fue nada, un vaso de agua y más lágrimas contra la camisa. La familia se había reunido para la foto, primero con desgano, luego fingiendo sonrisas convincentes, una muy aceptable felicidad de veinticuatro a la noche, con olor a sidra en el aire, a pastel de fiambre, a buenos deseos de cartón. Javier, el amigo que Gabriel inexplicablemente había invitado esa noche a pasar con ellos, orgulloso de su polaroid flamante, disparó el flash como un silencioso relámpago fugaz. Luego Javier se acercó a la familia y mostró la cartulina satinada en la que ya comenzaban a surgir, fantasmales, los rostros, la mesa, los cuadros en las paredes. Es por el aire y no sé que sustancias, decía Javier mientras sacudía el cartoncito, un proceso químico, seguramente. Y entonces le puso la foto delante de la cara a mamá Mirtha, y sería fácil mentir, decir que las cosas comenzaron ahí, pero no se puede. Mejor es decir la verdad y contar todo lo que pueda ser contado, el resto, ya se sabe, es la historia. Desde que Natalia murió mamá Mirtha había quedado muy mal, Gabriel era muy chico y por eso no se acuerda cómo era ella antes, así que para él esta es la única mamá Mirtha posible, una señora muy callada que anda por la casa de delantal, que limpia y cocina y que cada tanto pasa junto a él y le deja un beso de buen niño, aunque ya no sea niño y tampoco tan bueno, pero las madres son así, reacias a la realidad, y mejor así. Es un poco distraída también, cada tanto se le rompe un espejo y mientras junta los pedazos, y a veces se corta, dice algunas cosas de la desgracia, siete años, y se ríe con amargura porque antes ningún espejo roto y la desgracia igual, cosas así habla sola mamá Mirtha.

6

Mientras el profesor ordenaba abrir el Código Civil y leer el artículo 255, referido a la Patria Potestad, que como vimos en la clase de ayer tal cosa y tal otra y una maraña de palabras sumamente importantes a juzgar por el tono solemne de la voz del profesor, Julio retrataba a una compañera sentada tres bancos delante de él. Se llamaba Diana y era una almuna muy aplicada que pasaba casi toda la clase mirando al frente y muy de vez en cuando daba oportunidad a Julio de observarla lo suficiente como para corregir un trazo, como para asir el contorno de su rostro y traducirlo al papel, apropiándoselo. Por eso Julio se llevaba a la clase siempre algún otro libro, el Código Civil y la Constitución, claro, pero siempre algo más, como aquel día en que leía la biografía de Rembrandt y de pronto tuvo que hablar del Derecho Romano y se quedó en blanco por unos segundos que le parecieron infinitos segundos, hasta que salió del paso con algún comentario que había oído por ahí, tal cosa y tal otra, dijo, y el profesor se dio por satisfecho y buscó otra víctima. ¿Para qué venís acá?, le dijo alguna vez un compañero de esos que se creen con derecho a preguntar cualquier cosa por el mero hecho de sentarse junto a uno, como si la simple cercanía otorgara ya la confianza de meterse en todo. Mi padre quiere que sea abogado, dijo Julio sin amargura, apenas con cierta tristeza por el viejo, pobre, quién sabe por cuánto tiempo más lo voy a engañar, porque en cualquier momento. Y la frase siempre terminaba ahí, en cualquier momento y nada, como si todavía no fuera tiempo ni siquiera de la amenaza.

7

Una vez, para honrar a un dios que ya ha desaparecido, Vaschuk mató a su hermano. Brillaba el sol en la punta de la espada que alzó con un brazo imponente, brillaba también en sus ojos negros como pozos. El nombre del hermano lo ha devorado el paso de los siglos, el de Vaschuk ha llegado a nosotros gracias a la fuerza de lo que llamaremos crueldad, barbarismo, de lo que vemos como costumbres bestiales. Pero aquella muerte fue dictada por el destino, a través de la ambigua voz de un oráculo. Mentiría si dijera que Vaschuk dudó al descargar el peso de la espada, cortando el aire con un fuego sin luz. Aquella prueba de fidelidad al dios y a su hijo, el emperador, le valió a Vaschuk un alto puesto en el ejército, con el que luchó muchas veces sin miedo, pues para él la muerte no era más que otro comienzo.

8

Nos gustaba ir al cine muy seguido. Los sábados, los martes, los jueves. Después de la Facultad nos sentabábamos un rato en alguna plaza o yo la invitaba a tomar un café y a comer bizcochos, pero cuando caía el sol, casi como obligados por un pacto tácito, nos encaminábamos al cine para ver una o dos funciones, gracias a nuestra talonera de estudiantes. Después comentábamos las películas, eso parecía gustarnos más que verlas. Hablábamos del guión, de la fotografía, de las actuaciones, de la música, del director. Julia sabía mucho de cine. Yo también, pero me gustaba más escuchar los comentarios de Julia que emitir los míos. No siempre estábamos de acuerdo, era divertido contradecirla, verla reaccionar, reírnos juntos después. Ella, por ejemplo, tenía una idea muy clara acerca del horror, decía que el verdadero horror estaba en lo cotidiano, en una brevísima ruptura de lo cotidiano, y en la casual percepción de esa ruptura. Algo inexplicable pasa y sólo vos lo notás, después, todo vuelve a estar como antes, nada ha cambiado, o sí. Esa fugaz sensación, no de los sobrenatural, no quiero decir eso, pero sí de lo inexplicable, como un sabor parecido a nada que te gana la boca y te dura unos segundos, eso es para mí el horror, decía convencida.

9

Me ocultaron el diagnóstico inicial, mi esposa, mi padre, el mismo doctor Schob. Tomaron la decisión en secreto, haciéndome creer que era dueño de mi voluntad. Comencé a descubrir de qué se trataba aquello una tarde de noviembre. El doctor Schob, un hombre cadavérico, de blancas y largas manos, me pidió que me quedase un rato en el consultorio mientras él hacía una llamada en el otro cuarto. Cuando se fue, me puse de pie y me acerqué a la pared. Leí con atención la docena de diplomas que Maximilien Schob ostentaba. Sin duda estaba académicamente capacitado para tratar mi caso, cualquiera que aquel fuese, pensé. Apenas volví a sentarme en el sillón, por la puerta que daba al pasillo entró un hombre. No era Schob, era mucho más bajo, llevaba bigote, un par de lentes, corbata y una incómoda sonrisa. Me estrechó la mano. Parpadeaba de forma compulsiva, se frotaba los dedos y cada dos o tres palabras sacaba un sucio pañuelo del bolsillo de su saco y se lo pasaba por la frente. Era un hombre desagradable, incómodo, de esos que suelen despertar en los demás cierta repulsión o lástima.

- ¿Usted es…? -me dijo, como si mi cara le recordase a alguien.

- Soy Julián Fine -le respondí.

- Ah, Fine, verá, señor. Yo sólo deseo… ¿Cómo decirlo? He venido para advertirle, señor -hablaba con una voz temblorosa y ágil mientras miraba a la oficina contigua desde la cual se oía la conversación que Schob mantenía con algún colega.

- ¿Advertirme de qué? ¿Y usted quién es? -dije poniéndome de pie, de modo que mi estatura, superior a la del extraño, me ayudase a acentuar mis palabras.

- Soy el señor Rufer, André Rufer, es un placer -dijo esto y se acercó hasta la puerta tras la cual estaba el doctor Schob; cuando se cercioró de que la conversación de aquel aún no terminaría, se acercó a mí y continuó-. Váyase ahora, hágame caso, señor Fine -me dijo-. Este lugar no es lo que parece.

10

Todavía le dolía la cara. La última trompada había sido un martillazo relampagueante directo al pómulo izquierdo, un martillazo que le sacudió la cabeza y quedó zumbando con un agudísimo pitido que comenzó a apagarse luego del golpe seco contra la lona. Cayó como un muñeco sin huesos, como si estuviese relleno de trapos, de ropa sucia, con los brazos muertos a ambos lados del cuerpo. El árbitro contó hasta diez desde un ring que quedaba en otro mundo y recién entonces dos pares de manos lo arrastraron hasta su esquina para despertarlo con agua y cachetazos. Alguna gente rompía con furia sus boletos, otros, eufóricos, saltaban en sus asientos. Rojas levantó el único ojo que le quedaba abierto y con mucho esfuerzo alcanzó a ver a su rival entre la muchedumbre al alzar un cinturón dorado, al escupir el protector bucal, al sonreír con una mueca deforme debajo de su nariz chata. Pero vos lo ves, dijo Rojas sin mirar a Montoya con una voz absolutamente rota que le salía a duras penas de la boca sangrante, vos lo ves y no podés creer, qué vas a poder creer que ese tipo me haya tirado. Si le dan ganas de llorar a uno, y mientras decía esto lloraba, pero no sentía nada en la cara, adormecida a golpes, y por eso las lágrimas le corrían tranquilamente por la pera y goteaban, una a una, hasta la lona.

Posteado por: materialdescartable | Julio 28, 2009

Automático

dixieland

·
Panasonic le obsequia a la Humanidad toda (a cambio de una módica suma que seguramente puede abonarse en plazos más que convenientes con Visa, Mastercard y todos esos usureros transnacionales) su más reciente creación: la nueva cámara Lumix, cuya función más asombrosa es esta: el chisme se dispara solo, como por arte del mismísmo Mandinga, cuando la persona a la que se pretende fotografiar hace lo que hasta un mono decentemente entrenado haría ante una cámara, sonreír. Y si a usted, amigo lector, no le convence Panasonic, si le parece una marca medio berretonga, entonces no se preocupe, porque Sony tiene su propia cámara con este sistema de “reconocimiento digital de sonrisas”. Parece que es lo último de lo último, y no me explico cómo es posible que esto a mí me parezca una reverenda porquería.

Hace un siglo y medio, más o menos (no voy a entrar a Wikipedia para ponerme a estudiar la historia de la fotografía, así que tiro datos al tun-tún), si uno se quería hacer retratar por aquellos hombres, mitad magos, mitad sabios, que eran los primeros fotógrafos, había que tener, ante todo, paciencia. He escuchado relatos de personas que se pasaron hasta veinte horas quietas ante un viejo cajón, para poder quedar inmortalizadas en un daguerrotipo que les hiciera justicia para la posteridad. “No se mueva, don Aureliano, no se mueva”, era el híbrido de orden y súplica que profería el fotógrafo. “Pero este buitre me está picoteando el cráneo, creo que piensa que ya me morí”, explicaba entonces el buen hombre, estático y estoico antecesor de esa plaga urbana actual: las estatuas vivientes. “Aguante, Aureliano; aguante como un varón”, alentaba el fotógrafo, mientras el ave carroñera se daba un auténtico festín.

Piénsenlo… ¿por qué en las fotos viejas casi nadie sonríe? ¿Por qué esos hombres, mujeres, niños y ancianos hechos de cartulina sepia nos miran con ojos tremendos, como si nos advirtieran que, igual que ellos, también nosotros moriremos? Bueno, es que, además de estar todo el tiempo acosados por los buitres, había que tener mucha fe en la propia felicidad para arriesgarse a posar sonriendo. ¿Quién puede sostener una sonrisa durante quince o veinte horas? ¿Quién puede estar tan contento o fingir tal alegría? Sólo se me ocurren tres tipos de personas: candidatos presidenciales, postulantes a Miss Universo y Mario Regueiro. Pero en la época de la que estoy hablando, mediados del siglo XIX, no existían todavía los concursos de belleza (y de existir los habría ganado la por entonces jovencísima Mirtha Legrand), los candidatos presidenciales no sonreían por miedo a ser tomados por maricones (en vez de besar bebés amenazaban con prenderles fuego con rancho y todo) y el tatarabuelo de Regueiro soñaba, en un pobre catre de esclavo, con su lejana tierra llena de leones, jirafas y tambores.

Pues bien, mi conclusión es que estamos evolucionando de un modo muy extraño. Yo no tengo ninguna duda respecto a que la gente más inteligente del planeta trabaja en empresas como Sony, Panasonic, Phillips y otras mil. Ellos son la elite, los que marcan el destino del barco. Si ellos dicen que necesitamos una cámara que detecte sonrisas y se dispare sola, yo les creo. Pongo mis dos manos sobre una hornalla de la cocina en defensa de esos ingenieros electrónicos egresados de las más prestigiosas Universidades yanquis y japonesas. Ahora, ¿no es preocupante? Estas verdaderas lumbreras piensan que la gente normal se ha vuelto demasiado estúpida para entender cuándo el otro sonríe y darse cuenta de que es en ese momento, cuando mostró los dientes, que hay que presionar el botón. No es difícil. Al menos parecería una de las cosas más simples del mundo. 1) sonrisa, 2) botón, y listo, foto pronta. Pero no. Parece que estábamos precisando un microchip (o lo que sea que estos artilugios de Satanás lleven dentro), que nos ahorrase el trabajo de mirar lo que queremos fotografiar.

Nos estamos volviendo estúpidos. Pero no es por culpa de la cámara Lumix. No, no, no. Los señores de Panasonic no tienen la culpa de nada, a ellos no los miren. Ellos apenas fueron los primeros en percatarse de que el cerebro humano promedio a comenzado a secarse. Paulatinamente el mundo deberá convertirse en un lugar que funcione por sí solo, porque yo creo, siendo optimista, que nos quedan quizá dos o tres lustros de vida útil, a todos nosotros. Y, señores padres, lo lamento, pero paras ustedes que creen que los niños vienen cada vez más avispados porque resulta que ya a los dos años saben conectar el ADSL para chatear con sus amiguitos de Indonesia, les tengo una noticia: en realidad los niños vienen cada vez más taraditos. Ya salieron campeones del mundo seiscientas veces en el Playstation pero dominando la pelota no hacen más de tres, con suerte.

Gracias al Cielo que los genios de la tecnología digital se dieron cuenta de esta franca decadencia y comenzaron hace rato ya a preparar el mundo para que se vuelva un sitio automático: hornos que se limpian solos, autos que te avisan por dónde es mejor agarrar para llegar antes, postigos que se abren cuando hay sol y se cierran cuando llueve, es sólo el comienzo.

Pienso en lo que se viene: vamos a alquilar una película, llegaremos a casa y la pondremos en el DVD (tecnología Blue Ray, of course), y delante de la televisión situaremos un aparatito similar a una webcam. ¿Cuál será la tarea de tal aparato? Ver la película mientras nosotros nos dedicamos a otra cosa, para explicárnosla luego. Un ejemplo: “Bueno, Leo”, me diría el aparato, “hace un rato vimos Closer, que es básicamente un relajo total, porque todos se acuestan con todos y después de muchas idas y vueltas nadie termina feliz, que es más o menos lo que está pasando con las relaciones humanas en este comienzo de siglo XXI, mucho sexo y poco amor. Y el título juega con la ambigüedad de la cercanía hermética a la que nos condena la incomunicación”. Este mismo sistema servirá para interpretar todo tipo de arte y, ahora que lo pienso, ya está funcionando.

Y antes de terminar, otra cosita, no del todo aislada: ¿Qué futuro le espera a un hombre que no tiene tiempo de pasear a su propio perro? ¡Hemos llegado a tercerizar el paseamiento de perros! Lo de las niñeras, vaya y pase, ¡pero esto! ¡Las mascotas! Es el colmo de la subcontratación, ¿se dan cuenta? Todo el tiempo estamos buscando que una persona o un aparato haga algo que habríamos tenido que hacer nosotros, tareas que no eran tan desagradables, pasear un pichicho, apretar un botón cuando el cumpleañeros sonriera, jugar con un hijo. ¿Qué hacemos con el tiempo que nos queda libre gracias a estos adelantos? No gran cosa, me parece… ¿no?

Louis Prima – When you\’re smiling

Posteado por: materialdescartable | Julio 26, 2009

Ya nada malo puede pasarnos

asteroide
·

Como puede apreciarse en la más reciente entrada de su blog, Pedro Peña es un hombre preocupado por el destino del planeta Tierra. Él teme (Pedro) que un asteroide lo destruya (a nuestro planeta, y por ende también a él -a Pedro, caramba-), porque se enteró, seguramente gracias a la televisión o a internet, porque casi podría afirmar que telescopio no tiene, de que un asteroide de colosales dimensiones (tan grande como la ya citada Tierra, que ya es decir) se asteroidó (no se estrelló porque no era un estrella, manga de sopencos), contra Júpiter. Como Júpiter es un planeta que tiene aguante, la cosa no pasó a mayores. O sea… sí, le dejó un cráter, o algo parecido, pero según yo creo Júpiter es un planeta más bien gaseoso y me supongo que supo llevar la cosa con bastante decoro, y si no fuera porque algún alcahuete difundió la noticia, nunca nos habríamos enterado de nada, porque Júpiter no iba a venir a decirnos: “Uy, no sabés lo que me pasó la semana pasada”. No, él no es así, él se guarda sus cosas, la ropa sucia la lava en casa.

A Pedro una de las cosas que más le preocupa es esto de no saber. “¡Cómo puede ser que un asteroide del tamaño de la Tierra hubiese entrado al sistema solar y que nadie supiera nada!”. Yo le dije que lo más seguro es que sí supieran -siempre alguien sabe estas cosas-, pero que no li dijeran porque al fin y al cabo era medio al pedo. O sea, si se viene el fin del mundo, el fin-fin, no uno de esos fines que anuncian los mormones cada tres años y al final nunca pasa nada (tampoco es que no pase nada de nada, hay tsunamis, maremotos, volcanes en erupción, huracanes, tifones, catástrofes espantosas y horripilantes, pero muy salpicaditas, como que no se concentran, si pasara todo junto sí la cosa reventaría, pero no, venimos de amague en amague, como esas cañitas voladoras que se elevan con un ruido trepidante y cuando vos crees que al final se viene LA explosión no pasa nada, un puf, una vil estafa). Si se viene el verdadero fin del mundo, decía, yo creo que no me quiero enterar antes. ¿Para qué? Pedro dice que sí quiere saber, porque (este es el más sólido de sus argumentos) planea entregarse a sus impulsos más primarios: “Impulsos carnales” (aclara con una sonrisa que lejanamente se asemeja a la de José Luis Gioia, epigonal humorista de gusto más que cuestionable y especialista en chistes que incluían loros en las más descabelladas situaciones, recuerdo uno de un pajarraco que había perdido sus dos patas y se sostenía del palito de la jaula con… bueno, pero me estoy yendo de tema). Ante la pregunta de por qué hay que esperar a que se venga el fin del mundo para entregarse a esos impulsos, Pedro no responde y se limita a guardar un silencio entre solemne, culpable y meditativo. Un alma turbulenta, confusa, vive dentro del cuerpo robusto pero grácil de mi buen amigo Pedro.

Al parecer, hasta hace poco, él fantaseaba con la posibilidad de una monumental orgía de celebración de la extinción, en vísperas del fin. Ante el anuncio de que el mundo acabaría, Pedro anticipaba esa reacción sexual de la Humanidad toda como respuesta del Eros ante la inminencia del Tanatos. Pero esto era antes, porque ahora Pedro ya es padre y se tiene que preocupar por otras cosas aparte de sus gónadas, es decir, por el producto de esas gónadas, que no es ni más ni menos que Santiago, su hijo.

Toda esta charla, bastante larga y desquiciada (y que en un ratito nomás se pondrá peor, mucho peor) se dio en el viaje de vuelta desde Minas a San José. Ya de noche cerrada y ante los embates del cansancio, el sueño y la modorra, sólo un tópico de las características de éste podía mantenernos, si no lúcidos, al menos despiertos. Así que tratando de tranquilizar la preocupación paternal de Pedro le dije que lo que él podía hacer era lo que tan bien hizo Jor-el -brillantemente interpretado por un Marlon Brando en absoluta decadencia-, que salvó a Christopher Reeves, su hijo adoptivo, Kal-el, enviándolo en un pequeñísimo cohete rumbo a la Tierra cuando vio que su propio planeta, Kriptón, estaba por cantar flor y cagar fuego, todo de una. Y ahora una pregunta que siempre me hice: si Jor-el era tan vivo, ¿por qué no hizo un cohete un poco más grande, como para entrar los tres, padre, madre e hijo? No lo hizo porque: 1) No le dio el tiempo, o 2) Sólo tenía materiales para un cohete tamaño baby y todas las ferreterías estaban cerradas, o 3) Ganas de joder. Y otra cosa, ya que vas a mandar a tu hijo a un planeta, y teniendo el Universo entero para elegir, que es bastante grande, hay que decirlo, ¿justo venís a elegir la Tierra? Está bien, tenemos lindos paisajes y todo lo que vos quieras, pero un planeta en el que vive gente que se suicida porque se murió Michael Jackson es un planeta bastante raro, tanto como para que yo, si pudiera elegir, no querría que mi hijo creciera (y no, no tengo hijos, los resultados de las pruebas de ADN de esos dos o tres que me aparecieron hace poco no han llegado de Boston). En fin, cuando le dije a Pedro que si tanto le preocupa que Santiago muera en un hipotético cataclismo de dimensiones bíblicas lo mejor que puede hacer es fabricar un cohete que lo mande a otro lado, él se amparó en su absoluto desconocimiento de los sistemas de propulsión interestelar. Le asiste razón, así que buscamos alternativas. Bah, “buscamos” no es exacto. YO busqué soluciones. ÉL atacó sistemáticamente cada una de mis propuestas. Claro que el señor no aportó gran cosa, su mejor idea fue meter en un transbordador y mandar a nuestros máximos héroes, que para él son Bruce Willis, Steven Seagal, Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenneger y Chuck Norris (yo agregaría a Lorenzo Lamas nada más que para enviarlo a una muerte segura), y dirigirlos al asteroide: “para que se arreglen” (sic). Dejar el futuro de la Tierra en manos de un puñado de actores de pacotilla. La mejor idea de mi amigo Pedro. Y ahora paso a enumerar las mías, de la forma más clara posible, dado que temo que mis procesos mentales se vuelven tan complejos a veces que pueden resultar ininteligibles.

1

Mi primer método propuesto consiste en la instalación de unos propulsores ridículamente poderosos en la Luna. Estas especies de turbinas nucleares (que deberían funcionar en base a la fusión fría de Plutonio, me parece, aunque esto se los dejo a los que saben del tema), tendrían por objetivo movilizar a nuestro satélite natural, de modo que se interponga en la trayectoria del asteroide que pretende colisionarnos. Es, ni más ni menos, que usar a la Luna de escudo (y hasta tendría un interesante nombre gringo, ya que a ellos les gusta hacer películas con todo: “Moonshield”). Alzarían su voz en contra de esta idea: todos los malos poetas, los lobos aulladores y Neil Armstrong.

2

Dadas las múltiples críticas que despertó mi primera idea (Pedro dijo que talvez fuera peor el remedio que la enfermedad, porque el asteroide podía golpear la Luna, que a su vez golpearía la Tierra, que se desplazaría como una bola de billar descontrolada hasta, quizá, el Sol, que oficiaría en tal caso de ígnea buchaca; ante esto le dije que si no proponía soluciones bien podía cerrar el pico), dadas esas críticas, decía, mi sagaz mente ideó un nuevo plan, al que podría titular: la Tierra partida (“Broken earth”, otro gran título hollywoodense). Esto es simple: hay que cortar la Tierra a la mitad, por su diámetro máximo, o sea, el Ecuador. No sé cómo se podría hacer esto, pero creo que todos los humanos, con el uso de explosivos, más que nada, pero sin despreciar el servicio de palas, picos y cucharas, deberíamos trasladarnos a la línea ecuatorial para empezar a darle duro y parejo hasta el centro, como gusanos comiéndonos una suculenta manzana. Una vez que hayamos rebanado la Tierra, la cuestión será mantenerla pegada, no sea cosa que cada mitad salga flotando libremente rumbo al cosmos profundo y nunca podamos volver a todos esos parientes que se nos fueron a España en el 2002. Para mantener las dos mitades perfectamente adheridas propongo una costura de alta tecnología: electroimanes. Una larguísima hilera de estos artilugios, con polaridad + y -, sería la encargada de mantener la integridad terrestre, hasta que apareciera el tan temido asteroide, entonces, como por arte de magia, cambiaríamos las polaridades de los electroimanes con un switch y ambas mitades se repelerían mutuamente, dejando un espacio libre en el centro por el cual el asteroide amenazador pasaría sin provocar daño alguno. Una vez fuera de peligro, la Tierra volvería a juntarse y ya. Yo estaba realmente muy contento con esta idea (que, a riesgo de parecer inmodesto, consideré genial), pero, una vez más, Pedro la aniquiló con un solo comentario: “No se puede porque el agua se caería”. Lo odio.

3

Gastón (amigo, chofer, golero y jugador de actuación más que remarcable en el match “Maldonado vs. San José”, del que no hablaré hoy), viéndome en problemas, arriesgó una solución que, aunque se aleja del criterio rigurosamente científico que yo trataba de manejar, es atendible. Gastón propuso la instalación de un impresionantemente grande brazo mecánico, con una raqueta de tenis de dimensiones siderales adosada. El brazo sería programado con el movimiento de derecha de Roger Federer (el mejor tenista de la historia), para hacerlo capaz de devolver el asteroide a las profundidades de las galaxias. El inconveniente (además de que no imagino de dónde podría salir tanto metal para la construcción del brazo) es que cabría la posibilidad de que en algún lejano planeta de quién sabe qué sistema, una civilización tan poco práctica como nosotros hubiera fabricado un artilugio similar, de modo que nos veríamos implicados en un partido de tenis de duración eterna, en una cancha inabarcable por juez de silla alguno (y no me vengan con Dios, si Dios existiera no estaríamos metidos en este merengue). Como esta idea no era mía, Pedro se limitó a decir: “Me gusta, me gusta”, sonriendo y entrecerrando los ojos, sin sospechar que yo estaba por romperle un termo en la cabeza.

4

Llegamos por fin a la que yo considero la idea más realizable de todas, aunque con ella no evitaríamos el impacto por completo, como en las tres anteriores. Vuelvo a mi propuesta original de los propulsores nucleares. Esta vez serían instalados no en la Luna, sino en la línea del Ecuador, apuntando al este, de modo que al ser encendidos acelerarían la rotación de la tierra. ¿Qué ventaja puede darnos esto ante el impacto inminente de una roca interestelar?, se preguntarán ustedes. Ah, mis queridos amigos, la idea es que la rotación alcance tal velocidad que, como si ustedes arrojaran un guijarro (amo esta palabra) a la pelota de basquet que Kobe Bryant hace girar hábilmente en su dedo, el asteroide saldría despedido hacia ninguna parte tras tocar la superficie terrestre, gracias a la fuerza centrífuga generada. Hay inconvenientes, lo sé. A esa velocidad no sólo el asteroide saldría despedido, sino también nosotros. Bueno, la solución es construir una ardua e intrincada red de galerías subterráneas muy cercanas al núcleo del planeta para, volviéndonos una especie de Morlocks reales, sobrevivir al cataclismo. Además, cerca del núcleo la velocidad angular será mucho menor y apenas el 25% de la población mundial (según mis cálculos), habrá de morir víctima de espantosos vómitos producidos por el tremendo mareo. La objeción de Pedro a esta idea fue: “Si la Tierra girara tan rápido todos envejeceríamos mucho más pronto, y aunque no nos matara el asteroide moriríamos de senectud”. No le respondí nada porque la verdad que los suyo me pareció una guasada sin sustento, y yo estaba hablando de cosas serias. Pero para volver todavía más sólida mi idea de la rotación acelerada se me ocurrió que lo mejor era embetunar toda la superficie del planeta con alguna sustancia oleaginosa capaz de hacer que el asteroide se patinara como un señor muy distraído que venía escribiendo mensajitos en el celular mientras caminaba por un piso recién lustrado y encerado. A esto Pedro acotó, de forma por demás impertinente: “¿Y de dónde vamos a sacar tanto aceite? Habría que plantar todo el planeta de girasoles”. Algo de razón tenía, pero no contaba con que yo sería capaz de solventar, una vez más, el escollo… porque de inmediato se me ocurrió una fuente renovable e inagotable de material aceitoso, mucho más aceitoso, incluso, que el propio aceite, y estoy hablando del cerumen de las orejas de todos nosotros, esa sustancia que hasta hoy eliminamos de nuestro organismo con cotonetes y trapitos húmedos, porque nuestras madres nos enseñaron (craso error el suyo, pero las perdonamos) que eran muestra de dejadez, de falta de higiene y motivo de ignominia. Así que lo que yo pienso que hay que hacer, si queremos salvar a la Tierra de una aniquilación segura, es que todos, y cuando digo todos es todos, toditos, juntemos nuestra producción mensual de cerumen en recipientes destinados para tal fin y que luego los entreguemos al gobierno (los locales de Abitab y Red Pagos me parecen idóneos para tal fin), para que el Poder Ejecutivo reúna todo ese precioso material ceroso y llene con él silos y silos que hasta ahora habían sido ocupados con trigo, soja y granos varios. Toda esa cera natural y humana, llegado su momento, habrá de salvarnos, y desde entonces podremos mirar el cielo sin preocupaciones, porque sabremos, en nuestros corazones, que estamos a salvo, que ya nada malo puede pasarnos.

Posteado por: materialdescartable | Julio 14, 2009

El último partido

fobal

1

La pierna de mi padre se quebró por la rodilla, como una vara flexible que alcanza su máximo punto de tensión y durante un largo fragmento de segundo busca en sí misma el lugar por el cual habrá de romperse, la parte que habrá de sacrificar. Y esto pasó por lo mismo que estas cosas pasan siempre, cuando repentinamente a un brazo o a una pierna se les pide que hagan algo que no pueden hacer sin dejar de ser lo que son, cuando la situación exige algo más de lo que un brazo normal o una pierna normal puede alcanzar. Así que yo, que era un niño, vi la tierra levantándose por el tropel de las carreras, como una niebla de media tarde, y en el exacto centro de la cancha cayó la pelota y a un lado había un hombre y al otro estaba mi padre y ambos quisieron la pelota y fueron por ella, entonces, la nube de polvo que los envolvía se arremolinó para que yo no pudiera ver el instante crucial en que el fútbol se retiraba de la vida de mi padre, silenciosamente, sin el bullicio de una tribuna que aplaude de pie, que da vivas al viejo héroe, sin el papel picado que se obstina en no caer, sin nada de eso, apenas con un crac y a otra cosa.

Esto pasó un domingo, supongo, porque todos los jugadores de aquella tarde eran otra cosa durante la semana, eran mecánicos y verduleros, trabajaban en el molino cargando bolsas de harina o en el frigorífico cargando vacas, y porque hay cosas que sólo pueden pasar un domingo.

De la cancha no hay mucho para decir, salvo que el pasto se había retirado de ella hacía ya mucho tiempo, apenas quedaban rastros de él en los bordes y en las esquinas. Ah, también tengo que mencionar que la cancha estaba en bajada, o en subida, según uno fuera o viniera hacia el arco del arroyo (porque unos metros más atrás del arco del sur corría un hilo de agua oscura al que todos le decían arroyo aunque a mí me pareciera que acababa de salir de un caño poco confiable). El desnivel era un factor fundamental a la hora del sorteo. Puedo afirmar que ningún capitán que estuviera en su sano juicio eligió nunca (jamás de los jamases), el saque. Siempre se elegía la cancha. “La de abajo”, decía el capitán ganador. “Más bien”, decía el infeliz al que le había tocado hacer de juez. Y es que todos querían jugar el segundo tiempo, cuando el cuerpo ya empezaba a quejarse, con la cancha a favor, la pelota rodando solita hacia el arco enemigo. Aquella tarde, el cuadro de mi padre perdió el sorteo, y si yo hubiera creído que en la vida hay una trama oculta y que, como en las novelas, hay cosas que pasan para que después puedan pasar otras, habría visto en aquella moneda la señal de que algo malo se venía. Pero no, para mí hay cosas que pasan porque sí y darle más vueltas ya es de locos o de gente con poca ocupación.

¿Jugaron con camisetas? No me acuerdo. Creo que no, si eran todos una manga de rejuntados. Cada uno se debe haber puesto su camiseta de mil batallas. Entonces hay una especie de relámpago en mi cabeza y me acuerdo de una remera de Bella Vista, vieja, viejísima, de tela corriente (el satinado es cosa de tiempos más nuevos) y un “3” en la espalda, bordado a mano con hilo azul con tanto cuidado que uno se ve en la obligación de imaginar que eso sólo pudo ser obra de una madre cuidadosa. ¡Las cosas que uno recuerda…! A ver, exprimamos la cabeza, hagamos que el cerebro se gane su salario, maldito sindicalista…: mi padre jugaba en un equipo que ya no existe, se llamaba El Gráfico (supongo que el nombre viene de la célebre revista deportiva porteña), y la camiseta de ese equipo era blanca con finas rayas rojas. Cuenta la leyenda que un día mi madre fue a verlo jugar, cosa que no pasaba mucho, y justo mi padre hizo un gol de cabeza, cosa que no pasaba casi nunca, pero mi madre estaba distraída en otra cosa y se lo perdió, así que recién se dio cuenta cuando, después del griterío (de los veinte o treinta locos que iban a ver a El Gráfico), uno gritó: “¡Bien, Cabrera, viejo y peludo nomás…!” (apunto: mi padre no era tan viejo pero sí era bastante peludo). Y es que si “el Sergio” hacía un gol, era cosa de asombro, porque él entraba a la cancha para otra cosa, básicamente para ordenar el mediocampo, dar certeras patadas a los forwards y midfielders rivales, y protestar con jueces y líneas acerca de sus fallidos fallos y exageradas sanciones (no fue pa tanto, che, ¿o estamo jugando a las muñecas?). Y la cancha de El Gráfico quedaba al final de la calle Río Branco, casi cayéndose de la ciudad, y parecía que durante toda la semana la usaban para pastorear vacas y ovejas, porque la verdad que siempre era un fangal.

Antes de eso, mi padre (rabioso hincha carbonero) jugó en Nacional, y antes en Treinta y Tres, y antes en el extinto y mítico Milán. Todos estos equipos habitaban con mayor o menor éxito, la divisional B, y si subían a la A la alegría duraba un año, porque el retorno a la B era inexorable, casi una cuestión regida por la nostalgia.

Yo podría tomar mi libretita y sentarme una tarde de sábado con mi padre para que me aclare la cronología de todo esto que cuento ahora, para que me ajuste los detalles, pero ¿qué sentido tiene eso? ¿No es mejor, mucho mejor, dejar que los recuerdos sean como una versión desajustada e incierta del pasado? ¿Para qué pretender una exactitud que en realidad es inalcanzable? Yo mejor me quedo con este puñado disperso de ideas probablemente erróneas. Así que ahora me veo recortando largas tiras de las páginas de viejas revistas Radiolandia y llenando bolsas con el picadillo resultante, para hacer que el viernes de noche llueva papel sobre la cancha de fútbol de salón del club San Lorenzo, cuando al fin aparezca en escena La verdolaga, el imbatible equipo en el que mi padre despuntaba el vicio de la pelota.

2

De chico no me gustaba el fútbol. Mientras mi padre miraba el mundial del 86 en la vieja tele blanco y negro 14’’ Fair Mate, yo estaba en mi cuarto dibujando al Llanero Solitario y al Hombre Araña. Y es que una vez vi cómo le pegaban un tremendo pelotazo en la cara a un niño más o menos de mi edad. El niño cayó como podrido y con la mitad de la cara roja igual que un tomate. A mí aquello me pareció la cosa más brutal y el trauma tardó mucho en diluirse. Así que cuando en la escuela se armaban picaditos yo siempre ponía excusas y me quedaba a un costado, admirando a los que sí se atrevían. Recuerdo, en especial, a Juan Manuel, un muchacho alto, flaco y pálido, que jugaba con mucha elegancia, porque parecía hacerlo a una velocidad distinta del resto, como si viniera del futuro y supiera todo lo que iba a pasar un instante antes de que pasara. Juan Manuel era mi mejor amigo. Me daba pena no poder compartir eso con él, pero yo tenía demasiado miedo de que me dieran un taponazo en plena jeta. Sí… era un cagón. No sé cómo fue que se me pasó, creo que entendí la necesidad cultural que un niño uruguayo tiene de saber jugar al fútbol. Porque el fútbol es un factor de socialización, de cohesión. Nada más integrador que ir a una plaza de deportes y decir: “Hey, ¿falta uno?”, y adentro. Pero para eso hay que tener una mínima confianza en las habilidades propias, y si llegaste a los ocho o nueve años sin tocar una pelota, no hay tiempo que perder. Así que mi meta secreta era volverme un buen jugador. No un genio, no un habilidoso, nadie deslumbrante, lisa y llanamente un buen jugador. Así que me miraba todos los programas que pasaban en Canal 5 (creo), donde algunos jugadores enseñaban los fundamentos, y después salía a la vereda a practicarlos con una pelotita de tenis (el arco era el zaguán de mi tía, el golero era Pablo, mi primo). Recuerdo que Pelé me enseñó que para cabecear había que hacerlo con los ojos abiertos, y pegarle a la pelota con la frente, no dejar que la pelota te pegara a vos, porque ahí sí te iba a doler. No tener miedo. Ese era todo el secreto.

3

Escribo todo esto porque se viene el partido en Minas, el sábado 25 de julio a las 11 de la mañana en “Espacio 5” (y porque me quedó sonando en la cabeza la idea que Ignacio propuso en su blog). La previa del encuentro ha sido tan larga que todos los participantes han tenido tiempo de parlotear. Unos han cacareado buscando amilanar a los rivales; otros han advertido acerca de su torpeza, seguramente para buscar que los subestimen; algunos se han quejado de antemano de los dolores que sufrirán luego del partido; y todo esto ha sido muy gracioso y emocionante. Uno de los tópicos de la charla ha sido este: ¿existe una relación entre el estilo de juego de un hombre dentro de una cancha de fútbol y su creación literaria? Yo creo que sí, estoy convencido de que así es, de que uno siempre es todo lo que es, pero puedo ir todavía más lejos, porque coincido con aquello que dijo Camus: “Porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

El fútbol, como todo juego, al fin y al cabo, es una réplica parcial de la vida, una dramatización, una puesta en escena. En ese juego siempre se cuenta una historia, todo partido comienza y termina, y en medio pasan cosas, y esas cosas le pasan a los hombres que por un momento son, además de hombres, jugadores. Entonces, lo que un hombre haga dentro de una cancha de fútbol es también un reflejo fiel de lo que hace en la vida: dar un codazo traicionero o una patada alevosa, ceder un gol cantado a un compañero que está mejor ubicado, aplaudir una buena jugada de un rival, buscar ventajas ilegítimas, mentir, simular un golpe, admitir que no fue penal y tirarla afuera. Cada jugada de un partido exige decisiones, y no hay nada mejor para conocer a un hombre que verlo en el momento de tomar decisiones, aunque sean tan aparentemente pueriles como elegir entre salir jugando o reventarla de un dedazo.

4

La rodilla de mi padre se quebró cuando él tenía unos pocos años más de los que yo tengo ahora. Ese fue, que yo lo recuerde, su último partido. Después de eso lo vi alguna vez tocar una pelota, pero siempre como con miedo, y ya dije que con miedo no se puede jugar al fútbol, pero es claro que si uno tiene que elegir entre correr atrás de una pelota por puro placer o guardar sus piernas para trabajar y mantener una casa y una familia, no hay mucho para discutir…

Lo que quiero decir es una obviedad: que uno nunca sabe cuándo va a ser su último partido. En rigor, uno nunca sabe nada, y aunque nos pasamos tratando de adivinar qué se trae entre manos el futuro, la verdad es que no tiene mucho sentido hacer eso. Lo que queda es el partido que estamos jugando ahora, y aunque vayamos abajo en el marcador, se puede dar vuelta, hasta que no pite el infeliz al que le tocó hacer de juez hay tiempo.

Entradas antiguas »

Categorías